El movimiento identitario: la construcción de un nuevo mito europeo, por Jean-Yves Camus


El término “identitario” designa, desde principios del año 2000, a los llamados Identitaires (antes Bloc Identitaire), y a sus extensiones locales, conocidos tanto por su activismo, su presencia en internet y en las redes sociales, como por su participación en la periferia del sistema electoral y, más recientemente, por sus maniobras de aproximación al Rassemblement National (antes Front National).

Sin embargo, los Identitarios no son más que la parte visible de un movimiento más amplio, el movimiento identitario formado por grupos concurrentes que atribuyen a la participación electoral un papel secundario, incluso nulo. Su principal objetivo es la acción metapolítica. Su objetivo es difundir un cierto número de temas cuyo origen se encuentra en el trabajo de la Nueva Derecha de los años 1970-80: rechazo de la sociedad multicultural, sentido de la comunidad militante, oposición a la inmigración extraeuropea, etnodiferencialismo, rechazo del nacionalismo jacobino en beneficio de la valorización de las “patrias carnales”, adhesión a la Europa de las etnias y no al soberanismo antieuropeo. Gracias a un auténtico profesionalismo en la utilización de la web y de las redes sociales, los Identitarios han contribuido a hacer conocer ideas tales como la “gran sustitución” o la “remigración”. Ahora favorable a una alianza con el FN, el cual se sirve de aquel como un vivero de cuadros, tiene, no obstante, una lógica ideológica propia y, con Marine Le Pen, los desacuerdos de fondo son sobre las identidades regionales, Europa, el islam y la definición de la identidad nacional.

No debe olvidarse el movimiento identitario fuera de esta organización. Incluye a otros grupúsculos cuyos temas o bien son idénticos (Réseau Identités), o bien están orientados de forma más radical hacia un racialismo de tipo völkisch (Terre et Peuple), o incluso privilegian un espíritu comunitario que se inscribe en la posteridad del Movimiento de juventud alemán en su componente bündisch (Europe Jeunesse). En la línea del GRECE (Grupo de investigación y estudios por la civilización europea), el conjunto de los movimientos identitarios buscar promover una identidad francesa, inscrita en una herencia europea, postulando una filiación directa e ininterrumpida con los indoeuropeos definidos en tanto que pueblo histórico, portadores de un esquema de organización social, de valores culturales y de mitos que constituye “la más larga memoria” de la civilización europea. Bastante reducido en el plano de los militantes efectivos y dividido en múltiples organizaciones concurrentes, este movimiento no tiene una menor influencia en el FN y, de una forma menos perceptible, en la evolución de las ideas políticas en Francia. La simple palabra “identitario”, ignorada antes del año 2000 fuera de la extrema-derecha, es ahora de uso corriente, al final de una evolución que los militantes de un “gramscismo de derecha” consideran como una victoria en la guerra de las palabras en la que se han comprometido.

Identidad: génesis de un concepto

«El deseo de igualdad, sucediendo al deseo de libertad, fue la gran pasión de los tiempos modernos. La de los tiempos posmodernos será el deseo de identidad». Alain de Benoist, figura eminente de la Nouvelle Droite, enunciaba esta predicción en 1977 en su obra Vu de droite. La génesis ideológica de la familia neoderechista, sobre la que Pierre-André Taguieff escribió una obra de referencia, permite comprender cómo y por qué la noción de identidad ha adelantado, en estos círculos, a la de nación. Es el tránsito del nacionalismo francés hexagonal a la valorización de la identidad europea, teorizada por el movimiento Europe-Action de los años 60, la que ha cambiado las referencias de la extrema-derecha francesa produciendo una fractura que no ha sido reparada hasta la fecha. Esto separa a los soberanistas integrales, para los que ningún nivel de soberanía es legítimo fuera del Estado-nación (es la idea de los neofascistas de Jeune Nation y de la Œuvre française, de los “royalistas”, pero también del Front National), de los identitarios, para los que el Estado-nación es un marco intermedio entre el arraigo en una región (en el sentido de “heimat”, patria en alemán) y la pertenencia a un marco civilizacional que es el de Europa. La identidad individual del ciudadano es, para los soberanistas integrales del FN, francesa en el sentido en que la Revolución de 1789 definía esta palabra, es decir (teóricamente) abierta a todos los que, independientemente de su origen y de su religión, acepten el pacto republicano. Así, por ejemplo, el FN quiere prohibir la expresión del islam político, pero no profesa ninguna incompatibilidad entre ser musulmán y ser ciudadano, incluso si su ideal es la asimilación y no la integración. El movimiento identitario, por contra, es etnodiferencialista: cada pueblo, cada cultura, no puede realizarse sino sobre su territorio de origen; el mestizaje es visto como un factor de decadencia; el multiculturalismo como un proyecto patógeno, productor de criminalidad, pérdida de referencias y, al final, como posibilidad de una “guerra étnica” sobre suelo europeo, entre “europeos de pura cepa” y los “alógenos” magrebíes y, en cualquier caso, musulmanes.

En el plano de los proyectos políticos, el FN y los identitarios comparten cada vez más la constatación de la “Gran Sustitución”. Esta teoría, popularizada por el escrito Renaud Camus, afirma que el substrato étnico-religioso del pueblo europeo está en trance de cambiar totalmente de naturaleza, en razón de una inmigración de repoblación de origen extraeuropeo. Las dos subfamilias de la derecha radical divergen, sin embargo, sobre la forma de responder a esta constatación. El FN desea limitar estrictamente la inmigración legal, incluso hacerla disminuir mediante el retorno de ciertas categorías de extranjeros; el movimiento identitario propone la “remigración”, es decir, la repatriación organizada y obligatoria (aunque teóricamente negociada con los Estados extranjeros) de los extraeuropeos hacia sus países de origen.

En el orden cronológico, el término “identitario” aparece en el vocabulario de la Nueva Derecha. La estrategia metapolítica del GRECE, a mitad de los años 80, condujo a la Nouvelle Droite a abandonar el racismo jerarquizante y a tomar distancias con la acción propiamente política, mientras que algunos de sus animadores, como Pierre Vial y Jean Mabire en particular, fundaban el movimiento Terre et Peuple. Es en las columnas de la revista homónima de la organización que, en el segundo número de invierno de 1999, Pierre Vial dedica su editorial al Movimiento Identitario. Un poco después, por la misma época, otro antiguo cuadro del GRECE, Guillaume Faye, publica una serie de libros muy leídos y comentados en el movimiento nacionalista, que evocan, al mismo tiempo, la inevitable “guerra racial”, el necesario retorno a las ancestrales tradiciones indoeuropeas y la centralidad del concepto de identidad en el combate ideológico. Volviendo, en efecto, a la teoría del conflicto racial expuesta por la revista Europe-Action, él afirmaba el valor positivo del etnocentrismo, que es para el autor, una «convicción movilizadora, propia de los pueblos de larga historia, cuya pertenencia es central y superior, y que deben conservar su identidad étnica para perdurar en la historia». Completa su propósito con una observación: «verdadero o falso, objetivamente, poco importa: el etnocentrismo es la condición psicológica de la supervivencia de un pueblo (o incluso de una nación) en la historia». Dice además: la genealogía de los pueblos europeos que traza el movimiento identitaria no necesariamente deben tener que ver con la historia: intenta ser un mito movilizador. Mientras que Guillaume Faye, igual que Pierre Vial, continuaban en la frontera de la acción partidista, un nuevo actor va a surgir a principios del año 2000, el cual va a asociar el término “identitario” a un partido político: es el Bloc Identitaire

Los Identitarios: del nacionalismo revolucionario a la periferia del Front National

Creado oficialmente el 6 de abril de 2003, el Bloc Identitaire no surge de la nada. Para un cierto número de sus dirigentes, como Fabrice Robert y Philippe Vardon, es la continuación de su compromiso nacional-revolucionario en las filas de los movimientos Nouvelle Résistance (1991-98) y Unité Radicale (1998-2000), cuya figura de pro era Christian Bouchet. Los dos grupos en cuestión articulaban su discurso en torno a dos temas. El primero, la búsqueda de nuevas convergencias entre los radicales de derecha y de izquierda, en un proyecto de confrontación ideológica entre la “periferia” y el “centro”. El segundo, la primacía destacada de las etnias como primera referencia de las identidades personales y colectivas, en detrimento de la nación, percibida como una entidad abstracta, incluso restrictiva de los particularismos locales. El BI ha conservado el segundo de estos fundamentos, pero ha abandonado el primero, afirmando netamente su identidad de derecha y considerando la casi imposibilidad, para un grupo activista, de contar con una audiencia distinta a la marginal, en un contexto en el que el campo nacionalista está completamente acaparado por la fuerza electoral del FN. En 2016, se adoptó un posicionamiento original que le permite continuar expresándose en tanto que fuerza política autónoma si bien situándose en la órbita del FN. Desde diciembre de 2015, Philippe Vardon y Benoît Loeillet, dos de sus históricos animadores en Niza, son consejeros regionales de Provence-Alpes-Côte d´Azur, respectivamente colocados en quinta y séptima posición en la lista frontista de los Alpes-Marítimos. Antiguos cuadros del movimiento (André-Yves Beck en Béziers, u otros más recientes como Damien Rieu en Beaucaire, siempre activos en el BI) ocupan o han ocupado funciones en los gabinetes de los alcaldes frontistas o en el Rassemblement Bleu Marine de 2014. Unos cincuenta militantes identitarios fueron, en las municipales de 2014, candidatos en las listas del FN o del RBM.

¿Cómo se efectuó esta evolución y a qué lógica responde? Tras la disolución de Unité Radicale, el 6 de agosto de 2002, que siguió al atentado contra el presidente Chirac cometido el 14 de julio precedente, tres opciones estaban abiertas para los militantes, además del abandono de la política: continuar bajo otro nombre y replegarse sobre la metapolítica y la geopolítica (es lo que hizo Christian Bouchet con su Réseau Radical), caer en la tentación del activismo violento, o convertirse en un movimiento político legal, tomando sus distancias con las formas exteriores de la radicalidad y revisando la necesidad de algunas de sus posiciones anteriores. El BI nacía así en abril de 2003 y se transforma en partido político tras la convención celebrada en Orange en octubre de 2009. Las Juventudes identitarias, inicialmente movimiento juvenil del BI, fueron presentadas en 2005 como una formación autónoma, aunque los vínculos personales entre los animadores de las dos estructuras fueran suficientemente estrechos como para sugerir una práctica identidad entre las mismas. Desde septiembre de 2012, fecha en la cual la Génération Identitaire toma el relevo, la distinción con el Bloc Identitaire subsiste. Esto permite el BI no tener que asumir las responsabilidades políticas y judiciales de acciones susceptibles de dar lugar a procesos penales, como la ocupación del tejado de la mezquita de Poitiers (20 de octubre de 2012) o la intrusión en los locales del Partido socialista en París (26 de mayo de 2013). Se definen como la “primera línea de la resistencia”, pero también como “un clan” que se sitúa “frente a la escoria, frente a aquellos que quieren destruir nuestra vida y nuestro pensamiento, frente a la uniformización de los pueblos y de las culturas, frente a la inmigración masiva, frente a una escuela que nos oculta la historia de nuestro pueblo para impedirnos amarlo, frente a un pretencioso vivir-juntos que se ha convertido en una pesadilla”. Génération Identitaire tiene una postura de combate, como los testimonia su emblema, la letra griega “lambda” mayúscula que ornamentaba los escudos de los guerreros espartanos. El BI busca mostrar la imagen de un movimiento más político que activista, dotado de un programa robusto, que reposa sobre cuatro ejes: una “visión del hombre arraigado en sus comunidades naturales e históricas”, por tanto, etnodiferencialista, en cuyo sentido postula la incompatibilidad del islam y de cualquier forma de inmigración extraeuropea con la cultura de nuestro continente; la oposición a la “globalización económica, que arrasa a los pueblos”, lo que conduce al BI a reclamar un rechazo de la mercantilización del mundo inspirada en las tesis de la Nueva Derecha; la pretensión de encarnar a la ecología bajo la forma del localismo, de la lucha contra la desmesura (hybris), incluso de un cierto decrecimiento, pero también de la ecología de los pueblos, y, en fin, la construcción de una “Europa política potente separada de la OTAN y ampliada a Rusia”.

Los diversos componentes de este programa conducen al IB y a sus cuadros, que ahora están en la órbita del FN, a inclinarse resueltamente a favor de las posiciones de Marion Maréchal Le Pen, más que hacia las de Marine Le Pen y Florian Philippot. Si los vínculos son de naturaleza geográfica (Marion Maréchal dirigía la lista del FN en Provence-Côte d´Azur, bastión del BI), también son ideológicos. Los identitarios no son soberanistas en absoluto. Su nacionalismo francés admite un arraigo de sus regionalismos (bretón, provenzal, alsaciano, etc.) y una articulación con el sentimiento de pertenencia a una cultura europea que permita superar la idea de nación. En su período de juventud militante, algunos creyeron encontrar este ideal en la práctica de los rituales neopaganos (del tipo solsticio) y la referencia indoeuropea. Grupos como Europe-Jeunesse y Terre et Peuple todavía lo hacen. Sin embargo, los cuadros del BI enseguida percibieron que tales referencias, si bien permitían conservar un folclore militante y una cultura testimonial, encajaban mal con la evolución hacia la edad adulta y la voluntad, si no de tocar la fibra de las masas, sí al menos de jugar un rol de laboratorio de ideas para el único partido nacionalista dotado de perspectivas de participación y de poner (el FN) y, más ampliamente, para una gran familia de las derechas que conciliaran organicismo y defensa de las libertades económicas, promoción de los valores morales tradicionales y modernidad, voluntad de combatir el “sistema” y utilización desacomplejada de la marca política de derecha. Esto es, precisamente, lo que constituye la agenda ideológica de Marion Maréchal y lo opuesto al eslogan “ni derecha, ni izquierda” de la dirección nacional del partido. Uno de los aspectos más originales del itinerario intelectual del BI es, por otra parte, la capacidad para reclamarse de una identidad europea influida en los años 90 por la Nouvelle Droite y por escritores como Jean Mabire y Dominique Venner, para conducir, unas décadas más tarde, a una síntesis entre referencias europeas y catolicismo tradicional. Para comprender este camino intelectual, hay que escrutar la evolución de Dominique Venner, al que el BI parece estar muy próximo, puesto que, a la mañana siguiente de su suicidio, el movimiento saludaba “al soldado, el militante, el intelectual (…) el camarada que una vez nos concedió su tiempo y nos prodigó su amistad”.

Reconciliar “la más larga memoria” y el cristianismo

Al suicidarse el 21 de mayo de 2013 en la catedral de Notre-Dame de París, el escritor y ensayista Dominique Venner, modelo de generaciones de identidad en sentido amplio, desde Europe-Action (1964) hasta el Bloc Identitaire, pasando por la Nouvelle Droite, sorprendió, incluso resultó chocante, para más de un militante de esta derecha radical de la que había sido uno de sus iconos activistas, el paso del nacionalismo hexagonal al nacionalismo europeo y, en fin, a la reflexión metapolítica neoderechista. “Suicidio de un oponente al matrimonio para todos”, “suicidio de un ex-OAS”: así fue anunciada su muerte en la prensa generalista. Un análisis cuando menos superficial para un gesto simbólico que conviene interpretar de otra manera, si queremos comprender la ideología identitaria. Este historiador y ensayista había estado en todos los combates de la extrema-derecha a mitad de los años 50 y hasta los años 60, describiendo su ideal como una “orden militar y mística”. A continuación, había dejado de militar en esos grupos que, según él, eran de un activismo estéril y se había convertido en una de las figuras de la Nueva Derecha, con la que compartía el etnodiferencialismo, el paganismo y el elitismo. Es, con su inspiración, que el movimiento identitario adoptó todo el vocabulario del “soldado político”, del “héroe espartano”, del “código del honor”. Dominique Venner, como gran número de identitarios, era pagano, pero se suicidó en una catedral cristiana. Eligiendo ese lugar para cometer un acto explícitamente prohibido por la religión cristiana, él no concebía la catedral como un lugar de oración, sino como un símbolo del “genio europeo”, del que se reclama, por herencia, el movimiento identitario. Transforma la creencia, el dogma, en religión nacional, componente fundamental de la identidad francesa y europea, en la cual no es indispensable creer, pero sí reconocerse en ella. Además, se dio muerte en un momento preciso: el de las manifestaciones, en las que participaban los identitarios, contra el “matrimonio para todos”. Su suicidio es un gesto de alcance político. El malentendido es creer que Venner reducía el “letargo de los pueblos europeos” a la simple cuestión del matrimonio gay. Como la mayoría en su campo político, Venner estaba persuadido de que esta ley se inscribía en un contexto general, el de la destrucción programada, incluso próximamente acabada, de la civilización europea por el mundialismo. Para él, este fin inminente de la civilización resultaba, en primer lugar, de lo que llamaba “el crimen dirigido a la sustitución de nuestras poblaciones”. Es decir, el cambio, según él impuesto, estructural y definitivo del substrato étnico francés y europeo por la inmigración y el mestizaje. Había apoyado la Primavera Francesa, si bien distinguiendo en su seno dos componentes: uno católico, conservador y burgués, del que nada esperaba, y otro identitario, del que lo esperaba todo. Este último no es reductible sólo al BI, sino que incluiría a otras organizaciones del mismo movimiento, entre las que cabe citar a la fundación Polémia, de Jean-Yves Le Gallou, y al Institut Iliade, dirigido por Philippe Conrad. 

Conclusión 

El Bloque Identitario puede ser interpretado como la matriz de una renovación ideológica y generacional que busca, a partir de Francia, reformular la idea de la identidad europea, teniendo en cuenta las aportaciones teóricas de la Nouvelle Droite y del nacionalismo revolucionario. La actualización ideológica esencial consiste, en un país como Francia, bastante marcado por la centralización y la idea jacobina de Estado unitario, en intentar pensar la articulación entre regionalismo (pero no separatismo), nacionalismo francés y conciencia de una unidad etnocultural de Europa. El factor generacional es la juventud de los cuadros del BI y de sus organizaciones asociadas, nacidos en las décadas de los años 80 y 90, los cuales consideran encarnar a la generación del rechazo a los valores liberal-libertarios de Mayo del 68. El BI sigue siendo un movimiento numéricamente reducido. Pero es la más importante oposición nacionalista extraparlamentaria. Tuvo en su creación una desventaja: haber nacido cuando el FN era ya, por sus éxitos electorales y su visibilidad mediática, hegemónico en el seno de la derecha radical francesa. Pero ha podido cambiar esta situación: primero, abandonando la táctica del "frente único antisistema" utilizado por Nouvelle Résistance, cuyas referencias llegaban incluso hasta el nacional-bolchevismo, encontrando pocos ecos en la derecha; a continuación, evitando el escollo de la demagogia activista que condujo a otros grupos como Troisième Voie y la Œuvre française a su disolución; en fin, asumiendo, con un cierto saber-hacer en el dominio de la comunicación política, un rol de escuela de cuadros y de acicate político para esa parte del FN que ve su futuro en una recomposición total de las derechas. © Fuente: Fondation Jean Jaurès