El abismo democrático, libro de Javier R. Portella, por José Vicente Pascual


Sólo un Dios puede salvarnos
Donde «democrático» tiene muy poco que ver con elecciones, partidos, politiquerías… Donde lo tiene todo que ver con nuestros tiempos en los que nada reviste sentido, grandeza, valor. Donde, entre las ruinas de un mundo delicuescente, se entreabre sin embargo la posibilidad de «un nuevo comienzo». Donde la libertad, permitiéndolo todo y no afianzando nada, aboca tanto al desvanecimiento como al posible fulgor de todo. Donde, entrecruzada con la vida a la que posibilita, descuella la muerte de la que todos apartan la mirada. Donde sólo un dios ‒un muy extraño dios: poético, imaginario‒ puede salvarnos. Donde belleza e incandescencia ‒la del mundo, la naturaleza y la escritura‒ reciben en estas páginas todo su reconocimiento y expresión.

"… sólo puede salvarnos un dios que habite en los cielos, sí, pero metafóricamente entendidos y reconocidos como tales; un dios que no sea más que un símbolo, una imagen. ¿Un dios que no sea más que un símbolo, una imagen? ¡Como si ser símbolo, metáfora, imagen no fuera nada! Como si fuera cosa de poca monta. Como si lo simbólico o imaginario fuera una especie de mengua frente a la contundencia de lo materialmente real”. Con estas frases arriesgadas, desde luego insólitas en el panorama cultural-ideológico español, propone Javier R. Portella la “construcción” de un mito moderno ‒o modernizado‒, que otorgue sentido al magma de feroz individualismo, soledad y prozac ‒por no mencionar otros “estabilizadores” emocionales‒, en el que habita desnudo el sujeto ciudadano occidental desde hace muchas décadas. La democracia, un valor originaria y etimológicamente propio del pueblo, es decir, de lo colectivo, ha visto transformados su razón y alcance histórico para instituirse como senda firme, implacable, hacia la débil ciudadanía entendida como radical afirmación del sujeto único, vinculado a sus iguales por el número y la mera lógica ‒a veces ilógica‒ de la estadística; una escisión que según el pensamiento neoliberal-neoprogre no tendría mayores contraindicaciones porque el imperio de la ley y el cuido de los derechos humanos protegerían a ese individuo aislado de cualquier injusticia o atropello ante el poder del Estado, las grandes corporaciones, los lobbies sociales, las organizaciones políticas, etc. El individuo “individualizado”, con perdón por la redundancia, es un buen negocio para el mercado. Desasistido de casi todos los vínculos esenciales que lo ligan a su comunidad, reinterpretada la familia como núcleo productivo cuyos miembros trabajan cuando no duermen, ven la televisión o teclean en el móvil; denostada y desvanecida la fuerza de la tradición, en todo caso suplantada por una serie de manifestaciones folclóricas gestionadas por la clase política para entretenimiento del vulgo y a mayor rédito electoral; desprestigiada hasta la náusea la idea de que toda existencia humana debe ‒debería‒, participar de un propósito más importante y durable en el tiempo que ella misma… el nuevo ciudadano democrático se enfrenta de brazos caídos al sinsentido de todo. Los psicólogos y psiquiatras saben que la abulia, la depresión, la “angustia vital” es un estado de lucidez en la medida en que el sujeto percibe claramente ‒aterradoramente‒, la ausencia de explicación para cualquier presencia mundana de cualquier individualidad, en tanto se diluye su incierta trascendencia en un laberinto de posibilidades vagarosas que ni la ciencia ni la filosofía ni la religión pueden explicar. Sólo hay un remedio razonable a esta visión abismada al vacío: la ilusión por un "constructo" sólido de valores y esperanzas colectivas al que llamamos mundo. Sin un mundo en el que creer, no hay nada en lo que creer y nada nos separa de la evaporación química, la inanidad como seres humanos y la irrelevancia como especie.

Dentro de ese mundo, como elemento cohesionador tanto en la base de la existencia como en el término más o menos anhelado de pervivencia en el más allá de las cosas, sitúa Javier R. Portella la idea del dios salvador ‒que no redentor. Si hemos de aceptar nuestra derrota ante el tiempo, la historia, la fragilidad de todo proyecto individual de existencia y la muerte, pero deseamos otorgar significado a nuestro paso por la vida, hemos de reconocer que hay una fuerza superior, ajena a nosotros ‒la llamemos dios o como fuere‒, a cuya potencialidad como estímulo de lo humano entregamos la esperanza en todo devenir, tanto personal como colectivamente. El concepto, en su día, fue causa mediata de la revolución cognitiva, necesaria y anterior a la revolución tecnológica que permitió el avance de la humanidad hasta erigirla en dueña del planeta. Noah Harari, en su conocido Sapiens, desarrolla también magistralmente este argumento: la capacidad de abstracción y de organizar la funcionalidad de la ficción, los mitos propios de cada civilización, posibilitaron la tarea común en el progreso de razas y estirpes enteras, unidas en ideario y propósito.

No propone el autor de El abismo democrático cosa distinta. Sin un mundo creado para vivirlo y no sólo para contenernos, sin un dios que confiera razonable derrotero a la vida de los seres humanos y las civilizaciones, el individuo sitiado en sus propios límites cae en la debacle óptima para el mercado sin alma: trabaja, consume y muere.

Hay otros avances, otros análisis, otra crítica de fondo y largo aliento en el libro de Portella. En estas breves líneas sólo he intentado subrayar esta de “sólo un dios puede salvarnos” porque me ha parecido una de las más brillantes de este notable ensayo.

Título El abismo democrático.

Autor: Javier R. Portella.

Editorial: Ediciones Insólitas, Madrid 2019. 216 pág.