Europa en punto muerto. El impasse europeísta, por Jean Bricmont


La adhesión de los partidos Agrupación Nacional (antiguo Frente Nacional) y La Francia insumisa a la postura de no-salida de la Unión Europea puede ser vista por los europeístas como un gran éxito. En realidad, han ganado una batalla, pero no la guerra, que es lo que me gustaría explicar aquí. Mi crítica de la construcción europea no es de izquierdas ni de derechas. Hoy en día, a la izquierda, hay casi unanimidad en criticar a la Unión Europea por ser neoliberal; pero el problema es mucho más profundo que eso y viene de lo que se podría llamar el teorema fundamental del callejón sin salida europeísta: no se puede forzar a entenderse a gentes que no se entienden de forma espontánea.

He vivido la mayor parte de mi vida en un país, Bélgica, cuyo lema es “la unión hace la fuerza”. Este principio puede ser verdadero como una abstracción, pero Bélgica es un perfecto ejemplo de desunión, y de desunión creciente, y merece la pena, antes de hablar de construcción europea, pasar revista a la historia reciente de este país. Cuando yo nací, en los años 50, había cuatro partidos políticos (social-cristiano, liberal, socialista y comunista) que eran todos “nacionales”, es decir, no estaban divididos en ramas neerlandófona y francófona, y no había partidos “lingüísticos”, es decir, que se dirigieran a cada una de esas comunidades.  Hoy, esos cuatro partidos se han convertido en ocho partidos, uno por cada comunidad lingüística (habiendo prácticamente desaparecido el Partido Comunista, pero dividido en dos antes de eso) y el partido más grande del país, la Nueva Alianza Flamenca es, como su nombre lo indica, exclusivamente flamenco. Es cierto que existe todavía un partido unitario, el Partido del Trabajo de Bélgica, surgido a partir de mayo del 68 y que es hoy similar al partido de La France insoumise, cuyos mejores resultados se sitúan, de lejos, en Valonia, mientras que es de origen flamenco.

El Estado belga en el que nací era perfectamente unitario. Al contrario que hoy, no había una frontera lingüística entre Flandes y Valonia. De una reforma de la Constitución a otra, Bélgica es hoy un Estado federal con tal multitud de instituciones que, si por infortunio tuviera que estudiarlas, provocaría en mí el mismo pavor que mi curso de química orgánica de cuando yo era un alumno. Existen tres regiones (Flandes, Valonia y Bruselas) y tres comunidades (neerlandófona, francófona y germanófona, esta última muy minoritaria y resultante de una anexión después de la Primera Guerra Mundial).

Uno de los centros intelectuales más importantes del mundo católico era la Universidad católica de Lovaina (vieja ciudad situada en Flandes), que ofrecía enseñanza en cada una de las dos lenguas, neerlandés y flamenco (las clases estaban desdobladas) pero donde los laboratorios de investigación eran bilingües. Un movimiento estudiantil flamenco en 1968 (antes del Mayo francés) exigió la separación de la Universidad en dos, lo que llevó al desplazamiento de la sección francófona a Valonia (los eslóganes de la época eran “los valones fuera” o, más a la izquierda, “los burgueses fuera”, mientras que hoy nada distingue a estas universidades desde el punto de vista de clase). La Iglesia lo hizo todo para oponerse, pero no pudo resistir la fuerza del nacionalismo flamenco. Por supuesto, desde el punto de vista científico, la división de los laboratorios fue muy lamentable. Hay que señalar que el único “crimen” de los valones-burgueses era de hablar francés entre ellos y a veces también a la población de la ciudad, donde muchos dominaban esta lengua. Quizás no se tenía cuidado y el uso del francés dominaba sin duda en los laboratorios “bilingües” pero nada impedía a un estudiante seguir las clases en su lengua, lo que demuestra que la opresión ejercida por los valones burgueses sobre los flamencos era bastante limitada. No importa, ni el gobierno, en parte socialcristiano, de la época ni la Iglesia pudieron impedir la escisión.

Dilemas de la construcción europea
______________________________________

¿Qué tienen que ver estas historias belgas con la Unión Europea? Quizás convenga empezar por el final: ¿cuál es el objetivo último al que tiende la construcción europea? Entre sus partidarios, los Estados Unidos de Europa. Como se ha indicado a menudo, una diferencia fundamental con los Estados Unidos, que se formaron a partir de una comunidad dada única (los trece estados que participaron en la guerra de independencia contra Inglaterra), es que en Europa partimos de naciones constituidas que tienen recorridos históricos muy diferentes, en algunos casos muy antiguos. Además, incluso los Estados Unidos tienen enormes problemas ligados a la existencia en su territorio de comunidades diferenciadas que vienen de la inmigración o descienden de la esclavitud.

No hay que olvidar que hace poco más de 70 años, esos países europeos se hicieron mutuamente una guerra atroz. La construcción europea supone impedir que las guerras puedan reproducirse, pero su recorrido unido a los diferentes “deberes de memoria histórica” ofrece justamente un serio problema en cuanto a la posibilidad de esta construcción. Por otra parte, algunos países europeos tienen un pasado fascista (o de ocupación nazi), otros un pasado comunista, lo cual no crea la misma “memoria histórica”.

Si se compara con la historia de Bélgica, nos tenemos que preguntar cómo crear un estado unitario europeo con 27 países mientras que Bélgica, que no incluye más que dos pueblos, no deja de dividirse.  Por decirlo de otra forma: ¿cómo construir un Estado europeo democrático si no existe un pueblo europeo?

A esta pregunta, hay dos respuestas posibles: que el pueblo europeo está en construcción, o que la inexistencia de tal pueblo no es verdaderamente un problema.

La primera respuesta equivale a esperar que un pueblo europeo se construya como se han construido en el pasado los pueblos de los Estados-nación actuales, que no se unificaron tampoco espontáneamente. Pero esta construcción duró varios siglos, se hizo a menudo con violencia, y está lejos de haberse conseguido en todas partes; se pueden ver los casos de Bélgica, Escocia, Cataluña, Bretaña, etc. Si Napoleón, Guillermo II o Hitler hubieran ganado sus guerras y afrancesado o germanizado por la fuerza Europa, un pueblo europeo (en realidad, francés o alemán) podría haber emergido finalmente, pero después de un tiempo muy largo. Y si es cierto que ya no encontramos muchos albigenses (en el sentido de cátaros) en Albi, ¿quién querría unificar Europa como se hizo con Francia? Si países que se “unificaron” después de siglos, que tienen lenguas idénticas o parecidas (Escocia e Inglaterra, Cataluña y España) y donde las diferencias religiosas no son muy importantes, todavía son pasto de potentes movimientos independentistas, ¿qué esperanza realista hay de “construir un pueblo” que reúna finlandeses y portugueses, daneses y griegos, poloneses e italianos y, last but not least, franceses y alemanes?

Queda la segunda posibilidad: construir un Estado democrático sin pueblo, es decir, sin sentimiento de pertenencia a una comunidad nacional dada. Pero, entonces, nos encontramos frente a una Bélgica elevada a la potencia diez. En Bélgica, hay dos comunidades importantes (tres si distinguimos Valonia y Bruselas, cuatro si contamos la comunidad germanófona). Y ya hemos visto las dificultades psicológicas e institucionales que esto ha traído.

Si hubiera un verdadero Estado europeo democrático, normalmente tendría que haber un parlamento europeo y un gobierno responsable delante de éste. Empecemos por el parlamento: supongamos que su mayoría sea demócrata-cristiana, pero con un sentido un poco más tradicional en la palabra “cristiana”, como es el caso en Polonia y en Hungría, o como es el caso en toda Europa occidental en los años 50, con la excepción de Francia. Suponiendo que Francia hubiera continuado siendo laica (en el sentido francés del término), ¿aceptaría unas leyes votadas por este Parlamento que se opusieran al matrimonio para todos, al aborto a demanda, etc.? En el otro sentido, si hubiera una mayoría socialista-liberal (como la ha habido en Bélgica) que votase unas leyes a favor del matrimonio para todos, o del aborto a demanda, ¿serían aceptadas en Polonia, en Hungría, y puede ser que mañana en Italia?

¿Y qué decir del gobierno? Uno de los instrumentos de estabilidad de Bélgica es que el gobierno federal está compuesto de un número igual de francófonos y de neerlandófonos (a pesar de que exista gran cantidad de perfectos bilingües en el país, nadie es “asexuado” lingüísticamente). Pero, a menos de multiplicar los ministros hasta el infinito, ¿cómo crear un tal equilibrio a nivel europeo? ¿Nos imaginamos un gobierno europeo aceptado por todos con uno o ningún ministro danés, belga, finlandés, portugués, etc.? ¿O con un solo ministro alemán o francés?

Si aceptamos la imposibilidad de una construcción europea democrática, todavía hay una solución: una construcción europea no democrática. Y eso es exactamente lo que se ha hecho, mediante la transferencia de un máximo de poderes hacia unas burocracias no elegidas, la Comisión Europea, el Tribunal Europeo de Justicia, etc. Es un poco injusto reprochar a los europeístas el carácter no democrático de su construcción. Pero no había forma de actuar de otra manera, a la vista de los problemas mencionados más arriba. Por otro lado, es cierto que la mayor parte de los padres fundadores de Europa, así como los europeístas actuales desconfían como de la peste de la voluntad popular, siempre sospechosa, a sus ojos, de conducir al totalitarismo o a la guerra.

Los europeístas responderán que, formalmente, las decisiones europeas son ratificadas por el Parlamento europeo o por el Consejo de ministros. La palabra importante es “formalmente”. En efecto, no se necesita ser marxista para constatar que, cuanto más indirecta es la democracia, más formal es también, es decir, en realidad, inexistente. La vicepresidenta luxemburguesa de la Comisión Europea en 2014, Viviane Reding, declaró que entre el 75 y el 80% de las leyes eran transcripciones en derecho nacional de las directivas de la Comisión Europea.

¿Dónde se han discutido democráticamente esas directivas en la prensa o en el parlamento? Tomemos el ejemplo de la “reforma de Bolonia” de la enseñanza universitaria, que ha hecho pasar de cuatro a cinco años la duración de algunos estudios. Fue evidentemente aprobada por un Consejo de ministros, pero después de eso ya no había nada más que discutir, mientras que eso aumentaba en principio un 25% la carga para los profesores y el coste de los estudios. No hubo ninguna negociación en este tema, puesto que la decisión “venía de arriba”. Se ha tenido que especificar igualmente para cada curso no solamente el número de horas de clase (lo que es normal), sino también el tiempo que un estudiante debería emplear en asimilar ese curso, de manera a facilitar la movilidad de los estudiantes en Europa. Como si un estudiante italiano llegado a Bélgica, que debe adaptarse al clima, a la mentalidad y a una alimentación diferente, tuviera como principal preocupación saber con antelación cuántas horas va a emplear en cada una de sus clases, y ¡como si ese número no dependiera antes de nada de cada individuo! Este ejemplo, que no es más que un detalle en el conjunto de la construcción europea, ilustra el hecho de que ésta no es más que una ola más en el océano de las locuras burocráticas, lejos de ser liberal en el sentido clásico del término.

Pero todavía queda un pequeño problema que arreglar. En la medida en que los pueblos sienten que la construcción europea es antidemocrática, tienen tendencia a rechazarla. Pero como el robo de la democracia se hace de manera sutil y más o menos escondida, a través de tratados, una justicia supranacional y unas decisiones tomadas por unos ministros y unos parlamentos nacionales; donde no hay una policía política, donde no se nos mete en la cárcel si protestamos contra esta construcción, el rechazo de la Unión Europea se expresa también de manera confusa e indirecta. No obstante, ahí están todos los referendos que ha habido que repetir hasta obtener la respuesta correcta o aquéllos que han sido ignorados como los de Holanda y Francia de 2005 sobre el Tratado constitucional que fueron simplemente reemplazados por el Tratado de Lisboa, votado por el Parlamento.

La cuestión del euro
______________________________________

Uno de los grandes “éxitos” de la construcción europea pero que también podría ser su tumba al final ha sido la creación de la moneda “única”, el euro, que es muy práctica para aquéllos que viajan por Europa, pero que es, de nuevo, un sueño burocrático. Creer que se puede impedir de manera administrativa la fluctuación de las monedas ha existido siempre en el pasado. En efecto, antes del euro, monedas como el franco francés y el marco alemán o la lira italiana y el franco belga vieron su valor relativo fluctuar por factores de orden 3 o 4. Estas fluctuaciones reflejaban la fuerza relativa de las economías nacionales. Si usted vende productos de alta gama, Mercedes o BMW, por ejemplo, el comprador no será demasiado sensible al precio, es decir, al tipo de cambio de la moneda en la cual se expresa su precio. Pero los productos italianos, españoles o griegos serán más fácilmente comparados a los productos asiáticos y serán más sensibles a ese tipo. Una forma de resolver el problema sería transferir fondos entre regiones ricas y regiones pobres en Europa, como se hace en el interior de un estado-nación que tiene una moneda única. Pero aquí nos topamos con la realidad de la inexistencia de un pueblo europeo. Los alemanes quisieron pagar por absorber a Alemania del Este, pero no quieren hacer lo mismo con Grecia, en todo caso, no de la misma manera. ¿Qué diferencia hay entre las dos situaciones? Unos son alemanes, ¡los otros no! Es tan simple como eso, pero también ¡imposible de cambiar!

El euro ha introducido toda clase de distorsiones en el funcionamiento de las economías. Si Grecia no hubiera tenido el euro, los tipos de interés para sus préstamos en dracmas habrían sido más elevados y el país no se habría hundido en la crisis de deuda que tanto arruinó. Muchos países del sur firmaron “reconocimientos de deuda” hacia el Bundesbank, pero no estaban garantizados por ningún bien material (ningún “colateral”).  De pronto, el Bundesbank se encontró con préstamos hacia esos países que, que estaban en realidad “podridos”, del orden de billones de euros.

La otra forma de “resolver” el problema causado por los desequilibrios del euro era la austeridad, y esta “solución” es la que se adoptó en casi todos los lugares. Si todos los precios expresados en euros bajaban en una economía nacional (incluyendo sueldos, subsidios y pensiones), evidentemente el país ganaba en competitividad. Pero los efectos no son los mismos que los ligados a la devaluación de la moneda, porque un cierto número de sueldos, en general los más elevados, continúan en un nivel determinado por la Unión europea, los de los funcionarios europeos, por ejemplo, pero no sólo, y porque las fluctuaciones del euro en relación con las monedas no europeas están controladas por el Banco Central Europeo, y no por los gobiernos nacionales.

Las defensas de los europeístas
______________________________________

Casi todos los partidarios de la construcción europea admiten que se enfrentan a una crisis casi permanente: rechazo de los referendos en 2005, Brexit, elecciones en Polonia, Hungría, Italia, Austria; fuerte subida de los partidos euroescépticos.

Pero, en lugar de examinar con lucidez los problemas fundamentales de la construcción europea, mencionados aquí arriba, se refugian en los eslóganes:

Primero, Europa es la paz. Hacen como si existiera una especie de atavismo en los pueblos europeos que les forzara a declararse la guerra regularmente. Esta forma de “esencialización” de los pueblos europeos sería considerada racista si se aplicara a otros países. Pero si miramos las grandes guerras europeas del siglo XX (la segunda siendo en gran parte un intento de revancha de la primera), y remontándonos a la guerra franco-prusiana de 1870, vemos que se deben a las rivalidades entre una potencia emergente, Alemania, y dos imperios establecidos, Francia y el Reino Unido, en conflicto por el control del continente.

Hoy este riesgo de conflicto ya no existe, por varias razones: los imperios han desaparecido, Alemania no dispone de armas nucleares (al contrario que sus antiguos adversarios), no nos imaginamos a Francia atacar Alemania (Macron no es Napoleón) y Alemania domina Europa económicamente (¡si Guillermo II hubiera pensado en esta solución!); podemos añadir que la reconciliación franco-alemana fue realizada por dos dirigentes que eran perfectamente soberanistas, De Gaulle y Adenauer, mucho antes de que la construcción europea se pusiera realmente en marcha.

Hoy, el riesgo de guerra se sitúa en la voluntad de Estados Unidos de impedir la emergencia de un bloque euro-asiático, o en la “ayuda” aportada por ese mismo país a la voluntad de hegemonía israelí en Medio Oriente.  Pero la Unión Europea no hace estrictamente nada para limitar esos riesgos, estando como están formadas sus “élites” en la entera sumisión a la visión americana del mundo.

El otro eslogan es Europa garante de la democracia contra el populismo, el nacionalismo, incluso el fascismo. Hemos visto que la construcción europea, retirando a los pueblos su soberanía, minaba radicalmente la democracia en Europa. Lo que las élites europeístas llaman “populismo” y “nacionalismo” no es más que la expresión más o menos consciente de la revuelta de los pueblos europeos frente a esta negación de la democracia. Es verdad que esto beneficia principalmente a lo que esas mismas élites llaman la extrema derecha, pero la culpa incumbe a la izquierda que, en su gran mayoría, ha sucumbido a las sirenas europeístas, así como también a la derecha liberal que hizo lo mismo (pero que es, por lo menos, coherente, puesto que la Unión Europea le ayuda a desmantelar el Estado social construido después de la guerra). Si los griegos hubieran tratado sus propios asuntos, en particular conservando su moneda (y, de paso, sin endeudarse demasiado), no habríamos tenido manifestaciones con la caricatura de Merque representando a Hitler en Atenas, ni comentarios particularmente insultantes para los griegos en la presa alemana.

En lo que concierne al fascismo, esto es simplemente un fantasma. No hay hoy en ningún país europeo un movimiento de masas profesando el culto a un líder como era el caso en los años 30. Sin embargo, esta “amenaza fascista” es la que sostienen sin parar unos cuantos europeístas para permitirles no realizar preguntas sobre la construcción europea.

La seudolucha contra el populismo cristaliza hoy en la cuestión de los refugiados. De nuevo, la Unión Europea quiere imponer a los pueblos unas políticas de acogida que no desean. Se puede interpretar que la actitud húngara no es demasiado altruista e incluso no muy cristiana, pero ¿a santo de qué Hungría debería aceptar refugiados? Este país no ha tenido colonias y no es en absoluto responsable del caos en Libia o en Siria. De hecho, son más bien los europeístas quienes, además de querer imponer su voluntad en Europa y pretender resolver militarmente los problemas del mundo entero, son los responsables de ese caos. En el caso de Italia, todavía es más sencillo. Está perfectamente preparada para dejar salir de su territorio a los inmigrantes que quieran ir a la Francia virtuosa de Macron, pero curiosamente éste no quiere. Esta crisis de la inmigración dejar ver a la luz una mezcla extraordinaria de autoritarismo burocrático y de hipocresía moral.

Lo peor es cuando esta hipocresía se conjuga con el fantasma del fascismo. Se supone que debemos temer la vuelta de éste porque unos gobiernos elegidos toman medidas de restricción de la inmigración que han sido tomadas, en mayor o menor medida, por todos los gobiernos democráticos en todas las épocas.

Los responsables europeos se quejan a veces, no sin razón, del hecho de que muchos gobiernos nacionales, así como algunos de sus ciudadanos, hacen de “Europa” el chivo emisario de todos sus problemas, pero es eso exactamente lo que sucede en todos los casos en los que un poder es ejercido sin un consentimiento, al menos parcial, de aquellos sobre los que se ejerce. Los poderes coloniales del pasado, católicos o comunistas, eran también a veces víctimas de críticas excesivas, pero por la misma razón que lo es la Unión Europea.

La izquierda altereuropeísta
______________________________________

Después de haber sido durante mucho tiempo hostil a la construcción europea, casi toda la izquierda, incluyendo a la “extrema”, se ha adherido a aquélla, pero casi siempre bajo la forma de otra Europa, de una Europa social, o incluso socialista. Pero de nuevo nos topamos con el teorema fundamental: tomando el ejemplo de Francia, casi todo el mundo, desde Agrupación Nacional hasta el NPA (Nuevo Partido Anticapitalista) es favorable a otra Europa. Pero ¿cuál? Algunos la quieren más cerrada a la inmigración, otros más abierta. Algunos la desean más liberal (la construcción europea es, en efecto, demasiado burocrática), otros más social. Y, en el interior de cada una de estas orientaciones, hay muchos matices. Por lo tanto, no se ve cómo un “frente común” puramente francés podría constituirse para presentar un proyecto altereuropeísta coherente. Pero Francia no está sola en Europa (incluso si algunos franceses parecen olvidarlo). Existen también otros altereuropeístas en los otros países, que quieren todavía más proteccionismo, o bien una Europa más cristiana, o desearían un máximo de libre circulación en el interior de Europa para sus propios trabajadores. ¿Cómo imaginar un mecanismo de discusión que permitiera a todos estos grupos ponerse de acuerdo? Es precisamente la diversidad de posturas altereuropeístas lo que convierte a este proyecto en ilusorio.

Otra ilusión de esta izquierda altereuropeísta es que, si llegara al poder, desobedecería los Tratados. Pero no se pregunta qué reacciones generaría esto en los otros países europeos. A partir del momento en el que un país no controla su moneda, depende de aquéllos que la controlan. Lo hemos visto claro con Grecia en 2015. Decir que sería diferente con un gran país como Francia significa solamente que una desobediencia a los Tratados llevaría a un conflicto cuya salida sería o bien la capitulación (como en el caso de Grecia) o bien la salida de la Unión Europea, para lo cual hay que estar preparado si se quiere semejante desobediencia. Pero como los partidos similares a La Francia Insumisa rechazan imaginar semejante salida para preparar a su población, su promesa de desobediencia es, simplemente, increíble.

¿Cuáles son las soluciones?
______________________________________

Teniendo en cuenta el callejón sin salida en el que la construcción europea se ha metido, confesado incluso por los europeístas, no quedan más que tres soluciones: primero, la huida hacia adelante hacia una Europa “verdaderamente federal”, que choca con el hecho de que el “sueño” europeo ha desaparecido ya de la cabeza de una gran parte de los ciudadanos europeos, si es que hubiera existido alguna vez, e incluso de una parte de sus élites. Choca también con el firme rechazo de Alemania a una «unión de transferencias» (traducción: que los alemanes paguen por los gastos de los demás).

Después, el statu quo, que va a ser sin duda la “solución” escogida durante largo tiempo, con más razón cuando es la solución que suele gustar a las burocracias, y cuando décadas de adoctrinamiento sobre el supuesto fracaso del Estado-nación han formateado los espíritus de varias generaciones sobre la inevitabilidad y la irreversibilidad de la construcción europea. La evolución reciente del Rassemblement National y de La France Insoumise indica que el statu quo tiene todavía mucho tiempo de vida por delante. Pero este statu quo será el de las crisis permanentes, con unas soluciones incompletas y costosas, acompañado de llamadas cada vez más inaudibles a seguir construyendo el proyecto federal.

Podríamos imaginar también la salida unilateral de la Unión Europea de uno o de varios países. Por ejemplo, el Frexit tan querido por la Union Populaire Républicaine de François Asselineau. Pero el problema es que unos países que han mantenido su moneda con un nivel artificialmente elevado (Grecia o Italia) durante mucho tiempo, se enfrentarían a una devaluación muy fuerte si tuvieran que salir súbitamente del euro. Esta devaluación tendría efectos inflacionistas y ningún gobierno quiere “proponer” semejante solución a sus electores. El país que podría salir más fácilmente de la Unión Europea es, paradójicamente, Alemania. Incluso si existe de hecho una gran irritación en este país en cuanto a la evolución de la construcción europea, acusada de pedir a Alemania la financiación de los gastos de los demás, les sería difícil romper dicha construcción “por razones históricas”, como se dice púdicamente.

Queda la solución más razonable: el divorcio amistoso, es decir, que los dirigentes de los diferentes países europeos se pongan de acuerdo para deshacer poco a poco la construcción europea; para volver a las monedas nacionales en algunos países, con medidas de ajuste para evitar los cheques inflacionistas; para no aplicar las sanciones cuando un país desobedece los Tratados y para que, así, la Unión Europea se convierta poco a poco en una cascara vacía. Pero lo que es razonable suele ser políticamente imposible. 

Sin embargo, alguien ya les había advertido hace mucho tiempo de la incoherencia del proyecto europeo: el General De Gaulle. Como era “viejo” y “nacionalista” no se le escuchó; ahora pagaremos el precio.  Al final, tendremos menos integración y menos cooperación (porque la Unión Europea hace aumentar los nacionalismos) que, si se hubiera construido una Europa de las naciones, en el estricto respeto de la soberanía de cada una de ellas. Podemos pensar que los BRICS, que agrupan países todavía más diferentes que los de la Unión Europea, pero que se unen sobre unos principios “gaullistas”, si se puede decir, de intereses mutuos y de respeto de su soberanía, estarán al final más unidos (y atraerán a otros países tras su estela) que los Estados de nuestro pobre continente, más desunidos cuanto más se les ha querido forzar a unirse contra su voluntad.