El Papa Francisco nos engaña con el tema de la inmigración. Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier

 

Lo menos que se puede decir es que Fratelli Tutti, la última encíclica del Papa Francisco, no ha concitado la unanimidad en el mundo católico. Especialmente cuando dice que se sintió apoyado por el gran imán Ahmed el Tayyeb, con el que se encontró en Abu Dabi. ¿Qué opina de todo esto?

Después de Lumen fidei y Laudato si’, la tercera encíclica del Papa Francisco se presenta como una interminable amonestación política que requiere "pensar en otra humanidad" donde todo el mundo tiene el derecho de "realizarse integralmente como persona". Esto implicaría, en particular, el derecho de los inmigrantes a establecerse donde quieran, cuando quieran y con tantos como les convenga. Esto sentaría las bases de la “fraternidad universal”. El Papa aparentemente olvida que la historia de la fraternidad comienza mal, en este caso con el asesinato de Abel por su hermano Caín (Gn 4, 8).

Dicho esto, el Papa Francisco propone argumentos teológicos. En el monoteísmo, el único Dios es el "Padre" de todos los hombres, ya que todos los hombres están llamados a adorarle. Por lo tanto, todos los hijos de este Padre pueden ser considerados hermanos. Este es el fundamento del universalismo cristiano: el pueblo de Dios no conoce fronteras. Las diferencias de pertenencia, origen o sexo son insignificantes a los ojos de Dios: "No hay ni judío ni griego, no hay ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo" (Ga 3, 28). El hombre pertenece a la humanidad inmediatamente, y ya no, como se consideraba en la antigüedad, por intermediación, a través de un pueblo o una cultura (para el Papa, el pueblo es una "categoría mítica").

Cuando uno declara considerar a alguien "como un hermano", la referencia es obviamente el verdadero hermano, el hermano de sangre. No hay nada de eso en el Papa cuando reivindica el ejemplo de Jesús en uno de los episodios más famosos de los Evangelios. La familia de Jesús va al lugar donde está predicando para llevárselo, considerando que ha perdido el sentido: "Había una multitud sentada a su alrededor y le dijeron: Tu madre y tus hermanos y hermanas están ahí afuera buscándote. Les respondió: ¿Quién es mi madre? ¿Y mis hermanos? Y, mirando a los que estaban sentados en círculos a su alrededor, dijo: Esta es mi madre y estos son mis hermanos. Quienquiera que haga la voluntad de Dios es para mí un hermano y una hermana, y una madre" (Mt 3, 20-35). La superioridad de la fraternidad espiritual sobre la fraternidad biológica se afirma muy claramente. Destitución de lo carnal en beneficio de lo espiritual; de la naturaleza en nombre de la cultura; de la sangre en beneficio del espíritu. 

En ese espíritu es como el Papa Francisco quiere, en el tema de la inmigración, considerar solo los intereses de los inmigrantes. Como ya lo dijo con anterioridad, "la seguridad de los inmigrantes debe anteponerse sistemáticamente a la seguridad nacional". La seguridad de las poblaciones de acogida viene en segundo lugar. El Papa se sitúa en la estela de la Carta a Diogneto, de finales del siglo II: "Los cristianos no se distinguen de otros hombres por el país, por la lengua o las costumbres... Cada tierra extranjera es una patria para ellos, y cada patria es una tierra extranjera para ellos. »

Pero, ¿qué significado exacto debemos dar a la palabra "fraternidad"?

En el lema republicano, "fraternidad" es un valor moral, no un principio político. Si queremos utilizarlo como principio político, sería el primero de todos los contrasentidos. Hace algunos meses, unos juristas no dudaron en referirse al principio de “fraternidad” para legitimar la acción de los traficantes que facilitan el atravesar nuestras fronteras a inmigrantes clandestinos. Evidentemente, es una perversión de las palabras.

El recurso a la fraternidad, para el Papa, reside en el agapè, que es la forma cristiana del amor. Su traducción latina por caritas (“caridad”) no expresa todo el sentido. El agapè es, ante todo, una disposición del espíritu que debe mantener la apertura al Otro, cualquiera que sea ese Otro. Es un amor universal, sin destinatario particular; un amor por toda persona con el único motivo de que es persona; un amor incondicional también, que no espera nada de vuelta. 

Al proclamar que “todos somos hermanos”, el Papa se adhiere a una concepción totalmente irrealista de las relaciones sociales. Cree que ya no habrá más guerras cuando todos los hombres miren a “todo ser humano como un hermano o una hermana”. Cree que la política se reduce a la moral, que se reduce ella misma al “amor”. Confunde la moral pública y la moral privada, que no se sitúan de ninguna manera en el mismo plano: ofrecer mi hospitalidad personal a un extranjero es una cuestión; hacer venir a millones de personas a un país hasta el punto de alterar la identidad de dicho entorno es otra diferente. En conclusión, no duda en abogar por una “organización mundial dotada de autoridad” que suprima todas las fronteras y todas las soberanías nacionales.

Esta encíclica es también, para el Papa, una nueva oportunidad para criticar nuestro sistema mercantil, a la vez que reclama con todas sus fuerzas un “mundo abierto”. ¿No es una contradicción muy importante, cuando no una llamada a la invasión migratoria?

Es, por supuesto, una incoherencia total, ya que el capitalismo liberal, que el Papa Francisco también estigmatiza –y con razón–, exige sin cesar la libre circulación de personas y mercancías (laissez faire, laissez passer). En buena lógica liberal, ¡nada es más “abierto” que un mercado! Afirmar que los inmigrantes tienen el derecho de instalarse donde mejor les parezca –Benedicto XVI proclamaba ya el “derecho humano fundamental de cada uno de establecerse ahí donde lo estime más oportuno”– es retomar exactamente una consigna liberal.

El Papa se contradice de nuevo cuando pide derribar los muros, olvidando que su función principal no es la de excluir, sino la de proteger. Pronunciándose a favor de una solidaridad sin fronteras, que existiría en estado potencial en todas las personas con la única justificación de que son humanas, muestra que no entiende que solo es posible la fraternidad, en el sentido de la philia aristotélica (la amistad política y social) cuando se circunscribe en unos límites bien definidos. De la misma manera, el “bien común universal” no es más que una ilusión: no se puede pensar un bien común más que el limitado a los que comparten concretamente ese “común”, a saber, las comunidades políticamente y culturalmente presentes en ellas mismas. 

El Papa presenta a la humanidad unificada como un objetivo a alcanzar (“soñemos como una sola y misma humanidad”), la ciudad cosmopolítica como una redención, como si la división del mundo en naciones, en culturas y en pueblos fuera un accidente histórico que se pudiera borrar. Su “fraternidad universal” no es, en realidad, más que un deseo piadoso despojado de sentido, sustentado por la obsesión de lo único, la fusión, la desaparición de todo lo que separa y, por lo tanto, distingue. Teniendo en cuenta lo que son los hombres reales, ¡daría igual pregonar la “fraternidad” de la gacela y el león! Jean-Baptiste Carrier, en 1793, decía que masacraba a los vendeanos “por principio de humanidad”. Carl Schmitt, citando a Proudhon, añadía: “Quien dice humanidad, quiere engañar”. El Papa Francisco engaña sobremanera. Fuente: Boulevard Voltaire