El enemigo americano, por Alain de Benoist

 

Y Europa, ¿qué papel juega en el tablero mundial? Europa ha sido, como siempre, incapaz de alcanzar una posición común. La alternativa ante la que se encuentra es, en realidad, siempre la misma: o Europa, dando prioridad a la liberalización, esposada a la dinámica de un gran mercado que debe ampliar lo más posible, en cuyo caso la influencia americana devendrá preponderante; o Europa basada en una lógica de profundización de sus estructuras de integración política a través del federalismo y la subsidiariedad, en una perspectiva esencialmente continental y con la intención de equilibrar el peso de Estados Unidos.

Por ahora, Europa está experimentando una crisis institucional sin precedentes. No tiene ni la voluntad política ni la legitimidad democrática. Los Estados que la componen rehúsan atribuirle verdaderas competencias políticas. Sus ambiciones de “reforma estructural” se resumen en la liberalización y la desregulación, dentro de la prioridad dada a la apertura de los mercados sobre las políticas comunes. Europa se ha embarcado en una huida hacia adelante que da prioridad a la expansión burocrática en lugar de fortalecer sus capacidades para la toma de decisiones políticas. Paralelamente, el foco no está puesto en las nociones de política, pueblo, soberanía, comunidad o democracia, sino en los valores de mercado, la gobernanza abstracta y la justicia procesal. La construcción europea se realiza, esencial-mente, en el dominio económico, desequilibrio intrínseco portador de una deriva liberal que tiende a hacer de ella una zona comercial de librecambio, en lugar de permitir su devenir en un polo regulador de la globalización.

Jacques Julliard cree, no sin tristeza, que «la Europa del mañana será necesariamente neoliberal y atlantista». Europa, escribe, «no es ultraliberal por voluntad, sino por defecto. Por falta de voluntad. Por insuficiencia. Por bienestar. Por cobardía. Es lo que dijo una vez el general De Gaulle, un tanto injustamente, ante la ONU: Europa no es más que un “aparato” [del francés machin, “aparato” en sentido peyorativo, equivalente a “trasto”, NdT] Bien, por egoísmo, por falta de ambición, por instinto de servidumbre voluntaria, Europa está en trance de convertirse en un “trasto”. En un mundo ultraliberal, esta Europa será necesariamente liberal. En un mundo atlantista, esta Europa será americana. En un mundo americano, Europa corre el riesgo de ser un simple dominio. Tal monstruo no podrá, es evidente, sino resignarse a ser un espacio comercial [...] La política exige una identidad y una voluntad, es decir, un pasado común, de ideas comunes, de pasiones e intereses comunes» (“L´Europe, ce machin!”).

Por su parte, Victor Davis Hanson escribió recientemente: «Mi opinión personal es que el estado actual de la tensión transatlántica es sólo el resultado provisional de una asimetría en las relaciones de poder, es un estado natural entre nosotros por el efecto de culturas e historias radicalmente divergentes [...] Esta situación sólo puede empeorar [...] Cualquiera que sea el criterio estándar y objetivo elegido, nosotros ya no podemos ser socios por más tiempo, y ya es hora de aceptar esta realidad» (“Adieu à l´Europe?”).

La Unión Europea pronto incluirá más de treinta países. Sin embargo, está claro que mientras no se forme un “núcleo duro”, cuanto más sean los Estados miembros, más difícil será para Europa asumir un rol de contrapeso respecto al de América. En la cumbre de Copenhague, en lugar de estructurar y profundizar sus instituciones, Europa se ha ampliado a ciertos Estados que son totalmente dóciles a la política americana, que no quieren unirse sino bajo la protección de la OTAN, tomando así el riesgo de reducirse a sí misma a la impotencia y la parálisis. Estos nuevos Estados miembros fueron aceptados sin tomarse la molestia de plantear la cuestión de las fronteras de Europa o para llevar a cabo las reformas institucionales que se necesitaban. Para completar todo esto, Europa está planeando integrar a Turquía, es decir, llevar a la UE un país simplemente por su peso demográfico, para convertirlo en el Estado miembro más influyente en términos de votos. Este proyecto de integración, que ya ha recibido el apoyo explícito de los líderes políticos europeos, es una respuesta a los deseos de los estadounidenses, que sueñan con la construcción de un bloque occidental bajo su dirección, con Turquía e Israel como cabezas de puente en el Oriente Medio.

Todo esto no es realmente nuevo. Lo que es nuevo, sin embargo, es la desaprobación, cada vez más fuerte, que levanta en todas partes la nueva política estadounidense. La brecha se está ampliando de este modo entre los Estados Unidos y lo que los americanos llaman desdeñosamente el “resto del mundo”, donde Estados Unidos son vistos, cada vez más, como una potencia depredadora que ha perdido toda legitimidad. Pero es igualmente revelador que, entre la opinión pública y los periodistas, siempre hay alguien listo para hacer la reverencia y saludar a la bandera de las estrellas y las rayas.

“Todos somos americanos”, proclamó en voz alta, después de los ataques del 11 de septiembre, el jefe de un editor de periódico que se ha convertido en suplemento parisino del New York Times. El “amor a los Estados Unidos de América” es un sentimiento que “estamos viviendo miles de millones”, declaró Guy Sitbon, agregando “hoy en día, todos tenemos dos patrias, la propia y la americana”. La acusación de “antiamericanismo” es un nuevo instrumento de diabolización neoestalinista de los sentimientos populares, que sigue siendo propagada por las buenas almas, los teóricos de la amistad fraterna con los bombarderos norteamericanos, tales como Jean-François Revel, que asegura que criticar a los Estados Unidos implica estar en contra de la libertad y de la democracia, o Alain Minc, que asegura seriamente que “un demócrata nunca será antiamericano”.

Pero el problema no es el antiamericanismo. «El verdadero problema, como dijo Emmanuel Todd, es el surgimiento de una verdadera eurofobia en los Estados Unidos». Curiosamente, mientras acusan a los críticos de la política de Washington de “antiamericanismo” primario, los estadounidenses, al tomar posiciones hostiles a Europa, nunca son acusados de antieuropeísmo primario. Uno sólo tiene que leer la prensa estadounidense con regularidad para comprobar que la eurofobia causa estragos. “El creciente desacuerdo entre los EE.UU. y Europa se ha convertido en un secreto a voces”, señaló Michel Jobert en una de sus crónicas. A pesar de la tranquilizadora unción diplomática, la falta de unidad transatlántica sigue afirmándose. Pierre Lellouche no dudó en hablar de “divorcio transatlántico”.

Robert Kagan se oponía a una Europa que debe vivir con la esperanza kantiana de una suerte de “paz perpetua” y que no tiene ningún deseo de salir del “Estado débil” del que ha hecho su ideal; frente a una América “realista”, consciente de la realidad hobbesiana del mundo –la guerra de todos contra todos– y decidida a asumir sus responsabilidades globales por todos los medios (Power and Weak-ness. Why Europe and the US See the World Differently).

En este artículo, se atribuyen a América, con demasiada ligereza, algunos rasgos históricos de la Europa clásica (la Machtpolitik) y de la filosofía de la Ilustración europea que llevó a la fundación de los Estados Unidos. Este es el caso, también, cuando se critica la falta de ambición colectiva y de voluntad política de los europeos. Pero pronto vemos cómo el autor, al precio de una serie de falacias y generalizaciones apresuradas, pretende hacer pasar del “realismo” al uso excesivo de la fuerza bruta. Robert Kagan confunde, cínicamente, la resolución con el deseo de dominar. Su referencia al “realismo” es sólo un medio para justificar el desprecio con que se lleva, sin sometimiento a ninguna norma de derecho internacional, la legitimación de la visión maniquea del mundo propia de los americanos, así como su voluntad de resolver unilateral y militarmente cualquier conflicto político (revelador es también el hecho de que Kagan acusa a los europeos de querer acceder a un “paraíso posthistórico de relativa paz y prosperidad”, eso que su compatriota y amigo Francis Fukuyama teorizó como el “fin de la historia”).

La conclusión de Robert Kagan no es menos interesante. «Ha llegado el momento, escribió, de dejar de fingir que los europeos y los americanos comparten una visión común del mundo, o incluso que viven en el mismo mundo [...] En todas las cuestiones clave relacionadas con el poder, las perspectivas europeas y americanas son divergentes [...] De los principales temas estratégicos internacionales, los americanos vienen de Marte y los europeos de Venus. No están de acuerdo en casi nada y se entienden menos todavía. Esta situación no es temporal [...] Las razones de la brecha transatlántica son profundas, vienen de muy lejos y se espera que continúen [...] Los Estados Unidos y Europa han tomado caminos diferentes».

Por su parte, el profesor de geopolítica Charles A. Kupchan dice que la rivalidad entre Europa y los Estados Unidos necesariamente aumentará. «La riqueza de la Unión Europea, dijo, ya rivaliza con la de los Estados Unidos, y Europa está en el proceso de forjar una conciencia colectiva y un carácter muy distintos de los de América [...] Europa y América divergen en valores e intereses. Siguen diferentes modelos sociales y son altamente contradictorios. Hasta hace poco unido, concluye, Occidente parece estar a punto de dividirse en dos mitades concurrentes».

Para los europeos, dice también Emmanuel Todd, “no es suficiente que todos ellos decidan que la hegemonía americana no es buena para que ella cese realmente” Europa, de hecho, tiene los medios para contrarrestar los de América. En la actualidad, supera ya a los Estados Unidos por número de sus habitantes y producción económica. En 1990, el PIB de la Unión Europea ascendió a 7 billones, contra los 5,9 billones para los Estados Unidos. La UE es ahora la mayor potencia comercial del mundo. Lo que le falta, una vez más, es la voluntad de utilizar los medios a su alcance para adquirir los medios militares y las estructuras políticas comunes que le permitirán jugar en el campo de las relaciones internacionales, un rol a la medida de su riqueza y de su población. En una encuesta reciente, el 91% de los franceses respondió que sí a la pregunta “¿Debe Europa convertirse en una superpotencia?”. Lo necesita para recuperar la conciencia misma. Tendría que avanzar hacia la creación de un eje París-Berlín-Moscú. Se diseñaría un proyecto de verdadera civilización. Porque si Europa no es un proyecto de civilización, no es nada.

Entramos en lo que Ulrich Beck ha llamado, con razón, la “sociedad del riesgo”. El riesgo es, en muchos sentidos, lo contrario de peligro. Mientras que el peligro es identificable y localizable, el riesgo es difuso y omnipresente. El sida, el terrorismo, la enfermedad de las vacas locas, los accidentes nucleares, los desastres ambientales, las máculas de la tecnociencia, son todas ellas formas contemporáneas de riesgo. La sociedad del riesgo es una sociedad que se refleja en el riesgo. Gobernar implica una verdadera sociología política del principio de precaución. Mientras que la modernidad industrial se ordenaba conforme a las nociones de progreso y racionalidad, es decir, a ciertos valores de certidumbre, la sociedad posmoderna, postindustrial, reposa sobre la confusa evaluación del riesgo, es decir, en la incertidumbre. Un buen número de riesgos provienen ahora de los avances tecnológicos, pero todavía se confían a la técnica los remedios para conjurarlos, por lo que el riesgo se convierte, en sí mismo, en un círculo vicioso. Bajo sospecha, inquieta, minada desde dentro, amenazada por todos lados, bajo una vigilancia total, en un estado generalizado de emergencia, la sociedad actual es, en sí misma, riesgo.

La sociedad del riesgo es, por definición, una sociedad donde la confianza está desapareciendo. Es una sociedad que cultiva el miedo. Pero el miedo es la ansiedad. Se crean fantasías que reflejan ansiedades. Frente a la alarma planetaria de los riesgos, frente a América, frente a la mundialización del capital, debemos, sobre todo, mantener la cabeza fría. Es preferible la reflexión a la inventiva, el análisis a las consignas.

Ordenada según la vieja idea de un “destino manifiesto”, «la política exterior de los Estados Unidos, escribe William Pfaff, siempre ha descansado en la creencia de que la modernización, la occidentalización y la americanización son bendiciones puras y solidarias, esenciales para el establecimiento de un orden satisfactorio en la sociedad [...] El hecho de que los Estados Unidos sean ahora la única superpotencia y la economía más grande del mundo, socava el orden establecido, que ya no es un sistema unitario, pero que puede resistirse a la hegemonía unipolar, como la historia ha demostrado ampliamente. Sin embargo, las intervenciones americanas de desestabilización y de conflicto siempre se basan en la creencia de que se están ejecutando conforme a la estabilidad, el progreso, la democracia, el crecimiento, el desarrollo y las normas sociales de mayor humanidad. Y cuando sus consecuencias son negativas, es que hay que hacer converger el destino de otras naciones, finalmente, con el de Estados Unidos».

Esa idea de que los Estados Unidos tienen la misión de abrir el camino a la humanidad; esta idea de que el mundo, finalmente, se convertirá en parte de un modelo americano cuya superioridad intrínseca no puede ser cuestionada por nadie; esa idea de que los valores políticos y las buenas normas morales americanas deben ser adoptadas por todos; y, en definitiva, que los “recalcitrantes” deben ser asimilados a un “eje del mal” y, por tanto, que deben ser erradicados por todos los medios; eso es, precisamente, lo que no aceptamos.

La Unión Soviética tenía “satélites”, los Estados Unidos tienen vasallos. Los Estados Unidos creen que, por sí solos, pueden dominar otros países y aliarse con ellos para unir fuerzas. Su concepción de la alianza se trata de un diseño en el que Estados Unidos prepara la comida en la cocina, mientras que los europeos ponen los platos. Pero los Estados Unidos no constituyen, como tampoco lo es Turquía, una potencia europea. Sus intereses son diferentes y la forma en que ellos los defienden difiere de la nuestra.

En un famoso discurso, George W. Bush se preguntaba cómo era posible no amar a América. La respuesta la dio él mismo: “¡Nosotros sabemos hasta qué punto somos buenos!” El reproche a los Estados Unidos se centra no sólo en sus defectos, sino también en sus supuestas cualidades, ésas que consideran toda crítica como realizada por enfermos, criminales o pervertidos. Así, vemos que tanto George W. Bush como Osama Bin Laden, vivían paralelamente el mundo en blanco y negro: ambos concebían el mundo de manera similar; ambos estaban en el mismo mundo, el del enemigo absoluto, el del bien y del mal absolutos, el de la movilización total en nombre de una divinidad única, en nombre de la ideología de lo Mismo, en nombre de la unilateralidad y de la unidimensionalidad. Bush hablaba de “cruzada”, igual que Bin Laden hablaba de “yihad”, los dos querían una “guerra santa” contra los “infieles” que no compartiesen su punto de vista. Los no creyentes debían ser convertidos o destruidos. El “eje del mal” incluye a todos los Estados que se oponen a la creación de la “democracia de mercado”. Desde esta perspectiva, no hay una tercera posición posible: “Quien no está con nosotros está contra nosotros”.

No vamos a adoptar este punto de vista. Nosotros no razonamos en términos absolutos del bien y del mal. Pero nosotros decimos que Estados Unidos, que actualmente es el principal “Estado-matón” del mundo, es por tanto nuestro enemigo principal.

El enemigo principal no es necesariamente el que más se detesta o con el que se tienen menos afinidades. Sólo es el enemigo más poderoso, aquel cuyas acciones se manifiestan con más amplitud, cuya influencia es más consistente, el que tiene los recursos que inundan los medios de comunicación, el que tiene el mayor número de medios de vigilancia, aquel que tiene más peso en los mercados financieros, el que tiene mayor presencia militar en el mundo, el que cuenta con mayor número de empresas multinacionales.

El enemigo más poderoso es aquel que se forma en nuestro imaginario. Pero hoy vivimos en el imaginario de la mercancía. Incluso la hiperpotencia americana depende de la Forma-Capital, lo que equivale a decir que es sólo un instrumento. No es el capitalismo global el que está al servicio de los Estados Unidos, aun siendo sus principales beneficiarios, sino que son los Estados Unidos los que están al servicio del capitalismo global. Nada es más amenazante para la identidad de los pueblos que esta lógica de la Forma-Capital, para la que cualquier particularidad cultural y humana representa un obstáculo que debe ser eliminado. Nada amenaza más la simple existencia humana que la generalización de los valores de mercado, la cultura del beneficio y la dictadura del mercado. Nada amenaza más la diversidad que la imposición unilateral de la lógica del capital. Pero sabemos que, a largo plazo, según Pierre Hassner, “la complejidad del mundo se vengará”. Y será un honor para nosotros haber contribuido a ello.

Citaré, para terminar, estas palabras del filósofo Alain Badiou: «Si hay una sola gran potencia imperial, siempre convencida de que sus más brutales intereses coinciden con el Bien [...]; si ese Estado abandonado a los excesos militares no tiene ningún otro ídolo público que la riqueza, ni otros aliados que siervos, ni otras gentes que los mercaderes, indiferentes y cínicos; entonces la libertad básica de los Estados, de los pueblos y de los individuos, es hacer y pensar todo lo posible, para evitar, en la medida de lo posible, los mandamientos, las intervenciones y las injerencias de esa potencia imperial [...] Hoy no se puede tener ninguna libertad política, ninguna independencia de espíritu, sin una lucha constante y persistente contra el imperio de los USA».