El soberanismo nacional, vencedor de la crisis sanitaria, por Ivan Rioufol


El soberanismo nacional es el vencedor de la crisis sanitaria que se desvanece. La indigencia industrial, víctima de décadas de deslocalizaciones, se exhibe en su aberración. Incluso la empresa “francesa” Sanofi (productos farmacéuticos y vacunas) no se siente sujeta a ningún sentimiento patriótico desde que se convirtió en multinacional (el 61% de su capital es extranjero y el 75% de su cifra de negocios la obtiene fuera de Europa). El 13 de mayo, el presidente francés se enfadó al saber que el director general británico del grupo había asegurado a Estados Unidos la prioridad en la entrega de una futura vacuna contra el Covid-19. Pero Donald Trump, subiendo la apuesta a base de dólares, no hizo más que aplicar su doctrina dando prioridad a su pueblo. Quien paga, decide. En Europa, hace décadas que la preferencia nacional es vista como una infamia y que las fronteras son fuente de vergüenza para los progresistas. Estos se ven condenados a desdecirse.

Las acrobacias semánticas de los universalistas en desbandada muestran su desasosiego. A escondidas, se quitan de encima su demasiado engorroso mundialismo, como otros abandonan a su perro en una carretera antes de salir de vacaciones. Escúchenles, estos días, retorcer los conceptos: defienden, como si fuera una evidencia, la nación y la soberanía, pero critican el nacionalismo y el soberanismo. Se dicen cercanos al pueblo pero refutan el populismo. Parece que estamos escuchando a Jules Renard: “Sí, el pueblo. Pero no se debería ver su cara”. Algo es algo si su tímida conversión responde a la dirección del viento. Los patriotas de la primera hora, tanto tiempo caricaturizados como seguidores de Maurras o de Pétain, se encuentran en terreno conocido. La reciente iniciativa del filósofo Michel Onfray, que busca ayudar a la “convergencia de los soberanistas” en su revista Front populaire, se inscribe en esta marea de fondo prometedora. 

Sin embargo, Emmanuel Macron no piensa apuntarse a esta evolución, que asimila a un odioso “reflejo nacionalista”. Su acuerdo del lunes con Angela Merkel, que busca mutualizar las deudas europeas con la garantía alemana (hasta 500 miles de millones de euros), es una maniobra para intentar promocionar la Unión supranacional con la que sueña el presidente francés. Si la propuesta fuera ratificada por los veintisiete miembros, los beneficiarios del plan de activación económica no tendrían que devolver las ayudas de la Comisión europea. Pero nada asegura que este argumento chapucero pueda convencer a largo plazo a los pueblos reticentes a las mezclas. Reclaman, al contrario, ser dueños de sus destinos. Sería ofenderles el hecho de creer que se les puede comprar a cualquier precio. El dúo Macron-Merkel promueve un “pueblo europeo” que no existe. De hecho, Alemania no se ofuscó al procurarse mascarillas en prioridad, desde el mes de marzo. 

La oposición entre personas con raíces y las desarraigadas, a la vista con ocasión de la revuelta de los “chalecos amarillos” venidos de las provincias, contra las élites de las metrópolis multiculturales, es una fractura persistente. Pero el Jefe del Estado no quiere extraer las consecuencias de este nuevo escenario, en nombre de su ideología antipopulista. Sin embargo, el “aumento de los extremos” no está entre los que se preocupan al ver su país vaciarse de sus riquezas industriales y llenarse paralelamente de una inmigración de masas que habría costado, según el Tribunal de Cuentas, 6,57 miles de millones de euros en 2019. Cuando Macron declaró el pasado 13 de abril: “Tendremos que reconstruir una independencia agrícola, sanitaria, industrial y tecnológica francesa”, haciéndose el promotor del “made in France”, habla con las palabras de aquellos a los que aplasta. Pero ¿cómo creer en la sinceridad de un hombre que quiere cambiar la frágil soberanía nacional por una soberanía europea?

La guerra que viene

El político de derechas Xavier Bertrand ha sido el que ha pronunciado las palabras más crueles contra el Jefe del Estado. Con ocasión de la conmemoración de los ochenta años de la campaña de 1940 y de la batalla (perdida) de Montcornet, dirigida por el coronel De Gaulle, el presidente regional, que estaba situado cerca de Macron, escribió en la prensa: “Para De Gaulle, un jefe no debe hablar permanentemente, con razón y sin razón (...). No debe tener la necesidad patológica de ser amado, sino que se debe por entero a Francia”. Esta alusión al comportamiento del Presidente viene a recordar su punto débil íntimo: un narcisismo cada vez más problemático, que le prohíbe la autocrítica y la escucha atenta. Hace poco, en televisión, Macron aseguró, triturando las palabras, que Francia “nunca había estado en ruptura de stock de mascarillas”, asumiendo su mentira. Sin embargo, es un mundo ficticio el que promueve Macron, con chulería. 

Sí, hay una guerra por delante para liberar a Francia. Pero los asaltos hay que hacerlos contra la burocracia invasora. Para ello, Macron no tiene que referirse a Clemenceau o a De Gaulle. No hace falta tampoco que sus consejeros reflexionen sobre un ridículo memorial a las víctimas del Covid-19. Francia fue confinada para salvar el sistema hospitalario, paralizado por efectivos inoperantes, normas que dilataban los plazos, procedimientos administrativos interminables. Hospìtales de la región del Gran Este enviaron pacientes al Sur, por helicóptero, mientras que había camas libres en otras clínicas de la región. Laboratorios privados tardaron en hacer tests al no tener la homologación. Los médicos vieron cómo se les prohibía curar con cloroquina, desde el gobierno y por decreto del 25 de marzo, en nombre del respeto de unas validaciones incompatibles con la urgencia sanitaria. El Estado impotente es una carga pesada para el servicio público. 

La élite, adormecida

La somnolencia de los poderosos es la otra herida de este mundo etéreo, lejos de la vida de la gente y de su indignación. La abulia llega incluso a la jerarquía de la Iglesia Católica, incapaz de defenderse. Como ejemplo: hace poco, el Consejo de Estado ha denunciado felizmente las prohibiciones reiteradas para la celebración pública del culto, a pesar del desconfinamiento del 11 de mayo. Ha visto que hay una “vulneración grave y manifiestamente ilegal” de la libertad religiosa. El gobierno se ha visto obligado a reconsiderar su decisión. Pero han sido las asociaciones tradicionalistas (Fraternidad de San Pedro, Civitas, Agrif, etc.) y el Partido demócratacristiano de Jean-Frédéric Poisson los que tomaron la iniciativa del recurso, mitigando la pasividad de la Conferencia Episcopal. ¿A qué esperan las “élites” para despertar?  © Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Le Figaro