Estado profundo contra Estado profundo: guerra civil en la Casa Blanca, por Jean Goychman

 


Es difícil entender lo que sucede a escala mundial si se dispone únicamente de la "información" difundida por los medios de comunicación corrientes. Lo cierto es que la "madre de todas las batallas" se está desarrollando, en estos momentos, en los Estados Unidos. Habiendo empezado desde la elección de Donald Trump, e incluso antes de que entrara en la Casa Blanca, este combate ha ido en aumento desde entonces. La pelea se realizó con guante de seda al principio, pero ahora se ha convertido en un verdadero "struggle for life" o combate por la vida. El desafío real es el establecimiento de un poder mundial dirigido por ese "Estado profundo" norteamericano que es, en realidad, el brazo armado de la finanza anglosajona que salió a la conquista del mundo hace más de un siglo.

El 11 de septiembre de 2001

La Historia recordará, naturalmente, las imágenes de los aviones impactando en las torres de Manhattan. Sin embargo, se produjo también otro hecho que pasó desapercibido, quizás de forma intencionada. De viaje por el sur de los Estados Unidos, el presidente G.W. Bush pronunció la frase fatídica exclamando "estamos en guerra". Era una señal muy clara destinada a algunos iniciados. Desde 1949, una especie de "gobierno en la sombra" compuesta por personas escogidas entre ellas, se estableció para hacer frente a una situación de guerra que habría podido resultar de un ataque nuclear dirigido por la URSS (la otra potencia nuclear en esa época) que consiguiera destruir simultáneamente el Capitolio, la Casa Blanca y el Pentágono.

Conocido con el nombre de "proyecto del juicio final", se desarrolló en la sombra durante décadas. Bajo la presidencia de Reagan fue renombrado como COG o "Continuation of Government" y así es como entró en aplicación bajo la autoridad de Dick Cheney pocas horas después de los hechos del 11 de septiembre. Pero, más allá de la persona de Dick Cheney, sobre todo fue el Estado profundo estadounidense el que se apropió momentáneamente del despacho oval. Hasta este momento, se había contentado con insertarse en la maquinaria de la administración estadounidense, utilizando solamente un "poder de influencia", pero a la vez se estaba llevando a cabo un movimiento decisivo, del que el pueblo no era conocedor.

La "Patriot Act" y las decisiones liberticidas

Al contrario de lo que se podría pensar, la "Patriot Act" no resulta de los atentados del 11-S, sino que estos últimos dieron la oportunidad para ponerla en aplicación. Eso es así porque esta ley, aprobada en la urgencia de una situación dada, tenía un alcance mucho más general y suponía un punto de inflexión en la evolución de las mentes. Se oponía, de una manera flagrante, la seguridad a la libertad, y algunos ciudadanos se vieron confundidos, apegados como estaban a su lectura de la Constitución de 1787. 

Con probabilidad, así es como nació, en el corazón mismo de los escalafones del poder, un movimiento de protesta de este Estado profundo que no ha dejado de desarrollarse. El triste espectáculo de un Colin Powell obligado a mentir ante el Consejo de Seguridad de la ONU sobre el tema de la presencia de armas de "destrucción masiva" en Irak en enero de 2003, acentuó seguramente ese movimiento de desconfianza hacia ese Estado profundo cuyo carácter belicoso se afirmaba día a día. El envío del ejército estadounidense en fechas posteriores añadió una razón más para actuar.

Fue un proceso largo y discreto que terminó finalmente, sorteando todas las encuestas, y a pesar de los esfuerzos desesperados por impedirlo, con la elección de Donald Trump en noviembre de 2016.

La guerra declarada al Estado profundo antiguo

Desde la entrada de Donald Trump en la Casa Blanca en enero de 2017, empezaron a intercambiarse los golpes. Todo lleva a pensar que, lo que le había llevado al poder, se parecía curiosamente, en su naturaleza, a otro "poder en la sombra" que se había construido metódicamente y sin ruido para llegar a ese resultado. Quizás sepamos algún día que este salió de los despachos de mando del Pentágono (lo que podría explicar el empleo de la letra "Q" que algunos ven en los gestos de Donald Trump) y que ha generado otros seguidores con el paso del tiempo. 

Donald Trump encarnaba una especie de "hombre providencial" que ese "Estado profundo-bis" buscaba, con toda probabilidad, desde hacía un tiempo. Era políticamente un desconocido, capaz de decir todo lo que pensaba y, además, no dependía del poder financiero del Estado profundo contra el que iba a tener que combatir. Eso es lo que explica que ese primer Estado profundo no lo vio venir. Todos estaban muy seguros de la victoria de su representante, Hillary Clinton. Es esta certeza la que les llevó a perder ya que menospreciaron, e incluso transgredieron, todas las reglas elementales de la prudencia. 

Por ello, la situación que se desarrolla actualmente tiene una importancia capital ya que su resolución puede influir considerablemente en el curso de los asuntos a escala planetaria. Esta lucha encarnizada donde todos los golpes están permitidos tiene como desafío real la victoria de los Patriotas, que quieren mantener la existencia de los pueblos y las naciones soberanas, contra los que quieren imponer ese viejo sueño de un mundo unificado y dirigido por una élite a la que están seguros de pertenecer.

La debilidad de la democracia puede ser salvadora

El inconveniente de la democracia reside en una opinión pública que puede revelarse volátil. Incluso si, como dijo Churchill, es "el peor de los sistemas si descartamos todos los demás", dicho sistema no está exento de inconvenientes. Algunos han entendido muy pronto el rol que pueden jugar los medios de comunicación en la opinión pública y que, en definitiva, si se pudiera llegar a controlar a los medios más fácil hacer elegir a quien se quisiera.

Pero este inconveniente puede igualmente revelarse como una ventaja ya que, con los mismos métodos, se puede llegar a hacer elegir a otras personas. En todos los sistemas que dirigen una democracia existe el "desgaste del poder". Las causas son múltiples, pero es posible que el hecho mismo de ejercer el poder sea, en alguna medida, "autocorruptor", y que ello conduzca a algunos excesos. Parece ser que eso es lo que ha sucedido en Estados Unidos y que, un día no muy lejano, podría guiar a la victoria a los que hoy apoyan a Donald Trump. © Fuente: Méthode