El imperio carolingio, prefiguración de Europa: del proyecto historiográfico al programa político, por Marie-Céline Isaïa


El Imperio carolingio en su apogeo en los años 820-830, era un régimen teocrático, autoritario, centralizado y militarizado, con una fuerte tendencia nacionalista: Carlomagno y sus contemporáneos aspiraban a un imperio franco de dominio universal. Hay lugar, entonces, para preguntarse sobre la aproximación propuesta desde los años 1980 entre este Imperio carolingio y Europa. Una reunión de medievalistas en Spoleto en 1979, publicada en 1981, eligió como tema de reflexión la siguiente: “El nacimiento de Europa y la Europa carolingia, una equivalencia por verificar”. La cuestión planteada ‒si Europa había nacido en el siglo IX o en el siglo XI‒ pasaba por alto la enormidad que encierra esta expresión, “Europa carolingia”, al mismo tiempo que establecía su legitimidad. La historia contemporánea, la de la construcción europea, parece dictar esta audaz asimilación: hacía falta, para la Europa naciente, una prehistoria, una prefiguración; el Imperio carolingio servía de prototipo, si no de modelo. El enfoque se comprende en el contexto de una referencia constante de los medievalistas a Europa, cuya significación es necesario determinar.

Podemos pasar rápidamente sobre los trabajos que no mencionan a Europa sino como un argumento de venta. Europa deviene en una idea positiva, moderna, y desde un punto de vista editorial, es una cómoda manera de refrescar la oscuridad de la Edad media. Este rasgo se aprecia bien tanto desde el punto de vista cualitativo como desde el cuantitativo: hacen referencia a Europa las obras de vulgarización más que las publicaciones científicas; estas obras son cada vez más numerosas desde principios de los años 1990 ‒la creación de la revista Early Medieval Europe y la colección “Hacer Europa”, constituyen buenos puntos de referencia. Inmediatamente antes, en 1990, en la traducción del título de la tesis de Gisella Ripoll “Los godos en el occidente europeo”, la palabra “europeo” ha sido borrada ‒lo que hoy, sin duda, no sería necesario. En la “historia carolingia” se observa el mismo ritmo: la obra fundadora de Pierre Riché, que utiliza la idea de la Europa carolingia en 1983, no comporta, en principio, ninguna adhesión. Rosamond McKitterick continúa privilegiando la descripción política de los “reinos francos”, igual que Hans Schultze. Será Jean Chélini, en 1991, quien vulgarizará la expresión, que deviene dominante a finales de la década de los años 1990, y casi exclusiva después de 2000. La cuestión se consagra en el período 2002-2004. En ese período, los comentaristas contemporáneos no tendrán ningún problema en ponerla en relación con el nacimiento de la Unión europea, en torno a la firma del tratado de Maastricht. Es un contexto al que no escapan los medievalistas. Entonces, encontramos que Carlomagno aparece como el padre de Europa. Ya sea para apelar a “la conquista de Europa”, a los relatos de las guerras carolingias o a la asimilación: el imperio, Europa según Carlomagno. Por otra parte, el éxito de la tesis de Bruno Dumézil, con “Las raíces cristianas de Europa”, en el contexto de la controversia sobre la ratificación del tratado de Roma de 2004, la convierte en un best-seller.

Las iniciativas editoriales señaladas dejan ver la voluntad de algunos historiadores en proponer a Europa como marco de análisis pertinente para este período. Dos tendencias se mezclan. Hay, por un lado, una reflexión permanente de los medievalistas en términos de cronología: si la Edad Media es la época en la que nace Europa, ¿en qué fecha dentro de este período puede datar el nacimiento de Europa? La otra cuestión es determinar si es pertinente llamar Europa al imperio construido por los carolingios. Sobre el primer punto, se observa una especie de consenso desde principios del siglo XX. Así, el nacimiento de Europa en la Edad Media es un lugar común consensual, mientras que el concreto nacimiento reenvía a dos opciones cronológicas opuestas: una hipótesis alta ‒Europa nace de las invasiones bárbaras‒ y una hipótesis baja ‒Europa nace en el año Mil. 

Si la hipótesis alta tiene tantos apoyos, y sobre todo continuos, es porque ella se acomoda a una definición modulable. Robert López es el primero que caracteriza con prudencia la Edad Media como un período capaz de crear una construcción mental ignorada por los romanos, un “espacio europeo” menos determinado por las fronteras que por la conciencia de una civilización compartida. La hipótesis de datación alta satisface también tanto a los que piensan Europa como un espacio en ruptura con Roma, a continuación de las invasiones bárbaras, como a aquellos que piensan que Europa nace con la fundación de los reinos bárbaros que prolongan las adquisiciones de la romanidad. En el otro extremo cronológico, los partidarios de la Europa del año Mil, cuyo portavoz es Robert Fossier: «El nacimiento de una Europa conquistadora del mundo es un gran hecho de la historia humana, que no me sonrojo en considerar muy meritorio, y que se llama Edad Media». El apogeo de esta “Europa conquistadora” se ubica en los siglos XI-XII. Esta Europa es un “espacio de Finisterre”, una “Europa occidental exclusivamente”. Hasta los años 1980, la historiografía europea, cuando buscaba una fecha del nacimiento de Europa, consideraba dos tiempos principales, el siglo X o el año Mil, dando a Europa una definición geográfica o cultural; “espacio vivido”, espacio mental, Europa nunca era presentada como una unidad política.

Pierre Riché toma esta historiografía a contrapié publicando en 1983 “Los carolingios. Una familia que hizo Europa”. Estudia el nacimiento de Europa en el período que va desde el siglo VII a principios del siglo XI, el que comprende la constitución del imperio carolingio y sus posteriores realizaciones y extensiones. Es entonces cuando se realiza una primera forma de unidad europea, una primera civilización europea a partir de la cuan nace la Europa medieval. Esto es producto de una elección científica muy explícita: Riché aboga en favor de una historia personalista, reclama poder reescribir la historia a través de una familia aristocrática y de sus redes de intereses. La construcción del imperio carolingio no es así un asunto de estructuras y de permanencias, sino la obra de determinados personajes, al filo de la sucesión dinástica.

La síntesis de Pierre Riché encaja bien en el contexto de un retorno al triunfo de la larga historia, de las estructuras, de la historia económica. a reacción después del triunfo de la larga historia de las estructuras de la historia económica. Si Europa nace en la época carolingia, contesta Pierre Riché a Robert Fossier, y no más tarde, es porque algunos hombres lo quisieron así: “La acción política, cultural, espiritual, de laicos y eclesiásticos permitió las condiciones de creación del primer conjunto europeo, que va desde el Atlántico al Vístula y al valle del Danubio”. No fue, pues, un incontrolable dinamismo demográfico el que forjó la superioridad europea en el siglo XI, sino el proyecto, la acción, dice Riché, de algunas élites escogidas, para hacer nacer una Europa donde antes sólo existían reinos bárbaros.

Este renacimiento historiográfico inspira, con matices, a Laurent Theis cuando habla de "El legado de Carlomagno” para designar el período de los siglos IX y X, incluso a Genevieve Bührer-Thierry, que sitúa su manual en continuidad con el de Pierre Riché: “la presente obra tiene por objetivo preguntarse sobre las dimensiones europeas del imperio carolingio; en primer lugar, el cristianismo; en segundo lugar, la cultura de las élites; en último lugar, las redes aristocráticas que se extendieron por las dimensiones del imperio durante un siglo… todos estos elementos deben ser puestos en la cuenta de una auténtica voluntad política de los soberanos carolingios, retransmitida por las élites políticas, razón por la cual puede decirse que existía una Europa carolingia en el sentido de una Europa pensada y querida por los carolingios, sin cuya acción jamás hubiera existido”.

Es difícil no comparar esta Europa, que no es un continente, sino un proyecto realizado por una élite ilustrada, y la primera Comunidad europea de la democracia cristiana. Europa, en efecto, nos dice Pierre Riché ‒y habla de la Europa carolingia‒ ha dejado de ser un dato geográfico, un continente, para convertirse en “persona moral”. La idea es profunda. Cuando habla del imperio carolingio, “se trata, bien entendido, de Europa, no de ese espacio geográfico que oponemos a Asia y a África, sino de un conjunto de territorios que toman conciencia de su destino común”. Esta toma de conciencia, Riché la atribuye al advenimiento de la paz: pueblos que, espontáneamente, se habrían librado de sus antagonismos, de los nacionalismos fundados en la conciencia de ser diferentes a los otros, esos pueblos cuyos enfrentamientos fueron “neutralizados por los poderes políticos, los reyes y los príncipes, y por la Iglesia. Los reyes carolingios y sus sucesores fueron sus “reguladores”. La Europa carolingia, desde entonces, será resumida por esta ecuación: algunos hombres iluminados pueden crear en medio de naciones en guerra, un sentimiento de comunidad suficiente para crear la paz. Pero esta afirmación deriva más de las convicciones proeuropeas de sus autores que del análisis de las fuentes carolingias.

Pierre Riché apela a un “espacio centralizado”, donde la impuesta uniformización está al servicio de la paz. Geneviève Bührer-Thierry ve, en el imperio carolingio, un sistema a dos velocidades, o en dos niveles de integración. Estaría, por un lado, “el corazón de la Europa carolingia, es decir, el espacio que se extiende entre el Loira y el Rin, y representa el núcleo del mundo franco; por otro, el conjunto de regiones periféricas”. Esta descripción evoca, de una forma bastante concreta, las transformaciones de la Europa comunitaria hasta finales de los años 1990 y posteriormente con los tratados de creación de la Unión europea: la idea de una Europa de dos velocidades fue admitida, incluso consagrada, por el reconocimiento del principio de “abstención constructiva”, y más globalmente, por la ampliación ‒se podía formar parte de “el núcleo de Europa”, el espacio que se extiende entre el Loira y el Rin, o de las “regiones periféricas”, más o menos sólidamente adheridas al núcleo principal. Entre Pierre Riché y Geneviève Bührer-Thierry, podemos decir que no es tanto el imperio carolingio el que ha cambiado, sino más bien Europa.

Queda por describir, en tres etapas, cómo esta idea ‒Europa es una civilización nacida en la era carolingia‒ ha sido distorsionada y prolongada por su inserción en los debates contemporáneos.

Una primera tendencia consiste en ver, detrás de la “civilización europea”, un cristianismo triunfante: se hubo una Europa en la época carolingia es porque el imperio tuvo, por primera vez, los medios para imponer a todo el mundo una misma fe y unas similares prácticas religiosas. La idea seduce, sobre todo, a aquellos que buscan en el imperio carolingio la prefiguración de Europa: en efecto, la idea de una comunidad cristiana, de una cristiandad, permite superar la contradicción entre las estrechas fronteras del imperio carolingio (que sólo comprendían Francia, Bélgica, Luxemburgo, parte de Alemania, norte de Italia y norte de la España pirenaica), que no se extendían al resto del mundo germánico, Inglaterra incluida, ni al mundo eslavo. Aun así, la tendencia general incluye en el ámbito de influencia carolingia incluso a territorios tan lejanos como Irlanda o Asturias, que nunca fueron conquistados por los soberanos francos, pero sí por la cristiandad. Al margen quedan algunos pueblos germanos, como los sajones, que no pudieron ser convertidos a la nueva fe sino mediante la fuerza y la violencia, y sólo parcialmente. En cualquier caso, continúa siendo una forma válida, entre otras, para describir un entendimiento común entre los europeos, La demostración es simple. Las sociedades germánicas se alzaron violentamente porque habían situado lo sagrado fuera de ellas. Frente a lo sagrado, los hombres no pueden sino intentar adquirir la paz mediante el sacrificio: sacrificio humano a la divinidad, sacrificio humano en venganza, que Michel Rouche no entiende como un medio de regulación social, sino como el desencadenamiento de la barbarie. La paz adquirida a este precio es siempre temporal. Existe entonces una tercera vía, la del cristianismo, que promete el perdón para poner fin a la violencia. Con el advenimiento del cristianismo, lo privado prima sobre lo público: el individuo nace al mismo tiempo que la iglesia, la cual le garantiza la paz sin necesidad de integrarse en una comunidad política, porque ya se encuentra en una comunión fraternal. En otras palabras, Europa sería creación de la Iglesia católica, que continúa reivindicándose depositaria de la idea.

Segunda tendencia, La Europa carolingia sirve de soporte a la defensa de la supranacionalidad, siguiendo la biografía que Alessandro Barbero dedicó a Carlomagno. El pretexto es la renovación de los estudios económicos, intentando demostrar que el dinamismo europeo, tanto económico como demográfico, tradicionalmente fechado en los siglos XI y XII, data, de hecho, del período carolingio. Estos estudios tratan de probar que Europa nació, efectivamente, con los carolingios. Esta asimilación, presentada como una evidencia, entre Europa y “civilización del crecimiento”, muestran muy bien hasta qué punto la expresión tiene connotaciones positivas. Alessandro Barbero no dice en ningún momento que bajo Carlomagno una construcción militar y política (el imperio) surgió con los contornos que podrían coincidir con nuestra Europa, sino que asimila directamente el título imperial, la soberanía sobre el Occidente cristiano, con el nacimiento de Europa. La Europa de Carlomagno excede, entonces, el marco territorial realmente gobernado por el rey franco. En nombre del cristianismo, Europa se dilata, convirtiéndose, según el anacronismo de Barbero, en una Europa supranacional.

En nombre de este pasado imperial y cristiano, Barbero traza un mapa de la Europa carolingia presentado como una norma inmanente, “una Europa cuyos socios principales son Francia y Alemania, en la que el norte de Italia se integraría mejor que el Mezzogiorno, y Cataluña mejor que el resto de España, mientras que Gran Bretaña continuaría siendo, en cierta medida, extranjera. Esta Europa nórdica y continental, latino-germánica por cultura, pero con una fuerte desconfianza hacia las regiones mediterráneas y completamente indiferente a las regiones greco-eslavas del este, es un legado de Carlomagno. Y no sería una casualidad si hoy todavía el corazón y el cerebro de la Unión europea se sitúan en Bruselas, Estrasburgo y Maastricht, en el corazón del antiguo imperio franco.

El mapa dibujado por Alessandro Barbero es recibido con gratitud en Francia y en Italia, designadas como naciones fundadoras de la Europa de los siglos XX y XXI. ¿Por qué entonces encontramos tan pocos historiadores alemanes que hagan del imperio carolingio el punto de partida de una construcción europea, donde la importancia de Alemania sería también prefigurada y consolidada? La reticencia de los historiadores alemanes a llamar Europa al imperio carolingio es muy visible. Johannes Fried, en 1991, optaba por el fin del imperio para datar los inicios de Europa. Herbert Schutz, en 2004, hizo la excepción. Las querellas del siglo XIX, en el contexto del nacionalismo triunfante, borraron la imagen de Carlomagno. La conferencia de Joachim Ehlers, en 2001, son una prolongación, en modo irónico, de esas controversias pasadas que sólo valen justo hasta antes de la guerra. La razón de esta reticencia parece que debe buscarse más en la adhesión proeuropea de los alemanes occidentales a una Comunidad europea que era una promesa de democracia después del fracaso de otro imperio, el III Reich. Asociar esta Europa democrática a cualquier imperio, aunque fuera el carolingio, era un doloroso contrasentido. Esto no impide, por ejemplo, a Herbert Schutz afirmar que regiones periféricas del imperio carolingio, como Turingia y Baviera en Alemania, las regiones del valle del Ebro en España, incluso Moravia y Bohemia más al este, tuvieron más vínculos con el centro imperial en Aix-la-Chapelle, de lo que se ha dicho habitualmente. ¿Qué quiere decir esto, sino que la Europa central pertenece, desde el punto de vista cultural e histórico, a la Europa de los orígenes? Cierto paralelismo puede establecerse con otro argumento a favor de una integración europea con la evidencia de un pasado común, nos referimos a la obra del gran medievalista Karol Modzelewski, el cual afirma que es erróneo limitar el estudio de Occidente en la alta Edad Media a los bárbaros germanos, puesto que la mirada del antropólogo encuentra, en ellos, más puntos comunes con los eslavos que diferencias. En otros términos, hay un pasado común a la Europa del este y a la Europa del oeste, y ello justificaría la apertura de negociaciones para la integración de Ucrania, Bielorrusia y Moldavia, zona de influencia de Alemania.

Cuanto más se convierta Europa en una realidad vivida y servida por una ideología que la haga atractiva, más parece perder en serenidad la reflexión de los medievalistas. Hablar de la Europa medieval en los años 1960 parecía derivar de una rehabilitación justificada de la Antigüedad tardía; hablar de la Europa carolingia reenviaba, en los años 1990, a una opción historiográfica bien fundada; el pasado construido a medida para la Europa del siglo XXI puede parecer, en ocasiones, que se sirve más de lo apologético o de lo histórico que de la reflexión política. Fuente: Archives ouvertes