El futuro de la libertad está en juego. Entrevista a Alain de Benoist, por Guillaume de Tanoüarn


Usted acaba de publicar un libro sobre la censura actual (en español: La capa de plomo. Contra la censura de la nueva inquisición, de próxima publicación en Editorial EAS). ¿Cómo es posible que el Presidente francés, enemigo autoproclamado de las democracias iliberales, esté al mismo tiempo en el origen de un nuevo derecho y de nuevas prácticas cada vez más represivas?

Hay ingenuidad en su pregunta ya que supone que un gobierno de inspiración liberal no pueda mostrarse represivo (y, a la inversa, que el iliberalismo se caracterice por el autoritarismo o por la dictadura), lo cual es del todo inexacto. Los politólogos han forjado incluso una expresión como el “liberalismo autoritario”, que caracteriza a unos regímenes liberales en el plano económico y autoritarios en el plano de las libertades individuales (salvo que protejan algunos intereses particulares). A su manera, Pinochet ayer y Bolsonaro hoy son los representantes de esa concepción, aunque el segundo deja también sitio al estilo populista. La causa principal del aumento del liberalismo autoritario es la “crisis de gobernabilidad” a la cual asistimos desde hace ya algunas décadas en los países occidentales. Va de la mano de una transformación de la actitud de los liberales respecto al Estado. Los liberales han considerado durante mucho tiempo que había que restringir todo lo posible sus prerrogativas. Hoy piensan que el Estado está “despolitizado” lo suficiente como para ponerlo al servicio del mercado. 

¿Habría que decir, como lo hacía Maurras en otro tiempo, que el liberalismo está contra las libertades?

Maurras no es el único (ni el primero) en afirmarlo. Lo que hay que entender es que, por sus fundamentos antropológicos, el liberalismo solo defiende las libertades individuales. Las libertades colectivas no importan porque, a su parecer, los pueblos, las naciones o las culturas no tienen existencia como tales: no son más que agregados de individuos (es en ese sentido en el que Thatcher afirmaba que “la sociedad no existe”). Es por ello también por lo que el liberalismo condena cualquier forma de soberanía política que exceda de la soberanía individual, mientras que la soberanía es la condición primera de la independencia y, por lo tanto, de la libertad de las naciones.

Usted sabrá también que la noción de libertad puede verse de formas diferentes. El muy liberal Benjamin Constant oponía la libertad de los Antiguos a la libertad de los Modernos. La primera consistía en la posibilidad que se le daba a toda la ciudadanía de participar en los asuntos públicos (lo que les hacía libres); la segunda legitima, al contrario, el derecho de desviarse de ellos para replegarse en la esfera privada. El individuo liberal está concebido como un ser desprovisto de afiliaciones y pertenencias; como una abstracción de todas partes y de ningún sitio. Su libertad se confunde con el derecho de hacer lo que quiere sin soportar restricciones por parte de nadie y, finalmente, con el derecho de tener unos derechos.

Usted evoca en su libro la vieja reductio ad hitlerum, que termina por agotarse de haberla utilizado tanto, pero también existen nuevas censuras. ¿Cuáles son?

En efecto, se podría decir que la censura ha mutado. La primera novedad es que los poderes públicos la han privatizado: confiando a empresas privadas como Facebook o Twitter el trabajo de censurar los mensajes no conformes a la ideología dominante, el Presidente francés se comporta como un perfecto liberal (que siempre quiere privatizar).

La otra novedad, más importante todavía, es que la censura no se atribuye principalmente a los poderes públicos, sino a los grandes medios y las redes sociales. En otros tiempos, las peticiones de censura emanaban del Estado mientras que la prensa se jactaba de tener un rol de contrapoder protector de las libertades. Ya no es así hoy en día, aunque todavía exista una censura gubernamental. No solo los medios han abandonado, en la práctica, cualquier veleidad de resistencia a la ideología dominante, sino que son los principales vectores. Se llega incluso a la caza de compañeros: hay periodistas que piden hacer callar a otros periodistas o escritores que piden censurar a otros escritores. Dialogar con el “enemigo” sería reconocerle un status de existencia. Sería exponerse a sí mismo a la suciedad o la contaminación. No se dialoga con el diablo; se trata de demonizar.

Usted es el inventor de la expresión “pensamiento único”. ¿En qué aspectos esta expresión refleja cuestiones diferentes a otras expresiones como “dictadura de lo políticamente correcto” o “terrorismo intelectual”?

Las tres expresiones están consideradas como intercambiables, pero tienen diferencias entre ellas. Cuando se habla de “dictadura de lo políticamente correcto” o de “terrorismo intelectual”, se quiere decir que existe una opinión que se quiere imponer a las otras. El “pensamiento único” va más lejos: se da como “única” porque se cree que es la única posible y que el resto de opiniones ni siquiera se pueden pensar.

Desde el punto de vista histórico, es un pensamiento de origen tecnocrático. Se basa en la idea de que los grandes problemas políticos y sociales son, en última instancia, problemas técnicos. No hay más que una solución óptima racional para cada problema. En otros términos, como lo decía también Thatcher en una fórmula célebre: “no hay alternativa”. La idea de que, en política, no hay alternativa es, por supuesto, una idea fundamentalmente impolítica. Lo político implica una pluralidad de decisiones que se pueden tomar en función de las circunstancias, objetivos o valores que cada uno tenga. Una política “sin alternativa” no es, simplemente, una política. Finalmente, el “pensamiento único” retoma, a su manera, la vieja idea de Saint-Simon de que hay que remplazar el gobierno de los hombres y poner, en su lugar, la administración de las cosas. Se encuentra esto en el ideal de la “gobernanza” supranacional, que busca reabsorber el poder político en la sola gestión y sacraliza el reino de la expertocracia. Saint-Simon comparaba a Francia con una “gran empresa” y añadía que debía ser “dirigida de la misma forma que las empresas particulares”. El Presidente francés concibe a Francia como una start-up nation. La visión es la misma. 

Usted realiza un acercamiento ilustrativo entre la multiplicación de la información y la pérdida del sentido y de las diferencias. ¿Diría usted que, donde prospera la información sobre todos los temas, las diferencias desaparecen y nada tiene sentido?

Se puede decir así, por supuesto: demasiada información mata la información. Estamos entonces ante un fenómeno típico de contraproductividad, en el sentido que daba Ivan Illich a ese término. El automóvil permite desplazarse más rápidamente pero, si hay demasiados vehículos, ¡ya no puede uno desplazarse! Recordemos también lo que decía Solzhenitsyn: “No se podía decir nada en la época soviética pero, ahora que conozco Occidente, veo que se puede decir de todo y que no sirve para nada”.

En su estado bruto, los hechos no significan nada. Explicar y entender, no es lo mismo: la persona es un animal que necesita interpretar los hechos si quiere darles un sentido. Dicho de otra forma, necesita un marco conceptual que le sirva de brújula. En el pasado, este marco conceptual venía proporcionado por un entorno sociohistórico que era rico en referencias de todo tipo. Hoy han desaparecido casi todas estas referencias. Confrontados a un diluvio cotidiano de informaciones, nuestros contemporáneos no consiguen ordenarlas, jerarquizarlas o discernir lo posible de lo imposible, lo verdadero de lo falso. En lugar de alimentar nuestro imaginario simbólico, la información agrava la pérdida de sentido y contribuye al aumento generalizado del caos.

¿Piensa usted que la política anti-Covid19, tal y como se ha puesto en marcha, está relacionada con la pérdida de libertades bajo el reino del pensamiento único?

Es la evidencia misma. La lucha contra la “amenaza terrorista” condujo a bastantes gobiernos a aprobar leyes de excepción que fueron luego integradas en el derecho común. Podemos decir lo mismo de las disposiciones decididas en el marco de la “crisis sanitaria”. El día de mañana, podrán servir también para reprimir los pensamientos no conformes y los movimientos sociales. Vamos hacia ese mundo que Guy Debord describió en 1988 en su obra sobre el mundo del espectáculo: “Nunca ha habido censura más perfecta. Nunca la opinión de aquellos a los que se hace todavía creer que siguen siendo ciudadanos libres ha sido menos autorizada a darse a conocer […]. Nunca se ha permitido mentirles tanto con una ausencia de consecuencias tan perfecta”. Fuente: Monde & Vie