Éric Zemmour, ¿última esperanza del electoralismo?, por Xavier Eman

 

Sin duda, la hipótesis de una candidatura de Éric Zemmour a las elecciones presidenciales ha despertado una vida política que estaba sin fuelle en Francia. Puede que, a pesar suyo, Zemmour se convierta en el último salvavidas de un sistema electoralista con tasas de abstención abismales.  

Da igual lo que se piense del periodista; no podemos más que agradecerle el haber movido ligeramente, por fin, el cursor mediático bloqueado en el Covid-19 y sus diversas metástasis político-sanitarias. Es la vuelta a la buena vieja política de siempre, a sus esperados debates, sus polémicas formateadas, sus paparazzis, sus golpes de comunicación más o menos acertados, sus promesas miríficas, sus mezquinerías y sus golpes bajos... ¡Huele a elecciones, la campaña presidencial ya ha empezado de verdad! Y el pueblo, que ponía mala cara a las últimas tragicomedias del género político, parece que vuelve a mostrar interés. Conseguir salvar un sistema electoralista desfondado, que había conseguido tasas de abstención tremendas... ¿no será ese el verdadero "milagro Zemmour"?

La campaña electoral se despierta

Por su talento de polemista, beneficiado por la extrema mediocridad de la mayor parte de sus adversarios, por su sobreexposición mediática (a pesar de los gemidos sobre una "censura" fantaseada), por su capacidad a poner el dedo en la llaga en ciertos temas sensibles como la inmigración y la islamización, Zemmour vuelve a ofrecer cierto interés a la campaña electoral que se abre en estos días. Como buen periodista, puede realizar un "espectáculo" de calidad superior a las representaciones precedentes, una "diversión" apta para despertar el interés de un número importante de electores que se habían cansado del conformismo general y alejado de esa empresa de ilusiones y traiciones que son las elecciones. Pero ¿hay que alegrarse por ello?

Ciertamente sí, si creemos que todavía se puede "salvar los muebles", "enderezar la nave", "corregir el sistema desde el interior" y si pensamos que el sistema, en su forma actual, es el "peor de los sistemas con excepción de todos los demás".

De ninguna manera, si pensamos que el electoralismo y la democracia representativa no pueden ser las soluciones sino que forman parte del problema, que el sistema está demasiado profundamente e intrínsecamente apestado, es endogámico, corrupto y está sometido a los intereses financieros mundialistas como para ser reformado, y que hay que pensar en una ruptura radical e inventar nuevas formas políticas y sociales. 

Como ejemplo de lo primero pondremos los ejemplos de Italia (a la derecha) o de Grecia (a la izquierda), donde fuerzas políticas más radicales que los actuales "nacional-soberanistas" franceses llegaron un tiempo al poder antes de ser rotas y puestas de rodillas por la oligarquía europeo-mundialista. Esas dos experiencias han llegado, al final, a un balance totalmente nulo, por no decir catastrófico. 

Una pieza más en el engranaje electoral

Señalaremos a los segundos el carácter aventurero, "utópico" y aleatorio de una vía revolucionaria que tiene mala prensa en una gran parte de la "derecha", siempre esencialmente burguesa y conservadora. Sin embargo, frente a la extensión y la gravedad de los males que hunden a nuestro pueblo, esta segunda opción no parece menos realista, y puede incluso aparecer como indispensable. En todo caso, es más útil que una enésima participación en la pantomima electoral y la esperanza destrozada cien veces en un cambio concreto y drástico "desde arriba". Y todavía más hoy en día, cuando la sociedad atomizada, cansada, empobrecida, sometida a leyes liberticidas inimaginables, agredida cotidianamente en la calle como en su ser y su forma de vida, ha mostrado su total desconfianza frente a las instituciones actuales; cuando una parte considerable de la misma parece dispuesta a la secesión frente a unas élites desaparecidas en combate.

Metiendo una ficha en el polvoriento engranaje electoral, Zemmour prolonga la danza de los zombis durante un tiempo más, esos electores eternamente engañados a quienes se les vuelve a dar la ilusión de que algo puede cambiar todavía si se limitan a introducir un sobre en una urna. ¿Y si no fuera Francia lo que Zemmour estuviera salvando sino el sistema republicano y sus instituciones moribundas a las que vendría a dar un ligero barniz patriota, ocultando una vez más, y para varios años otra vez, las profundas fisuras que amenazan al edificio con un hundimiento que pudiera ser salvífico? Fuente: Éléments pour la civilisation européenne