El iliberalismo en Hungría (I): interpretación del pasado y del presente. Discurso de Vicktor Orbán

 

Si hace falta resumir los treinta años que acaban de pasar en Hungría desde 1989, una frase puede ser suficiente: lo que es fantástico es que esos treinta años están detrás de nosotros, y no delante. Si hacemos el esfuerzo por recordar lo que era nuestra tarea hace treinta años, la cuestión era: ¿encontraremos, y la descubriremos si no existe, la receta que permita asegurar la conservación en la era moderna de esa comunidad milenaria que es la nación húngara? Era una pregunta muy difícil y angustiosa. 

¿Cuál era la tarea? Primero, conseguir la independencia y la libertad del país. Nuestros años de estudiantes se fueron en ello; después vinieron los dos años comprendidos entre 1989 y 1991. Más tarde, el esfuerzo consistió en instalar una economía de mercado capitalista en lugar de la economía planificada socialista. Y, en ese intervalo, hubo que construir un sistema institucional democrático, jurídico y político. Es lo que hicimos entre 1990 y 1994. Llamémosle un primer “cambio de régimen”; un cambio de régimen liberal. Después, la misión fue vencer –en un combate político, de manera pacífica, sin guerra civil– los restos del régimen socialista. Y puesto que esos restos eran igualmente internacionalistas, nos hizo falta vencerlos igualmente en la escena internacional. A eso dedicamos nuestra vida entre 1994 y 2010. Era la misión de nuestra generación. 

Una vez pasado el primer cambio de régimen liberal y, una vez vencidas las reminiscencias socialistas, tuvimos que esforzarnos en la preparación de un segundo cambio de régimen. Digamos que dedicamos los años 2006-2010 a la elaboración de planes de un cambio de régimen de inspiración nacional. Y después, en 2010, tuvimos que poner en marcha ese nuevo sistema, que era un sistema basado en la comunidad. Más precisamente, tuvimos que preparar la victoria política necesaria para su puesta en marcha, y conseguirla. Es lo que produjo nuestros resultados de 2010, con la obtención de una mayoría parlamentaria de dos tercios. Después de 2010, tuvimos que construir paso a paso ese nuevo sistema de inspiración nacional, de forma que lo condujéramos al éxito manteniendo y renovando nuestro apoyo popular. Podría decir que hemos vivido los últimos diez años con la espátula en una mano y la espada en la otra. Hemos tenido que construir a la vez que luchábamos permanentemente porque –y eso también ha marcado nuestros últimos diez años– hemos tenido que hacer frente al cuestionamiento continuo en el ámbito internacional de nuestro sistema, y rechazar los asaltos en el marco de este cuestionamiento. Podemos preguntarnos retrospectivamente si seríamos capaces –volviendo a la juventud de repente– de recorrer nuevamente ese camino más bien complicado.  Sí, y la respuesta no es fácil. 

Si abordamos esta cuestión bajo el prisma filosófico, conocemos la afirmación según la cual la historia tiene un sentido, que la misión del ser humano es reconocerla y facilitar su evolución en dirección a ese sentido. Era, a grandes rasgos, la lógica comunista, y hoy son los liberales progresistas los que tienen un lenguaje similar. En lo que nos afecta, sin embargo, hemos aprendido en los últimos treinta años que no se trata de dar al tiempo una finalidad, sino que es a nuestra propia vida a la que hay que dar un sentido en el interior del tiempo. Y no es solo cierto para el individuo, sino para una generación. Hay que dar un sentido a la vida de nuestra generación, es decir, que debemos comprender el sentido que se nos fija. Si yo miro desde aquí lo que está detrás de nosotros, y también lo que está delante, puedo decir que nuestra generación ha recibido una oportunidad histórica: el refuerzo de la nación húngara. Tenemos detrás de nosotros un combate injustamente difícil, y un combate también difícil nos espera. Nuestro único consuelo es que está escrito que a nadie se le exigirá por encima de sus fuerzas. No tenemos que llevar sobre nuestras espaldas más que las cargas que seamos capaces de asumir. Puedo deciros que la nación húngara tiene hoy en su posesión las capacidades políticas, económicas y –pronto– físicas gracias a las que podrá defenderse y gracias a las que podrá salvaguardar su independencia. Hemos recuperado nuestra autodeterminación, el FMI se marchó a su casa, hemos dirigido con éxito nuestra lucha frente a Bruselas y hemos protegido nuestras fronteras contra la inmigración. 

Dicho esto, me gustaría abordar dos cuestiones. La primera: lo que sucede y lo que va a suceder en Hungría; y la segunda, una cuestión todavía más apasionante: cómo interpretamos, y cómo los demás interpretan lo que sucede en Hungría. El país se encuentra hoy en una trayectoria prometedora: sus finanzas públicas están en orden; su endeudamiento va a la baja; su crecimiento es fuerte; los salarios aumentan; las pequeñas y medianas empresas son cada vez más sólidas; las familias progresan; la construcción de la nación prosigue a buen ritmo. Por supuesto, se puede todavía hacer mejor: los ciudadanos húngaros individualmente, las empresas húngaras y el gobierno húngaro pueden y deben trabajar mejor todavía. Pero la verdad es que el mantenimiento de Hungría en esta trayectoria prometedora no está hoy amenazado desde el interior, sino más bien desde el exterior. Y lo que pasa hoy en Hungría es que esas amenazas las vamos a apartar, y esforzarnos para proteger a Hungría. 

¿Cuáles son esas amenazas? Ya hemos conseguido rechazar la primera. Habría consistido en lo que unos personajes ineptos y hostiles fueran escogidos a la cabeza de las instituciones europeas que tienen para ellos importancia. No daré detalles sobre lo que ha pasado realmente, pero es un hecho que, gracias a difíciles maniobras, ha sido posible apartar ese peligro. Hemos conseguido poner una zancadilla a todos los candidatos de George Soros. Hemos impedido que unos guerrilleros ideológicos estén a la cabeza de las principales instituciones europeas y ha sido posible también escoger a la cabeza de la Comisión a una madre de siete hijos de espíritu pragmático. Eso no significa, por supuesto, el fin de la lucha en el interior de las instituciones, que no se acabará hasta octubre cuando el paisaje entero sea visible. Pero podemos afirmar dos cosas con certitud. La primera es que la Comisión, que ha atacado a Hungría en tantas ocasiones –y que ha renovado incluso, al final de su mandato, sus ataques recurriendo, ante el Tribunal de Justicia de Luxemburgo, un cierto número de leyes húngaras– debe volver a su rol definido en el Tratado constitutivo de la Unión, es decir, que debe comportarse como guardiana de los Tratados y poner fin a su activismo político. La Comisión no es un cuerpo político, no debe tener un programa, no tiene por qué lanzar ataques políticos contra los Estados miembros. Ese fue el caso de la precedente Comisión Juncker. Hay que acabar con ello. Ese comportamiento ha sido siempre contrario al espíritu como a la letra de los documentos fundadores de la Unión europea. Tenemos ahora una oportunidad para que eso cambie. 

Y la segunda afirmación que puedo hacer es que el sistema del Spitzenkandidat no ha sido enterrado, sino que ha vuelto simplemente a su justo lugar. Ha quedado claro que no es la Comisión quien determina las orientaciones políticas estratégicas de la Unión europea, sino los dirigentes democráticamente elegidos –Jefes de Estado o de Gobierno– de los Estados miembros. La Comisión no tiene que ejecutar un programa independiente porque el Consejo de los Jefes de Estado y de Gobierno ha adoptado, después de las últimas elecciones, un documento que la concierne y que determina la línea a seguir. De una manera general no le corresponde a la Comisión sino al Consejo Europeo el tomar las decisiones estratégicas. El espíritu del sistema del Spitzenkandidat no ha consistido nunca en quitar al Consejo el derecho de designación del Presidente de la Comisión –al que el Tratado fundador se lo atribuye expresamente– sino, al contrario, en permitir a los electores tener influencia en la atribución del tal o cual posición europea importante. La lógica dice entonces –y es a lo que tenemos que volver– que si los partidos europeos presentan un Spitzenkandidat, el presidente del partido vencedor se convierte en el Presidente del Parlamento. No el presidente de la Comisión, sino el del Parlamento europeo. En cuanto a la Comisión, hay que dejarla como un organismo situado bajo la influencia de los Jefes de Estado y de Gobierno.  

El segundo peligro que nos hace falta apartar es el que viene de los círculos internacionales. Se trata de la circunstancia que ha hecho que, en los cinco últimos años, se han cometido graves errores en el seno de la Unión europea, entre los que dos han sido particularmente dolorosos e inquietantes. Estos errores deben ser corregidos en los cinco años que están por delante de nosotros. El primero fue cometido en el terreno de la inmigración y, el segundo, en el de la economía. La corrección del error en materia de inmigración es fácil: la Comisión debe retirarse de esta problemática. Hay que poner en marcha un consejo de ministros del Interior de los Estados miembros en el espacio Schengen, siguiendo el modelo exacto del Consejo ya existente de ministros de Finanzas de la zona euro. La totalidad de las competencias ligadas a la inmigración debe ser agrupada entre las manos de ese Consejo de ministros. La cuestión de la economía es un poco más compleja porque, viendo las decisiones de la Unión Europea en esta materia podemos decir que desde hace cinco años recorremos la vía de la autodisminución: Europa podría ser bastante más eficaz, mucho más grande, más desarrollada y más fuerte que lo que hoy produce como resultado. En lugar de la construcción de un socialismo europeo –ya que los partidos de izquierda presentan regularmente propuestas cuyo objetivo es hacer una economía europea competitiva, en cada Estado miembro, mediante una especie de economía socialista de moda en Europa occidental– hay que volver a la idea de una economía europea competitiva. No hay que atacar sino más bien apoyar a las economías eficaces como las de Polonia o la República Checa, por no citar a Hungría. Hay que olvidar la idea del aumento del nivel europeo de la renta universal sin trabajo. No tenemos necesidad de ese nuevo socialismo; al contrario, tenemos necesidad de empleo y de una bajada generalizada de los impuestos. Hay que desmantelar las reglas burocráticas y, en lugar de políticas de austeridad, hay que reforzar más bien las inversiones y la creación de empleo. Italia no tiene necesidad de austeridad, sino de crecimiento económico. Y no es a los inmigrantes a los que hay que dar dinero, sino a las familias europeas para que asuman el mayor número de hijos posible.

La cuestión es saber si podremos corregir todos esos errores en el próximo año. Debo confesar que nada es menos seguro. Según todas las previsiones y según todas las cifras en las que se basan, la economía europea se dirige hacia tiempos difíciles. La cuestión no es saber si esos tiempos llegarán, sino cuál será la dificultad. Mi impresión personal es que serán muy difíciles. El crecimiento económico seguirá frenándose en Europa occidental e incluso se parará aquí o allá. En Alemania, los preparativos de una alianza CDU-Los Verdes, muy poco market-friendly están en marcha. Se trata de la primera economía de Europa. Debemos prepararnos para que la economía de nuestros principales socios, los países de Europa occidental, no progresará y no crecerá como nos gustaría. Lo más importante hoy para Hungría es fijar una nueva orientación para 2020 y 2021. Esta orientación gubernamental deberá trabajar para que, cuando Hungría se encuentre confrontada a los efectos exteriores nefastos, sea capaz de minimizarlos y seamos capaces de movilizar los recursos internos que nos queden. Hemos podido ver un ejemplo a lo largo de los últimos meses cuando hemos presentado nuestro primer plan de acción para la defensa de nuestra economía: bajada de las cotizaciones patronales de Seguridad Social, subida de salarios, aumento de los gastos en investigación y desarrollo y de financiación de las universidades, introducción de bonos del Tesoro. Mi opinión es que, si nuestras previsiones sobre las perspectivas de la economía europea se confirman, tendremos necesidad de un segundo plan de acción alrededor de la primavera de 2020. Y si las cosas evolucionan como lo pensamos, tendremos que pensar en un tercer plan para el otoño de 2020. Todas estas medidas deberán tener un contenido preparado para mejorar nuestra competitividad. Es la planificación y la elaboración de este plan lo que caracterizará, en lo esencial, lo que pasará en Hungría a lo largo del año que se presenta. 

Y no olvidemos que tendremos otros combates igualmente en el terreno del Estado de derecho. En el periodo que viene tendremos que examinar con nuestros amigos finlandeses la situación del Estado de derecho en Hungría. Vamos a examinar eso con nuestros amigos finlandeses. Finlandia es un Estado donde no hay Tribunal Constitucional. La protección de la Constitución está asegurada por una comisión del Parlamento especialmente constituida para ello. Imaginen por un instante, en el Estado de derecho húngaro, que dijéramos de repente que suprimimos el Tribunal Constitucional y que corresponde a la Comisión de la Constitución del Parlamento el ejercer el control de la constitucionalidad. Más o menos es eso lo que sucede en Finlandia. Tenemos otro ejemplo elocuente: en Finlandia, las Academias están bajo el control y la dirección del Ministerio de Educación. Imaginen un instante si hubiéramos cerrado el debate sobre la Academia de Ciencias húngara situándola bajo el control y la dirección del ministro de Educación. O imaginen también ese Estado de derecho en Finlandia donde los jueces son nombrados por el Presidente de la República a propuesta del Ministro de Justicia. 

Después de esto, permítanme que diga algunas palabras sobre la manera en la que interpretamos en Hungría lo que está sucediendo. Este tema ha sido objeto de una abundante literatura en los últimos años. Hubo una primera avanzadilla –Gyula Tellér– y después, solo en este año, dos estudios importantes se han publicado, uno por parte del profesor Sárközy, otro por Ervin Csizmadia, y no he dicho nada todavía de la atención y los análisis permanentes de los medios internacionales. La interpretación internacional puede resumirse de la manera siguiente: el mundo debe funcionar sobre la base de las democracias liberales, principalmente en Europa, esas democracias deben construir y hacer funcionar una especie de internacional liberal, de donde un imperio liberal debe salir. La Unión europea no es nada más que la encarnación de esta idea, pero desde los tiempos de la administración demócrata, los Estados Unidos reflexionaban también en algo parecido a escala mundial. Visto desde este ángulo, está claro que lo que sucede en Hungría no corresponde con este esquema. Es otra cuestión. Hungría hace algo diferente, alumbra otra cosa. Sí, pero ¿el qué? A esta pregunta, podemos dar una respuesta filosófica –lo intentaremos– pero también una respuesta de política concreta. Escogeré ahora esta última. Es a partir de eso cuando podremos comprender lo que ha sucedido y lo que sucede en Hungría, cuál era la situación que las fuerzas ciudadanas, nacionales y cristianas recibieron como herencia en 2010, después de haber ganado las elecciones con una mayoría parlamentaria de dos tercios. 

Dicha situación puede resumirse alrededor de los puntos siguientes. El primero es que la mayor parte de los gastos de Hungría estaba financiada por menos de la mitad de la población activa. Traducido en cifras, esto quería decir que, sobre 10 millones de húngaros, había 3,6 millones que trabajaban, de los que 1,8 millones pagaban impuestos. Eran ellos los que llevaban sobre sus espaldas los gastos del país. Está claro que eso era una forma larga y dolorosa de suicidio. Subrayo entre paréntesis que hoy 4,5 millones de húngaros trabajan y que todo el mundo paga impuestos. El segundo problema que tuvimos que resolver era que el endeudamiento había enterrado lentamente a los individuos, las familias, las empresas y también al Estado. Habíamos heredado una situación de endeudamiento sin esperanza. Habíamos constatado en 2010 que la identidad cultural de nuestra comunidad, de Hungría, estaba en plena descomposición. Nos dimos cuenta de que la consciencia de pertenencia a la nación estaba en vías de desaparición. Vimos que nuestras comunidades más allá de las fronteras estaban sometidas a una presión asimiladora constante, a la que no tenían fuerzas de resistir. Y comprobamos que las capacidades físicas previstas para la defensa de nuestra soberanía (policía, ejército) estaban esclerosadas. Como Gyula Teller lo escribió en su época, Hungría estaba en 2010 vaciándose materialmente, espiritualmente y biológicamente. El Presidente y el Gobierno debían, por lo tanto, responder a la pregunta de saber si la solución a estos problemas húngaros era imaginable en el marco de la democracia liberal. A esta cuestión, respondimos resueltamente que no. No era imaginable. Ese marco no permite encontrar las buenas soluciones a esas preguntas. Había que encontrar otra cosa. Declaramos que había que conservar el marco de la economía de mercado liberal que subsistía del cambio de régimen liberal, las instituciones democráticas, jurídicas y políticas, pero que había que cambiar radicalmente la forma de estructuración de la sociedad y de la comunidad. En otras palabras: democracia sí, liberalismo no. ■ Fuente: extracto del discurso publicado en www.miniszterelnok.hu 

* Pronunciado en la 30ª Universidad de verano de Bálványos. 27 de julio de 2019.