Europa central, ¿último bastión de Europa?, por Thibaud Gibelin

 


En el contexto de los treinta años del Grupo de Visegrado y la ruptura producida recientemente entre el Partido Popular Europeo y el Fidesz, Thibaud Gibelin propone poner en perspectiva la situación que ocupa Europa central, a la vez incómoda y decisiva.

Como proceso de descomposición que es, el liberalismo conduce siempre desde una "Belle Époque" a un tiempo problemático. La emancipación prometida a cada individuo se revela no ser más que el aislamiento de cada uno, su vulnerabilidad y su insignificancia bajo el reino de lo mercantil. Esta opinión puede ser tajante pero la situación dramática de Europa lleva a pensar que es justa.

En el plano de la deriva liberal, el centro de Europa, en relación al Oeste, se queda atrás. Esta menor infección ideológica ya fue conocida por las naciones del centro durante la Guerra Fría. Los rusos pudieron fusionar la ideología comunista y el fervor patriótico con ocasión de la Segunda Guerra mundial. Pero los pueblos de Europa central percibieron claramente que el comunismo era una alienación extranjera. El arraigo en una cultura nacional alimentó, pues, la resistencia pasiva de polacos, húngaros y checos frente a la subversión ideológica del momento.

Un contrasentido llegó en la Historia europea con el hundimiento del bloque del Este, puesto que esta victoria de los pueblos contra el comunismo tomó las formas de plebiscito por el modelo occidental. Pero la confusión fue colosal: la sujeción de Europa occidental al bloque atlántico fue ratificada con un triunfo aparente. Treinta años más tarde, las naciones del oeste siguen siendo vasallas. La aclimatación local del modelo americano consiste en que Europa occidental se conforma con las (r)evoluciones de su metrópoli. El multiculturalismo no es más que la extensión a este lado del Atlántico de las mutaciones inherentes a esa colonia perpetua que es Norteamérica. La desestructuración del ser humano hasta en sus realidades antropológicas se convierte en el discurso dominante después de haber surgido en los campus americanos. En lo que América se ha convertido, ese Occidente global, es precisamente lo que Europa central no es todavía. Incluida ayer en el comunismo euroasiático, ahora dormita en el conglomerado euroatlántico. 

Según las palabras de Milan Kundera, lo que caracteriza a Europa central es "el máximo de diversidad en el mínimo espacio". A la cabeza de una de esas naciones en peligro, Viktor Orbán comparte la aspiración del quebequés Pierre Bourgault cuando declaraba: "Cuando defendemos el francés aquí, son todas las lenguas del mundo las que defendemos contra la hegemonía de una sola". 

Con ocasión del treinta aniversario del Grupo de Visegrado, Orbán ha explicado la razón de ser de Europa central en la actualidad: "En este territorio que separa a los mundos alemán y ruso, a la frontera de las cristiandades latina y ortodoxa, en esta cuna de tantas lenguas y culturas nacionales, existe una particularidad cultural común, una manera de ver la vida, una actitud espiritual y corporal característica... Nuestra vocación es perennizar todo ello".

Es imposible comprender la disidencia actual en Europa central sin tomar la medida poética y espiritual. Las dos fuentes de la inteligencia humana -memoria e imaginación- surgen todavía de culturas nacionales muy vivas. No hay en ello ningún idealismo ingenuo. Europa central ve en Europa su prolongación a través de otras naciones hermanas, y la medida de la civilización. "He ahí por qué los centroeuropeos están enamorados de Europa: comprenden que la armonía no significa uniformidad, no es una monotonía desarticulada", analiza el Primer ministro húngaro.

La tragedia de nuestra época es que el marco europeo de hoy sirve precisamente para propagar el progresismo. La lógica utilizada es mesiánica, atea y posnacional: son similitudes con el comunismo de ayer. Por eso Viktor Orbán propone "incorporar a los valores europeos nuestra tradición de anticomunismo intransigente". Si Europa necesita una vacuna con urgencia es para poner remedio al veneno ideológico.

El tiempo apremia. Al contrario que el comunismo, que se fue esclerosando hasta hundirse, el modelo liberal en fase terminal se caracteriza por su brutalidad aguda. Ese es el dilema de Europa central en un contexto más incierto todavía a causa de la crisis sanitaria. El funcionamiento mundialista prohíbe incluso a los recalcitrantes esperar a que todo pase. Unas naciones acostumbradas a sufrir con paciencia en unos imperios hasta que se desmoronen... ¿podrían pasar a la ofensiva? Sobre todo sabiendo que la inercia de las sociedades occidentales frente a los cambios brutales que se les imponen hace que la acción disidente de Europa central sea más incierta.

Hay algo seguro en todo ello: se perfila en el horizonte un periodo de conflictos agudizados. Después de constatar que era imposible hacer girar al Partido Popular europeo a la derecha, el Fidesz de V. Orbán ha preferido marcharse. Una clarificación que hace que puedan venir otras. Fuente: Visegrad Post