El individualismo liberal en la sociedad actual. Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier

 

Hace pocas semanas, Macron hablaba de querer luchar contra el "separatismo musulmán". El escritor Christophe Guilluy se refiere, en sus libros, a un corte radical entre los grandes centros urbanos y la "Francia periférica". Por otro lado, Jerôme Fourquet habla de una "transformación en archipiélago" de la sociedad. ¿Por qué esta parece hoy más dividida que nunca? 

Las causas son numerosas, pero hay una que es esencial: hemos entrado ya en la sociedad de los individuos. Esta encuentra su origen en la ideología liberal, históricamente asociada al aumento del individualismo, puesto que sus fundamentos teóricos defienden a una persona que no pertenece a nada, no teniendo que soportar fuera de sí misma ninguna "fatalidad" histórica, cultural, familiar o sexual. Lo que busca siempre es maximizar su mejor interés, enteramente privatizado, es decir, propietario de sí mismo, titular de derechos naturales que le permiten emanciparse del vínculo social y, por tanto, construirse a sí mismo a partir de la nada. 

El empuje individualista lleva consigo una valoración hedonista de la esfera privada, un desinterés, incluso una hostilidad larvada respecto a los asuntos públicos, una retirada de la política, un desprecio hacia los "grandes relatos" pasionales de los dos últimos siglos. No somos más que unos herederos: rechazamos estar asignados a nada, no somos nada más que lo que queremos ser, lo que equivale a decir que solo existen las singularidades escogidas subjetivamente, y que la pasión de la no-pertenencia es el motor. De todo esto se deducen transformaciones capitales para la civilización, de naturaleza sociológica, política, antropológica y, sobre todo, jurídica. 

La sociedad de los individuos es también la hija de la ideología de los derechos humanos, que hace del sujeto de derechos una persona en sí misma, sin tierra, abstracta, de todas partes y de ningún sitio. El primero de esos derechos es el de llegar a la secesión con sus semejantes. El individuo, según Marcel Gauchet, es "el primer actor social de la historia humana que tiene el derecho de ignorar que vive en sociedad, en el mismo nombre de los derechos que le son reconocidos por la sociedad".

El término de "individuo", sin embargo, resulta a veces objeto de alabanzas por oposición al colectivismo. ¿Se trata de un error?

No es al colectivismo al que se opone la sociedad de los individuos, la cual se adapta muy bien, por cierto, a todas las formas de conformismo, sino a lo común. Cuando los miembros de una sociedad no tienen ya nada en común, ninguna sociabilidad común, ni valores compartidos, cuando ya nada les une, es inevitable que se deshaga. Ya podemos entonces recurrir a la "convivencia multicultural" que no se tratará más que de buenas palabras. 

El individuo no debe ser confundido con la persona, como tampoco se debe confundir la individualización con la individuación. Esta última define la capacidad de una persona de juzgar su situación y adoptar una conducta autónoma responsable. Marcel Gauchet escribe, también, con razón: "Individualizar significa, desde el punto de vista de la lógica colectiva, exonerar a los actores de la obligación de producir y mantener el vínculo de sociedad [...] El individuo que podemos llamar 'individualizado' es el que se piensa espontáneamente como existiendo por sí mismo, con independencia de su sociedad, cuando en realidad no existe más que por ella y en ella". Semejante sociedad produce los individuos que la producen, de forma que vivimos ahora en "sociedades que trabajan para fabricar, mediante el derecho, unos individuos sin sociedad". No podríamos decirlo mejor.

Usted habla de "transformaciones capitales". ¿Cuáles son?

Como la sociedad ya no es la realidad primera, es el individuo el que está en primer lugar. Es él quien está en la base del derecho, y es a partir de él como debe comprenderse lo social (a eso se le llama el "individualismo metodológico"). El "holismo" desaparece. En la sociedad de los individuos, nadie se siente parte de un todo, ya sea un pueblo, una cultura o un país. Se ve la sociedad como un conjunto aleatorio de individuos, que solo se asocian voluntariamente para defender sus intereses (es el mito del contrato social), pero que son siempre potencialmente unos rivales los unos de los otros; se pierde de vista que ese todo posee unas características que solo posee porque el todo excede a las partes que lo componen. Es lo que quería decir Margaret Thatcher cuando le parecía que "la sociedad no existe". Podría haber dicho también que los bosques no existen, puesto que no son más que una suma de árboles aislados.

En la sociedad de los individuos, lo económico sustituye a lo político; el bienestar a la felicidad; la "vida de pareja" al matrimonio; lo societal a lo social; el consumidor festivo al ciudadano. El individuo suplanta a su vez a las personas y las masas, el Estado de derecho cuestiona el derecho del Estado. El ser se limita al tener. Bajo la mirada interesada del capital, el sentido de la vida se limita a distraerse y consumir: Homo oeconomicus et festivus. Se percibe a la religión como una opinión entre otras, como una opción estrictamente individual, lo cual vuelve incomprensible a toda ideología religiosa cuyo objetivo sea convertir, que es lo que la palabra "religión" significaba en el pasado. 

Pero con todo esto no hago más que esbozar a grandes rasgos una realidad que pide ser examinada más en detalle. Lo que está sucediendo ante nuestra mirada es una revolución silenciosa. Fuente: Boulevard Voltaire