El debate sobre la Nueva Derecha: ¿Discusión o inquisición?, por Pierre-André Taguieff


En muchos aspectos, el itinerario intelectual y político de Alain de Benoist puede ser analizado como el de un tránsfuga. Su cultura política de los años sesenta giraba en torno a un anticomunismo radical, a un nacionalismo de tradición maurrasiana (en tensión con la visión supranacional y posnacionalista de una Europa imperial por construir), y su "visión del mundo", centrada sobre la "defensa de Occidente", se fundaba por entonces en el "racismo científico" (la teoría de las razas revisada por la genética mendeliana y por la psicología diferencial de la inteligencia) y en un proyecto eugenésico inscrito en el corazón de la "biopolítica" del futuro. Sin embargo, en el curso de los años setenta Benoist rompe progresivamente con el biologismo y empieza a tomar distancias respecto al anticomunismo (que hacía las veces de pensamiento político para la derecha), hasta el punto de designar al liberalismo o a los Estados Unidos ‒encarnación de la sociedad mercantil‒ como "el enemigo principal". Para defender y subrayar las identidades culturales, las "comunidades orgánicas" o las etnias, Alain de Benoist procederá, en paralelo, a formular una crítica radical del nacionalismo y de su culto al Estado-nación, en particular en su forma republicano/jacobina ‒acusada de querer destruir las "especificidades" culturales y los "particularismos". Y sobre la base de tal empeño en favor del "etnopluralismo" hay que interpretar su defensa de una "democracia orgánica"' y la inesperada definición de un "tercermundismo de derecha". 

El enemigo del comunismo, el acusador de la "marxistización" de la inteligencia europea, se convierte así en el enemigo de "Occidente", el defensor de las "identidades culturales" minoritarias o en vías de extinción, el paladín de una alianza Europa-Tercer Mundo contra el imperialismo "americano" (mejor dicho: americanomorfo), el debelador de las fechorías de la "sociedad mercantil", de los valores utilitaristas y del poder exclusivo del "dinero'". Al rechazo de la ideología antifascista, heredado de la extrema derecha, viene a sumarse el rechazo de la ideología anticomunista: los comunistas dejan de ser enemigos absolutos para convenirse en interlocutores legítimos, en la medida en que siguen mostrándose irreductiblemente anticapitalistas y manifiestan cierto gusto por el "debate" o el "diálogo'". La desaparición del peligro soviético, entre 1989 y 1990, no hace sino acelerar el proceso a base de convergencias polémicas (con el antiamericanismo al fondo) y de intereses filosófico-políticos recíprocos". Este encuentro entre un disidente de la extrema derecha (Alain de Benoist) y algunos comunistas lo suficientemente heréticos resulta ciertamente atípico, y su marginalidad parece dibujada a imagen y semejanza del carácter minoritario de su gran negativa común: el rechazo a aceptar el axioma según el cual "América" es el destino del planeta entero, en una época en que la hegemonía americana se impone sin contrapeso y en que el democratismo "mundialista" se confunde con el plutocratismo triunfante. Sea o no correcta, esta es la principal argumentación que comparten los "revolucionarios conservadores" tercermundistas y los revolucionarios comunistas postestalinianos. 

El “peligro” nacional-bolchevique 

Este raro "diálogo" y contigüidad editorial entre Alain de Benoist y algunos interlocutores comunistas fue explotada, entre junio y julio de 1993, en el contexto de una extraña campaña de prensa cuyo objetivo declarado era denunciar un presunto peligro "nacional-comunista" en Francia. Que pueda legítimamente plantearse el problema de una deriva o de una "tentación" nacional-comunista en Serbia o en Rusia, en Rumanía o en Albania, es una cosa. Pero agitar la amenaza de una suerte de conspiración "nacional-comunista" en Francia, asociándole manifiestos para mostrarse particularmente "vigilantes" frente a una presunta nueva andanada de "nacional-bolchevismo" ‒esta vez "a la francesa"‒, es una iniciativa que tiene más que ver con la alucinación o con la manipulación. Un falso peligro encarnado por un enemigo ficticio: semejante método podía aplicarse fácilmente sobre un público "antifascista" crédulo, carente de enemigos absolutos intelectualmente cualificados (para diferenciarlos de los demagogos populistas), en un ambiente de temores y rumores. El cuento legendario del complot de los "rojipardos", que habrían suscrito una tenebrosa alianza para hundir "la democracia", ha ido sin duda al encuentro de una demanda ideológica, ha satisfecho un deseo de objetivación de las razones del miedo, designando a un enemigo cuya construcción resulta de la reducción a la unidad de las dos grandes figuras del Bárbaro exterminador del siglo XX: el bolchevique y el nazi (o el "fascista", para aquellos que nunca se han acercado demasiado a la historiografía contemporánea). Queda por hacer el análisis de la construcción de una leyenda de este género, que por otra parte fue un fracaso (la campaña de prensa, lanzada en la última semana de junio de 1993, quedó interrumpida a finales de julio, cuando ya poquísimos periódicos seguían a Le Monde), el análisis de la fabricación mass-mediática de un seudopeligro semejante. Pero tal análisis arrojaría luz particularmente sobre las últimas tentativas de supervivencia artificial de un "antifascismo" fosilizado, convertido en un discurso publicitario vacío de contenido, pero apto para ser instrumentalizado en cualquier ocasión. Que una campaña autodenominada "antifascista" se reduzca a denunciar como pecado supremo el hecho de dar un artículo a la revista Krisis, identifican-do el acto con un episodio de colaboracionismo (por complicidad o por ignorancia del "peligro") con el enemigo absoluto (el "nazi" enmascarado), es la demostración, involuntariamente cómica, de la inconsistencia de la ideología neoantifascista. Algunos antifascistas imaginarios practican una "vigilancia mágica" contra enemigos ficticios cuya actividad principal consistiría en "tender trampas" a pobres diablos mal informados (el modelo se aplica exclusivamente a la revista de Alain de Benoist): tal es la imagen ofrecida por esta penosa campaña de prensa. 

Quizá sea preciso añadir una evidencia demasiado simple: para interpretar el papel del temible (neo)nazi en la escena político-periodística, habría debido buscarse a algún actor distinto a Alain de Benoist, que como figurante es muy poco verosímil. El hecho de que haya podido frecuentar a este o a aquel viejo o nuevo nazi (o asimilado), o que el difunto padre de uno de sus editores alemanes (Grabert) haya sido nazi, no basta para establecer su identidad de "nazi enmascarado", ni autoriza a definirlo como sustancialmente tal (él no habría cambiado; serían sus máscaras las que habrían variado). Estas inferencias abusivas, que sustituyen sistemáticamente el análisis crítico por la criptografía, tienen la deplorable consecuencia de impedir que en Francia se abra un verdadero debate sobre los fundamentos del etnopluralismo y sobre sus praxis políticas (actuales o potenciales). La provocadora radicalidad de las posiciones de Alain de Benoist requiere réplicas argumentales. Pero en vez de esforzarse por disipar las ilusiones políticas ligadas a los mitos identitarios ‒desde el etnicismo hasta el nacionalismo xenófobo‒, o de poner en evidencia los efectos perversos del diferencialismo comunitario, ciertos antifascistas imaginarios han preferido la vía de la facilonería y la comodidad intelectual, inventándose un Alain de Benoist al que se puede refutar sin fatiga, al que se puede demonizar a placer. La infamante reducción al nazismo de un temible adversario intelectual y político permite, de hecho, aniquilarlo simbólicamente sin dirigirle la palabra. La argumentación se reduce entonces a la injuria: "¡Cerdo nazi!". Inútil decir nada más. Estamos en el grado cero de la argumentación, que se puede observar en la praxis cotidiana de ciertos agitadores de plaza o de salón. Así se explica uno por qué tantos militantes sinceros de los años ochenta han desertado del campo de la acción denominada antifascista o antirracista: simplemente, han dado la espalda a un "antifascismo" de manipuladores y a un "antirracismo" de policías de paisano que yerran más o menos voluntariamente el tiro. 

La evolución de la ND 

El mito del complot "rojipardo", donde el "pardo" por excelencia viene encarnado por Alain de Benoist, ha marginado la discusión crítica de la construcción doctrinal realizada por la ND. La explotación periodística del mito conspirativo, una vez más, ha desacreditado la lectura laboriosa de los textos, el trabajo de interpretación y la exigencia de una crítica racional. El problema que plantea la existencia de la ND, personificada ‒equivocadamente o no‒ en Alain de Benoist, no ha sido formulado; ha sido mitologizado a través de la aplicación mecánica de los estereotipos de una propaganda ya anacrónica, y en consecuencia ineficaz. Lo que sí es muy sorprendente es que tantas personas "cultas" den prueba de tanta credulidad ante tanta pobreza retórica. Quizás el deseo de tener enemigos terribles, nominables y reconocibles ("comunistas", "nazis") es más fuerte que la voluntad de conocer y que el deseo de comprender. 

Está fuera de discusión que Alain de Benoist, por los desplazamientos de sus posiciones y las transformaciones de sus modos de argumentar, puede ser considerado un tránsfuga. El testimonio de algunos de sus amigos de otro tiempo, que ya no lo reconocen como "uno de los suyos" ‒esto es, de la derecha, de la derecha auténtica‒, tiene en este caso el valor de una prueba suplementaria. Pero Alain de Benoist es un tránsfuga paradójico. Por una parte, habiendo roto con su público "natural" (de derecha) y sus ambientes ideológico-políticos de origen, a fuerza de desconcertarles", tampoco ha encontrado un público a la izquierda, ni una comunidad intelectual que le dé asilo (a nuestras preguntas sobre Krisis, numerosos académicos e intelectuales "legítimos" han respondido que se trataba, a sus ojos, de una revista de muy alto nivel, pero todos nos han rogado que no citemos bajo ningún concepto sus nombres: es inútil interrogarse sobre la existencia del terrorismo intelectual en la Francia de los años noventa; su existencia queda probada por la autocensura de la que dan muestra incluso los espíritus más libres). Por otro lado, y sobre todo, aunque ha salido de las tierras de la derecha ‒o al menos de los territorios derechistas señalados como tales‒, Benoist no ha emigrado a la izquierda: el hecho de que quiera polemizar con intelectuales de izquierda recuerda de forma suficiente que él continúa definiéndose a través de la diferencia frente a la izquierda ‒y aunque ésta sea anticapitalista y antiamericana, él insiste en presentarse como un opositor de la izquierda (como si frente a la derecha existente, adaptada al desorden establecido, debiera practicarse la deserción, la indiferencia o el desprecio). La (verdadera) izquierda sigue siendo para él el adversario legítimo, el único digno de este nombre. Es la situación de un tránsfuga inestable, no encasillado; una situación bastante poco confortable en Francia, donde la categorización derecha/izquierda no ha dejado en absoluto de desempeñar una función simbólica en el campo intelectual. 

En esta situación paradójica no deja de haber un elemento trágico, que nace del antagonismo de los valores. Su negativa a prestar apoyo a un Frente Nacional en fase ascendente, a partir de 1984-1985, mientras algunos de los hombres que le eran próximos (Jean-Claude Bardet, Pierre Vial, etc.) daban ese paso, le ha terminado aislando de su generación de militantes procedentes de Jeune Nation o de los circuitos de Europe-Action. Y él, correlativamente, ha asumido el riesgo de verse marcado como "traidor" por los ortodoxos del Frente Nacional. Por último, y para marcar distancias con esa reputación suya de hábil estratega (de "liante" profesional), hay que subrayar que su crítica radical del liberalismo económico, del moralismo pararreligioso y del nacionalismo en cuanto tal (esto es, tenga o no tentaciones xenófobas) le ha valido tanto en los ambientes de la extrema derecha como en los de la derecha "respetable" una notoria fama de "comunista" o criptoizquierdista. Así, Benoist transcolora rápidamente del "pardo" al "rojo: para el centro-centrismo dominante, los extremismos se confunden. Pero esta posición atípica ha hecho nacer, a finales de los años ochenta, un nuevo público, igualmente atípico y transversal, en cuyo interior se ha desarrollado el reclutamiento de la nueva generación del GRECE ‒en este ámbito es muy significativo que Metapo, mensual "por una nueva cultura europea", haya sido creado en 1989 por la "Nueva Derecha Juventud" (NDJ) y dirigido por Charles Champetier, a quien se le confiará la revista Éléments en 1991 bajo una nueva fórmula: Éléments "por la cultura europea" (ya no "por la civilización europea") y con la autodesignación "Nueva Cultura", que sustituye a la de "Nueva Derecha" (en el ínterin, en el verano de 1990, Metapo cerró sus puertas).

Paralelamente, la revista Krisis, al publicar exclusivamente textos de autores ajenos a la corriente de la ND ‒de lo que había sido la ND‒, se ha creado un público propio que se encuentra con el de los autores en ella publicados. La atipicidad intelectual y política es también un instrumento de transformación de la audiencia, un medio para reseleccionar al público y para redefinir alianzas o afinidades. La atipicidad de Alain de Benoist, sea sincera o no, ha provocado una renovación y un rejuvenecimiento. Parece que este fuera el objetivo perseguido. 

Los intelectuales y la ND 

Un estudio de las cartas recibidas en los años ochenta por Nouvelle École atestigua la diversificación de su público lector y muestra que éste atraviesa las fronteras entre la derecha y la izquierda. Es muy significativo que, en sus cartas, los lectores que se sitúan en la izquierda insistan mucho sobre la apertura de la revista a los debates contemporáneos, así como sobre la posibilidad o incluso la necesidad de una "discusión" o de un diálogo entre intelectuales de izquierda e intelectuales de la ND. En 1982, por ejemplo, Jean-Michel Palmier escribe en Nouvelle École: "Pese a todo lo que nos separa, siempre he leído los números de NE en el mismo día en que me llegaban, ya fuera por interés teórico, ya por saber hasta qué punto, en la lectura de un artículo, no estaba de acuerdo (...) Vuestra publicación es ciertamente notable desde más de un punto de vista. Hay un esfuerzo de documentación y de análisis constante, un rigor y una preocupación por dar a conocer problemáticas, que me parecen dignos de elogio. Sólo me disgusta que la izquierda teórica no disponga de una revista similar. (...) Va de suyo que no estoy de acuerdo con todo lo que se encuentra en NE, pero es precisamente esto lo que me interesa: el reconocimiento de las diferencias teóricas, de las divergencias de sensibilidad (...) Algunas de vuestras ideas son interesantes y me niego absolutamente a dejároslas a vosotros solos. Vosotros no tenéis miedo a las ideas y a los debates (...) He discutido varias veces sobre vuestras ideas con amigos de izquierda, y con frecuencia éstos se han mostrado dispuestos a renunciar a un determinado esquema por el simple hecho de vosotros lo habíais abordado antes. Yo creo lo contrario, y sigo pensando que suele ser más estimulante discutir con personas que tienen ideas diferentes, pero inteligentes, que con personas que uno supone aliados, pero carentes de ideas. Encuentro que las cuestiones que planteáis son importantes, desde un punto de vista de izquierda, y que no es posible eludirlas. Me parece más inteligente responder a vuestras formulaciones teóricas con otras formulaciones, que excomulgaros o lanzaros anatemas. A veces tendría ganas de escribir varias páginas de comentarios sobre vuestros artículos, para criticarlos, argumentar, discutir. Pero sé que en este campo el silencio es general". 

En esta significativa carta, Jean-Michel Palmier capta muy bien los rasgos del método usual de demonización aplicado a las "ideas" de la ND: las susodichas "ideas" no son consideradas en sí, para emplearlas como objeto de una discusión según reglas racionales, sino que son rechazadas inmediatamente en tanto que emanación de un sujeto, ya individual (Alain de Benoist), ya colectivo (el GRECE), preventivamente expuesto a la reductio ad hitlerum a través de una insinuación del tipo: "Hitler era antiliberal; Alain de Benoist es antiliberal; luego es evidente que...". Esta carta atestigua, por otro lado, el extraordinario empobrecimiento intelectual que ha golpeado a la gente de izquierda en Francia: aterrorizados por la idea del contacto verbal necesario para dar vida a un debate, prefieren la mayor parte de las veces huir de la discusión y sacrificar la inteligencia argumentativa. Parece que este paralizante miedo a la controversia tiene dos razones principales. Ante todo, el miedo a sufrir una excomunión ideológica por parte de los inquisidores de tradición estaliniana (una inquisición que ha sobrevivido al estalinismo histórico), el deseo de evitar a toda costa caer víctima de cualquier reproche polémico ‒reproche frecuentemente basado en sofismas del tipo "discutir con un adversario significa legitimarlo y arriesgarse a ser seducido por sus tesis"‒, cuyo efecto es la marginación, cuando no la criminalización, de quien ha sido víctima. Después, la fobia al contacto, a la contigüidad que toda interlocución implica, sea ésta polémica o no: en este pánico que mueve a huir del adversario se reconoce la imagen del ensuciamiento, la obsesión de la mancha indeleble y contagiosa o del germen portador de infección; se vislumbra ahí el terror a verse contaminado por simple contacto verbal, incluso a distancia. Además de estas poderosas motivaciones, los partidarios del no-diálogo manifiestan, en su actitud de fuga, su poca seguridad, delatan su cobardía: el rechazo del debate ‒con adversarios de verdad, por supuesto‒ es la habitual coartada de la mediocridad intelectual (consciente) y de la simple vileza. Pero las más viles motivaciones gustan de adornarse con motivos virtuosos y respetables razones. 

En 1985, Edgar Morin escribía a Nouvelle École para afirmar su acatamiento del principio del libre debate, que ponía en práctica inmediatamente: "Me interesa mucho leer NE. Aprecio en particular cuanto concierne a los pensadores alemanes de los que se habla (y que son desconocidos o mal conocidos) y la seriedad bibliográfica. Como vds. saben, estoy entre quienes no los han convertido en chivos expiatorios. El diálogo es, pues, posible, tanto como la polémica. Algo que, obviamente, no impide grandes divergencias de fondo"'. 

La ausencia de debate

La letanía de la denuncia de la "confusión de ideas" ha sustituido al análisis crítico y al "diálogo sin complacencias"; la condena virtuosa de los "cruces" ideológicos entre derecha e izquierda, que produciría una peligrosa "ambigüedad", ha desterrado toda reflexión sobre las evoluciones intelectuales de los actores, sirviendo para justificar la ausencia de una investigación seria sobre las transformaciones de las posiciones y las diferencias políticas. De ahí los llamamientos a la "vigilancia" redactados en la lengua burocrática del (neo)antifascismo y lanzados por mentes opacas o ciegas, pero siempre perezosas. 

El sitacismo seudomilitante no se detuvo en los años noventa y el antifascismo conmemorativo ha seguido alimentando un imaginario catastrofista que ya carece de conexión con la realidad histórica. Este vano parloteo sobre la "vigilancia" se ha convertido en una especialidad de la izquierda nominal, confortablemente instalada en puestos de poder cultural, como si el elogio de la pureza de las "ideas" pudiera sustituir al acto mismo de pensar y, así, compensar la inacción política o transfigurar la pasividad. Basta leer a un periodista cualquiera de Le Monde, ordinariamente especializado en las recensiones de libros, pero que sabe prestar ocasionalmente su pluma cuando se presenta alguna "gran causa", culturalmente sublimada con la presencia de prestigiosos signatarios (los premios Nobel obligan). En un artículo titulado "La confusión de las ideas", el periodista Roger-Pol Droit aplica a Alain de Benoist y a los intelectuales sospechosos de "complacencia" el mismo trato que cinco años antes había dispensado a Guy Debord: estigmatizar a las mentes peligrosas que "confunden las pistas" y, en consecuencia, acumulando metáforas confusas, hacen caer a las personas honestas en la "niebla". La vieja cantinela que dice "Hijos míos, todo degenera, creed a vuestra abuela", asume una nueva actualidad, apenas un poco más paródica: "Hijos míos, todo degenera, ya no hay puntos de referencia”. Para los cazadores de pistas y para los espías, la catástrofe es evidente: ¿En qué puede decirse que Guy Debord sea "de izquierda"? ¿En qué Alain de Benoist es "de derecha"? Cuando no se ve con claridad la frontera entre la derecha y la izquierda, entonces entramos en la "niebla": este es el axioma que ilumina los análisis político-filosóficos del periodista. En julio de 1988 escribía que Debord "se ha convertido en un maestro en el arte de confundir las pistas"; en julio de 1993 escribe que Alain de Benoist "organiza la confusión", "ha hecho de ella una especialidad", aplicando malignas "tácticas para confundir las pistas" ‒por ejemplo: "Tomar posiciones públicas tercermundistas y anticapitalistas, rechazar cualquier etiqueta, comenzando por las de izquierda y derecha". Estar "vigilante" significa espiar, desenredar, trazar pistas y despistar. El intelectual se convierte en un cazador de posiciones insuficientemente diferenciadas y de ideas deplorablemente impuras, políticamente impertinentes. 

El análisis crítico y las propuestas combativas de Droit no van más allá: el periodista "desenredador" se contenta con denunciar la mencionada "confusión de las ideas" como "un riesgo político importante". A modo de argumentación contra la ND, Droit sirve a sus lectores, que supone ingenuos ‒y estúpidos‒, una serie de fórmulas vacías enunciadas con autoridad: "Existen (...) en nuestra vida intelectual tendencias peligrosas", "bajo las nuevas situaciones permanecen los viejos peligros", etc. A lo cual se añade la habitual sobrecarga polémica, que consiste en adherir la etiqueta "extrema derecha" sobre el adversario al que hay que descalificar (en este caso la "Nueva Derecha", expresión cuidadosamente evitada) y la repetición de que lo peor está aún por llegar, método corriente de dramatización (el "riesgo político importante", expresión cuya vaguedad garantiza su efecto). Resumamos la alerta: "una parte de la extrema derecha" (ha de entenderse "la ND") organiza, en el mayor de los secretos, "una confusión de las pistas en el campo de las ideas", a través de debates y, diálogos con ciertos intelectuales de izquierda, lo cual, obviamente, no puede sino aumentar o extender de manera inquietante la terrible "confusión de las ideas", que despierta "viejos peligros" y representa "un riesgo político importante". 

El simplismo maniqueo y la pobreza conceptual de semejante "análisis", reiterado como una letanía sobre todas aquellas obras que no tienen el aval del periodista-procurador", no deben hacer olvidar su función principal: la denuncia edificante y el llamamiento a la "tradición de vigilancia" tienen el objetivo de prohibir la confrontación de las "ideas", poniendo bajo sospecha a un cierto número de intelectuales, expulsados de por vida del espacio legítimo del debate. La "vigilancia", de tradición antifascista, es instrumentalizada con voluntad discriminatoria y queda puesta al servicio de un proyecto de segregación entre intelectuales "buenos" y "malos". Para huir de la "confusión de ideas", mito repulsivo del antifascismo retórico, las personas honestas, lectores de periódicos honestos, se comprometen a aceptar el debate exclusivamente con interlocutores convenientes, preventivamente seleccionados por la autoridad periodística. El seudoantifascismo de pluma, a través de su método "antiniebla", predica, pues, el advenimiento de una sociedad fundada sobre la discriminación y sobre la segregación de los ciudadanos candidatos al "debate de ideas". La "vigilancia" imaginaria es una máquina para crear parias al hilo de las propias sospechas. Frente a los cazadores de "confusiones de ideas", frente a los censores del debate público y los delatores de mentes heterodoxas, la resistencia intelectual comienza con aquella frase que tanto le gustaba repetir a Lucien Febvre: Oportet haereses esse, "necesitamos a los herejes". Estos herejes no deben ser tratados como "indeseables", como intocables dialógicos, abocados a la execración o a la expulsión de las sedes culturales legítimas

La movilización de los lugares comunes a través de un programa de purificación mental ha funcionado todavía bien, tantos años después de aquel "verano de la ND" de 1979, como un género mass-mediático cuyas manifestaciones pueden ser observadas en cualquier campaña contra las "ideas peligrosas". 

Contra la censura ideológica 

En 1980, recordémoslo, Annie Kriegel juzgaba "cierta" la "rentabilidad de los llamamientos a la vigilancia". Esta "rentabilidad" ideológica se ha mostrado decreciente cuando en julio de 1993, mientras Europa oriental continuaba experimentando una convulsiva salida del comunismo y violentas movilizaciones xenófobas hacían su aparición en la mayor parte de las naciones de Europa occidental, unos cuantos intelectuales "antifascistas" han considerado juicioso lanzar, una vez más, un "llamamiento a la vigilancia" para luchar contra "la actual estrategia de legitimación de la extrema derecha" que consistiría, sustancialmente, en "una amplia operación de seducción que toma por objetivo a personalidades democráticas e intelectuales, algunos los cuales destacan por ser de izquierda". Este modelo de operación estratégica se aplica, en Francia, sólo a la revista Krisis, dirigida por Alain de Benoist, que en efecto ha publicado, con pocas excepciones, únicamente textos de autores clasificados a la izquierda. Los signatarios de este "llamamiento a la vigilancia" se proponen construir una "Europa de la vigilancia", no luchado contra los nacionalistas xenófobos y los populismos identitarios que legitiman la praxis de la "limpieza étnica" (en gran o pequeña escala), sino "asignándose la tarea de recoger y hacer circular lo más ampliamente posible toda información útil para comprender los circuitos de la extrema derecha y sus alianzas en la vida intelectual (editoriales, prensa, universidad)", y empleándose a "rehusar cualquier colaboración en revistas, obras colectivas, transmisiones radiofónicas o televisivas, congresos dirigidos u organizados, cuyos lazos con la extrema derecha estén atestigua-dos". El coraje requerido entra en los límites de lo razonable. Y tampoco se nos exige demasiada lucidez. Porque la "extrema derecha" así caracterizada, en su estrategia cultural de seducción del adversario y de autolegitimación, no puede designar a nadie más que a la ND; y los "ideólogos de extrema derecha" que "han comenzado desde un cierto periodo a hacer creer que han cambia-do" se recurra a la persona de Alain de Benoist (acompañado, como mucho, por su homólogo italiano Marco Tarchi, tanto más sospechoso desde el momento en que abre su revista a la izquierda intelectual). Cuestión de etiqueta: la "extrema derecha" es la "Nueva Derecha" para quien sabe descodificar. De ahí resulta que al público "antifascista" (sensible a los temas antifascistas) se le propone la tarea exaltante de construir una "Europa de la vigilancia creando un cordón sanitario en torno a una revista como Krisis y a personalidades por ésta "atrapadas" y no arrepentidas. Pero los dirigentes del Frente Nacional no intentan "hacer creer que han cambiado" y no invitan a ningún intelectual de izquierda a escribir en sus publicaciones: así es cono funciona realmente la "extrema derecha", la que difunde y legitima la temática xenófoba en Francia. El análisis político sobre el que se basa el "llamamiento a la vigilancia" es pura y simplemente falso: la "extrema derecha" no actúa en modo alguno a través de la elaboración de una "estrategia de legitimación" que "saca partido de la multiplicación de los diálogos y los debates"; no busca seducir a la izquierda intelectual, ni llama al diálogo ni al debate, pero el susodicho llamamiento no necesitaba, ciertamente, basarse en la verdad para garantizarse una rentabilidad satisfactoria... 

Para afrontar la realidad de las evoluciones intelectuales y políticas hay que invertir las representaciones: Alain de Benoist ha "cambiado" mucha desde la mitad de los años setenta, mientras que algunos de quienes le denuncian no han cambiado en nada, ni en los métodos ni en las certidumbres. Sin embargo, en todo este tiempo tanto Francia como Europa también han cambiado mucho. Lo que permite medir la ausencia de lucidez de un neo-antifascismo declamatorio y perezoso, que no ve hoy en Europa peor peligro que el de "debatir" o "dialogar" con intelectuales procedentes de la ND en Francia o en Italia. Durante este tiempo, a pesar de ese antirracismo riguroso, la estatalización "dulce" de la xenofobia prosigue, sobre todo en Francia, sin conmover grandes masas, y la utopía europeísta pasa a la política al mismo ritmo con el que la violencia xenófoba se hace cotidiana, tanto en el Este como en el Oeste. Los profesores de vigilancia, a juzgar por su silencio, no parecen preocuparse. El estalinismo intelectual tiene la piel muy dura. 

Por principio, para que la ciudadanía democrática pueda vivir, la "libertad de hablar y escribir" no puede ser alterada. Lo habitual ha de ser implicarse en el campo de la argumentación, del diálogo y del encuentro ideológico, y el rechazo del debate debe ser la excepción a la regla. De otro modo, nada prohibiría a un individuo negar sistemáticamente la palabra a cualquier otro individuo que manifieste cualquier desacuerdo con él. Demostración por reducción al absurdo: la extensión indefinida del principio del no-debate con los adversarios destruiría un elemento propio de la humanidad que consiste en superar los conflictos a través del uso dialógico de la palabra. Las cartas antes citadas de Palmier y Morin tienen el insigne mérito de recordar a la izquierda intelectual más sectaria del mundo que la finalidad de un debate ‒de cualquier género‒ es permitir a los interlocutores ponerse de acuerdo sobre las razones de sus desacuerdos. El diálogo no está por esencia destinado a concluir con una fusión, a eliminar las disensiones entre la humanidad. El "politeísmo de los valores" es insuperable. Al discutir en nuestra obra, sin complacencia, pero sin demonización ‒en la medida de lo posible‒ las "ideas" de la ND, y más en particular las de Alain de Benoist, somos perfectamente conscientes de haber optado por el principio dialógico, y de poner en práctica algo como la buena voluntad argumentativa, una mezcla de buena fe y de probidad filológica. Sean cueles fueren nuestras divergencias, nuestros desacuerdos o nuestros antagonismos con las "ideas" de Alain de Benoist, tenemos el deber de estudiarlas, de exponerlas a un examen crítico y, si fuera necesario, al término de la discusión, rechazarlas. Sabemos que al actuar así violamos la regla implícita de una praxis demasiado corriente en la materia que consiste en condenar antes de cualquier examen crítico y después rechazar sin discusión. En una sociedad cuya palabra maestra normativa es la "lucha contra la exclusión", el hecho de excluir del diálogo legítimo a un "intelectual" que respeta las reglas del diálogo es, cuando menos, una paradoja que podría parecer un escándalo. 

Es oportuno indicar en qué sentido debe extenderse la orientación "liberal" de la discusión: se trata de un liberalismo cultural, o intelectual, que al mismo tiempo es un presupuesto del Estado de Derecho moderno y una condición para el ejercicio de la libre discusión crítica. Bernard Lewis da esta definición simple, que pone el acento en la contraposición entre liberal y autoritario: "Por liberal entiendo respetuoso de la libertad individual y de los derechos humanos; el antónimo de liberal no es aquí conservador, sino autoritario". 

El ejemplo de Raymond Aron 

En su intervención sobre la ND, en julio y en agosto de 1979, así como en las conclusiones de sus Memorias, Raymond Aron planteaba el problema de qué actitud adoptar frente a la ND: ¿Para luchar contra las ideas de Alain de Benoist (su antiigualitarismo, su antiamericanismo, su antiliberalismo, su neopaganismo) sería preciso, por ejemplo, invocar la represión judicial para prohibir la circulación de sus textos? ¿Es cuestión de practicar el antirracismo judicial para censurar los escritos de Alain de Benoist? Desde la campaña de prensa de 1979 hasta la de 1993, muchos han sido los acusadores de la ND que, asimilándola de un modo u otro al nazismo, la han señalado ante las autoridades competentes para que se le aplicara la ley "antirracista" de 1 de julio de 1972. En esta perspectiva, concentrada sobre la "nazificación" del GRECE, nadie trata de discutir las ideas, y menos aún de discutir con sus re-presentantes; se trata simplemente de estigmatizar, denunciar, condenar. Para hacer aceptable, o incluso deseable, una censura. Por el contrario, Raymond Aron, en 1979 y en 1983, examina la posición de quienes defendían una censura ideológica, y demuestra que es algo incompatible con una visión liberal, es decir, con los valores y normas del liberalismo intelectual. El único verdadero problema es, de hecho, saber cómo podemos resistir, en un mundo no imaginario, a la forma moderna de la barbarie, que es el totalitarismo. O, dicho de otro modo: ¿Cómo actuar para no hacerle el juego al pensamiento totalitario con las más loables intenciones antirracistas y antifascistas? En 1979, el filósofo-sociólogo determina un criterio típico del liberalismo intelectual: "Ninguna concepción del mundo, monoteísta o no, preserva en tanto que tal a las personas o a las sociedades de caer en el totalitarismo. El antídoto contra el totalitarismo es la negativa a arrogarse o a conceder a otro el monopolio de la palabra legitima". 

La reclamación de una censura ideológica es, ciertamente, ambigua: no es, en sí, expresión de una visión totalitaria, pero puede transformarse en tal, puede derivar hacia el ideal totalitario de una sociedad de pensamiento único que lleva a la práctica un deseo de ortodoxia sin límites. Las palabras, como las ideas, pueden matar: esta es la argumentación principal de quienes defienden la censura ideológica en nombre de una "corrección" de tipo antirracista/antifascista. Pero las palabras y las ideas en sí no matan con su sustancial eficacia simbólica: pueden matar sólo en un contexto, a través de ciertas praxis, cuando se hace cierto uso de ellas. En consecuencia, no se debe luchar tanto contra las "ideas peligrosas" como contra la peligrosa utilización de ciertas ideas, de todas las ideas que, como es notorio, pueden enloquecer. Por tanto, la censura de las palabras y de las ideas difícilmente puede satisfacer un programa de acción antitotalitaria: la censura no borra, no destruye; prohíbe algunos modos de circulación de los mensajes, desplaza el lugar de comunicación y prepara inevitables retornos del "desterrado". Por eso no se puede hacer otra cosa, en esta materia, que esforzarse en escoger la menos mala de las vías. Esto presupone que, en una época democrática, se confíe en el debate y en la racionalidad argumentativa, y que se desee firmemente evitar el caer en una temible paradoja, a saber, la de pretender combatir una amenaza totalitaria con los instrumentos de una política totalitaria, que mira a la instauración de una sociedad sin opositores ni "malpensantes", y que por tanto carece de espacios para el libre debate. En 1983, Raymond Aron afrontaba directamente la cuestión a propósito del "caso Alain de Benoist": 

"Algunos judíos, las organizaciones oficiales de la comunidad judía, denuncian con frecuencia a la ND de Alain de. Benoist imputándole una propensión al nacionalsocialismo: Al mismo tiempo, sugieren a veces a las autoridades reducirla al silencio, con el pretexto de que entraría en la esfera de acción de, las leyes que condenan las opiniones o los escritos que incitan al odio racial. Los judíos que reclaman una censura se equivocan. ¿Es Alain de Benoist, en el fondo de sí, antisemita? No lo sé, y poco me importa; no he encontrado pruebas de tal cosa en ninguno de los textos que ha publicado en estos años. Él rechaza las acusaciones: en nombre de la enriquecedora diversidad de las culturas, estimula la supervivencia de las culturas regionales. ¿Por qué no iba a salvaguardar la especificidad judía? En todo caso, Alain de Benoist es demasiado sagaz como para no comprender que el nazismo ha quedado desacreditado para siempre con las cámaras de gas (...) Al día siguiente del atentado de la rue Copernic, un periodista de Antenne 2 me hizo algunas preguntas sobre las causas y las responsabilidades del suceso; se esforzó por arrastrarme hacia el caso de los intelectuales de la ND. Le respondí bruscamente que no iba a prestarme a una manipulación de ese género. Quien deteste las ideas de Alain de Benoist debe combatirlas con las ideas, no con las porras ni con el vitriolo. Las ideas matan, he dicho, pero la belleza y la fragilidad del liberalismo están exactamente en el hecho de que no sofoca ninguna voz, tampoco las peligrosas". 

Así pues, quien considere que la ND representa un fenómeno peligroso debe ante todo precisar sus razones, sin recurrir a la condena polémica. Y después tendrá que criticar sus tesis, analizar sus temas y explicar por qué son infundados. Porque la ND, hasta que no se demuestre lo contrario, no moviliza a las masas ni está vinculada a partidos que amenacen explícitamente a las instituciones democráticas. Por eso podemos hacer nuestra la observación de Raymond Aron en medio de la campaña del verano de 1979 contra la ND: "Si representa un peligro, y dudo mucho que así sea, la réplica debe ser intelectual". 

Corresponde al debate en sí, a través de su praxis dialéctica, hacer aparecer los desacuerdos, clarificar las verdaderas razones, determinar los puntos de discordia y, si es posible, sus reglas de formación, y por último señalar los límites, las fronteras que pueden ser abiertas y las que no, las de lo insostenible y las de lo intolerable. Fuera del espacio abierto por la discusión crítica, fuera del campo de los debates regulados, sólo resta la denuncia edificante, en un marco de condena a priori, de unos enemigos absolutos, absolutamente odiables o despreciables; no queda sino la pose virtuosa del conformista, cobarde o mediocre, que hace de la necesidad virtud (el rechazo de dar la palabra a los enemigos, o de leer sus textos), actitud que va de par con el uso de los clásicos métodos policiales de descalificación del enemigo político o de los espíritus rebeldes. Esta alianza entre inquisición policial y virtuosismo ideológico caracteriza muy adecuadamente el espíritu seudoantifascista en que están redactados algunos artículos o libros sobre la ND. Romper con este espíritu de delación significa negarse a que la libre confrontación entre temas, tesis y argumentaciones sean sustituidas por voces o vetos lanzados desde alguna camarilla que funciona como una policía ideológica y que abusa de su ventaja al ocupar puestos de poder mass-mediático. De esto depende la praxis de la democracia, la cual presupone que los contrapoderes impidan a éste o a aquél grupo de poder monopolizar el uso legítimo de la palabra en nombre del Bien ‒un Bien que habitual-mente se reduce a una "defensa de la democracia" cuya vaguedad se presta a cualquier uso. 

Los verdaderos peligros que amenazan a la democracia

La práctica de la democracia presupone que los ciudadanos se muevan por un doble deseo de "instrucción" y de discusión. Porque la democracia no es ni el reino absoluto de los prejuicios de la mayoría, ni la clausura de la "soberanía popular" sobre sí misma. La condición que la hace posible es la apertura de un espacio de discusión que tiende idealmente a la autorreglamentación. Esto significa que ha de disminuir el peso de esos maestros de la verdad y de la justicia que pretenden imponerse desde el exterior de ese espacio, ya se presenten y legitimen esos maestros a través de títulos de anterioridad (la tradición) o de superioridad (la revelación), o ya a través de su reivindicación de representar a la mayoría. Porque la secularización nunca llega a realizarse completamente, y la racionalización moderna de las actitudes y los comportamientos constituye más un ideal que una realidad social. El deseo de trascendencia se satisface precisamente tiñendo los puntos débiles del mundo desencantado, insinuándose en los espacios vacíos del proceso de racionalización. La forma predominante de la neotrascendencia política se encarna en la idealización del conformismo "de masa", conformismo que se sostiene gracias a la obra de legitimación desarrollada por los intelectuales "orgánicos", fabricantes de visiones ortodoxas. La potencia simbólica de los dispositivos mass-mediáticos transforma hoy las concepciones generales y dominantes en evidencias absolutas que alimentan la tiranía mórbida de la opinión pública mediatizada. La aparición de semejante "ortodoxismo" sin límites, que pone fuera de juego al clásico contrapoder del examen crítico, da vida a un nuevo dilema, pues la democracia pluralista, por principio, excluye la posibilidad de que se instale un "reino de la ortodoxia". Pues bien: en las sociedades pluralistas contemporáneas se va formando una ortodoxia exclusivista sobre la base de un cierto número de materiales simbólicos que corren el riesgo de amalgamarse eficazmente pese a su incompatibilidad lógica: la defensa de los "derechos humanos" y el respeto del "derecho a la diferencia"; el imperativo categórico de la "lucha contra la exclusión" (discriminación, estigmatización, segregación) y la praxis "antirracista" de exclusión simbólica de los "racistas" (definidos como los que "excluyen"); la defensa de las "víctimas" o de los "pobres" y la praxis del "deber de injerencia", que está derivando desde la ayuda humanitaria urgente hacia las operaciones militares de "pacificación"; el culto consensual del mercado sin fronteras y el llamamiento a respetar las fronteras entre derecha e izquierda... Todos estos ideales y todas estas praxis coinciden en determinar una "puesta al paso" ideológico-política cuyo campo de ejercicio es doble: tendencia a la monodoxia mass-mediática en las democracias liberales, imposición de un orden moral, jurídico y político en las naciones que se resisten a la "mundialización".

La tendencia general va hacia una homogeneización cultural y un impulso a la uniformidad jurídico-política del mundo, necesaria para crear un mercado posnacional. La paradoja más visible deriva del hecho de que el movimiento de unificación homogeneizante, nacido en las democracias pluralistas, parte de éstas para universalizarse ya mediante la moralización humanitaria, ya a través de la violencia militar. El ideal inconfesado de un mundo sin herejes, sin disidentes, sin contradictores, en fin, sin espíritus heterodoxos, progresa en las mentes y en los comportamientos. Su mundialización encierra el riesgo de llevar consigo la cancelación de la libertad de opinión, a través de la lenta descalificación de las ideas no conformes respecto a los estándares mass-mediáticos, descalificación puesta en práctica mediante la sospecha de heterodoxia. En este proceso dinámico hay que inscribir los rituales de exclusión simbólica dirigidos contra la ND y contra los intelectuales que aceptan debatir o polemizar con alguno de sus exponentes. Hay en ello, ciertamente, una forma emergente de "corrección política" a la francesa, cuya especificidad nacional consiste en mostrar una fuerte impregnación estaliniana. Lo primero que se recomienda, cómo acto "políticamente correcto", es rechazar el debate con determinadas categorías de adversarios intelectuales so pretexto de que se trataría de "nazis enmascarados". A esta representación del enemigo absoluto "enmascarado", heredada de la retórica estalinista, se añade el sambenito polémico, absolutamente descalificador, del ficticio "nacional-comunista", versión adaptada a los valores presentes de aquellos otros sambenitos del tipo "hitleriano-trotskista": un adversario y un enemigo "barbarizado" se reducen a una sola cosa, y el resultado se eleva después a la categoría de enemigo de la humanidad "normal".

Hemos dejado de percibir la realidad histórica, la reducimos a signos o a huellas del pasado erigido como mito repulsivo: un pasado poblado por "viejos demonios". Presuponemos que el presente debe estar sometido al pasado, y nos limitamos a descodificar este presente para ver en él repeticiones y resurrecciones. La búsqueda de lo mismo es la única búsqueda autorizada por el culto de la Memoria. Nuestro antirracismo es conmemorativo y nuestro antifascismo es conspirativo. Son ritos de exorcismo donde la letanía del "llamamiento a la vigilancia" cumple la función de nombrar indefinidamente al peligro y así hacerlo existir y conjurarlo, todo con un sólo gesto. Una vez más "entramos en el futuro caminando hacia atrás", por hablar como Valéry. Por lo que parece, no hemos abandonado la creencia de que la Historia es la ciencia de las cosas que se repiten, de las experiencias que se reiteran, de los peligros que se reproducen idénticamente, y que por tanto son fácilmente identificables: creencia ciega y cegadora. El "peligro fascista" de los años treinta, aquél que denunciaron justamente con coraje y lucidez los comités de vigilancia creados después de 1933, forma parte del pasado. Ni el "fascismo" ni el "racismo" nos harán la merced de retornar bajo formas que nos permitan reconocerlos fácilmente. Si la vigilancia fuese sólo un juego de reconocimiento de lo ya conocido, no sería más que un hecho de memoria. La vigilancia se reduciría a un juego de sociedad que recurre a las reminiscencias y a las identificaciones a través del reconocimiento. Ilusión consoladora de una historia inmóvil, poblada de acontecimientos conformes a nuestras expectativas o a nuestras obsesiones. Vigilancia mágica: nos declaramos "vigilantes" para impedir el retorno de los "viejos demonios". Doble ilusión: el conocer no es más que un reconocer, y el actuar se reduce a un nombrar la amenaza, a decir que hay que percibir el presunto retorno, que adviene en todo momento. Nuestra vigilancia mágica se nutre de dos convicciones absolutas: el nazismo está retornando continua-mente; el racismo continúa creciendo. Estas representaciones míticas del eterno renacimiento y del incesante ascenso de las figuras del Mal absoluto están en el centro de nuestra demonología política. Lo imaginario satánico sigue vivo y el exorcismo político constituye un verdadero género periodístico. ¿Cómo viviremos sin nuestros queridos "viejos demonios", sin la compañía de estos íncubos, ya amansados desde hace tiempo, que cambian de cara en función de las modas que guían nuestros mismos mitos repulsivos (desde el racismo hasta el nacionalismo, desde la xenofobia hasta el tribalismo, desde la eutanasia hasta la eugenesia, desde el clericalismo hasta el integrismo)? 

Conjurar no siempre significa conocer.