La reeducación de la sociedad occidental, por Mathieu Bock-Côté


En una novela de Patrice Jean de 2018, el autor tuvo la intuición genial de escribir sobre un personaje cuyo trabajo consistía en reescribir los clásicos de la Literatura para hacerlos compatibles con los valores de nuestro tiempo. Pero, como sucede a menudo, la realidad supera a la ficción. En algunas editoriales americanas, la tendencia actual es la de contratar unos “sensitivity readers”. ¿Su papel? Revisar los manuscritos para rastrear los prejuicios raciales o los estereotipos de género, y asegurarse de que hay una representación positiva de la diversidad en el texto publicado, liberándolo del dominio del “patriarcado blanco”. Como perfectos comisarios políticos, leen las obras a partir de unos criterios de interpretación ideológica y reparten los puntos correctos y los incorrectos. La literatura debe someterse o renunciar.
  
Cuesta no pensar en la censura en los tiempos de la URSS: allí también, los textos debían pasar bajo los ojos de los lectores de régimen, que se aseguraban de su conformidad con la ideología oficial. El arte debía contribuir a la celebración del régimen, y no a minar sus principios. La movilización de los intelectuales y los artistas, percibidos como unos “ingenieros de almas”, era percibida como necesaria para ultimar la revolución en el imaginario colectivo. Así, hoy en día, en muchos países occidentales, las subvenciones públicas en el ámbito de la cultura están vinculadas a unos criterios ideológicos explícitos –lo que importa, en general, es asegurar la promoción de la vida multicultural y la diversidad, para decirlo en la jerga autorizada. Es el retorno de una literatura edificante, al servicio de una pedagogía destinada a las masas.  

Esta vigilancia ideológica de la producción cultural es indisociable de la revolución relacionada con la “diversidad” que trabaja por la transformación de las mentalidades occidentales. Nos equivocaríamos si pensáramos que se limita a unas elucubraciones teóricas de universitarios. Ya ha penetrado desde hace tiempo en la administración, las empresas y los medios, que disponen de numerosos “consejeros en diversidad”, cuya supuesta misión es sensibilizar a los mandos y los empleados en ese asunto, mientras les incitan a tomar conciencia de su “privilegio de ser blancos”, para deconstruirlos mejor. Ninguna sociedad occidental se libra de esto. Habría que contar las sesiones de formación en los ámbitos laborales para constatar la extensión de su control. He aquí una manera de formateo ideológico permanente, para presionar las conciencias y asegurar su anestesia o su sumisión entusiasta. El régimen de la diversidad transforma la sociedad en un campo de reeducación a cielo abierto. La autocrítica teatralizada se convierte en una manera de hacer ver su nobleza moral en un entorno donde el odio al reaccionario pasa por la forma más conseguida de amor a la humanidad. Pero, de todas maneras, hemos leído con sorpresa en las páginas del Guardian, en estos últimos días, que el mercado de la culpabilización del hombre blanco, y más particularmente de la mujer blanca, era cada vez más lucrativo en los Estados Unidos. Unas activistas “racializadas” organizan costosas cenas en restaurantes donde se reúnen mujeres blancas de la alta sociedad que acuden para que les expliquen que son racistas y cómo conseguir no serlo. Se mercadea, así, con un sentimiento de culpabilidad mantenido en los medios. Este deseo de ser reeducado refleja una neurosis y atestigua la desestructuración psíquica de las sociedades occidentales, atormentadas por el odio a su experiencia histórica. 

No se puede subestimar el alcance de este trabajo de reeducación. Al final, se trata de hacer caer al hombre occidental en un mundo paralelo. Orwell decía que lo propio al totalitarismo consiste en incitar al hombre a admitir que dos más dos son cinco. De ahí una campaña de provocación permanente que tiene como vocación desestabilizar definitivamente las conciencias y destruir las referencias antropológicas más elementales. Incluso también afecta a la clase política. Cuando Macron, según la revista Valeurs Actuelles, declara en una conversación informal a la presidenta de las Asociaciones de familias católicas: “Su problema es que usted cree que un padre es forzosamente un varón”, participa en el mismo tema, sin duda de manera inconsciente. De cualquier manera, se trata de tumbar las estructuras antropológicas más elementales y de hacer pasar por un tarado a quien lo dude. Es el reino de la indiferenciación absoluta y la intercambiabilidad de los seres.  

Es tentador asimilar estos ejemplos a unas derivas locuelas, que deberían hacer reír más que preocupar. Craso error. Pensándolos todos juntos es cuando se revela la ambición fundamental del régimen de la diversidad: fabricar un hombre nuevo, arrancado de su civilización, y deseoso incluso de renegar de ella de forma ostentosa para hacerse perdonar, por fin, su existencia. ■ Fuente: Le Figaro