Eurasia: entre Asia y Europa, entre Rusia y América, por Pascal Gauchon


La etimología plantea más preguntas de las que resuelve. Europa y Asia, como quimera: ¿Eurasia es la suma de los dos continentes? ¿O bien constituye un “tercer mundo” diferente a los otros dos? ¿Hay que identificarla con el heartland de los geopolíticos, el centro del continente? ¿O debemos preferir una “Europa del Atlántico a los Urales y apelar a la reunificación de los pueblos europeos? Tantas concepciones y tan diversas alimentan un temor: ¿y si Eurasia solo fuera una quimera?

Para saber lo que es Eurasia hay que empezar por clarificar lo que es Europa, lo que es Asia y dónde se sitúa el límite geográfico entre los dos continentes. La respuesta llega inmediatamente: en ninguna parte, porque esta frontera no existe. Los mapas son categóricos: Asia y Europa forman parte de la misma placa tectónica que solo deja fuera los márgenes excentrados, las penínsulas arábiga e índica, así como el este de Siberia. Además, para designar esta placa, el geógrafo austríaco Eduard Suess inventó el término de Eurasia en 1885.

Que los Urales hayan sido elegidos como frontera oficial entre Europa y Asia se lo debemos a Pedro el Grande. Él miró hacia el oeste, transfirió su capital a San Petersburgo en el Báltico, quiso europeizar su país. “La geografía sirve para hacer la guerra”, según la célebre fórmula de Yves Lacoste, es decir, que sirve también para justificar la política. Por ello, el geógrafo del zar, Vassili Tatichetchev, inventó la “frontera” del Ural. Esta antigua montaña de cumbres erosionadas no es una línea de fuerza. En opinión de Pedro el Grande tenía un mérito: situaba en Europa la parte más poblada y más activa de Rusia, tanto su antigua capital, Moscú, como la nueva. El Ural hacía de su país una nación europea, al menos más europea que asiática. Se ha dicho que el Ural no es más que un montículo instrumentalizado en beneficio de las ambiciones del zar… no es la única operación de manipulación con la que nos encontraremos. 

Eurasia vista desde París

No existe una clara ruptura entre Europa y Asia, comparable a la que el Atlántico traza entre Europa y América. En este sentido, Eurasia existe. ¿Pero qué Eurasia?

Evacuemos primero lo que la etimología sugiere: Eurasia estaría constituida por Europa y Asia, un conjunto de 5.000 millones de habitantes, las tres cuartas partes de la población mundial, y un centenar de países. Esto es demasiado. Es difícil ver lo que la geopolítica puede hacer de un patchwork tan pesado y complicado. La Gran Eurasia, llamémosla así, no es objeto del estudio pertinente, todavía menos un potencial actor de la geopolítica mundial.  

A un nivel más sutil, el general De Gaulle hablaba de una “Europa del Atlántico al Ural”, que en la práctica significaba concretamente llegar casi hasta el Pacífico. Si el término Eurasia no es utilizado, el conjunto que él designaba se confunde ampliamente con la placa eurasiática identificada por Eduard Suess. Corresponde a una comunidad de civilización que se remonta al cristianismo y antes a Grecia y a Roma, incluso si sus dos componentes se mezclan de forma diferente al oeste, más latino, y al este, más heleno. De Gaulle también vio una convergencia de intereses frente a los Estados Unidos. ¿Esperaba extender el eje París-Bonn (entonces capital alemana occidental) hasta Moscú? Las divergencias políticas de la época hacían improbable este proyecto, que además los soviéticos intentaron instrumentalizar.

La idea reapareció lógicamente cuando la Unión soviética se derrumbó. Fue entonces cuando François Mitterrand avanzó el ambicioso proyecto de una “confederación europea” extendida a Rusia. La idea también fue abortada, saboteada por los Estados Unidos y por sus aliados europeos, como el checo Vaclav Havel. Poco después de su elección, Jacques Chirac retomó la misma idea y propuso una transformación de la OSCE como “organización de la Europa continental, fuente de paz y de seguridad para todos sus pueblos” (1995). Durante la guerra de Irak, en 2002, la idea de un eje París-Berlín- Moscú fue también avanzada; las tres capitales estaban de acuerdo en rechazar la intervención norteamericana, pero este breve acercamiento no sobrevivió a los cambios de mayoría política en Francia y en Alemania. En 2009, Nicolas Sarklozy daba un giro de 180 grados y reintegraba a Francia en la OTAN.

Esto se debe a que los Estados Unidos siguen viendo a Rusia como un adversario y no quieren oír hablar de una “gran Europa” que la incluya; una buena parte de los países europeos se alinean por solidaridad atlantista (Gran Bretaña), por compromiso con los derechos humanos (los países escandinavos) o por atávica desconfianza hacia Moscú (Polonia).

La Eurasia de los eurasistas

Los intelectuales rusos alimentan una concepción muy diferente de Eurasia. El movimiento eurasista alcanzó su apogeo en el periodo de entreguerras en el seno de los “rusos blancos” refugiados en París o en Praga. Conoce hoy un cierto renacimiento en torno a intelectuales como Alexander Duguin. Ni Europa ni Asia, Eurasia constituye, en su opinión, un “tercer continente”. 

Para ellos, el corazón vivo de la región es la estepa que se extiende desde Mongolia hasta Ucrania. Primero atravesada por un movimiento de conquista del este hacia el oeste liderado por los turcos, después por los mongoles, fue unificada a partir del siglo XVI por los rusos, que la recorrieron en sentido inverso. Aun siendo su exacto contrario, Eurasia se asemeja a los océanos; puede ser fácilmente recorrida y no ofrece obstáculos a las correrías de los caballeros, igual que el mar no se opone a los navíos de los piratas; es fácil de controlar a condición de ocupar los puntos de paso obligado; autoriza los intensos intercambios entre los ríos que la bordean y que están densamente poblados en el oeste (Europa), en el Este (China) y en el sur (India y Oriente Próximo). Hace nacer una original sociedad de pastores nómadas y conquistadores que extraen la mejor parte posible de sus escasos recursos y que, para adquirir excedentes, se propagan regularmente sobre los grandes hogares de civilización que la rodean.

Podríamos preguntarnos qué relación existe entre Rusia, sus bosques y sus campesinos, y los nómadas surgidos de la estepa que con frecuencia llegaban para someterla y saquearla. La historiografía oficial hace de la modesta batalla de Kulikovo, en 1380, el acta de nacimiento de la Rusia moscovita: por primera vez, Rusia resiste a los tártaros, esos turcomongoles islamizados que la habían sometido.

Los eurasistas rechazan tal visión de las cosas. Insisten en la aportación de sangre asiática al fondo étnico ruso ‒este mestizaje distinguiría, según ellos, a los rusos de los otros eslavos. Recuerdan que los príncipes de Moscú fueron durante mucho tiempo sus fieles súbditos. Señalan que los tártaros fueron asimilados por el imperio ruso, al que proporcionaron, siempre según ellos, hasta una tercera parte de su nobleza. De hecho, ellos conceden la prioridad a los orígenes asiáticos de Eurasia: “El éxodo hacia Oriente es un retorno sobre sí mismo”, según uno de sus principales pensadores, Piotr Savickij.

¿Eurasia = Rusia?

Se puede hablar de una instrumentalización inversa de la que anteriormente hacía Pedro el Grande; el zar quería demostrar el carácter europeo de Rusia; los eurasistas intentan probar el carácter irreductible de su país y para eso sirve Eurasia ‒se encuentra aquí un eco de los debates que desgarraron el país en el siglo XIX entre occidentalizantes y eslavófilos. Los eurasistas son incluso más radicales que los eslavófilos, porque establecen una clara diferencia entre los rusos y la mayoría de los demás eslavos; se sienten, en particular, muy diferentes de los polacos católicos. Pretenden estar a igual distancia de Europa y de Asia, pero realmente sus corazones se inclinan más hacia la segunda.

Para ellos, es Rusia la que construye Eurasia. En otras palabras, los eurasistas tienen tendencia a confundir los dos términos. Esta Rusia-Eurasia constituye, en primer lugar, un espacio, un paisaje, el imperio de las tierras inscritas dentro de las fronteras que corresponden, más o menos, a las de la extinta Unión soviética ‒y con gusto incluirían también a Mongolia y el Turkestán chino.  

Al hacerlo, confirman que Rusia es el país más geopolítico del planeta: se identifica con un territorio que la distingue de otras naciones. La identidad de Eurasia no está fundada en la sangre, sino en el suelo, afirma Alexander Duguin. Y también sobre la fe de un pueblo que no olvida ni perdona el saqueo de Constantinopla por los latinos en 1204. Los eurasistas rusos de ayer y de hoy son ortodoxos persuadidos de que los límites de la naturaleza han forjado la grandeza de su nación. Como el creyente que intenta su salvación por la humillación y se aproxima al infinito cuanto más se rebaja, la santa Rusia soporta el frío, la sequía, la pobreza de las tierras del gran Norte y la inmensidad, como otras tantas consecuencias del pecado original. Pero son estas debilidades las que la salvaron frente a los invasores y el espacio ruso acabó por disolver a los conquistadores como a un cuerpo extraño. Es como leer a Dostoievski…

La Eurasia de Vladimir Putin

Los intelectuales del período de entreguerras oponían Eurasia a la Europa romano-germánica. Sus sucesores, como Alexander Duguin, tienen Occidente como objetivo, es decir, la alianza entre los Estados Unidos y la Europa occidental. Eurasia acampa en el corazón del continente, es el heartland de los geopolíticos, frente a la talasocracia americana, su lógica mercantil y sus valores liberales.

El poder ruso actual hace referencia con facilidad a estas ideas. En 2011, Rusia, Bielorrusia y Kazajstán decidieron instaurar una Unión eurasiática para 2015. A ojos de los americanos, se trataba de una auténtica resurgencia del antiguo imperio soviético, aunque los valores y los sistemas fueran totalmente diferentes. Por boca de Hillary Clinton, en diciembre de 2012, afirmaban querer “impedir o ralentizar” el proceso en curso. Como si la guerra fría no hubiera terminado. Los acontecimientos de Ucrania en 2013-2014 demostraron que esa guerra continúa de forma más o menos velada; una rampante guerra fría, en cualquier caso, cuyo objetivo es determinar dónde se sitúa la frontera entre Eurasia y la Unión Europea ‒desde el punto de vista americano esto significa establecer un “cordón sanitario” que encierre a Rusia en el interior de sus fronteras actuales. La política de Washington presenta, además, una remarcable continuidad desde 1991: separar a Rusia de todos los países que compartían su destino en el seno de la Unión soviética, hacerlos entrar en la OTAN y desarrollar relaciones con ellos. Rusia sigue siendo un enemigo potencial como lo fue antes la URSS, por lo que hay que debilitarla de todas las formas posibles. ¿Por qué? Porque Rusia apela tanto a Eurasia que la unidad eurasiática es inaceptable para la potencia marítima. He aquí el esquema del que están convencidos los dirigentes rusos, con unos temores más que fundados.

Existe, pues, una visión rusa de Eurasia compartida por intelectuales y políticos. Alimenta la idea de la “excepción rusa”, como la “frontera” constituye el fundamento de la “excepción americana”, esa inquebrantable fe ortodoxa del puritanismo de los primeros colonos del otro lado del Atlántico. Esta visión de las cosas domina hoy en Moscú.

Sueño imperial

¿Hay que concluir que Eurasia es una quimera? Fronteras imprecisas, concepciones diferentes, por no decir radicalmente opuestas, vagas definiciones que permiten disimular los pensamientos ocultos y los intereses de cada cual… Y para complicarlo aún más, las pretensiones de otras naciones que también se proclaman “eurasiáticas” como Turquía, a caballo entre Europa y Asia, y Hungría, donde muere la gran estepa bajo el nombre de puszta.

No es más que un sueño, sin duda, un sueño de imperio. El gran diseño eurasista de Vladimir Putin no tiene como objetivo reconstituir la URSS, sino hacerla renacer, bajo formas renovadas y con una extensión más modesta, el imperio ruso. En cierta manera, los partidarios de una Europa del Atlántico al Ural también sueñan con un imperio, una unión de todos los pueblos de cultura europea en una estructura flexible. El problema es que no se trata del mismo sueño: los dos espacios no coinciden; el sueño ruso se inscribe en el tiempo, el de toda la historia rusa; el sueño europeo continúa suspendido en el vacío y la indistinción, sin referencia precisa, sin ejemplo a imitar. Uno es de restauración, el otro es una invención. El primero toma forma con la unión aduanera, el segundo sigue en el limbo. Entonces, ¿podemos reconciliar estos dos sueños y hacerlos converger? Esto es como preguntarse si es posible tener dos sueños diferentes en la misma cama.

Un revelador

Mito, incluso quimera, Eurasia constituye, al menos, un revelador y ésta es, para nosotros, su principal utilidad.

Su retorno se explica por el deslizamiento de las relaciones de fuerza mundiales. El poder se desplaza lentamente del Atlántico al Pacífico; Europa occidental parece el continente más deprimido del planeta, Asia oriental la más dinámica. Relanzando la idea eurasista, Moscú espera centrarse hacia Asia, exactamente igual que hace Washington hoy en día. En este objetivo, Rusia debe desarrollar su parte asiática, que representa las tres cuartas partes de su territorio, y cuyos recursos son gigantescos. Y para ello necesita capital. ¿Quién puede proporcionárselo? La Unión Europea se equivoca cuando descuida estas triviales necesidades. Le da lecciones a Rusia, pero Vladimir Putin espera algo más.

Es así como Europa decepciona desde hace dos décadas. Con razón o sin ella, los rusos consideran que Bruselas se ha alineado con los Estados Unidos. Este sentimiento refuerza el “gran basculamiento” ruso que se produce ante nuestros ojos. Es un basculamiento de la política exterior, también del centro de gravedad de la identidad rusa. La cuestión siempre es la misma: ¿Hay que seguir la vía de Pedro el Grande o la de Iván el Terrible, mirar hacia el oeste o hacia el este, imitar a las potencias modernas o privilegiar su identidad ortodoxa, convertirse en una nación como las demás o soñar con el imperio? El retorno de Eurasia es el retorno del “espíritu de 1204”, el saqueo de Constantinopla por los cruzados latinos que los rusos no olvidan ni perdonan.

En cuanto a Europa, ésta se enfrenta con un dilema similar: este u oeste. Al oeste, múltiples vínculos, políticos, económicos, culturales, ideológicos, que se resumen en el término “atlantismo”. Al este, una realidad geográfica fundamental, ls de la continuidad territorial. La gran llanura de Europa del Norte se despliega sin ruptura sensible de Flandes a Moscovia, con climas y ambientes que cambian gradualmente de oceánicos a continentales. La ausencia de una clara ruptura explica la diversificación de los grupos humanos en oleadas sucesivas hacia el oeste mientras que las religiones y las culturas se extendían a través de todo el continente europeo y más allá. De la continuidad territorial nace la unidad de civilización y de población que se impone más allá de las evidentes diversidades. Es así como la geografía contribuye a hacer la historia; y la geopolítica porque, según la “ley de hierro" de la distancia, somos, por necesidad, más solidarios con nuestros vecinos que con el resto del mundo: una desgracia que les afecte a ellos probablemente nos afecte más que un acontecimiento de la misma intensidad pero más lejano, incluso en nuestra época mundializada e interconectada. He aquí el verdadero sentido de la “casa común” de los años 1980.

La continuidad geográfica nos da una mejor comprensión de la ruptura que representa el Atlántico como contrapunto. Las dos orillas del océano se ignoraban hasta hace un periodo relativamente reciente, alrededor de cinco siglos, mientras que la cristianización de Rusia data de más de un milenio. Los colonos e inmigrantes que cruzaron el océano, abandonaron Europa, a veces maldiciéndola, otras lamentando no poder vivir en ella decentemente, pero siempre en clara ruptura con la vieja Europa. Además, rechazaron cualquier tipo de relación política con el Antiguo Mundo durante siglo y medio, por eso se le llamó “aislacionismo”. Aunque, por supuesto, existen numerosos puntos comunes entre norteamericanos y europeos, pues de lo contrario la idea del atlantismo no hubiera tenido el éxito que ha conocido. Pero no hay que olvidar los hechos de la naturaleza porque son más evidentes. Y aquí está lo obvio: el océano Atlántico separa tanto como une.

Nacida de una filosofía de territorio y del suelo, la idea de Eurasia nos recuerda estas realidades. Se basa en el hecho geográfico más simple y convincente, la proximidad. Además, nos invita a pensar en los grandes espacios y es identificada, por los rusos, con el imperio ‒el océano juega el mismo papel para los Estados Unidos. Asocia lo próximo y lo lejano en amplios espacios, la identidad y la apertura, y en este sentido es, ciertamente, una quimera, sus garras aferrándose firmemente a la roca, su cabeza de león extendiéndose hacia adelante. ¿Será la quimera la cuestión de toda futura geopolítica? © Conflits