El iliberalismo en Hungría (II): definición y futuro de inspiración nacional. Discurso de Viktor Orbán


¿Qué es, pues, una democracia iliberal? ¿Es una democracia cristiana a la antigua o un sistema basado en la nación? Puede que sea útil recordar en pocas palabras la diferencia entre el primer cambio de régimen, que hemos llamado cambio de régimen liberal, y el segundo, que podemos llamar cambio de régimen iliberal o basado en la nación. 

Hemos revisado y puesto sobre nuevas bases la relación que se establece entre la comunidad y el individuo. En el sistema liberal, la sociedad y la nación no son nada más que una masa de individuos en competencia los unos con los otros. Lo que les une es la Constitución y la economía de mercado. No hay nación o, si hay una a pesar de todo, es solo una nación política. Puesto que no hay nación, tampoco hay comunidad ni interés comunitario. He ahí, grosso modo, lo que es la relación entre el individuo y la sociedad en la concepción liberal. 

Frente a eso, la concepción iliberal o de inspiración nacional afirma que la nación es una comunidad determinada por su historia y su cultura, una organización que se ha formado a lo largo del tiempo y cuyos miembros deben ser protegidos y estar preparados para enfrentarse juntos a los desafíos del mundo. En la concepción liberal, el éxito individual, lo que hace cada uno, si vive una vida productiva o una vida improductiva, es un asunto estrictamente personal y no puede ser objeto de un juicio moral. Frente a eso, en un sistema de inspiración nacional, el éxito individual que merece reconocimiento en primer lugar es el que sirve al mismo tiempo al bien de la comunidad. Hay que entenderlo en sentido amplio. En un sistema iliberal o de inspiración nacional, el éxito digno de reconocimiento no es un asunto personal y tiene formas bien definidas. Consiste así en la autorresponsabilidad y en el trabajo, en la capacidad de crear y sostener la propia existencia, en el estudio y en un modo de vida sano, el pago de los impuestos, la fundación de una familia y la educación de los hijos. O también la capacidad de situarse en los negocios y en la historia de la nación, y de la participación en la reflexión sobre el futuro de la nación. Son capacidades que reconocemos, que ponemos en valor, que consideramos como de rango superior y que apoyamos. En esto consiste lo que ha llegado a Hungría en materia de relación entre el individuo y la sociedad; difiere totalmente de la situación que prevalecía en 1990, en el momento del cambio de régimen liberal.

De la misma forma, hemos puesto sobre nuevas bases nuestra reflexión y nuestra cultura en materia de relaciones entre individuos. Para simplificar conservando lo esencial, en un sistema liberal, la norma es que, todo lo que no interfiere en la libertad del otro, está permitido. Es la brújula de la acción individual. Pero hay un problema: ¿qué es lo que, al final del todo, no molesta a la libertad del otro? Algo que, en general, viene definido por los más fuertes. Pero dejemos eso entre paréntesis. En lugar de ello, lo que sucede ahora sigue otra brújula y declara que la buena definición de la relación entre dos individuos no consiste en decir que todo el mundo tiene el derecho de hacer todo lo que no interfiera en la libertad del otro, sino que no se debes hacer a otro lo que no quieras que te hagan a ti mismo. E incluso más: lo que quisieras que te hagan a ti, hazlo a otro también. Es un planteamiento diferente.

Y llegamos así a la cuestión política más delicada y más sensible: la palabra “iliberal”, que se ha convertido en algo impronunciable en política internacional. La razón es que los liberales, que son de todo menos incompetentes, han creado desde cero la interpretación que hay que darle, es decir, que no es más que una expresión dotada de un sentido privativo, una democracia disfrazada. Un sistema que se disfraza de democracia pero que, en realidad, no lo es. Los liberales han creado, pues, estas dos afirmaciones: la primera, que la democracia es necesariamente liberal y, la segunda, que la democracia cristiana es también necesariamente liberal. Estas afirmaciones son, en mi opinión, erróneas las dos, ya que es cierto que lo contrario es lo verdadero: la democracia liberal no habría surgido nunca sin el sustrato cultural cristiano. La verdadera situación –aquella que parece inverosímil a primera vista– es en la que, en las decisiones más importantes para un país, cuando se trata de determinar en qué dirección hay que ir y a quién deberá confiarse la aplicación de la decisión tomada, los sufragios de dos individuos –cuando uno no tiene el certificado de escolaridad y el otro es un catedrático– tienen el mismo valor. Uno tiene más bien necesidad de ayuda, el otro paga muchos impuestos y, a pesar de todo, sus votos respectivos valen lo mismo. No es posible crear una construcción política que se llame democracia –y que, en consecuencia, está en la base de la democracia liberal– más que si encontramos un concepto particular por el que esos individuos claramente diferentes sean todos iguales, y que podamos tener su opinión en cuenta con la misma ponderación. Y eso no puede ser otra cosa más que la propuesta cristiana, que nos enseña que todos hemos sido creados a imagen de Dios. 

La democracia liberal no puede existir en el mundo más que ahí donde una cultura cristiana ha existido con anterioridad. Eso es demostrable geográficamente e históricamente. La afirmación según la cual toda democracia es necesariamente liberal y que la democracia cristiana debe ser también liberal es simplemente falsa. La democracia liberal solo es viable mientras no abandone sus bases cristianas. Ha ejercido una influencia benéfica sobre la humanidad mientras ha protegido la libertad individual y la propiedad. Pero cuando ha comenzado a desmantelar los vínculos que unen al ser humano a la vida real; ha cuestionado la identidad de género; ha desvalorizado la identidad confesional; ha considerado como inútil el apego a la nación, el contenido de la democracia liberal se ha modificado radicalmente. Y la verdad es que, en los últimos veinte a treinta últimos años, es esta tendencia la que ha influido en el espíritu público europeo. 

Además de todos los debates domésticos que levanta, esta cuestión tiene también una dimensión internacional. Me gustaría citar las palabras de Ladislas el Grande que dijo que Hungría no debía ser “ni el trasero del Oeste, ni el frente del Este”. Unas palabras enigmáticas, de las que no sabemos con precisión lo que quieren decir pero que sentimos todos como ciertas. En todo caso, por resumir lo que  hay que entender de lo que sucede hoy en Hungría, podemos intentar la explicación siguiente: un Estado iliberal ha surgido, sobre un verdadero modelo de teoría política y de teoría del Estado, un Estado democratacristiano particular. Después de esto, no hay más que una pregunta a la que debo responder y es la de saber por qué nuestros adversarios, los partidarios de la democracia liberal, nos odian tanto. El hecho de que debatamos sobre ello, a veces de forma vivaz y exacerbada, forma parte del orden natural de los debates internacionales e incluso domésticos. Pero el odio no forma parte del orden natural. Y sentimos todos que, cuando se nos critica y se nos ataca, no se trata de debatir con nosotros, sino de odiarnos. Conocemos todos el viejo consejo táctico comunista que consiste en acusar al adversario de lo que uno mismo hace, y es por ello que los liberales quieren que les odiemos con nuestros sentimientos nacionales, pero la realidad es exactamente la inversa, puesto que nosotros somos capaces, desde un punto de vista cristiano, de diferenciar entre el ser humano y sus actos. Somos capaces de no amar e incluso odiar sus actos, pero no detestamos ni odiamos al ser humano. En lugar de eso, nuestros adversarios no se limitan a oponerse a lo que hacemos sino que nos odian también personalmente. 

Es importante comprender por qué esto es así. No simplemente por curiosidad intelectual –aunque eso también tenga su importancia, porque es siempre un éxito comprender algo complicado–, sino porque tenemos necesidad para saber cómo reaccionar. Para saber lo que tiene sentido cuando nos defendemos, y lo que no lo tiene. Voy ahora a intentar dar una respuesta un poco rápida, pero en apariencia lógica, a la pregunta de saber por qué los liberales nos odian. Digamos primero que las opiniones sobre lo que debería ser un buen orden mundial están basadas, desde hace siglos, sobre dos conceptos diferentes en la cultura política europea. Uno afirma que debe hacer en el mundo unos Estados libres diferenciados unos de otros, de forma general, de los Estados surgidos de naciones, que deben seguir cada uno su vía y organizar su colaboración sobre la base del principio del menor conflicto y del mayor bien común. El otro afirma que debe hacer una potencia, un principio bajo el cual es posible unificar a la multitud de los pueblos de Europa o del mundo. Semejante sistema es necesario y ese sistema unificador de los pueblos siempre es puesto en marcha y mantenido por una fuerza superior a las naciones. Podemos llamar al primer concepto de inspiración nacional, y al segundo de inspiración imperial, pero no me gustaría enfadar a los partidarios de la concepción imperial utilizando la palabra imperialismo, aunque podría hacerlo. Este concepto según el cual el buen orden mundial impone que nos alineemos los pueblos del mundo bajo un solo ideal, por lo tanto bajo una sola gobernanza, fue durante mucho tiempo el privilegio de los comunistas. Era el internacionalismo socialista o bien el internacionalismo comunista. Ha fracasado. Como mínimo, no era un concepto sensato. Su lugar vacío ha sido ocupado por una nueva orientación política, que no es otra que la orientación europea de la política liberal. 

Vale la pena recordar que hace treinta años todavía existía en Europa una democracia socialista o social, una democracia cristiana y una democracia liberal. Pero, como consecuencia de las confrontaciones políticas, los liberales han conseguido una posición según la cual hoy todo el mundo debe ser demócrata liberal, la democracia no tiene una lectura específicamente socialista –como los partidos socialistas lo habían conseguido en tiempos–, ni lectura específicamente democratacristiano. E incluso si algo equivalente existe, ese algo no se puede apartar sustancialmente de la lectura liberal de la democracia. Hoy en día, en consecuencia, los liberales europeos son los que estiman que tienen entre sus manos un argumentario que –están convencidos de ello– aportará la salvación, la paz y el bienestar a la humanidad entera. Tienen entre sus manos un modelo universal sobre el que han fundado su argumentario. Y es ese argumentario liberal el que nos dicta hoy, en la política europea, lo que debemos pensar y cómo, qué acción es correcta y debe ser apoyada, lo que debemos rechazar, lo que no es compatible con los ideales liberales, y nos dicta también lo que hay que pensar de los fenómenos más fundamentales de la vida. Y hoy, podemos resumir ese programa de manera rápida y sucinta, afirmando que por todo el mundo, pero en particular en Europa, conviene transformar todas las relaciones humanas y las relaciones en el seno de la sociedad para que adapten la flexibilidad de las relaciones comerciales. Si quiero, lo hago y, si no quiero, no lo hago. Si quiero, entro y, si no quiero, salgo. Es lo que permite comprender por qué los liberales apoyan la inmigración, y es lo que permite comprender por qué es justamente la red de George Soros la que organiza la inmigración. Según la acepción liberal de la libertad, no se puede ser libre más que si uno se libera de todo lo que nos vincula a algo: las fronteras, el pasado, la lengua, la religión y las tradiciones. Si llegamos a liberarnos de todo eso, si llegamos a salir de ello, seremos personas libres. 

Esta tesis, como suele suceder, ha dado origen a su antítesis: es lo que llamamos iliberalismo. Esta forma de pensar dice que la referencia a la libertad individual no puede sustituir los intereses de la comunidad. Hay una mayoría, por supuesto, y hay que respetarla porque es la esencia de la democracia. El Estado no puede quedarse neutro frente a la cultura, no puede quedarse neutro frente a la familia, y no puede quedarse neutro tampoco frente a la cuestión de saber qué tipo de población reside en su propio territorio. En otras palabras, los iliberales de hoy son los que defienden sus fronteras, los que defienden su cultura nacional y los que rechazan las injerencias exteriores y las tentativas de construcciones imperiales. 

En situaciones como esta, si no nos sentimos lo suficientemente fuertes en el presente, siempre vale la pena citar a los grandes antiguos. Si nos tomamos la molestia de leer la Carta del Atlántico, cuyos autores fueron Roosevelt y Churchill y en la que se pusieron las bases del futuro de Europa, puedo afirmar que se trata de un documento iliberal puro y duro, en el que los anglosajones afirman que todo pueblo tiene derecho a decidir su propio destino y de escoger por sí mismo su gobierno, que nadie debe inmiscuirse en sus asuntos internos y que sus fronteras deben ser respetadas. O bien, citando a Robert Schuman, considerado en alta estima por los liberales mismos como fundador de Europa, y que declaró que la democracia debe su existencia al cristianismo. La democracia nació el día en el que el ser humano recibió su vocación de realizar, en su vida terrestre, su dignidad personal en la libertad individual, en el respeto de todos sus derechos y en la práctica de la fraternidad universal. Nadie podría declarar eso hoy impunemente en el Parlamento europeo. Lo que quiere decir que los antiguos, a los que nos referimos regularmente como creadores de la idea de la unidad europea, no pertenecerían, según la semántica en vigor hoy, a los demócratas liberales, sino a los demócratas iliberales. Pienso, pues, que no debemos tener miedo cuando, al contrario que el espíritu de los tiempos, asumimos la edificación de un sistema estatal y político iliberal. 

Volviendo a la cuestión de saber por qué los liberales nos odian, yo diría esto: puesto que estiman que la humanidad está superando su época nacionalista o, más precisamente, de inspiración nacional y con el cristianismo en el centro, y que conviene pilotar a la humanidad hacia una era postnacionalista y postcristiana. Para llegar a ello, consideran que la humanidad necesita un modelo nuevo y universal, que se encuentra en la democracia liberal. Ahora bien, el problema es que toda teoría de este tipo que promueve la salvación universal mediante la política no puede ser fuerte y eficaz más que si es exclusiva. La voluntad universal no puede soportar el menor pueblo inflexible, aunque sea minúsculo. Por ello, cuando la ideología de la salvación universal y de la paz choca contra una resistencia, no responde con el debate, sino con el odio. Porque, para ella, el modelo propuesto a la humanidad no puede ser verdadero y válido más que si lo es para todos, sin excepción. Es por esa razón que ese “programa liberal internacionalista” no puede ser verdadero más que si lo es para toda nación, todo hombre, toda mujer, en toda época. Si se consigue demostrar que otra organización social diferente es posible, toda la teoría de la salvación universal se hunde. Si Hungría, Polonia, Austria, Italia y la República Checa tienen su propia forma de ver las cosas, su vinculación con la nación, es insoportable e intolerable. No solo hay que combatir a esas gentes, hay que odiarles, porque son un obstáculo para el bien universal de la humanidad. 

Es por ello que, cuando se dirigen a nosotros en las instituciones de la Unión europea, no es un debate lo que presentan, sino un discurso de odio lleno de bilis que echan sobre nosotros. Muy bien, después de eso, solo hay una pregunta a la que hay que responder: ¿Cuál será entonces el futuro de la democracia iliberal en Europa? A esta pregunta, es evidente que nadie puede dar una respuesta segura. Pero lo que podemos decir es que, en las últimas elecciones europeas, los partidos que tuvieron mejores resultados fueron los que fueron vilipendiados en nombre de la democracia liberal. Los mayores éxitos y las más fuertes progresiones fueron obtenidos por partidos que se encontraban bajo el fuego cruzado crítico del pensamiento político dominante europeo. Olvidemos un instante a Hungría con su 53% y observemos a nuestros amigos polacos, checos, italianos. Son ellos los que obtuvieron los mejores resultados en las elecciones al Parlamento europeo. Es por ello que mantengo la opinión de que es legítimo, viable y razonable posicionar a la democracia iliberal como antítesis de la tesis de la democracia liberal, y no solo en el plano intelectual sino también a nivel de los programas políticos. No queda más que encontrar la frase o la expresión que dé a la palabra iliberalismo, cuya connotación es fundamentalmente negativa, su sentido positivo.  Lo que resulta claramente de lo que acabo de decir es que nosotros deseamos concentrar en dicho concepto un máximo de aspectos buenos. Por muchas vueltas que le dé, no puedo obtener mejor definición que la que consiste en decir que el significado de la política iliberal no es otra que la libertad cristiana. La política que trabaja a favor de la libertad cristiana iliberal se esfuerza en conservar todo lo que los liberales desechan, olvidan y menosprecian. 

Para concluir, tenemos que abordar la cuestión de saber si la cultura cristiana y la libertad cristiana necesitan ser defendidas. Mi respuesta es que, hoy, la libertad cristiana se enfrenta a dos ataques. El primero, que viene del interior, es el de los liberales y tiene el objetivo del abandono de la cultura cristiana en Europa. Pero hay un segundo, que viene del exterior, y que se manifiesta en la inmigración, cuya consecuencia –aunque no sea su intención– es aniquilar Europa tal y como la hemos conocido. 

Si volvemos ahora a nuestro punto de partida, constataremos que tenemos detrás de nosotros treinta años, y delante de nosotros puede que todavía quince años de este programa. Si nos preguntamos con qué vamos a llenar esos quince años, puedo decir que será la tarea de nuestra generación oponernos al espíritu de este tiempo liberal y al internacionalismo liberal. Así es como podremos reforzar a Hungría. Será un combate injustamente difícil. La situación favorece a nuestros adversarios, pero estoy convencido de que tenemos de nuestra parte no todo, por supuesto, sino una buena parte de lo que podemos considerar como bello, libre y justo, que podemos resumir en el concepto de libertad cristiana. 

Esa es la cuestión: ¿es posible que un país de diez millones de habitantes en la Unión europea, en la era del pensamiento dominante liberal, consiga superar una montaña de deudas, ordenar su soberanía financiera y económica, crecer más rápido que las democracias liberales? ¿Es posible que ese país consiga rechazar la inmigración, asegurar la protección de la familia, defender su cultura cristiana, proclamar la unificación y la edificación de su nación, y crear las condiciones de la libertad cristiana? ¿Es posible que consiga mantener todo ese programa frente a un viento contrario internacional sin precedentes, y conducirlo con éxito? ¡Sí, es posible! Tanto como ha sido posible en los diez últimos años. Pero solo será posible si dedicamos toda nuestra energía a lo que creemos y a lo que queremos; si tenemos el coraje, un espíritu caballeresco y si unimos las fuerzas como lo dice nuestro lema. De todo eso será cuestión en los quince próximos años, y no puedo más que apoyarlo con estas palabras: ¡Viva Hungría, vivan los húngaros! ■ Fuente: extracto del discurso publicado en www.miniszterelnok.hu 

* Pronunciado en la 30ª Universidad de verano de Bálványos. 27 de julio de 2019.