El GRECE y la Nueva Derecha. Orígenes, crisis y metamorfosis, por Jesús Sebastián Lorente


Con la fundación del GRECE en 1968 (Groupement de recherche et d'etudes pour la civilisation européenne), núcleo central de la denominada Nouvelle Droite (Nueva Derecha, en adelante ND), pronto se constituye en torno a Alain de Benoist una auténtica escuela de pensamiento dirigida a la renovación ideológica de una derecha radical europea que había quedado deslegitimada por la derrota de los fascismos. En el interior de esa profunda crisis institucional y doctrinal, emerge la figura de Benoist, auténtico animador y teórico del movimiento néodroitier, como el exponente más claro de dicha regeneración en un intento por la superación de la dicotomía izquierda/derecha y la crítica de la modernidad en clave revolucionario-conservadora.

Si bien el GRECE no es el primer intento de renovación profunda del pensamiento de la derecha radical europea, sí que constituye, sin duda alguna, el movimiento más original y prolífico de los producidos después de la “guerra civil europea” (1914-1945), especialmente, por su objetivo de arrebatar a la izquierda los espacios políticos y doctrinales que la hacían dominar la hegemonía cultural según la teoría gramsciana. Un movimiento “neoderechista”, abierto al debate con la nueva izquierda más inquieta, y muy crítico con el pensamiento de la derecha tradicional, fuera católica o liberal. Se aspiraba, desde luego, a constituir un movimiento ideológico al servicio del renacimiento de la identidad europea, en plena decadencia por la presión del americanismo, del liberal-capitalismo y del igualitarismo: entonces, el enemigo era, precisamente, el sistema occidental, fruto de estas ideologías igualitarias y universalistas generadas por el monoteísmo judeocristiano y el racionalismo ilustrado, del que Europa debía descolonizarse por imperativo histórico.

Lo cierto es que las “Nuevas Derechas” surgidas de la esta escuela de pensamiento, a pesar de los furibundos ataques mediáticos, de las traiciones internas y de las traumáticas escisiones, continúa al frente de la vanguardia ideológica en Europa. Se mantienen las líneas de elaboración doctrinal en las revistas Éléments y Nouvelle École y se refuerza el rico debate con la izquierda disidente en la revista Krisis, pero que implica su alejamiento del GRECE original y el ataque orquestado tanto desde la derecha como de la izquierda institucional.

El carácter originaria y abiertamente polémico de la Nouvelle Droite ha provocado la pérdida irreversible de ciertos apoyos sin los cuales ninguna iniciativa metapolítica puede prosperar, pero, a cambio, le ha dotado de una novedad y una receptividad asombrosas en el mundo intelectual, lo que explica las profundas transformaciones y modificaciones que, de la mano sabia ‒aunque estratégicamente divagante‒ de Alain de Benoist, ha desarrollado su pensamiento en algunos de sus aspectos fundamentales. La Nueva Derecha “benoistiana”, antes etnonacionalista, bioculturalista, indoeuropeísta, antidemocrática y aristocrática, se ha convertido, según decía Charles Champetier, en comunitarista, culturalista, neopagana, ultrademocrática y populista. ¿Se trata sólo ‒se pregunta Pierre-André Taguieff‒ de una evolución doctrinal orgánica o de una estrategia de adaptación al nuevo contexto político-cultural? 

I. Orígenes

El GRECE nace “oficialmente” en Mayo del 68 por la confluencia de varias organizaciones de la derecha radical francesa , motivada por la gran pregunta «¿Qué hacer?» de Dominique Venner”.  Venner sólo formará parte de la Nouvelle Droite como inspirador en su fundación, sin ocupar cargos orgánicos ni integrarse en su activa militancia, pero colaborará con la misma, como historiador, en su condición de simpatizante. 

La agrupación GRECE, matriz de la ND francesa, hoy prácticamente desaparecida, tuvo la virtud de reunir durante varias décadas a lo más granado y prometedor de la derecha nacional, radical y disidente francesa. Entre sus fundadores encontramos nombres conocidos que serán fundamentales en la constitución de la agrupación: Jacques Bruyas, Alain de Benoist (que por aquella época utiliza el seudónimo de Frabrice Laroche), Pierre Bérard, Vincent Decombis, Roger Lemoine, Giorgio Locchi, Jean-Yves Blochet, Jean-Jacques Mourreau, Jean-Claude Rivière, Maurice Rollet, Jean-Claude Valla, François d´Orcival, Alain Mallard, Philippe Millau, Roger Vétillard, entre otros. Posteriormente, se irán incorporando otros históricos de la ND: Pierre Vial, Jacques Marlaud, Xavier Marchand, Jean-Claude Bardet, Jean-Yves Le Gallou, Yvan Blot, Luc Pauwels, Robert Steuckers, Guillaume Faye, Michel Marmin, Jean Varenne, Jean Haudry, Jean Mabire, Pierre Le Vigan y un largo etcétera.

Lo que los “medios” denominaron, a partir de 1979, como “Nueva Derecha” es, en realidad, una escuela de pensamiento. Un joven e idealista Alain de Benoist esperaba constituir una corriente de pensamiento equivalente a la primera Escuela de Frankfurt o al MAUSS de los antiutilitaristas, pero desde otros planteamientos teóricos e ideológicos. Según Esparza, «a la ND se la llamó así porque era una forma de pensar distinta a lo que entonces estaba en vigor, que era el monopolio ideológico de la izquierda. Y como tampoco encajaba en los moldes hasta entonces habituales de la derecha común –porque no era ni tradicionalista ni liberal–, se la llamó “nueva”». 

Así que la ND no nace como un movimiento político, sino que se concibe como una escuela de pensamiento, según declaraban Alain de Benoist y Charles Champetier en el célebre “Manifiesto de la Nueva Derecha del año 2000”.  Es decir, los integrantes del grupo neoderechista la consideran más que un club de opinión o un círculo de reflexión, más próxima a un laboratorio de ideas. Pero, en cualquier caso, nada parecido a una organización militante y activista en el terreno político. Ésta va a ser la primera causa del disenso interno.

Los inicios del grupo son espectaculares y prometedores. Pero la ausencia de consenso ideológico en torno a todas las líneas de pensamiento investigadas por la llamada “facción benoistiana” pronto provocaría diversas fugas y escisiones, huidas y divisiones, así como el nacimiento de distintos movimientos identitarios y neopopulistas. El desacuerdo en algunos temas fundamentales será el detonante: la estrategia metapolítica (es decir, la primacía del combate cultural en detrimento del combate político), el paganismo (con su crítica del cristianismo y, su inevitable corolario, de todas las ideologías igualitaristas y universalistas), el antiliberalismo (incluyendo la crítica del capitalismo y del mercantilismo –a veces incluso utilizando recursos marxianos–, y su antiamericanismo) y el comunitarismo (versión angloamericana de un pluriculturalismo con matices, aristotélico y crítico del multiculturalismo liberal).

Uno de los principales críticos y disidentes del núcleo neoderechista como Guillaume Faye, exponía en su obra “El Arqueofuturismo”  las causas de la decadencia del GRECE: 1) El nacimiento competitivo del Front National y de otros movimientos neopopulistas e identitarios, unido a una mala comprensión, por parte de la ND, del pensamiento de Antonio Gramsci; 2) La acentuación de la censura por el black-out y la prohibición del acceso a los mass-media, así como la acentuación de la represión ideológica frente a todo pensamiento alternativo: la ND se habría sometido a estos diktats sin atreverse a combatirlos mediante una respuesta creadora y provocadora; 3) La profunda inadecuación de las publicaciones de la ND frente a las estrategias actuales de prensa y de comunicación, unida a una táctica editorial poco eficiente; 4) El mantenimiento de una “lógica de aparato” anticuada, de estilo partitocrático, fundamentalmente inadecuada para un movimiento o una escuela de pensamiento y una huida de los cuadros hacia otras organizaciones; 5) Una esclerosis del corpus ideológico, unida a la permanencia de un “pasadismo cultural derechista” y de una renuncia, en muchos dominios, al “pensamiento radical”, el único susceptible de crear un electroshock suficiente para romper el black-out mediático, además de una serie de contradicciones entre las referencias imperial-europeas implícitas y un discurso explícitamente etnopluralista, incluso inmigracionista; 6) Una ausencia doctrinal sobre los temas económicos y científicos y una hipertrofia del discurso literario; y. 7) Una prioridad de la crítica (el famoso discurso “antitodo”) sobre las propuestas positivas, de la reacción sobre la acción.

No ocultaré aquí que el autor de este breve ensayo se considera parte de esa “facción benoistiana” (aunque sería mejor calificarla de “corriente”). Personalmente, siempre he considerado a Alain de Benoist como un maestro, un maestro del pensamiento. Y, ciertamente, añoro aquellas épocas en las que su pensamiento era, por decirlo de alguna manera, más estable, aunque nunca exento de evoluciones innovadoras y, a veces, incluso sorprendentes, pero, sobre todo, más radical y más respetuoso con sus orígenes. Por ello, la evolución de la corriente ideológica liderada por Alain de Benoist debe ser objeto de un sereno análisis y, por qué no, de una crítica retrospectiva. Al mismo tiempo, las otras facciones o corrientes neoderechistas deben ser estudiadas y situadas en su contexto, extrayendo de las mismas interesantes reflexiones y argumentaciones para la formación de un “cuerpo ideológico” que comprenda en su seno las distintas tendencias nacidas de la primigenia Nouvelle Droite. En consecuencia, estamos obligados moralmente (en su acepción política) a una lectura de las principales obras de referencia de estos “disidentes neoderechistas” lo que hace imprescindible una ambiciosa labor editorial, hasta ahora prácticamente inédita y limitada a los libros de Alain de Benoist, para su publicación y difusión en España. 

El caso es que el movimiento (o mouvance)  conocida como Nueva Derecha, bajo el patrocinio y liderazgo indiscutibles de Alain de Benoist, concilió cierto consenso ideológico hasta mediados de la década de los años 80 del pasado siglo (fecha en la que, según Pierre-André Taguieff, comienza su “desderechización”), acuñando múltiples microrrelatos que han constituido el denominador común para diversos movimientos políticos y culturales, de rasgos identitarios y/o neopopulistas, que se extien-den por toda Europa. A partir de esa época, sin embargo, la Nueva Derecha liderada por Alain de Benoist comienza a vislumbrarse e interpretarse más como un proyecto personal intelectual del autor francés que como una escuela de pensamiento diferencialista. Pero el resultado de su elaboración ideológica durante los primeros lustros de existencia será fundamental para el nacimiento de esas corrientes posmodernas, como son el populismo (de derecha) y el identitarismo. 

II. Evoluciones del pensamiento

Quizás resulte productivo realizar un breve recorrido por la evolución de las concepciones nucleares (ideas-fuerza) de la ND. No se trata aquí de efectuar un análisis profundo, ni siquiera una síntesis, de la ingente producción teórica de Alain de Benoist y la Nouvelle Droite original; se trata, más bien, de intentar situar sus coordenadas ideológicas esenciales dentro del contexto de la “crisis de las ideologías” que ha caracterizado la posmodernidad. Cuáles son los ejes o vectores principales sobre los que ha desplegado esta corriente de pensamiento una ambiciosa reflexión política, para así poder realizar posteriormente un análisis comparativo con las otras “Nuevas Derechas” surgidas por escisión, prolongación o simple confrontación. Nos limitaremos aquí, por razones obvias, al análisis de las Nuevas Derechas surgidas en Francia, y no sólo por su trascendencia, sino también porque los otros movimientos ideológicos surgidos (por contagio o imitación) en otros países europeos (Italia, especialmente, pero también en Bélgica, Holanda, Alemania, Inglaterra, España y Rusia), o han experimentado una evolución divergente (como en la mayoría de ellos) o su existencia es prácticamente irrelevante (como en el caso español).

Según Esparza, la aportación de la ND puede resumirse en una crítica muy extensa e intensa de la civilización contemporánea, pero desde una amplia base filosófica (desde la Escuela de Frankfurt hasta los grandes reaccionarios franceses y desde los místicos de la Alemania medieval hasta los sociólogos posmodernos) y con una proyección propiamente multidisciplinar (lo mismo se aplica a la economía que a la psicología, a la biología que a la política).

El propio Alain de Benoist, en un intercambio de ideas con Alain Caillé, describía así su posición ideológica: «Mi filiación, si es preciso dibujar una, sería más bien la siguiente: Rousseau, la Comuna, el Socialismo francés (Georges Sorel y Pierre Leroux), los No-conformistas de los años treinta, la Revolución conservadora alemana, el Sindicalismo revolucionario italiano y el Situacionismo. Extraiga usted las conclusiones oportunas». Valores de derecha e ideas de izquierda.

Siguiendo este método se hace ineludible examinar cuáles son los principales referentes teóricos del pensador francés: 1) la filosofía de Nietzsche y Heidegger, especialmente la crítica metafísica de la subjetividad y la cuestión de la técnica del segundo, así como el giro hermenéutico de la fenomenología de Husserl; 2) los precedentes de autores franceses o francófonos: Jean Thiriart (nacional-comunitarismo europeo), Dominique Venner (estrategia metapolítica gramsciana), Georges Dumézil (indoeuro-peísmo), Louis Dumont (holismo antiindividualista), Louis Rougier (crítica del cristianismo) y Arthur Koestler (contra el reduccionismo y el totalitarismo), hoy prácticamente abandonados; 3) las reflexiones de Carl Schmitt sobre el poder, la democracia y el Estado, así como su crítica del liberalismo, complementadas con la esencia de lo político y lo económico en Julien Freund; 4) la tradición espiritual y la concepción imperial de los italianos Julius Evola y Giorgio Locchi, hoy también archivados sin más trámite; 5) los descubrimientos de la sociobiología (Edward O. Wilson y Richard Dawkins), desde la etología (Konrad Lorenz) hasta la psicobiología (Hans J. Eysenck), olvidados e, incluso, desautorizados en la actualidad; 6) el nihilismo aristocrático de los autores de la Revolución Conservadora alemana (Ernst Jünger, Arthur Moeller van den Bruck, Oswald Spengler, Ernst von Salomon, Werner Sombart, Max Weber, etc.), con especial consideración de las facciones joven-conservadora, nacional-revolucionaria y nacional-bolchevique (Niekisch, Scheringer, Bronnen, Romer y Neumann); 7) la influencia del sindicalismo revolucionario (Georges Sorel); 8) el situacionismo radical sobre la alienación y aculturación de las sociedades contemporáneas (Guy Debord), así como la crítica de la sociedad de consumo (Jean Baudrillard); 8) los no-conformistas franceses (Thierry Maulnier) y el personalismo (Emmanuel Mounier); 9) el antiutilitarismo maussiano y la reciprocidad del “don” frente al economicismo y el mercantilismo (Alain Caillé); 10) el nuevo ecologismo (Edward Goldsmith, Arne Naess) y el decrecimiento frente al desarrollismo (Serge Latouche); 11) los elementos básicos de la teoría crítica de la primera Escuela de Frankfurt (Adorno, Benjamin, Horkheimer, etc.).

Tampoco ha olvidado Alain de Benoist, pese a su antiamericanismo, a una serie de escritores y pensadores de los países de habla inglesa. Son pocos en número, pero no sin importancia, como los teóricos del comunitarismo, comenzando por Michael Sandel, el canadiense Charles Taylor, el inglés Alasdair McIntyre y, especialmente, Cristopher Lasch, un teórico del “socialismo populista”, una expresión que nos trae a la memoria al gran George Orwell, reivindicado tanto por la Nueva Izquierda americana (Paul Piccone) como por la Nueva Derecha. Una escuela comunitarista cuya incorporación al acervo neoderechista ha causado innumerables problemas a su corriente matriz.

Esparza ha efectuado un gran esfuerzo de síntesis y simplificación sobre cuáles son las líneas maestras de la crítica de la ND, describiéndolas en tres vectores. El primero es una triple refutación: por un lado, «la reprobación de la cultura social impuesta desde los años sesenta por la intelligentsia de izquierdas, cultura social que se traducía en una singular mezcla de igualitarismo forzoso, materialismo ideológico, abdicación moral generalizada y odio infinito hacia la identidad histórica europea; por otro, «un hondo inconformismo hacia la civilización económica impuesta por el orden capitalista en Occidente»; y por último, «el hastío de una Europa sometida al despotismo de un mundo bipolar y la búsqueda afanosa de una vía propia». La crítica del modelo cultural de la izquierda llevó «a una disección del igualitarismo, a saber, ese dogma de la igualdad esencial de los seres humanos», pero apartándose de la clásica crítica liberal al igualitarismo (en términos económicos de ambición, progreso y eficacia), o mejor, subrayando los fundamentos antropológicos de la diferencia, tanto entre los hombres como entre los pueblos.

El segundo vector es «la crítica de la civilización económica –y de su corolario, la civilización técnica–», identificando al individualismo como origen del problema: «el individualismo, esto es, la convicción de que el horizonte último de toda reflexión y toda acción es el individuo, su autonomía identificada como su “mejor interés”, su búsqueda de una felicidad interpretada en términos de éxito material, según un patrón de conducta que de la vida económica se extiende a cualesquiera otros campos, desde la política hasta las relaciones familiares». La ND tiene la necesidad de plantear una sociedad alternativa a la que gira sobre el individua-lismo, bien desde el tribalismo sociológico de los posmodernos, el personalismo cristiano o las tesis de los comunitaristas anglosajones. Y el tercer vector «se desplegó bajo la forma de una crítica del universalismo –aunque habría sido más exacto hablar de “mundialismo”– que llevó a reprobar la idea de una convergencia planetaria en torno al modelo norteamericano y a proponer una Europa soberana en los planos militar, diplomático y económico, a defender las identidades culturales de todos los pueblos y a plantear una alianza de esa Europa soberana con el Tercer Mundo». El propio Esparza reconoce que sería prolijo entrar en mayores profundizaciones o derivaciones de estas tres líneas maestras, citando ejemplos como «la crítica del concepto de “humanismo”, la mirada desconfiada hacia la civilización técnica, la recuperación de elementos del discurso ecologista tradicional, el planteamiento de una concepción alternativa de la democracia y del Estado, la crítica del nacionalismo como “metafísica de la subjetividad”, etc.».

Esparza, no obstante, centra sus últimas reflexiones críticas en una parte destacada del antiigualitarismo benoistiano, esto es, la crítica del cristianismo y la apuesta por un neopaganismo filosófico y simbólico que reclama la diversidad también en la posición del hombre en el orden de la naturaleza, motivos ambos por los que el escritor español exteriorizó públicamente su “ruptura oficial” con las tesis paganas de Alain de Benoist y los suyos, no obstante la existencia de numerosos cristianos confesos en las filas de cualquier familia de la ND. 

Otros autores, como José Andrés Fernández Leost, destacan la originalidad del pensamiento transversal y pluridisciplinar de la ND, mediante la lectura de tres ejes ideológicos: 1) una ontología pluralista, fundamentada en una visión heterogénea y abierta del mundo y del hombre, que pone el énfasis en la diversidad de nuestra existencia; 2) un enfoque antimoderno, a través de la demoledora crítica de la modernidad, pensamiento occidental hegemónico que ha instrumentalizado el proceso de individualización y uniformización y ha espiritualizado el “igualitarismo universalista” a través, principalmente, del cristianismo y del liberalismo; 3) un comunitarismo conservador, que implica no sólo la crítica del modelo liberal, sino también el modelo de integración republicano y el de alienación y descohesión del socialismo, reivindicando la cuestión de la “identidad cultural” sea étnica o personal.

Complementando lo anterior, distinguiremos tres fases (la intermedia como transición) en el desarrollo del pensamiento neoderechista. La evolución del itinerario político-intelectual de Alain de Benoist debe ser analizada, según Pierre-André Taguieff como la de un “tránsfuga” político. En sus orígenes, su ideología política giraba en torno a un anticomunismo radical, a un nacionalismo maurrasiano con cierta visión europeísta, su defensa de Occidente y en una especie de racismo cientifista fundamentado en la biología genética y en la psicología diferencial de la inteligencia. A continuación, el pensador francés rompe con el biologismo y se distancia del anticomunismo, hasta el punto de señalar al liberalismo y al mercantilismo angloamericanos como los enemigos principales, todo ello en defensa de las comunidades e identidades orgánicas, étnicas y culturales. De Benoist formula, posteriormente, una crítica radical del nacionalismo y del fascismo, como formas del totalitarismo, atacando el culto al Estado-nación, y defendiendo una Europa, en su forma imperial, respetuosa con los particularismos y especificidades culturales que describen su etnopluralismo. Posteriormente, inicia la defensa de una democracia orgánica, directa y participativa y lanza una arriesgada definición del “tercermundismo de derecha”, una alianza Europa-Tercer Mundo contra el Imperio americano. El antiamericanismo, reforzado por su crítica del liberalismo y las formas capitalistas, como un rechazo de la hegemonía americana y el democratismo mundialista que se prefiguran como el único destino de la humanidad, así como el abandono de su inicial postura anticomunista, crearán el ambiente propicio para un encuentro entre un “disidente de la derecha” y algunos “comunistas heréticos y atípicos” que manifiestan su disposición al diálogo y al debate.

Por su parte, Esparza, siguiendo la reflexión de Taguieff, describe –con mayor amplitud– cuatro etapas: 1) La formación del corpus doctrinal originario, muy condicionada por un realismo biológico que ponía el énfasis en la desigualdad (interindividual e interétnica) y en el determinismo genético, señalando al marxismo y al comunismo como los principales enemigos. 2) La estabilización doctrinal, que implica la crítica del judeocristianismo, origen del igualitarismo, y la reivindicación de un neopaganismo europeo; la adopción de un neoaristocratismo nietzscheano inspirador del antirracismo diferencialista, culturalista e identitario; señalando al igualitarismo de origen monoteísta como el enemigo principal. 3) La readaptación doctrinal, consolidando un etnopluralismo que subraya las diferencias e identidades culturales frente el etnocida universalismo occidental, el rechazo del economicismo y del capitalismo liberal, la denuncia de todo totalitarismo y reduccionismo; mutando el enemigo principal que ahora es una conjunción de liberalismo, americanismo, occidentalismo, atlantismo y universalismo, en ese proceso que Taguieff califica de “desderechización ideológica” de la ND. 4) La segunda focalización doctrinal, con la asunción del tercermundismo diferencialista (una alianza Europa-Tercer Mundo contra la hegemonía americano-soviética, en aquella época), un posmodernismo “de derecha” y la recuperación de “lo sagrado” como fundamento del europeísmo, proponiendo la defensa de la identidad, el arraigo y la diversidad, en un proceso de convergencia entre la Nueva Derecha y las familias heréticas de la Nueva Izquierda.

Rodrigo Agulló, por su parte, distingue dos grandes etapas. La primera “etapa clásica” o de fijación doctrinal, desde su fundación en 1968 hasta 1979, se caracteriza por su estrategia metapolítica gramsciana que reivindica un “culturalismo de derecha” marcado por sus orígenes en el entorno de la derecha radical europea. Y una segunda “etapa transversal” o de nuevas convergencias, cuyos elementos centrales son el rechazo del economicismo, la crítica del capitalismo y la lucha contra la mundialización, buscando la formulación de “nuevas síntesis” que permitan superar la dicotomía derecha-izquierda, sea a través del europeísmo identitario, el tercermundismo, el neopaganismo, el antiindividualismo o el neoecologismo. 

No obstante, estos parámetros ideológicos se encuentran sintetizados y ordenados en el conocido “Manifiesto de la Nueva Derecha del año 2000”, escrito por Alain de Benoist y Charles Champetier. La posición del corpus ideológico de esta corriente de pensamiento queda resumida así: «La modernidad se caracteriza principalmente por cinco procesos convergentes: la individualización, por la destrucción de las antiguas comunidades de pertenencia; la masificación, por la adopción de comportamientos y modos de vida estandarizados; la desacralización, por el reflujo de los grandes relatos religiosos en provecho de una interpretación científica del mundo; la racionalización, por el imperio de la razón instrumental a través del intercambio mercantil y de la eficacia técnica; la universalización, por la difusión planetaria de un modelo de sociedad implícitamente presentado como el único racionalmente posible y, por tanto, como un modelo superior». La modernidad representa la secularización hacia la vida profana y vacía de trascendencia. En este plano se sitúa el cristianismo, que ha sido el germen del individualismo, el igualitarismo, el progresismo y el universalismo. La crisis de la modernidad implicó una salida de la religión, contrapunto del “fin de las ideologías”, el agotamiento histórico de los grandes relatos movilizadores: el liberalismo, el socialismo, el comunismo, el nacionalismo, el fascismo. De todos ellos, el liberalismo es el enemigo principal. El liberalismo encarna la ideología dominante de la modernidad, la única que todavía se resiste a la extinción. Representa el valor mercantil, el reino de la cantidad, fundamentándose en dos ejes principales economicismo-individualismo, proclamando su hegemonía a través del Mercado y la Técnica, disolviendo las identidades (pueblos, naciones, etnias, culturas, religiones, sexos, generaciones, comunidades, etc.) a través de un proceso de mundialización, en el que sólo cabe una visión darwinista del “todos contra todos”, y reduciendo la esencia de lo político a una dimensión exclusivamente economicista que prescinde de la naturaleza cultural e histórica del hombre.

Entonces, ¿cuál es la clave de la particular evolución ideológica de la ND benoistiana? El propio Alain de Benoist señala que el hilo conductor de esta evolución es la aguda crítica del liberalismo, lo que le «permitió identificar como mitemas liberales –mitemas fundadores, constitutivos de la modernidad– temáticas tan variadas como la apología de la selección inspirada, a través del darwinismo social, en un modelo competitivo esencialmente económico; la ideología del trabajo, ineluctablemente unida a la concepción productivista de la vida; la axiomática del interés, por oposición al sistema tradicional del don; la exaltación de la tecnociencia, derivada del culto burgués del “cada vez más”; sin olvidar la metafísica de la subjetividad que, como ha demostrado Heidegger, se vincula originariamente al individualismo cartesiano y no cambia fundamentalmente de naturaleza cuando el “yo” individual deja paso a un “nosotros” colectivo. Y esa misma crítica de la ideología liberal, presente desde los inicios de su reflexión, le sirvió al pensador francés para descubrir que esos mismos mitemas estaban también presentes en las ideologías que suelen oponerse al liberalismo: el nacionalismo, el fascismo, el comunismo, el racismo...

En cualquier caso, examinando las coordenadas anteriores, inmediatamente observamos los parámetros ideológicos que alejan inexorablemente a la Nouvelle Droite de la derecha convencional (sea la derecha tradicional, católica, conservadora, liberal, radical o populista). El antiliberalismo, el neopaganismo, el antiamericanismo, el europeísmo (un europeísmo “étnico e imperial”, crítico con las instituciones europeas), el comunitarismo, el tercermundismo, el antieconomicismo, el antioccidentalismo... y una larga lista de concepciones nucleares de su pensamiento, hacen difícil –si no prácticamente imposible– clasificar a esta corriente de pensamiento dentro de lo que habitualmente se entiende por “derecha”.

Bien es cierto, por otro lado, que esta ND conserva todavía ciertos genes hereditarios perfectamente identificables pero, al mismo tiempo, depende excesivamente de los bruscos “giros ideológicos” de su principal protagonista. A cada descubrimiento, a cada innovación, a cada reflexión que viene de la mano inquieta de Alain de Benoist, el pensamiento de la ND tiene que replantearse, adaptarse y reformularse. De hecho, cada paso en la evolución del pensamiento de Alain de Benoist ha generado una nueva tendencia en la ND, como un registro, como un estrato. Y por eso también muchos intelectuales neoderechistas continuaron su camino (en muchas ocasiones, también, sin rumbo alguno) después de cruzar la “línea Benoist”. Y de ahí la existencia, no de una, sino de varias “Nuevas Derechas”, como prefiere denominarlas Pierre Le Vigan. 

Un inciso. Entre estas “Nuevas Derechas” hay que señalar también las secuelas que las revistas francesas (Nouvelle École y Élements) han tenido en otros países. Se trata de la revistas belgas Vouloir (francófona) de Robert Steuckers y Tekos (neerlandófona) de Luc Pauwels; Trasgressioni y Diorama letterario, dirigidas por Marco Tarchi; el semanario berlinés Junge Freiheit; el semanario vienés Zur Zeit; la revista argentina Disenso, editada por Alberto Buela; la revista rumana Maiastra, publicada por Bogdan Radulescu; y las revistas españolas Hespérides (ya desaparecida) y El Manifiesto, animadas respectivamente por José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella. No resulta difícil comprender que esta lista es un patchwork de posicionamientos ideológicos diversos y, a veces incluso, divergentes.

Estas constantes e incesantes mutaciones en un organismo vivo como es la ND tienen, desde luego, sus secuelas. Por un lado, hemos aprendido a no absolutizar nuestro pensamiento, a no hacer de nuestra ideología algo esencial, un fundamentalismo, y a no buscar la perversidad de otras corrientes, como la marxista, incluso a buscar determinadas convergencias con las mismas. Perversidad que sí que encontramos siempre, por descontado, en el liberalismo (y sus extensiones en la izquierda liberal-libertaria). Pero, por otro lado, esa misma flexibilidad ideológica, variable como es la identidad, no nos debe impedir debatir algún que otro cambio brusco del “maestro”, como es la asunción de un comunitarismo soft, aceptable en su crítica del liberalismo, pero discutible en cuanto al reconocimiento de la autonomía de las minorías (de momento) raciales, religiosas o sexuales que invaden nuestras sociedades europeas.

En definitiva, como veremos a continuación, cada giro ideológico del maestro Alain de Benoist ha implicado, simultáneamente, una crisis, división o escisión del grupo matriz de la Nouvelle Droite: el abandono del anticomunismo y la crítica del liberalismo empujarán a los partidarios de un nacional-liberalismo a abandonar la agrupación; el paganismo y la crítica del cristianismo provocará el mismo efecto en los nacionalcatólicos y socialcristianos; el abandono del biologismo y la reconducción del culturalismo hará lo mismo con los biologistas y progenetistas; el antioccidentalismo y el antiamericanismo provocará la fuga de los atlantistas; el comunitarismo hará huir a los identitarios, a los nacionalistas y a los antiislamistas (o antiinmigracionistas, en general); el ecologismo decrecentista provocará las críticas de los prometeicos desarrollistas. Y así podríamos seguir hasta completar varias páginas. 

Los damnificados por este alejamiento del GRECE respecto a sus orígenes, cuyo fundamento era ser el laboratorio ideológico para una renovación del pensamiento de la derecha radical europea, han sido numerosos: Guillaume Faye, Jean-Yves Le Gallou, Yvan Blot, Pierre Vial, Jean Mabire, Jean Haudry, Christian Bouchet, Charles Champetier, Jean-Claude Valla, Georges Feltin-Tracol, Pierre Le Vigan… etc. El GRECE es un hito histórico, incluso heroico, dentro del pensamiento disidente de la derecha, pero también resultó ser, finalmente, una quiebra dramática y traumática para sus partidarios y seguidores. Como resultado de todas estas divisiones, el GRECE sólo existe, en la actualidad, con un carácter formal y testimonial. Ya no existe ideológicamente aquella asociación que ilusionó a todo un colectivo por sus argumentos intelectuales. Sólo permanecen varios de sus fundadores y animadores, hoy dispersos en diversas ‒y a veces inconciliables‒ iniciativas editoriales, publicísticas e internéticas. Alain de Benoist, cada vez más aislado en sus planteamientos ideológicos, y secundado por un pequeño número de incondicionales (pero desconocidos), ya no representa a aquella ilusionante Nueva Derecha

Veamos en qué se han traducido todas estas brechas ideológicas.

III. Crisis, divisiones y escisiones

En este itinerario neoderechista, repleto de explosiones e implosiones, han surgido diversas organizaciones y asociaciones, cada una con su propio ideario fundacional, pero con una base ideológica común nacida de la primera etapa de reflexión en el GRECE de la Nouvelle Droite originaria. Citaremos aquí a las más relevantes.

1. La fundación en 1974 del Club de l´Horloge (CdH) de los nacional-liberales, especialmente de Jean-Yves Le Gallou, Yvan Blot y Bernard Mazin, hoy denominado Carrefour de l´Horloge, tras la absorción de otros grupos disidentes de la derecha.  Es el momento en el que se incorporan otras personalidades al núcleo original fundador, como Charles Beigbeder, François Billot de Lochner, Éric Branca, Christian Harbulot, Henry de Lesquen, Julien Rochedy y Christian Vanneste. Se trata de la escisión más temprana en el seno del GRECE, que no se produce definitivamente hasta 1979 (justo cuando la ND se convierte en un fenómeno mediático gracias a su colaboración en las páginas de Le Figaro), y que supone un duro golpe para la unidad ideológica del movimiento: los artífices de esta “separación amistosa” son Henry de Lesquen, por parte del club, y Jacques Marlaud, por parte de la agrupación neoderechista, ambos denunciando la amalgama ideológica (y personal) entre el GRECE, el Club de l´Horloge y el Front National. De hecho, varios integrantes del CdH irán formando parte sucesivamente, cuando no simultáneamente, de las tres formaciones. 

Sus fundadores son partidarios de los valores nacional-republicanos, de un liberalismo nacional (un liberalismo clásico hacia dentro de la nación, aunque antijacobino, inspirado no obstante en el colbertismo y en el sinarquismo, todavía capitalista, aunque no mundialista), una defensa del cristianismo occidental, una constante reivindicación de la división derecha/izquierda (cosmovisión, por tanto, enfrentada a la “nueva síntesis” ambidiestra de Alain de Benoist), desde la que abogan por una unión de la derecha radical (especialmente con el Front National, el Bloc Identitaire y los sectores más radicales de la UMP, por lo que es considerado por la prensa liberal-libertaria como un lobby prolepe-nista). El club, al margen de esa conciliación entre nacionalismo y liberalismo que le reportará, en los gobiernos de derecha, cargos e influencias, es conocido especialmente por su oposición a la inmigración y a él debemos la célebre tesis sobre la “preferencia nacional” de los franceses de origen frente a los franceses de acogida. 

Asimismo, el club, como ya hiciera el primer GRECE, muestra una forma de elitismo y antiigualitarismo (desigualdades naturales entre individuos y grupos de individuos) que funda en bases genéticas y biológicas (Jacques Monod), mientras en términos económicos se circunscriben a un cada vez menos disimulado “liberalismo integral” (Friedrich Hayek y Ludwig von Mises, son sus referentes, al tiempo que objetivo de las críticas de Alain de Benoist). Uno de sus manifiestos, publicado bajo el título Les racines du futur, demain la France (las raíces del futuro, mañana Francia), es firmado por Yvan Blot, Michel Leroy, Bruno Mégret, Olivier D´Ormesson y Bruno Tellene. 

A pesar de todo, Jean-Yves Le Gallou y Alain de Benoist mantienen una gran amistad y camaradería, lo cual no ha impedido al primero reprochar al segundo su timorata actitud respecto al tema de la inmigración y el islamismo. Le Gallou preside la fundación Polémia como un espacio disidente, en lo que parece un lugar de convergencia entre neoderechistas, frontistas, horlogistas e identitarios.  Su actual presidente, Henry de Lesquen, no es tan conciliador: considerando a Alain de Benoist como un simple compilador, lo tacha de inmigracionista, islamófilo y tercermundis-ta, al mismo tiempo que un racista (sic) heredero de las doctrinas nazis de las SS, en suma, un anticristiano, un colectivista, un izquierdista y un cosmopolita, que representa la anti-Francia y el anti-Cristo. Sin comentarios.

2. La marcha hacia el Front National (FN) de algunos dirigentes históricos del GRECE es otro de los hitos en la historia de la ND.  Y es que buena culpa del éxito y espectacular crecimiento del FN corresponde a la influencia ideológica y al trasvase de intelectuales y activistas por parte de la ND. Desde mediados de la década de los años 80 del siglo pasado, el FN empezó a trasladar a su programa muchas de las ideas y reflexiones de la ND francesa, gracias a la incorporación de todo un grupo de intelectuales procedentes del GRECE y del CdH, reunidos en torno a la figura de Bruno Mégret (éste no había formado parte de la agrupación neoderechista, pero había colaborado con el club nacional-liberal). Según Roland Gaucher, «los intelectuales grecistas enrolados en las filas lepenistas se han formado en una determinada escuela de pensamiento e, incluso, si ya no forman parte de la “Casa de Benoist”, siguen marcados por ella». Otros analistas, no obstante, como es el caso de André Delorme, consideran que los grecistas desembarcados en el partido lepenista habrían abandonado sus ideas neoderechistas al mismo tiempo que su militancia: “no hay elementos del GRECE en el FN”.

En cualquier caso, los neoderechistas influirán de tal modo en el ideario lepenista que le harán abandonar paulatinamente su proamericanismo, su atlantismo, su liberalcapitalismo, así como a matizar su antiinmigracionismo (hacia una aceptación de la existencia de minorías étnicas extraeuropeas, manteniendo su rechazo a los flujos masivos de inmigrantes), su maquillada xenofobia (por un diferencialismo cultural), su cristianismo militante (por una cierta “neutralidad” católica) y a sustituir su antieuropeísmo (salida del euro, reforma institucional de la UE) por una radical refundación, desde postulados nacional-soberanistas, de la comunidad europea. Este giro hacia una especie de “estrategia de acción cultural”, según las palabras de Bressat-Bodet, se hará más perceptible dentro de las prácticas de la formación lepenista en tanto que los cuadros procedentes del entorno neoderechista pondrán todo su empeño en ocupar los medios de producción del discurso ideológico dentro del FN. Hervé Lavenir, Bernard Asso, Roland Gaucher, Hubert de Mirleau, Pierre Debray-Ritzen, Jean-Jacques Mourreau, Philippe Milliau, Jean-Claude Bardet, Pierre Vial, Jean-Claude Valla y Jean Mabire son sólo algunos de los nombres de una larga e interminable lista de transferencias de la Nueva Derecha hacia el Frente Nacional. Hasta el mismo Guillaume Faye se deja seducir por el atractivo lepenista y colabora en sus campañas, si bien de forma esporádica y efímera, pero romperá con la agrupación grecista en 1987. Pero la figura más importante en este proceso de desafección del GRECE y de afectación al movimiento del FN es, sin duda alguna, Bruno Mégret. Para Diego Sanromán «Mégret habría funcionado, de hecho, como una suerte de polo aglutinador de la facción neoderechista dentro de la organización dirigida por Le Pen, y habría contribuido durante un breve período de tiempo a la hegemonía doctrinaria de esa facción en el interior del partido, sobre todo desde el año 1989, cuando se hace con el control de su centro de formación de cuadros». 

Mégret figuraba también como el principal promotor de Identité, revista teórica del FN cuyo jefe de redacción será Jean-Claude Bardet, antiguo protector de Mégret en formaciones próximas a la ND. Bardet había contribuido, junto con otros dos fundadores del GRECE, François d´Orcival y Pierre Vial, a la creación de la Federación de Estudiantes Nacionalistas (FEN). Se incorporará al GRECE en 1969. En 1974 se encuentra también en la gestación del CdH junto a Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou, organización que tenía por finalidad difundir las ideas de la ND dentro de la dirección de los principales partidos de derecha y de la alta función pública. Después de varias experiencias políticas frustradas, Bardet y Mégret se convencerán, al fin, de la necesidad de vincularse al proyecto lepenista en 1986.

3. La creación del disidente Mouvement National Républicain (MNR), como consecuencia de la escisión megretista del FN. Bruno Mégret, número dos del FN en aquella época, se encuentra a la espera de la desaparición –física o política, de Jean-Marie Le Pen para convertirse en su “heredero”. El ascenso del sector favorable a Mégret se hace evidente durante el décimo congreso nacional del FN en 1997, donde el gran derrotado es precisamente Bruno Gollnisch, cabeza de la facción católica. Entonces, la crisis por el poder interno del partido implosiona. En 1999 Le Pen es inhabilitado judicialmente para presentarse a las elecciones europeas, ocasión que aprovecha Mégret para postularse como cabeza del partido, pero Le Pen consigue imponer a su propio candidato. Mégret no abandona y convoca un congreso extraordinario con el objetivo de hacerse con la dirección del FN y de expulsar a su dirigente histórico. Los megretistas, como Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou, manifiestan que “el movimiento pertenece a los militantes, no a una familia”, referencia explícita al nepotismo impuesto por Le Pen. El contraataque de Mégret es neutralizado y Le Pen consigue expulsar a los disidentes, los cuales formarán el MNR. Con Bruno Mégret se marcharán todos aquellos activistas e intelectuales que habían servido de soporte ideológico a su carrera en el seno del partido lepenista, entre ellos los sectores próximos a Terre et Peuple de Pierre Vial, la revista Identité de Jean-Claude Bardet y sus antiguos camaradas del Club de l´Horloge, Yvan Blot y Jean-Yves Le Gallou. En suma, todos aquellos que habían compuesto y consolidado la facción neoderechista dentro del FN. La inspiración de la ideología elaborada por el GRECE en la nueva formación es innegable; el programa de los nacional-republicanos está repleto de elementos procedentes del discurso neoderechista: en lo político, sus propuestas están próximas a las posiciones culturalistas y europeístas del primer GRECE, mientras que, en lo económico, las propuestas están más cerca del nacional-liberalismo del Club de l´Horloge que de las veleidades socialistas de Terre et Peuple. 

 Con este partido, Mégret tiene la ambición de sustituir al FN y situarlo en el terreno de la “derecha nacional” y no en el de la “extrema derecha”, giro con el que espera lograr un pacto con otros partidos de la derecha tradicional. De hecho, Mégret se congratula de haber conseguido que una buena parte de la derecha democrática hubiera adoptado la tesis de la “preferencia nacional”. Abogará porque Francia salga de la Unión Europea. Mégret se convierte así en un auténtico disidente. Bajo su estilo directo, nada amigo de las declaraciones estruendosas, Mégret es un político radical, extremo más que extremista, que proclama “la necesidad de ser conscientes de la superioridad de la civilización europea”. Sin carisma personal, ni atractivo físico, este hombre pequeño, de apariencia vulgar, pero con una educación elitista, supo remover los cimientos del aparato político del FN para arrastrar en torno a su figura a todos aquellos que compartían su ambición de llegar un día a gobernar Francia. Sin embargo, sus continuos fracasos electorales le harían abandonar la política en 2008.

4. La creación de Terre et Peuple (T&P). Pierre Vial, por su parte, se incorpora muy joven a Jeune Nation y, tras su disolución, participa en la creación del Parti Nationaliste. Como la mayor parte de quienes conforman la primera hornada de grecistas, formará parte de la FEN (Federación de Estudiantes Nacionalistas) y de la redacción de Cahiers universitaires, así como en los comités de apoyo a Europe-Action, implicándose en los sucesivos proyectos políticos de Dominique Venner. Vial figura entre los fundadores del GRECE, siendo secretario federal de la Comission des Traditions, director de la comisión de historia y secretario general del GRECE entre los años 1978 y 1984. Dirigirá también Éléments y la revista teórica de la asociación Études et Recherches. Su acercamiento al FN tiene lugar a mediados de la década de los 80 del pasado siglo. En 1988 ya forma parte del Comité central y del Consejo científico de la formación lepenista. 

La ruptura definitiva con Alain de Benoist y el GRECE parece haberse producido a comienzos de la década de los 90. En 1995, Pierre Vial funda, con un puñado de veteranos neoderechistas la asociación T&P, la facción völkisch del movimiento identitario/populista francés, con el objetivo de vincular el combate político con el imperativo de lucha cultural, proyecto prometeico que, según el propio Vial, el GRECE habría quedado incapacitado para llevar a cabo eficazmente. T&P se hará con muchas de las sucursales locales y regionales del GRECE, el cual quedará sensiblemente reducido a los órganos editoriales del círculo parisino.

Pierre Vial será el primero en acuñar y utilizar el término “identitario” que, posteriormente, tanto éxito ha logrado en los medios político, ideológico y mediático, para describir su programa etnista y diferencialista, con constantes referencias al legado indoeuropeo y a la defensa de las minorías étnicas (regionales, nacionales) europeas. No hay que olvidar que ellos mismos se proclaman como la Résistance Identitaire Européenne. A pesar de su notable influencia en el surgimiento del movimiento identitario, la agrupación nunca dejará de ocupar una posición marginal en el ámbito de la ND.

Pierre Vial y los suyos se habían convertido en los más autorizados representantes de la corriente neopagana y europeísta en el marco del FN y del MNR, y ahora continuarán siéndolo de forma independiente. De hecho, el grueso de los cuadros de la asociación está constituido por quienes fueron relevantes teóricos del GRECE en su época de mayor actividad. El triunvirato que encabeza T&P está formado, además de por Pierre Vial, por otros dos históricos de la organización: Jean Mabire y Jean Haudry, junto a otras viejas glorias como Pierre Bérard, André Delaporte, Stéphane Bourhis, Christophe Bordon, Pierre Giglio o Yvan Blot. Figuras próximas a T&P son las de Gabriele Adinolfi, Maurice Rollet, Pierre Krebs, Robert Dun, Robert Steuckers y Kate Nauwelaers. Vial cuenta incluso con la simpatía y la colaboración habitual de un Guillaume Faye convertido en francotirador solitario tras su alejamiento del GRECE, y que, si algo tendrá que reprocharle al FN es su tibieza y su falta de empuje revolucionario, reproche del que estarían excluidos, sin embargo, el grupo de los identitarios de T&P o los nacional-revolucionarios de Unité Radicale.

5. El surgimiento de diversos ciberespacios transnacionales como el de Synergies Européennes (o Eurosynergies). En 1992 se produce la ruptura definitiva con el GRECE por parte de Robert Steuckers, que funda la Fédération des Activités Communautaires en Europe (FACE). Robert Steuckers, discípulo de Armin Mohler y Clément Rosset, y bajo la influencia de Jean Thiriart, se adhiere al GRECE desde muy joven, contribuyendo al estudio de la “Revolución conservadora alemana” y a la reinterpretación del nacional-bolchevismo de Ernst Niekisch, así como a la reivindicación de autores como Friedrich Nietzsche, Oswald Spengler, Charles Péguy, Julius Evola, Gottfried Benn, Ernst Jünger, Arthur Koestler y George Orwell.

Después de su paso por la secretaría de redacción de Nouvelle École, revista anual del GRECE, en 1981 abandona su compromiso con este grupo editorial y funda el grupo EROE (Etudes, Recherches et Orientations Européennes), y la revista Vouloir en 1983. En el período de 1989 a 1992, Steuckers se reaproxima al GRECE, aumentando sus actividades en Francia y en Bélgica, al tiempo que propicia el fructífero contacto con la Nueva Derecha rusa de Alexander Duguin. Robert Steuckers abandona definitivamente la organización grecista en 1992, por discrepancias ideológicas y estratégicas con Alain de Benoist especialmente por desconocer la realidad política y la necesidad de una organización política concreta que luche por un espacio cultural europeo. Es entonces cuando funda la red paneuropeísta Synergies Européennes. En 2003 este grupo dejó de editar sus publicaciones. Steuckers se dedica entonces a las actividades de apoyo a formaciones belgas independentistas como el Vlaams Blok (de Flandes) y Agir (de Valonia). Su presencia e influencia son también, en la actualidad, marginales.

6. El Bloc Identitaire (ID), parte integrante del más amplio movimiento identitario surgido en Francia a comienzos del nuevo siglo, se crea en abril 2003. Los medios liberal-libertarios no dudan en calificarlo como un lobby del FN, una estrategia lepenista de “entrismo” en las tupidas redes identitarias europeas. En su seno nació también Génération Identitaire, sección de la juventud identitaria que actúa con autonomía del grupo fundacional. Sus principios, actividades y reflexiones se difunden a través de boletines del grupo como IDentitaires, actualmente ID Magazine. 

En los prolegómenos de la formación de los “identitarios” hay que subrayar un nombre: Christian Bouchet. Exponente del movimiento nacional-revolucionario de la “tercera vía” (conocido también posteriormente como nacional-bolchevique) y que hoy se expresa en VoxNR (la “voz de los nacional-revolucionarios” según los cronistas, la “Voix des Nouvelles Réalités” según ellos), proce-dente de la maurrasiana Nouvelle Action Française, en la década de los años 80 estuvo relacionado con el GRECE y el CdH, para después colaborar con Bruno Mégret en el MNR y, finalmente, tras separarse de éste, con el FN, donde en los últimos años ha apoyado activamente a Marine Le Pen. Habiendo fundado en 1991 Nouvelle Resistence, su absorción por Unité Radicale en 1998, provocó el desencuentro con otros militantes (Robert, Vardon), los cuales aunarán esfuerzos y voluntades para constituir el nuevo movimiento identitario.

Con su presidente Fabrice Robert y otros dirigentes como Jean-David Cattin, Philippe Vardon y Guillaume Luyt, los Identitaires, como ahora se denominan oficialmente, se dirigen principalmente a la lucha contra el crecimiento del islam en Europa y contra el multiculturalismo y el inmigracionismo, que consideran desintegradores de la identidad de los pueblos europeos. Favorables a una Francia de las regiones integrada en una Europa de las naciones ‒una Europa antioccidentalista, no-atlantista, etnista y eurasiática‒, ponen el acento sobre la constitución de una red de acción social (“ayudar a los nuestros antes que a los otros”) y de activismo militante de agitación ideológica y mediática.

Fundamental en este combate es la inspiración de la tesis del libro Le grand Remplacement (la gran sustitución ‒o gran reemplazo) de Renaud Camus en relación con la “inmigración de repoblación” de los invasores africanos en Europa, motivo por el cual abogan por la “remigración” de las minorías extraeuropeas, cuestión en la que coinciden precisamente con otro conocido de los neoderechistas, Laurent Ozon, antiguo militante de una Nouvelle Écologie muy próxima a las tesis conservatistas benoistianas y fundador del Mouvement pour la Remigration (Ozon abandonó la actividad política en mayo de 2016). Aunque sus dirigentes no tienen (o no han tenido), aparentemente, relación personal con las formaciones neoderechistas, su programa contiene todo lo sustancial de las ideas del GRECE de la primera época, así como su desarrollo desde una perspectiva etnodiferencialista por los animadores de T&P, es decir, de la corriente völkisch o folkiste de la ND, como subrayan Stéphane François y Pierre-André Taguieff . 

Los “identitarios” son herederos de la ND identitaria, esto es, de la reflexión sobre la identidad efectuada por los neoderechistas hasta mediados de los años 80. No así de la reflexión sobre la identidad protagonizada posteriormente por Alain de Benoist, el cual rechaza estas derivas identitarias: el antiguo maestro y líder intelectual ha pasado de «una defensa de la identidad de los “nuestros” a un reconocimiento de la identidad de los “otros”». El propio Benoist toma distancias con la “afirmación étnica” de los identitarios: «La reivindicación identitaria deviene en pretexto para legitimar la indiferencia, la marginación o la supresión de los “otros”. […] En tal perspectiva, la distinción entre “nosotros” y los “otros”, que es la base de toda identidad colectiva, se plantea en términos de desigualdad y de hostilidad por principio». En definitiva, se trata de una nueva generación identitaria que no ha combatido cultural ni políticamente en las filas de la ND pero que, sin duda alguna, ha bebido en sus fuentes y ha leído sus publicaciones. Los propios Identitaires incluyen entre sus filiaciones ideológicas a la Nueva Derecha benoistiana. Stéphane François, incluso, considera que la ideología identitaria es más antigua que la propia ND y que entroncaría con los grupúsculos organizados en torno a Europe-Action. 

Un antiguo exgrecista como Robert Steuckers, sin embargo, establece una neta distinción entre la tradición neoderechista y la posmodernidad identitaria: aunque establece un paralelismo entre la cosmovisión antioccidental, antiamericana, filorrusa y proeuropea (en sus niveles imperial, nacional y étnico) de ambas tendencias, como una reacción frente a los “grandes relatos” de la modernidad, Steuckers traza una nítida división entre la “identidad” concebida por los “benoistianos” (una identidad de reconocimiento de las diferencias, de comunidad, de convivencia hacia el interior), y la “identidad” preconizada de los “identitarios” (una identidad de civilización, de arraigo, de defensa frente a lo exterior), esto es, una identidad inclusiva frente a una identidad exclusiva. Reconoce, por otra parte, que el movimiento identitario está enraizado en un espacio ideológico que se encuentra muy a la “derecha”, incluso en la “extrema derecha” del campo político francés, aunque varios de sus temas recurrentes han surgido de ciertos intelectuales de izquierda que se revolvieron contra los dogmas sesentayochistas.

7. Los partidos y movimientos Neopopulistas (“derecha populista” o “nacional-populista”). Como corolario de la influencia en el movimiento identitario también debe reseñarse la operada sobre los grupos políticos neopopulistas y euroescépticos (realmente, la ND benoistiana no es contraria a la Unión Europea, sino que se muestra partidaria de su refundación). Se trata de una larga lista que se incrementa progresivamente y que están alcanzando (o están en condiciones de alcanzar) cotas electorales antes inimaginables: además del Frente Nacional (FN) en Francia, el Partido de la Libertad en Austria (FPÖ), la Alternativa por Alemania (AfD), el Interés Flamenco (Vlaams Belang) en el Flandes belga, el Popular Danés (DPP) en Dinamarca, la Liga Norte (Lega Nord) en Italia, el Partido por la Independencia del Reino Unido (UPIK) en Gran Bretaña, el Partido por la Libertad (PVV) en Holanda, Amanecer Dorado en Grecia, la Unión Cívica (Fidesz) y el Jobbik en Hungría, Ley y Justicia (PiS) en Polonia, los Demócratas de Suecia, los Verdaderos Finlandeses, el Partido Suizo, Nueva Eslovaquia, etc. En España, como es habitual, no existe partido ni organización similar, salvo que incluyamos a VOX con todas las reservas. Y en Estados Unidos, el triunfo electoral de Donald Trump ha revelado el protagonismo de la Alt-Right, cuyos líderes dicen inspirarse, entre otras corrientes, en el pensamiento de la Nueva Derecha francesa. 

Las organizaciones neopopulistas europeas ‒que han consolidado sus respectivos espacios electorales y están prestas, en algunos países para el asalto al poder‒, han sido bien estudiadas en sus vertientes sociológicas, organizativas e ideológicas por autores como Roger Griffin, Pascal Perrineau y Joan Antón Mellón, todos ellos, por descontado, desde una postura abiertamente contraria, calificando las propuestas neopopulistas como un “movimiento etnocrático” (incluso como un “liberalismo etnocrático”) que constituiría una inteligente reconversión adaptativa (en una época de hegemonía de los valores liberales y/o liberal-libertarios) de los clásicos idearios de la derecha radical francesa. Sin embargo, todavía resulta bastante inexplorado el terreno de los referentes filosófico-ideológicos de estas organizaciones. Pues bien, para los autores citados no hay duda: son los ideólogos de la ND los que han actualizado los caducos discursos ultraderechistas del primer tercio del siglo XX, son los revolucionarios conservadores del siglo XXI, y proporcionan la legitimidad ideológica a las “nuevas derechas populistas” en Europa. 

Joan Antón Mellón señala cómo el antiuniversalismo y el diferencialismo de la ND, y sus propuestas para realizar un mundo heterogéneo formado por comunidades homogéneas, se han concretado en los programas de las organizaciones neopopulistas en la forma de un antiinmigracionismo (particularmente islamófobo) que se traduce en consignas como la “preferencia nacional” o la “remigración”. En este caso, la elegancia discursiva de la ND se transforma en pura demagogia populista: Alain de Benoist, por ejemplo, ha rechazado el vínculo automático entre inmigración y pérdida de la identidad europea, proponiendo un modelo convivencia interétnico desde el “comunitarismo” anglosajón y el “federalismo” de tradición europea (una suerte de “comunidad de comunidades”), mientras que los neopopulistas hacen un llamamiento a la “guerra civil étnica” como única condición de la supervivencia de las naciones europeas. Pero habría también, en el origen de estas organizaciones, serias discrepancias ideológicas con la ND, especialmente con su antiliberalismo, su neopaganismo y su comunitarismo, deficientemente interpretados como un ataque a los valores ‒morales y jurídicos‒ de libertad e igualdad esgrimidos por el conservadurismo y el militantismo cristiano. Sin embargo, los movimientos identitario-populistas han adoptado la reflexión benoistiana sobre la esencia de lo sagrado, el retorno a las raíces, la defensa de la soberanía popular, la crítica de la democracia representativa, la recuperación de una sociedad orgánica y jerárquica, la reivindicación de las demandas sociales, etc., que se manifiestan explícitamente en los programas neopopulistas, si bien forzando la “pureza doctrinal” de la Nueva Derecha y sacrificándola en beneficio de las exigencias del mercado electoral.

8. La actividad mediática desplegada en lo que se ha convenido en llamar Fachosfera (fachosphère), desde la izquierda liberal-libertaria, o Reinfosfera (réinfosphère) desde los combatientes identitarios. Se trata de la “batalla por la reinformación”, según la expresión de Jean-Yves Le Gallou, frente a los grandes medios de comunicación liberales e izquierdistas. Aquí encontramos a multitud de personajes salidos del entorno de la Nueva Derecha que, ante la imposibilidad de participar en las revistas de la Nouvelle Droite y ante la dificultad de practicar el entrismo en las publicaciones de otros ámbitos, optaron por desplegar y activar sus propios medios informativos, especialmente en internet. 

La lista es muy amplia: Europe Maxima, Metamag, Valeurs Actuelles, Bloc Identitaire, Egalité et Réconciliation, Fdesouche, Le Salon Beige, Nouvelles de France, Causeur, Novopress, Polémia, Rassemblement Bleu Marine, Riposte Laïque, Boulevard Voltaire, Breizh-info, Wikistrike, Medias-presse, TVlibertés, EuroLibertés, Radio Courtoise, Reinformation, Minute-hebdo, etc. 

Destacamos aquí Europa Maxima, animada por Georges Feltin-Tracol, heredera de la añorada L´Esprit Européen (con autores muy conocidos: Rodolphe Badinand, Daniel Cologne, Arnaud Ferrand-Léger, Julien Guersey, Patrick Kéridan jr., Maximilien Malirois. Claude Bourrinet, Yves Branca, Slobodan Despot, Philippe Forget, Jacques Georges, Pascal G. Lassalle, Gustave Lefrançais, Pierre Le Vigan, Jacques Marlaud, Didier Patte, Noël Rivière, Marc Rousset, Tomislav Sunic y André Waroc); Polémia, de Jean-Yves Le Gallou (con autores destacados: Bernard Mazin, Michel Geoffroy, Christiane Taubira, Jean-Michel Vernochet e Ivan Blot); y Boulevard Voltaire, de Robert Ménard, por ser los medios que reúnen a un mayor número de colaboradores procedentes de la Nueva Derecha. También existen impecables revistas en papel, al margen de las editadas por el grupo seguidor de Alain de Benoist: Synthése Nationale, animada también por Georges Feltin-Tracol, Réfléchir et agir, Rivarol, Le Choc du Mois, Minute, Terre et Peuple, Action française, L´Incorrect, Rébellion, entre otras. Característica secular de los círculos neoderechistas, estos sitios internéticos agrupan a un pequeño número de promotores y colaboradores, cada cual con sus objetivos y compromisos ideológicos, a veces inconciliables, siendo su dispersión (y su falta de unidad en acciones concretas) uno de los problemas para una actuación eficaz, si bien esta diversidad ofrece también un panorama de gran riqueza ideológica.    

IV. Perspectivas de futuro

Parece ser el fin –al menos, el principio del fin‒ de la influencia intelectual de la ND en partidos nacionales como el FN o el MNR, así como en los diversos movimientos identitarios y populistas de derecha. El GRECE, ya por entonces, había sufrido una lamentable pérdida de seguidores, fieles, lectores y productores ideológicos. Negándose a reconocerse en las familias derechistas tradicionales, ni en el neoliberalismo al uso, ni en el nacionalpopulismo de ciertos movimientos identitarios, el movimiento grecista habría muerto de “metapoliticismo”, viendo menoscabado el ascendiente sobre su familia política de origen y “sin haber sido capaz de ganarse a unos contestatarios que, desde la otra orilla, lo observan con una suspicacia más que justificada”. La agrupación néodroitier habría quedado arrinconada en un divagante intelectualismo que no dejará de ser denunciado por los neoderechistas disidentes, como en el balance descrito por Guillaume Faye en el que reprochaba a la ND su excesivo culturalismo y una peligrosa tendencia hacia el aburguesamiento. Faye, después de seguir los pasos de Pierre Vial y de su reencuentro con exgrecistas asimilados por el FN, en el que probará sin éxito vincular su propuesta de “arqueofuturismo”, intentará reincorporarse a la dinámica del GRECE, pero el grupo afecto a Alain de Benoist acabará por excluirlo definitivamente en el año 2000.

Las formaciones examinadas anteriormente serán las causantes no sólo de una irreparable sangría de neoderechistas, sino que también implicarán el momento propicio para que algunos de los militantes de primera hora del GRECE pasados a las filas de otros partidos y organizaciones sometan a una crítica severa los excesos de la metapolítica y reflexionen sobre los motivos de su fracaso estratégico. Bien es verdad que, para entonces, los grecistas habían ido retirándose de las posiciones de vanguardia que habían ocupado anteriormente, pero el comienzo del ascenso electoral del FN supuso además una suerte de retorno a la política incluso de muchos de aquellos que habían dudado de la eficacia de la política real. 

La Nouvelle Droite seguirá siendo una escuela de pensamiento antisistema, radical y dinámica, pero, como diría Faye, “había sido relegada a la periferia del debate”. Parecía que los únicos candidatos dignos a la sucesión eran Robert Steuckers y Pierre Vial. O el propio FN favorecido por la fuga y el trasvase de “cerebros” desde la ND. La estrategia cultural y “metapolítica” de la ND había fracasado frente a la más mediática batalla de la “incorrección política” del FN y de sus sucursales identitarias. A partir de ese momento, según Guillaume Faye, se hace necesaria una revisión de las ideas originales de la ND. En primer lugar, una Europa etnopluralista y comunitarista, integradora del islam y de otras culturas alógenas, debe dejar paso a una Europa etnocéntrica e imperialista, aliada de Rusia para constituir Eurosiberia o Eurasia, contraria al antirracismo diferencialista y al relativismo cultural preconizado por Alain de Benoist; en segundo lugar, el abandono del falso tercermundismo, para subrayar que Europa constituye una civilización superior y que la “alianza de civilizaciones” forma parte de la hipocresía de izquierdas, oponiendo al antioccidentalismo originario un nuevo antiislamismo; en tercer lugar, una oposición a la hegemonía norteamericana, pero exclusivamente en el plano ideológico, no civilizatorio, pues el objetivo a largo plazo sería una solidaridad occidental contra la amenaza global: el gran peligro ya no procedería de la expansión del americanismo, sino del terrorismo y el inmigracionismo islámicos.

A pesar de que el corpus ideológico neoderechista ha contribuido a la renovación doctrinal de las formaciones políticas situadas en el contexto de la derecha radical, identitaria y neopopulista europea, el GRECE, según Stefano Vaj, se ha visto incapacitado no sólo para hacerse un hueco en las grandes antítesis que dominan el debate político, sino también, para imponer aquellas que, en sus propios términos, articularían la estructura de un nuevo paradigma de contornos aún difusos. Una posición neutralista que, según el propio Vaj, habría concluido por anular políticamente a la agrupación.  En definitiva, la ausencia de un discurso realmente pragmático –una utopía concreta y realizable‒, la confusión de ideas divagantes entre derecha-izquierda, la falta de una síntesis real entre todos sus referentes ideológicos, serían los errores estratégicos que habrían derivado en su incapacidad manifiesta para ofrecer una respuesta radical y completa al sistema.

El GRECE parece desaparecer “oficiosamente” en 1999 (aunque sigue existiendo “oficialmente”), dando comienzo a una nueva etapa, desligada ya de su pasado, con el citado “Manifiesto de la Nueva Derecha del año 2000”, rubricado por Alain de Benoist y Charles Champetier (este último, poco después, abandona “misteriosamente” su labor intelectual). Así que la “facción benoistiana” de la Nouvelle Droite, encabezada por el “maestro”, arropado por una “nueva generación de pensadores” (como Yves Christen, Jean-François Gautier, Christopher Gérard, Arnaud Guyot-Jeannin, entre los más veteranos, y como François Bousquet, Pascal Eysseric, Michel D´Urance, Thibault Isabel, Pascal Eysseric, Olivier François, Thibault Isabel, David Mata, Michel Thibault, Pierric Guittaut, Charles Robin, Eric Maulin, Xavier Eman, David L´Epée, entre los más jóvenes), se reduce en la actualidad a la labor protagonizada por el grupo editorial que publica la revista Éléments (y, en menor medida, Nouvelle École y Krisis, esta última un proyecto personal de Alain de Benoist) y a los libros publicados por su maestro.

Por el camino han quedado apartados ‒forzosa o voluntariamente‒ un gran número de neoderechistas: desde Guillaume Faye y Robert Steuckers a Jean-Claude Valla y Pierre Vial, desde Jean-Yves Le Gallou e Yvan Blot a Charles Champetier y Georges Feltin-Tracol. Rupturas a veces ideológicas, otras personales, fruto del transfuguismo político o de la constitución de círculos minoritarios. Por otra parte, todos los intentos de convergencia con agrupaciones situadas en el espectro ideológico de la izquierda, o en posiciones conservadoras en principio antagónicas, han fracasado: el intercambio con el CERES (think-tank socialista) de Jean-Pierre Chevènement, el coqueteo con el MAUSS (movimiento antiutilitarista) de Alain Caillé, la colaboración con la Nouvelle Écologie (heredera de la ecología profunda) de Laurent Ozon, la proximidad (a cierta distancia) con el FN de su expresidente Jean-Marie Le Pen. Pero la desvertebración de la ND no acaba aquí: numerosos partidarios que colaboraban, activa y frecuentemente, en las revistas del grupo durante un determinado período de tiempo, desaparecen luego de sus columnas de forma misteriosa (pongamos como ejemplos a Gilbert Destrées y a Paul Masquelier, entre una lista interminable y que continúa creciendo). En cuando a las “filiales” neoderechistas, antiguos discípulos, como Marco Tarchi en Italia o Alexander Duguin en Rusia, han tomado su propio camino. La ND formó “escuela” pero ha dejado de ser una “escuela”, sólo permanece el “maestro” y un pequeño grupo de estrechos colaboradores. Ciertamente, mientras todos los demás protagonistas, o han desaparecido de la escena ideológica, o han pasado a ocupar posiciones marginales y residuales, Alain de Benoist continúa siendo uno de los intelectuales más dinámicos y más mediáticos del pensamiento francés. Una victoria, sin duda, pero una victoria pírrica donde las bajas no compensan los territorios conquistados.

«¿Qué hacer?», se preguntaba Dominique Venner. «¿Habrá servido todo esto de algo?», se cuestionaba Michel Marmin. Parece más que probable la aparición de “nuevas” derechas e izquierdas, o bien de movimientos sociales que combinen elementos de ambas, tendencia en la que Alain de Benoist y “su” ND han sido auténticos “precursores”, porque «más que situarse en una posición de exclusión (ni de derechas ni de izquierdas) o de extrañamiento (más allá de la derecha o la izquierda), lo que ha hecho es adoptar un enfoque inclusivo (de derecha y de izquierda) y ensayar posibles fórmulas conciliatorias: ideas de izquierda más valores de derecha». El valor añadido y el mérito principal de Alain de Benoist «no ha sido tanto la originalidad o un despliegue de hallazgos novedosos, sino la voluntad de síntesis, la capacidad de ensamblaje en un sistema coherente, la ambición de proponer una visión global» durante las últimas décadas, con un espíritu enciclopédico, no exento de genialidad, pero, sobre todo, de buena fe. El autor le pone título: la disidencia perfecta. 

Pero algo parece estar cambiando en la mouvance neoderechista francesa. La constitución del Institut Iliade (pour la longue mémoire européenne) en junio de 2014, en homenaje a Dominique Venner, y presidida por Philippe Conrad, ha contribuido a la formación de un necesario espacio de encuentro entre las diversas facciones y líneas de pensamiento y actuación de estas “Nuevas Derechas”. En los actos y publicaciones de esta fundación, que cuenta con un importante mecenazgo económico y una militancia voluntaria inquebrantable, participan pensadores venidos de todos los ámbitos y facciones de la “derecha alternativa”, y no sólo francesa, también italiana, española, belga, suiza, alemana, rusa… , junto a personalidades como Renaud Camus, Bernard Lugan, Jean Yves Le Gallou, Henry de Lesquen, Guillaume de Tanouärn, Gianluca Iannone, Aymeric Chauprade, Slodoban Despot, Jean-François Gautier, Alain de Benoist y Javier R. Portella, que contribuyen a título particular, al margen de las líneas de fractura imperantes en este círculo de pensamiento, pero con una clara voluntad de convergencia ideológica. La Nouvelle Droite no ha muerto, sólo ha cambiado de aspecto.