En la cabeza de los tecnoprofetas, por Laurent Ottavi

 

Desde la búsqueda de un eldorado a la construcción de un ser humano “aumentado”, nueva versión del hombre nuevo tan buscado por los regímenes totalitarios, California es claramente la tierra prometida. La promesa de los gigantes de las nuevas tecnologías (“hacer del mundo un lugar mejor”) es la de una nueva salvación, un retorno al estado anterior a la caída. Estos nuevos mesianistas todopoderosos pretenden acabar con la mayor de las desigualdades que consiste en la de los seres humanos frente a la muerte, pero también frente a los límites de nuestro cuerpo. Son los profetas de una religión sin pecado, sin Dios ni dioses o, más bien, de una religión donde seríamos nuestros propios dioses puesto que nada escaparía a nuestro dominio.

El periodista irlandés Mark O´Connell, que ha investigado sobre el transhumanismo en un libro reciente, señala cuál es la paradoja principal en este tema: “ese horizonte donde el racionalismo de la Ilustración, empujado al extremo, desaparece en la materia oscura de la fe”. Una fe desmesurada en la tecnología, considerada como el remedio a todos los problemas. 

El cerebro, una máquina de carne

Mark O´Connell reconoce con humildad no tener todas las competencias científicas para juzgar la validez de tal o cual previsión. Su campo de investigación no es tanto el transhumanismo como los transhumanistas que ha tenido ocasión de conocer como Zoltan Istvan o el filósofo extropiano Max More. El periodista transcribe con claridad sus entrevistas, en las que alterna la exposición de las conversaciones, algunas reflexiones eruditas, filosóficas o literarias, y sus dudas y sentimientos, puesto que la investigación le ha llevado a la confusión respecto a la definición del ser humano. 

Aunque tiene varias facetas, el autor define el transhumanismo como un “movimiento que pregona, ni más ni menos, la emancipación total respecto a nuestra condición biológica”. Su programa tiene como objetivo acabar con la enfermedad, el envejecimiento y la muerte, separando el cuerpo del espíritu y rompiendo con la naturaleza. La concepción de lo vivo en los transhumanistas es mecanicista. El pionero de la inteligencia artificial, Marvin Minsky, hablaba así del cerebro como una “máquina de carne”. El cuerpo humano es comparado a un sistema. El ser humano no es más que una suma de informaciones. Todo queda reducido a un problema para el que habría una solución: tecnológica, por supuesto. 

Los transhumanistas han constatado que el ser humano está obsoleto. No sabe tomar decisiones y comete demasiados errores que cuestan tiempo y dinero. La naturaleza es un freno insoportable a la satisfacción de los deseos. Como dice uno de los transhumanistas entrevistados: hay que dejar de participar en el juego de la biología. Sus reglas no se corresponden con nuestra especie y requieren demasiada crueldad gratuita. Los transhumanistas ven la superación de la condición humana como un “derecho a”: realizar lo que queramos con el cuerpo y el espíritu. Poder fusionarse con una máquina, guardando o no las emociones, o incluso cambiar el envoltorio actual por una multitud de cuerpos físicos y virtuales más productivos.

El transhumanismo, en presente y futuro

De hecho, el transhumanismo ya está aquí. El autor lo constata amargamente: “No quiero vivir en la sociedad futura en la que sueñan los discípulos de este movimiento, incluso si tengo a veces la impresión de vivir ya en su presente”. Sin llegar a las acciones de los transhumanistas descritas en su libro (como la implantación de chips bajo la piel), los nuevos teléfonos inteligentes son ya una especie de prótesis del humano “aumentado”. Otros síntomas del cambio son, por ejemplo, los artículos escritos por algoritmos informáticos o las  máquinas automáticas que sustituyen a las personas en nombre de la rentabilidad. 

La pregunta es: ¿No será la desencarnación el objetivo último de toda tecnología? Redes sociales, internet, naves espaciales: todos son medios para despegarse de sí mismo. El capitalismo contemporáneo ya transformó a los humanos en máquinas; ahora se trata de humanizarlas. Nada se opone a que seamos sustituibles unos y otras, haciendo posible lo que el autor llama “la consecución última de la lógica del tecnocapitalismo”: el control, no solo de los medios de producción, sino de la fuerza de trabajo misma, cada vez más barata, obediente y eficaz. 

Aunque el transhumanismo ya esté aquí, nada está todavía plenamente desarrollado. “Suspensión criónica”, “emulación completa del cerebro” o “extensión radical de la longevidad”... expresiones extrañas que serían el futuro de la humanidad según los transhumanistas. Pero, para algunos científicos, verdaderas tonterías. El transhumanista Hans Moravec, profesor de robótica, reconoce algunas dificultades: “Hacer que un ordenador tenga el nivel de un adulto en cuanto a tests de inteligencia o de ajedrez es mucho más fácil que darle las capacidades de un niño de un año en cuanto a percepción y movilidad. Esto se revela difícil, cuando no imposible”.

¡No importa! Los transhumanistas, financiados con millones de dólares, buscan superar las limitaciones físicas, intelectuales y emocionales del ser humano. ¡Se acabó la distinción entre mundo físico y realidad virtual, entre humano y máquina! Si nuestra especie “aumentada” no se destruye mientras tanto, colonizará el universo “convirtiendo masas de materia y de energía en formas organizadas similares a la vida”. Para algunos transhumanistas, el límite del cielo es una ambición demasiado modesta. 

Optimismo radical por un lado, catastrofismo por el otro

Inmensa promesa, oportunidad increíble para olvidar nuestra condición imperfecta y frenos biológicos, la idea de un mundo mejor trae también el riesgo de la destrucción de la humanidad. Para Elon Musk, la inteligencia artificial es la “amenaza existencial más grande que pesa sobre la humanidad”. Máquinas más productivas que los humanos podrían suprimirnos, aunque solo fuera para cumplir con los objetivos que les hayamos pedido nosotros mismos. Otros temen una desigualdad peligrosa entre los que tendrán los medios para obtener los cerebros de élite y los más pobres. Optimismo a ultranza (el mejor de los mundos), que va paralelo a una confianza ciega en el dinero, y el catastrofismo (fin de la humanidad) son las dos caras de una misma moneda entre los transhumanistas. El autor se pregunta si seremos capaces de crear una máquina capaz de borrar a nuestra especie de la faz de la Tierra. 

La visión de las personas entrevistadas sirve para legitimar el transhumanismo. El discurso es el siguiente: El transhumanismo puede llevarnos a la catástrofe; la fusión hombre-máquina es, no obstante, inevitable; la alternativa está entre un transhumanismo “deseable” y otro “peligroso”. Por lo tanto, financiemos el primero para no tener el segundo. 

El último límite a destruir, la última frontera, es la situada entre la vida y la muerte: obsesión conocida de los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin. Muchos transhumanistas quieren que sus cuerpos sean criogenizados hasta el momento en el que la tecnología los devolverá a la vida y serán inmortales. Si la tecnología lo permite, ganarán todo; si no fuera posible, no perderían nada. El autor cuenta en su libro su visita a Alcor, la mayor de las cuatro instalaciones mundiales dedicadas a la crioconservación. Tres están en Estados Unidos y la otra en Rusia: dos países marcados por el progreso científico y la conquista espacial. 

Ya se trate de los gigantes de las nuevas tecnologías o de temas de defensa, el lector se da cuenta de la constatación final: detrás del discurso sobre la abundancia y la inmortalidad para todos, el transhumanismo es, sobre todo, una religión de los ricos y los poderosos. ■ Fuente: Revue Limite