El liberalismo rechaza cualquier noción de verdad y bien, por Christophe Geffroy

El liberalismo se ha convertido, desde los años 90, en la ideología dominante de nuestra declinante posmodernidad. Sin embargo, su debilidad congénita reposa sobre una constricción del bien común en beneficio de una libertad individual ilimitada.  

La actual hegemonía del liberalismo se debe a la combinación de tres fenómenos: la desregulación de los años 80 y 90, que condujo a la financiarización de la economía y a la concentración de la riqueza; la caída del comunismo en Europa del este y en la Unión soviética, y la mundialización, favorecida por los anteriores. Así, incluso en países, como Francia, ampliamente gangrenados por el socialismo estatal, no se puede escapar al liberalismo ambiente ‒lo que se manifiesta, por ejemplo, en el desmantelamiento progresivo de los servicios públicos y de la protección social.

De la verdad a la libertad
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Este liberalismo excesivo que nos destruye es principalmente económico. Hagamos un poco de historia para entender el origen. El contexto de su nacimiento es el de la transición de una sociedad holista y comunitaria a una sociedad individualista, fruto de un amplio movimiento de emancipación del hombre de toda tutela superior ‒Dios en primer lugar, la naturaleza a continuación, la cultura hoy‒ que tiene su fuente en el nominalismo del siglo XIV y en el humanismo del XV. Así, la antropología clásica, heredada de Aristóteles y Santo Tomás de Aquino, que considera al hombre como un “animal político” hecho por la sociedad y pleno de vínculos de amistad hacia sus semejantes (la philia), deja su lugar a otra visión distinta, la de un ser asociado al estado de naturaleza, de ahí la idea de “contrato social” para acabar con la guerra de “todos contra todos” (Hobbes). Esta evolución genera un basculamiento fundamental que se opera en un largo período: en el orden político, la primacía pasa de la verdad a la libertad. El liberalismo aparece históricamente, así, como una respuesta al problema de la libertad: 1. ¿Cómo proteger institucionalmente la libertad-autonomía contra un poder reputado por su naturaleza despótica? 2. ¿Cómo responder a la emancipación de los deseos materiales de los hombres? La respuesta liberal a este miedo al poder y a la ausencia de confianza en el hombre es, en principio, política y se elabora en torno a tres pilares: la teoría de la supremacía del derecho; la separación de poderes (ejecutivo, legislativo, judicial) y la teoría de la representación (Locke y Montesquieu).

Privatizar el hecho religioso
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Sin embargo, esto no es suficiente. Porque los hombres se dividen fácilmente sobre la religión o sobre su visión del bien: por lo tanto, conviene sustraer estos dominios a la política para confinarlos en la sola esfera individual y hacer de ellos un asunto privado.

El liberalismo político no se centra en las virtudes de los actores, sino en las virtudes del sistema. Mientras que entre los clásicos la política tenía como objetivo promover las reglas de la vida, el liberalismo político se limita a fijar las reglas del juego; no fija, entonces, un fin, no persigue ningún bien común, sólo establece un marco jurídico donde cada cual puede perseguir sus propios fines.

El triunfo del homo economicus
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El liberalismo económico aparece naturalmente en la estela del liberalismo político como respuesta a la segunda cuestión planteada más arriba; si, para los liberales, las ideas dividen, el interés une, y piensan que el comercio es pacificador; de ahí el principio de «laissez faire, laissez passer» y la aparición del homo economicus. Siendo el hombre un ser ante todo movido por la búsqueda de su interés material personal, él contribuye, haciéndolo, al bien de todos, según la célebre “fábula de las abejas” de Mandeville: “Los vicios privados son las virtudes públicas”. De ahí la teoría liberal clásica elaborada en el siglo XVIII por Adam Smith con su “mano invisible” y su teoría del mercado que se equilibra naturalmente sin intervención humana.

Vemos que liberalismo político y liberalismo económico son, al mismo tiempo, distintos y, sin embargo, vinculados. Jean-Claude Michéa, en L´Empire du moindre mal, ha descrito perfectamente el mecanismo que inevitablemente empuja al primero hacia el segundo: «Si el liberalismo político acaba encontrando en el liberalismo económico su centro de gravedad natural, es sobre todo porque este último, tanto en su proyecto como en sus principios, constituye ya, desde el inicio, la respuesta política paralela al problema moderno (…) Si quiere seguir siendo fiel a sí mismo ‒y no aventurarse sobre el terreno, a sus ojos resbaladizo, de los valores y de la moral‒ el liberalismo político no tiene entonces otra opción que la de ceder. Es entonces cuando la mano visible del Estado justo, que debía, en principio, limitarse a definir las reglas del juego, se concibe como constantemente obligado a conceder al Mercado, y a su “mano invisible”, la tarea de regular los problemas no resueltos, organizando por su cuenta la totalidad del juego. Es, por supuesto, en este preciso punto donde el escepticismo metódico de la “ley” encuentra su verdad última en el dogmatismo arrogante de la economía».

Una libertad sin límites
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Por su negativa a fundarse sobre el bien, actitud inherente a su falsa concepción de la libertad, que tiende a rechazar todo límite, el liberalismo es la ideología perfectamente alineada con una posmodernidad declinante que destruye todo lo que ha hecho a nuestra civilización, las naciones, las culturas, el hombre europeo. Sin embargo, debemos tener cuidado de rechazar de un golpe una vieja tradición política de varios siglos que ha conformado las democracias occidentales de una forma relativamente satisfactoria. 

La prioridad para volver a dar un sentido a nuestras sociedades es la de restablecer la noción del bien ‒y por tanto, también, la del “bien común” que es la finalidad de la política‒ lo que significa necesariamente reapropiarse del concepto de “ley natural”. Un vasto programa de reforma. ◼ Fuente: L´Incorrect