Dos visiones del mundo irreconciliables. El islam, una alternativa ¿a qué?, por David L´Epée


Sorprendentemente, al menos desde un análisis superficial, el islam avanza, no sólo en los territorios de origen, sino también en Europa occidental. Pero ¿qué podemos oponer al islam?, ¿una concepción del mundo americanizada y mundializada, deseuropeizada y descristianizada? Si Europa no construye su tercera vía, una de las dos visiones acabará por dominarnos: una ya lo ha hecho, la otra está a punto de conseguirlo.

Si se hiciera un balance de los primeros años del siglo XXI, no cabe duda ‒los historiadores del futuro lo atestiguarán con toda seguridad‒ de que la cuestión del islam ocuparía un lugar central en los temas más relevantes del período que atravesamos. Este período, que comienza con la caída del imperio soviético, será realmente considerado en retrospectiva como un paréntesis geopolítico, durante unas décadas en las que, brevemente, habría triunfado el unilateralismo, el poder de una sola potencia: la potencia norteamericana. Paréntesis, digo, porque todo parece estar obrando en el mundo para conducirnos, más o menos, a un período de multipolaridad, en una suerte de aceleración de la historia que se manifiesta en signos tan elocuentes como el restablecimiento de la Federación rusa, el aumento en potencia de China, la regeneración política de una parte importante de América del sur, el despertar del mundo árabe y, de forma general, un resurgimiento de la agitación en las zonas controladas por el imperio estadounidense. No voy a entrar en el juego de las perspectivas y de las apuestas en cuanto a la forma que adoptará el nuevo orden mundial desamericanizado, sino que me centraré sobre todo en el período que atravesamos en este momento, un paréntesis que no es en absoluto un estancamiento.

Del actual liderazgo estadounidense no debemos deducir que ningún otro modelo alternativo pueda existir después de la caída de la Unión soviética. El comunismo es un moribundo, ciertamente, pero la historia tiene horror al vacía y a un movimiento internacional de oposición de masas sólo puede sucederle otro movimiento internacional de oposición de masas. Esta oposición, como sabemos tiene hoy el rostro del islam.

De Moscú a Teherán, del bigote del pequeño padre de los pueblos a las barbas del profeta, las convergencias son sorprendentes. Además, los medios occidentales no se equivocan, ya que, a menudo, reservan a los musulmanes el mismo tratamiento diabolizante y discriminatorio que ellos reservaban antes a los activistas comunistas. La misma caza de brujas, las mismas amalgamas calumniosas, las mismas estigmatizaciones, las mismas acusaciones delirantes de terrorismo y subversión, y, por supuesto, el mismo temor a una infiltración masiva de esta subversión en el corazón mismo del mundo occidental. Las conversiones, la influencia ideológica del islam, desestabilizan el sistema igual que ayer lo hacía la adhesión de los trabajadores y los partidos y sindicatos comunistas. La comparación se detiene ahí, pero ya es suficiente.

Esta "proliferación" es tanto más aterradora en cuanto que se ve ampliamente favorecida por el contexto demográfico. Por razones culturales y económicas que no son un secreto para nadie, los países occidentales tienen una fuerte inmigración musulmana y son hoy el teatro de lo que podríamos llamar una sustitución progresiva de la población. La ecuación es simple: inmigración musulmana masiva + reagrupación familiar + natalidad demográficamente explosiva de la inmigración + desnatalidad indígena europea = sustitución etnocultural de una población por otra en un territorio determinado. La cuestión de saber si hay que deplorarlo o hay que celebrarlo no entra en la línea de este análisis, pues se trata de hechos indiscutibles. Una cierta izquierda aplaude en nombre de la ideología multiculturalista y xenófila, mientras que una cierta derecha vitupera en nombre de viejas quimeras etnocéntricas y racialistas, pero, una vez más, los extremistas de ambos lados se quedan rezagados y la historia los supera. Señalemos, sin embargo, que, a pesar del discurso cosmopolita vehiculizado por los medios del sistema, los inmigrantes rara vez migran por elección voluntaria o por amor a la tierra de acogida, siendo los musulmanes, por cierto, los menos interesados en un mestizaje generalizado… 

La cuestión se complica aún más ‒y deviene más interesante‒ cuando sabemos que, además de sus activos demográficos, el islam cuenta, cada vez más, con un creciente poder de seducción. Un ejemplo que apareció en la prensa llama poderosamente la atención. Un grupúsculo islamista que fomentaba atentados en Alemania fue desmantelado y sus miembros arrestados. El único problema del asunto, que hizo dudar a las fuerzas policiales, es que un número importante de los miembros de este grupo no eran inmigrantes árabe-musulmanes ni hijos de inmigrantes, ¡sino jóvenes alemanes de pura cepa! 

¿Deberíamos sorprendernos? ¿No es Europa occidental, como Estados Unidos, un terreno particularmente propicio para el proselitismo islamista? Dos de las mayores “ideologías de masa” de nuestra historia ‒el cristianismo y el socialismo‒ casi se han retirado de la escena o están a punto de hacerlo (esta constatación se aplica particularmente a nuestro rincón de Europa), por lo que encontramos que no tenemos nada creíble que oponer a esta formidable esperanza que representa el islam para millones de individuos por todo el mundo. La historia tiene horror al vacío, como ya he dicho, y un lugar libre nunca permanece vacante durante mucho tiempo. Aquellos de nosotros que nos sorprendemos del creciente número de conversiones de nuestros compatriotas a la fe musulmana, no hemos comprendido realmente que el hombre no vive exclusivamente de fiestas y de compras, como con toda evidencia tampoco hemos comprendido que si sólo tenemos que oponer al islam nuestra economía de mercado y nuestro consumismo hedonista, es que ya hemos perdido por adelantado.

La seducción del islam se ejerce, ante todo, en los barrios más desfavorecidos, por la fuerte presencia de inmigrantes árabe-musulmanes, por supuesto, pero también por razones mucho más profundas. Estas razones se deben en gran medida a lo que llamaremos las “convergencias morales” que existen entre ciertos valores islámicos y los valores propios de las clases populares de nuestra sociedad. Estos valores se superponen a lo que George Orwell llamaba la common decency, sea un conjunto de ideas precisas de “lo que debe hacerse” y de “lo que no debe hacerse”, sea un cierto sentido del honor, de la familia, sea un cierto orgullo identitario o sea una virilidad exacerbada. Virilidad que muchos jóvenes trabajadores hacen suya, porque se corresponde con la imagen que desean dar de ellos mismos y porque los bajos salarios que reciben (cuando no la mera ausencia de los mismos por falta de empleo) son, por el contrario, sentidos por ellos como factores humillantes de desvirilización. Compensando así su débil poder adquisitivo y su impotencia para ejercer una influencia real en la sociedad que les rodea, ellos se dejan seducir, frecuentemente, por un islam viril ‒machista, dirán algunos‒ que les enseña a respetar a los ancianos, a las madres y les entrena para protegerse físicamente contra cualquier afrenta o ataque contra sus valores.1 En otros tiempos, estos jóvenes europeos, en busca de valores del mismo tipo, se hubieran identificado con una expresión europea, culturalmente arraigada, de estos valores ‒el cristianismo, el excursionismo, el scoutismo, o tal o cual movimiento filosófico o cultural, etc.‒, por lo cierto es que la Europa moderna no propone ninguna de estas alternativas. Como lo explica el ensayista Guillaume Faye (que, a veces, tiene destellos de lucidez), “el surgimiento del islam radical es el contrapunto de los excesos de cosmopolitismo de la modernidad que quiere imponer al mundo entero el modelo del individualismo ateo, el culto de la mercancía, la desespiritualización de los valores y la dictadura del espectáculo”.2 La opción por el islam por parte de algunos de nuestros compatriotas no es más que una elección por defecto, ciertamente, pero no vemos qué otra oferta moral y espiritual pudiera competir con la misma.

Aquellos de nosotros que, bajo la debilitante influencia de los medios del discurso único, ven el islam suburbano y periférico como un universo bárbaro donde las mezquitas se encuentran en sótanos ocultos y giratorios, están muy lejos de la realidad. El hecho es que los medios buscan conscientemente, en cada manifestación de incivilidad de los jóvenes inmigrantes árabe-musulmanes, echarle la culpa a la perniciosa influencia del islam, como si el Corán preconizase a sus lectores o fieles el tráfico de drogas, la agresión a los conductores de autobuses, la quema de automóviles o la violación de mujeres occidentales en manada. Los matones con gorras de béisbol y sudaderas con capucha son presentados como seguidores de Mahoma, cuando sabemos que esta gente ha sido amamantada en el rap americano, los videos porno, la cultura bling-bling (moda gang de joyas ostentosas, piercings y tattoos) y el dinero fácil prometido por el pensamiento ultraliberal. Nada que ver con el islam. Nada de común entre este lumpenproletariado iletrado e hiperconsumista y la república islámica iraní, por ejemplo, que desarrolla una desconfianza total frente al dominio de la publicidad y la sociedad de consumo.3 Nada en común entre estos adolescentes descerebrados y decadentes, adictos al género X, y los activistas musulmanes en guerra contra las cadenas de televisión.4 Aquellos que algunos llaman “escoria” no son, en definitiva, musulmanes en potencia, sino estadounidenses en potencia

¿Estamos, por tanto, atrapados entre dos modelos antagónicos de sociedad (el musulmán y el norteamericano), ninguno de los cuales es realmente nuestro? ¿Estamos ya fuera de la carrera y estamos obligados a elegir entre dos concepciones de la vida que no son europeas? Recuerdo un eslogan identitario que circulaba por Suiza en forma de graffiti que decía “ni McDonald ni Kebab”. Una cierta concepción de la neutralidad suiza, podría decirse… Este tipo de eslóganes, construidos sobre el viejo modelo del célebre “ni trust ni soviet” de la guerra fría, no va demasiado lejos, pero pone de relieve la cuestión del retorno de la bipolaridad mundial en el nuevo desafío geopolítico e ideológico que está en trance de surgir. Si no conseguimos, a medio plazo, regenerar lo que podríamos llamar un auténtico pensamiento europeo (y permítaseme no ser demasiado optimista en este punto), llegará irremediablemente un momento en el que deberemos afrontar una difícil elección y tomar partido, al menos a título individual, entre los dos bandos en presencia.

En plena Guerra fría, Alain de Benoist, con el mismo modelo, se elevó por encima de los prejuicios anticomunistas en los círculos que frecuentaba (la "nueva derecha") y escribió, atrayendo el furor de numerosos camaradas: “Algunos no se resignan a pensar que un día tengan que llevar la gorra del ejército rojo. De hecho, no es una perspectiva agradable. Pero nosotros no soportamos la idea de ver un día pasar lo que nos queda de vida comiendo hamburguesas en Brooklyn”.5 Sustituyendo la gorra del ejército rojo por el pañuelo palestino (kufiyya), tendríamos, creo, un claro enunciado del dilema que hoy es el nuestro, el de nuestros jóvenes europeos.

Hace poco estaba sentado al lado de una mujer con velo rodeada de tres o cuatro niños de poca edad, mientras ojeaba Le Matin Bleu. Leía en una breve reseña un comentario sobre una joven italiana que participaba en ese momento en un programa de televisión en el que subastaba su virginidad; la joven esperaba embolsarse, al menos, un millón de euros. El periodista explicaba que este nuevo concepto de moda nos había llegado del otro lado del Atlántico, donde el himen de una joven norteamericana había encontrado un comprador en internen por la asombrosa suma de 1,2 millones de dólares. Y la chica explicaba: “Yo no tengo ningún dilema moral, vivimos en una sociedad capitalista”. Cerré el diario y me sorprendió ver a esta mujer “velada” hablar con sus hijos. Entonces me percaté del inconmensurable abismo que separa los dos mundos, el del islam ‒hecho de disciplina y de estrictos preceptos‒, y el gozoso y cínico de un Occidente abandonado a los estragos del liberalismo apátrida. Estas dos esferas ideológicas son decididamente irreconciliables.

Si realmente hubiera que elegir ‒en cuanto a mí, no lo haría de buen grado, porque esta lucha no es la mía‒, entonces habría que plantear una cuestión muy simple: ¿Prefieres que tu hija se convierta al islam o que subaste su virginidad en internet? Yo no lo dudaría ni un segundo. ◼ Fuente: Le Cafignon

Notas
1. Me he centrado en esta cuestión de la virilidad porque, según muchos musulmanes (y puede que no estén del todo equivocados), esto es precisamente lo que le hace falta a nuestra concepción de la vida. No hablo ya de la concepción europea en tanto que tal, sino de la concepción en la que ha devenido después de varias décadas bajo la influencia de ciertas ideas liberales y de la religión de los derechos humanos. Debemos admitir que, al convertirnos al automasoquismo, a la negación permanente de nuestros orígenes y al desprecio de todas las manifestaciones morales o físicas de la fuerza (a las que ahora preferimos los valores más "femeninos" como la dulzura, la concesión, la tolerancia), ya no somos realmente capaces de hacer frente a un hipotético choque de civilizaciones. ¿Evolución positiva o dañina? Me permito no dar mi criterio.