El arte de la delación sugerido por el gobierno, por Diego Fusaro



Una de las prerrogativas de los regímenes autoritarios es la de instar a sus súbditos a practicar la delación. Los espías e informantes fueron, por ejemplo, las "armas" del nazismo contra la resistencia en Europa. Vertrauensmaenner fue el nombre dado a los contratados por la Gestapo y otros servicios secretos para infiltrarse en la malla de la naciente oposición en toda Europa. El objetivo era hacer salir a los opositores utilizando como colaboradores a aquellos que en teoría podrían haber formado parte de la red de resistencia y que, por diferentes razones, se prestaron a cooperar con la represión gestionada por el poder.

En un contexto completamente diferente, es también la lección -una de las lecciones- que sacamos de la tenebrosa guarida de Platón (República, VII). Los más peligrosos, dañinos y estúpidos son aquellos que, allá abajo, aman sus cadenas y -se diría hoy- su encierro con euforia. Son los esclavos desprevenidos, los idiotas útiles que, con su obediencia ciega y servil, mantienen viva la estructura disciplinaria y coercitiva de la cueva, dispuestos a luchar sólo contra aquellos que, como Sócrates, lucharon por su liberación.

Es imposible saber qué es la libertad si uno no ha estado fuera de la caverna y no ha visto otras imágenes que las que los "profesionales de la información" -en tiempos de Platón se llamaban "sofistas"- proyectan cada día en las profundidades de la caverna con un único imperativo: "¡no hay nada más que lo que estás viendo!” El nuevo capitalismo de la salud, con su descarada involución autoritaria y sus esclavos disfrazados, parece haber resucitado las prácticas de denuncia y de connivencia con la represión administrada por el poder. Sólo dos referencias al respecto: "corre sin máscara: atacado y golpeado hasta la muerte en Padua" ("Huffpost", 19.4.2020). Los cavernícolas de la cueva de la salud -y no, claro está, los gendarmes del poder- han reducido a la muerte a un hombre, cuya inexplicable culpa fue permitirse una carrera sin máscara. He aquí la segunda referencia, no menos significativa: "¿hay grupos de personas que usted considera contrarios a las normas de la emergencia sanitaria? Puede informar directamente a la Autoridad competente con el SUS (Sistema Unico di Segnalazione) activo en el portal institucional de Roma Capitale. Es simple, sigue las instrucciones" ("Adnkronos", 27.3.2020). El Ayuntamiento de Roma ha puesto en marcha un sofisticado sistema de denuncia, con el fin de garantizar que sean los propios ciudadanos –mejor dicho, los sujetos del orden terapéutico- quienes entreguen al poder, en vista de la sanción prevista, a los peligrosos infractores de la sagrada norma de distanciamiento social: "si amas a Italia, mantén la distancia", así que, con un impulso sin precedentes de patriotismo sanitario, escribió el 4 de mayo el perfil de Twitter de Palazzo Chigi [palacio que es sede del Gobierno de Italia y residencia del Presidente del Consejo de Ministros, NdT] Una vez más, el poder, si es autoritario, se sirve del arte de la denuncia, transformando el vicio de la traición mutua en virtud. Las palabras de I promessi sposi  se vuelven trágicamente actuales: "l'untore! dai! dagli! dagli all'untore!".[1] ▪ Fuente: articoloventunoilgiornale.it

[1] Copiamos de Wikipedia la explicación que se nos ofrece de ésta última frase del artículo con el fin de facilitar su significado [https://es.wikipedia.org/wiki/Untore]: Por "untore" se conocía al individuo sospechoso, durante los períodos de la peste (especialmente en Milán durante el año 1630), de espolvorear en los lugares donde las personas entraban en contacto frecuentemente, tales como los tiradores de las puertas, una sustancia amarillenta (así lo describe Manzoni) con el fin de infectar a los habitantes de las ciudades con la enfermedad. Contra los "untori" a menudo se alzaron la ira popular y la persecución judicial. La creencia estaba tan extendida, que se les atribuyó la propagación de la plaga, provocando una persecución contra ellos similar a la caza de brujas del Renacimiento.

Existía un antídoto contra la plaga, cuya receta fue extraída mediante tortura a un "untore", que fue ahorcado después. La receta en cuestión contenía los siguientes ingredientes: "cera nuova once tre, olio d'oliva once due; olio di Hellera, olio di sasso, foglie di aneto, orbaghe di lauro peste, salvia, rosmarino, once mezza per ciascuno; un poco d'aceto", se debía llevar a ebullición reduciéndola a una pasta con la que ungir las fosas nasales, las sienes, las muñecas y las plantas de los pies, después de haber comido cebollas, ajo, y haber bebido vinagre.

Sobre los "untori" es destacable la novela I promessi sposi -donde Renzo Tramaglino es acusado de ser uno de ellos-, así como en la Storia della colonna infame, de nuevo por Manzoni, que describe el proceso en contra de Gian Giacomo Mora y Guglielmo Piazza.