"Fratelli tutti", la Iglesia Católica en la trampa del mundialismo, por Pierre Saint-Servant


 

Hay que reconocer que había aspectos muy interesantes en Laudato Si, aunque el texto no tuviera la profundidad de una encíclica. Pero Fratelli tutti, promulgada el pasado 3 de octubre, seguro que interpelará a los católicos arraigados en sus lugares de pertenencia. Desde el primer punto, el lector se encuentra con el discurso mundialista y la ideología de la convivencia multicultural. 

Una encíclica sobre la fraternidad, ¿por qué no? Pero como lo haría cualquier bloguero, el Papa se empeña en vincular fraternidad y "amistad social". ¿Amistad social? La más pura jerga de nuestras élites progresistas. Estamos bien lejos de la simplicidad y la belleza de los apotegmas o incluso de las encíclicas de San Pío X. La debilidad de la lengua revela la debilidad en el espíritu. Ya podemos buscar en vano la más mínima idea concreta en este texto de ochenta páginas, que está construido con la neolengua de los informes de las ONG o de las ruedas de prensa de partidos socialistas y centristas. Encontramos las mismas frases e ideas que en todos ellos. El Papa Francisco habla y escribe como Greta Thunberg y Ennmanuel Macron, como Mario Monti y Ursula von der Leyen.

Esto ha gustado mucho al periódico Le Monde, que resume en unas pocas líneas este texto vago y hueco: "Del aumento de las tensiones entre Estados al individualismo en los tiempos de las redes sociales; del futuro del planeta a la acogida de inmigrantes; del populismo al liberalismo; de la guerra mundial en trozos al diálogo interreligioso; la cabeza de la Iglesia Católica pasa revista a todo lo que podría "hacer renacer un deseo universal de humanidad" mientras que la época le parece, al contrario, llevar a la fragmentación, a las crispaciones nacionalistas y al aislamiento de los individuos".

Papa Francisco, icono progresista

¿Quién presta atención al texto pontifical? Entre los pocos que lo alaban: el colapsólogo Pablo Servigne; el economista jesuita Gaël Giraud; el sociólogo Alain Caillé y... Jean-Luc Mélenchon. En resumen, la izquierda ecoloprogre, planeando por encima de nosotros, ignorando lo que viven las gentes sencillas, trituradas por la mundialización y aterradas por las violencias surgidas de la inmigración de masas. Conocemos la cantinela: su empatía se vuelve hacia el Otro y se hace más grande cuanta más distancia hay con él. Sus ojos están secos para aquellos europeos, como los "chalecos amarillos", que se hunden en el olvido y no tienen ya ni el recurso a la comunidad para organizarse frente a la libanización del territorio. 

Ya pueden invocar a San Francisco de Asís para aportar algo de alma a su existencia entre ecologista y aventurera. De hecho, algunos son felices de descubrir en la encíclica referencias a los eminentes Gandhi, Martin Luther King y Desmond Tutu, para poner concluir: Fratelli tutti consiste en el "I have a dream" del Papa Francisco. No podría decirlo mejor: cultura pop y catecismo mundialista. Francisco se ha convertido en un icono progre, absolutamente extraño para el pueblo llano. 

El Papa rechaza cualquier defensa de las raíces, cualquier "repliegue", toda "barrera" protectora, por miedo a un supuesto peligro nacionalista. En el mismo texto, podemos leer: "Ahora más que nunca nos encontramos solos en este mundo de masas que hace prevalecer los intereses individuales y debilita la dimensión comunitaria de la existencia". Sorprendente esquizofrenia de un Papa que ha participado más que ningún otro en la "Gran Disolución".

Inmigracionismo frenético

El Papa fuerza un cierto universalismo mundialista a unos extremos jamás alcanzados en la cabeza de la Iglesia: "La convicción respecto al destino común de los bienes de la tierra debe aplicarse hoy en día igualmente a los países, a sus territorios y a sus recursos. Considerando todo ello no solo desde el punto de vista de la legitimidad de la propiedad privada y de los derechos de los ciudadanos de una nación determinada, sino también a partir del principio primero del destino común de los bienes, podemos afirmar entonces que cada país es también el del forastero, dado que los recursos de un territorio no deben ser negados a una persona necesitada que venga de fuera". Volvamos a leer con atención: "cada país es igualmente el del forastero"

De hecho, en el punto 130, el Papa propone un verdadero programa inmigracionista para los decisores políticos: "Esto implica algunas respuestas indispensables, sobre todo frente a los que escapan de graves crisis humanitarias. Por ejemplo: incrementar y simplificar la concesión de visados, adoptar programas de patrocinio privado y comunitario, abrir corredores humanitarios para los refugiados más vulnerables, ofrecer un alojamiento adecuado y decoroso, garantizar la seguridad personal y el acceso a los servicios básicos, asegurar una adecuada asistencia consular, el derecho a tener siempre consigo los documentos personales de identidad, un acceso equitativo a la justicia, la posibilidad de abrir cuentas bancarias y la garantía de lo básico para la subsistencia vital, darles libertad de movimiento y la posibilidad de trabajar, proteger a los menores de edad y asegurarles el acceso regular a la educación, prever programas de custodia temporal o de acogida, garantizar la libertad religiosa, promover su inserción social, favorecer la reagrupación familiar y preparar a las comunidades locales para los procesos integrativos". Se cierra el telón.

¡El patriotismo no es pecado!

En resumen, más vale releer a Péguy, Bernanos, Chesterton o Thibon para enfrentarnos a esta época con un pensamiento católico sólido y tejer los hilos de una fraternidad verdaderamente cristiana. La palabrería del soberano pontífice es para olvidar y, de hecho, lo será pronto. Lo cual no debe exonerarnos de poder dar una respuesta radical a sus tesis más peligrosas, que serán repetidas por la jerarquía episcopal. 

Los antídotos son numerosos, pero citemos aquí las actas de la XVI Universidad de verano de Renaissance Catholique que tenía como tema pfincipal "¿Es el patriotismo un pecado?". Jean-Pierre Maugendre resumía así la situación: "Una parte de la jerarquía católica ha desarrollado, desde antes de la Segunda Guerra mundial, un discurso hostil al patriotismo que ha contribuido a la poca preparación frente al mundialismo y a la inmigración. Dentro de la Iglesia hay un gran número de patriotas que ven, en el mensaje de considerar a todos los seres humanos como "hermanos", la raíz de un universalismo negador de las pertenencias nacionales y destructor de las legítimas identidades". Fuente: Quotidien Présent