El mito de la desmaterialización: lo digital no podrá ser ecológico, por Guillaume Travers

 

Frente a la crisis ecológica, esta es la nueva idea de moda: la desmaterilaización. Al producir cada vez más servicios (en detrimento de la industria), al recurrir a más procesos digitales para cualquier cosa... nuestras economías podrían continuar creciendo a la vez que reducen su huella ecológica. Pero la realidad es más compleja que todo eso.

El problema de la crisis ecológica es el de la "materia": los árboles que hay que talar, las minas que hay que perforar, los fondos marinos que hay que rascar, los medios naturales que hay que artificializar para que produzcan todo lo que consumimos. Una gigantesca explotación de la naturaleza para extraer los recursos, limitados, pero requeridos por nuestras formas de vida. En este contexto, la aparición de lo digital ofrece una gran promesa: preservar nuestro nivel de riqueza, pero fuera de la "materia". Se reemplaza el acaparamiento de la naturaleza por unos "clics" en la pantalla. ¿Qué hay más inmaterial, en apariencia, que un "clic"? Por desgracia, este ideal es una ilusión.

La materia detrás de los "clics"

El gran error de los partidarios de la desmaterialización es que razonan como si todo, en nuestro entorno económico, nos fuera dado, de manera que bastaría con comparar entre ellas las diferentes técnicas en ese entorno y remplazar lo que se pueda con lo digital. Si se considera como dado el hecho de que cada persona tenga un ordenador, ¿es verdad que escribir un correo electrónico es mejor para el medio ambiente que enviar una carta? Incluso este simple hecho lleva a discusión.

En efecto, aunque el coste de un correo electrónico no sea visible por el remitente, ahí está y es muy real: el mensaje viaja entre routers, servidores, y debe ser almacenado en unos centros de datos, a veces durante años. Todo este soporte material de internet requiere energía para funcionar y, sobre todo, para ser enfriado. Si las estimaciones son difíciles y varían según los autores, está admitido que un correo con un archivo adjunto importante equivale, en términos energéticos, adejar una bombilla encendida durante más de una hora, y puede ser más costoso que un envío postal. Lo mismo sirve para un buscador de internet, que puede también representar un gasto energético equivalente a horas de consumo de bombillas... es decir, más que mirar en un diccionario. En ese caso también se discuten las cifras pero toda la infraestructura digital, sobre todo los centros de datos, podría consumir hoy entre el 5 y el 10% de la electricidad mundial. 

Por otra parte, ya que no son directamente visibles, el usuario no se da cuenta de estos costes. En consecuencia, el tráfico digital aumenta mucho más allá de los intercambios que habrían tenido lugar en un mundo "materializado". Así, cualquier persona recibe de media cuarenta correos al día (sin tener en cuenta los mensajes instantáneos en el móvil). Esto es mucho más que el número de cartas que recibía antes de la "desmaterialización". Este proceso no sonsiste solo en remplazar una forma de intercambio por otra, sino en crear nuevos flujos que también necesitan sus recursos materiales.

Pero todo esto no es más que el comienzo ya que, para poder teclear en una pantalla, hace falta que haya sido producido (igual que los cables y servidores que lo hacen funcionar). En algunos casos, por ejemplo, en el caso del ordenador familiar, es razonable pensar que el material digital existe, se hagan esfuerzos o no por "desmaterializar". Pero, en otros casos, la "desmaterialización" implica una multiplicación de aparatos digitales hasta lo absurdo: sustitución de la libreta de los camareros por tabletas conectadas, recibos postales por firmas en teléfonomóvil, carteles en la calle por pantallas gigantes, etc. Además, la multiplicación de tareas "desmaterializadas" contribuye a aumentar la velocidad de renovación del material que, en el 90% de los casos, se tira cuando todavía puede servir. Esto sucede porque la desmaterialización requiere materiales cada vez más potentes, más rápidos, compatibles con nuevas aplicaciones, actualizaciones, etc. (por no hablar del rol de la publicidad y de las modas en este proceso de renovación).

Ahí es donde duele, ya que para producir esos aparatos electrónicos, se necesita una energía importante y los recursos necesarios son escasos. Para fabricar un ordenador de dos kg, hacen falta más de seiscientos kg de materias primas, de las cuales varias son escasas y agotables. Es el caso del cobalto y las tierras raras, cuyo refinado es muy contaminante. Esta dependencia de recursos escasos se ha acentuado con la sofisticación y la miniaturización de los aparatos: hace diez años, una veintena de metales bastaba para producir un teléfono. Al contrario de lo que se pueda creer, la sofisticación pesa mucho en el impacto medioambiental de lo digital y lo condenan: primero, por que esos recursos se agotarán antes o después; además, las tensiones geopolíticas alrededor de su explotación se están intensificando (alrededor del 80% de las tierras raras se encuentran en China).

Concretamente, recurrir a que todo sea digital equivale a remplazar la explotación de los recursos renovables (el papel, por ejemplo, siempre que los bosques se gestionan bien) por recursos no renovables. Además, ahí donde el papel es un producto "simple", que puede ser fabricado localmente, los aparatos digitales son altamente complejos, y su producción requiere flujos físicos complicados. Ejemplo: las piezas de un teléfono inteligente pueden haber recorrido varias veces la circunferencia de la Tierra antes de verse ensambladas, lo cual tiene un gran coste energético. 

Al final, en el balance energético, de lo digital, lo que es más costoso es la producción incial de los aparatos, más que su uso. Su elevada velocidad de renovación, necesaria para que la desmaterialización funcione es un problema fundamental. Y el asunto no parece que vaya a parar, visto el número de objetos "conectados" (relojes conectados, termostatos obedientes por Bluetooth, etc.), que representan una cantidad enorme de aparatos. La desmaterialización consiste entonces en la sustitución de objetos simples por otros cuya producción ejerce una gran presión sobre los ecosistemas. 

Y no parece que esto vaya a parar con los proyectos de "ciudades inteligentes" (smart cities) que surgen en nuestros días y tienen el objetivo de digitalizar todos los elementos del mobiliario urbano (incluso los bancos para sentarse o las papeleras) y a guardar la información sobre su uso. Estamos muy lejos de la sociedad del "coste marginal cero", teorizado por Jeremy Rifkin, gran defensor de la desmaterialización: cada intercambio tiene un coste marginal elevado para el medio ambiente, sobre todo cuando se trata de realizarlo con los nuevos aparatos digitales. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne