El retorno de la gente corriente. Entrevista a Christophe Guilluy por Christophe Geffroy


Christophe Guilluy es el creador del concepto de "Francia periférica", y sus ensayos sobre las "fracturas francesas" se han convertido en unos clásicos imprescindibles. Autor de un reciente libro sobre la "gente corriente", en esta entrevista explica cómo los "deplorables" se han convertido en héroes en varios países occidentales.


¿Qué es lo que ha hecho volver a escena a la “gente corriente”? 


Estudio la cuestión de las fracturas de la sociedad francesa desde hace veinte años y lo que me llama la atención es la emergencia de un fenómeno nuevo, particularmente con la ola de populismos en Occidente. Son gentes sencillas que no representan solo una fracción de la sociedad sino la mayoría de la población, de ahí la idea de “gente corriente”. Se está produciendo una recomposición social por lo bajo. En Francia, el ejemplo de los chalecos amarillos es significativo: no se trata de una categoría específica del pueblo, sino la población entera, aquella que gana menos de 2000 euros al mes, obreros, agricultores, autónomos, asalariados del sector público y del privado, jóvenes, mayores, hombres, mujeres, es decir, todo lo contrario de la atomización de la sociedad de la que se nos habla sin parar y que revela una visión tecnocrática e incluso publicitaria.

 

Esa gente corriente ha sido “invisibilizada” desde los años 80, mandada al ostracismo y, a pesar de todo, se recomponen en un movimiento potente de fondo que supera al sector político para llegar al de la cultura. En el campo literario, por ejemplo, con el premio Goncourt otorgado a Nicolas Matthieu en 2018. En este sentido es en el que hablo de una autonomización de las poblaciones. Esto se constata en muchos lugares, en Francia pero también en Gran Bretaña con el Brexit, en Estados Unidos con Trump, etc.

 

¿Qué diferencia hay entre esa “gente corriente” y la “Francia periférica” de sus libros precedentes?

 

Se acercan, por supuesto, para formar un bloque mayoritario cada vez más amplio. Hace un tiempo constituían la clase media que se encuentra hoy desclasada y que ha desaparecido como tal. Su punto en común es la conciencia de los efectos negativos de la mundialización, tanto en el ámbito económico como en el cultural. Han entendido que mañana ya no estarán en una fase de ascensión social y que ya no se sienten representadas por el Sistema y sus élites. De ahí la necesidad de adueñarse de la situación y pensar en otro modelo económico, alternativo al de la mundialización, la desindustrialización, la destrucción del Estado-providencia, de las fronteras abiertas y de los flujos migratorios sin control. 

 

Usted escribe que este resurgimiento no debe nada a nadie: ¿cómo es posible y qué vínculo tiene con la emergencia del populismo?


Para entenderlo, hay que dar un paso atrás, a los años 80 y a lo que el escritor Christopher Lasch llamó la "secesión de las élites". Con la mundialización, las categorías superiores se aislaron en un mundo aparte, bien protegido, provocando secesiones masivas, económicas, sociales, culturales, hasta tal punto que llegamos hoy a la paradoja de que las grandes metrópolis, que se definen como unos territorios abiertos a otros, se han convertido en ciudadelas cerradas, inaccesibles al común de los mortales.


Frente a esa secesión del mundo de arriba, hemos asistido a una forma de autonomización de las categorías populares, no porque lo desearan sino simplemente porque no tenían otra elección si querían continuar existiendo. Es en ese sentido en el que este movimiento no debe nada a nadie. 

 

En cuanto al vínculo con el populismo, es fácil: la gente común no está representada en ningún sitio, ni en política, ni en los medios o la cultura. Han aprovechado los espacios que podían ocupar y el populismo es uno de ellos. Lejos de verse manipuladas por los populistas, yo pienso que, al contrario, esas personas, que no son tontas, son las que utilizan el populismo para sus fines. Tenemos un buen ejemplo con el Brexit en Gran Bretaña. Esto revela una inteligencia política fuerte y tenaz: la gente no cambiará de opinión.

 

¿Cómo se hace la deslegitimación de las clases populares en el debate mediático?


En contacto con las realidades sociales y culturales del país, el diagnóstico de las clases populares contradice la visión demiúrgica del bando progresista. Es por ello por lo que es sistemáticamente deslegitimado. Basta con ver el desprecio con el que fueron tratados los representantes de los chalecos amarillos en los medios. Por primera vez, hemos tenido un movimiento social masivo que no estaba apoyado ni por el mundo intelectual ni cultural, mientras que en el pasado los movimientos sociales tenían siempre sus apoyos activos en esos medios. Es una violencia muy fuerte, inédita e importante que dice mucho sobre la fractura entre los de arriba y los de abajo.

 

Usted muestra que la “intensidad de la cuestión identitaria corre paralela al contexto social”, pero trata muy poco la cuestión del islam en los suburbios. ¿Por qué?


No trato esa cuestión para no caer en los discursos que no suelen tener otro objetivo más que alimentar unos debates mediáticos y declaraciones verbales sin continuación. Por mi parte, intento pensar las cosas con más amplitud (la cuestión de las tensiones identitarias), volviendo a lo esencial: el multiculturalismo y la inmigración. El primer tema que se pueda tratar es el de la regulación de los flujos migratorios ya que de él se derivan los problemas de integración y, por tanto, el del islam.

 

Hemos destruido los modelos de asimilación y de integración. Por un lado, porque las élites los han abandonado pero también por el desclasamiento de las categorías populares que ya no son unas referencias culturales para los nuevos inmigrantes. En efecto, estos últimos no se asimilaban descubriendo los valores de las Luces o leyendo a Molière sino queriendo parecerse a sus vecinos, obreros o empleados que venían de las clases populares. Esto se debe a que esas personas estaban integradas económicamente, respetados culturalmente y eran unas referencias para el mundo de los de arriba.


Sin embargo, ese deseo de parecerse desapareció en los años 80 y 90 y hoy ningún inmigrante quiere identificarse con las categorías populares tachadas de “deplorables”. En ese contexto, los nuevos inmigrantes no tienen ninguna razón para abandonar su cultura y sus valores. Y cuando son mayoritarios en algunos territorios, finalmente es su cultura la que se impone. 


Creo que es importante recordar que la demanda de regulación de la inmigración no sale solo de los “pequeños Blancos” (expresión-trampa absoluta que busca marginalizar a las clases modestas) sino también de la gran mayoría de la población y de los inmigrantes mismos. Esto se ve muy claro en la provincia de Seine-Saint-Denis. 


Me parece pues que el “nervio de la guerra” en estas cuestiones es conseguir regular los flujos migratorios. Es en este sentido en el que hay que trabajar si queremos continuar en la realidad y actuar en verdad.

 

Usted ha explicado varias veces que la ideología progresista es un revestimiento al servicio del mercado, que su función es “consagrar la llegada de un modelo desigualitario y destructor del bien común”. ¿Cómo es posible que se haya llegado a eso?

 

Jean-Claude Michéa ha enseñado muy bien la alianza entre el liberalismo económico y el liberalismo cultural, entre los liberales de derecha y los de izquierda, para imponer en todas partes las lógicas del mercado. Así, la ideología progresista ha destrozado a las clases medias y populares. Por primera vez, el mundo de arriba no asume su posición de clase dominante: necesita revestir su lucha de clases con ideales positivos como el antirracismo o el ecologismo. Estos son medios para imponer su superioridad dándole, además, un valor moral: ¿quién va a posicionarse contra el racismo o la contaminación? Así, pueden aniquilar a sus adversarios acusándoles de esos males.

 

¿Cómo ve usted el futuro?


Gracias a la gente común se ha operado un renacimiento que se traducirá en la política y en la cultura. Sus grandes temáticas son, en efecto, generales en la población: empleo, reindustrialización, fronteras y control de la inmigración.  Esto tiene que cambiar, incluso si la oferta política está hoy enfrentada a un bloqueo… pero el asunto puede ir muy rápido, como en Gran Bretaña.


Este movimiento no va a pararse, nuestro modelo ha llegado al final de su recorrido. Simbólicamente, es interesante ver que el 80% de los directivos parisinos quiere marcharse de la capital ya que no soporta más el estilo de vida que fue concebido para ellos: hiperconcentración, hipermovilidad, desarraigo,...


Un sistema político y económico no puede perdurar si no beneficia a la mayoría. O bien nuestras élites rechazan verlo y caen en una forma de totalitarismo “soft” o bien las reivindicaciones de las personas corrientes serán, por fin, escuchadas. Fuente: La Nef