Frente al americanismo, el islamismo y el inmigracionismo, ¿cuál es la solución para Europa?, por Camille Galic


Mundo unipolar contra multipolar

Para Michel Geoffroy, en efecto, el unilateralismo bajo el dominio de Washington es de una naturaleza tal que puede provocar, si no es ya el caso, una “cuarta guerra mundial”. Resultado de “la voluntad de imponer al mundo un destino único, bajo la dirección de una minoría que se cree elegida para dirigir a la fuerza a toda la humanidad –ya sea en nombre del mercado, de los derechos humanos, de su destino o en nombre de Alá”–, el americanismo y el islamismo –habiendo favorecido el primero al segundo con sus ataques a los regímenes árabes laicos o fomentando el nacimiento de Kosovo antes de obligar a Serbia a entenderse con ese seudoestado mafioso– “ya han abierto la vía a un catastrófico proceso de descivilización”. 

Sin embargo, para un gran número de observadores que el autor cita en abundancia, de Samuel Huntington a Zbignew Brzezinski, antiguo consejero de Jimmy Carter, el mundo unipolar que triunfaba desde el hundimiento de la URSS está a punto de ceder su sitio al mundo multipolar que están elaborando otros países de civilización grande y antigua. Una evolución de la que la Unión europea, más sólidamente amarrada a Washington que nunca, parece inconsciente. 

Las tradiciones ayudan a la economía

Mientras que la Eurocracia se mantiene impávida en sus posiciones post-1989, cuando la omnipotencia de EEUU parecía establecida para la eternidad, el mundo cambia. China ya no se contenta con ser la fábrica del mundo: apoyándose en las venerables concepciones de Confucio, se ha convertido en la segunda economía del planeta y la crisis del Covid ha demostrado hasta qué punto somos dependientes de ella. India que, desde los años 70 del siglo pasado, combina respeto por sus tradiciones (¡incluso el sistema de castas!) con un vivo entusiasmo por la informática (nada nuevo puesto que fueron los indios los que nos dieron las cifras “árabes”) está ávida por igualar al Imperio del Centro; Japón todavía no ha dicho su última palabra e Irán resiste a pesar del embargo salvaje que se le ha impuesto y a pesar también del belicismo que le demuestran Israel y los Estados sunitas de la región (más que armados por Washington). 

Sin embargo, están estancados y, satisfechos del statu quo, Europa, Iberoamérica (donde, con ayuda del movimiento evangélico financiado por EEUU y el FMI, el gran hermano del norte continúa imponiendo su ley) y el continente negro. En el extremo de este último, desde la abolición del apartheid y la llegada al poder negro en nombre de los grandes principios, Sudáfrica ha perdido su papel de ejemplo y de motor. Todo ello en beneficio de China, muy activa económicamente en África, donde ha adquirido millones de hectáreas de tierras cultivables en detrimento de los indígenas y sus cultivos tradicionales. 

¿Cómo se ha producido este cambio? A favor de los “principios en uso en las civilizaciones emergentes del mundo multipolar” mientras que “los valores de los que presume la oligarquía conducen hoy a Occidente a su ruina”, estima Michel Geoffroy, “porque se basan en un antihumanismo radical y destructor”. Es decir, “la ideología de la liberación se basa en la contradicción intrínseca de querer construir una sociedad defendiendo un individualismo fanático que arrasa las instituciones, las disciplinas y las tradiciones culturales”. Ello conduce “a la deslegitimación y la destrucción de todas las identidades y todas las culturas”. Es decir, “hace a la humanidad esclava de sus instintos, para beneficio de aquellos que la manipulan haciendo surgir necesidades artificiales y absurdas que alimentan, sin límites, el mercado”. 

A la inversa, “así como Rusia no reniega de su pasado, ya sea zarista o comunista, Asia basa su desarrollo en su identidad como civilización y en el patriotismo, mientras que los europeos en decadencia caen en el cosmopolitismo, el relativismo y, finalmente, en un odio de sí mismos que no permite proyectarse hacia el futuro”. 

Por una revolución cultural europea

En el mundo postoccidental que se anuncia, ¿diremos que nuestro continente, que Donald Rumsfeld llamaba con desprecio “el viejo mundo”, es ya un continente perdido? Perdido económicamente por su loca desindustrialización y debilitado físicamente por la inmigración-invasión, parece estar condenado a ser el espectador de su decadencia. 

Pero el mundo multipolar en gestación puede ofrecer a Europa una estupenda oportunidad de renovación. Es cierto, ha sido desarmada por “la traición de sus élites” y por la de los políticos que se dicen soberanistas, mientras que la verdadera soberanía no consiste en correr detrás de las instancias internacionales para exhibir sus bíceps sino en ser dueño de su casa. Esto último ya no lo somos por el peso de la inmigración y del totalitarismo “suave” de la Unión Europea, que nos tiene maniatados en un laberinto de directivas inútiles y de requerimientos éticos suicidas. Michel Geoffroy defiende con talento una “revolución cultural europea”, la única capaz de contrarrestar los “dos peligros convergentes, el americanismo y el islamismo”. 

Frente a la Cuarta guerra mundial, ¿una Europa-potencia? 

Esta revolución debe basarse “en un rechazo fundador: el rechazo del supuesto de una convergencia mundial de las civilizaciones hacia un modelo y una dirección única. O bien de la creencia en que la modernidad neoliberal y la democracia aportarán la única vía posible de desarrollo humano”. Otra necesidad: renunciar al concepto de “valores”, que ha sido “pervertido por las oligarquías mundialistas, que han hecho de ellos un arma contra la identidad de los pueblos y un factor de descivilización, de nueva barbarie”. Esto supone la “protección de las tradiciones”, que la historia “ha seleccionado por su aporte benéfico para los pueblos que las adoptaron”. Y, por supuesto, acabar con “el arrepentimiento y las acusaciones hacia Europa, en una lógica de respeto mutuo y de reciprocidad entre las civilizaciones”. 

El autor defiende, pues, una “ecología de las civilizaciones”, en las antípodas del discurso ecologista que “sirve para pintar de verde la gran recesión económica y social de Europa, convertida en la gran perdedora de la mundialización”.     

Este programa puede parecer utópico cuando nos acordamos de que, en el Parlamento europeo, el grupo nacionalista europeo construido por Jean-Marie Le Pen y el alemán Frantz Schönhuber, se rompió sobre la cuestión de Tirol del Sur, región italiana desconocida por la mayor parte del electorado europeo. Pero, desde entonces, muchas personas han tomado conciencia de la fragilidad de nuestro continente, amenazado tanto por el salvajismo venido de fuera como por la precariedad que resulta de las políticas llevadas a cabo (en primer lugar, bajo la influencia de órdenes venidas también de fuera). De ahí el Brexit, que no es más que una tentación centrífuga que se propaga. 

El análisis de Michel Geoffroy tiene sentido cuando estima que “la gran pelea que atraviesa hoy la Unión europea no consiste finalmente tanto en la supranacionalidad sino en la ideología mundialista que la sostiene”, y que “los europeos apoyarían una Unión, incluso supranacional, que sirviera para regular la inmigración, impedir la desindustrialización, garantizar la seguridad en las calles y asegurar la promoción de nuestra civilización”. 

Agente británico y, después, americano, presentado de forma abusiva como el “padre de Europa” y entronizado por ello, el oportunista Jean Monnet decía que “las naciones soberanas del pasado no son ya el marco donde resolver los problemas del presente”, opinión compartida por el general americano Wesley Kanne Clark, el carnicero de los Balcanes, que declaraba en 1999, después de la agresión otanesca contra Serbia: “En la Europa moderna, no hay sitio para los estados étnicos uniformes; eso es una idea del siglo XIX mientras que hacemos todo lo posible por pasar al siglo XXI. Lo haremos creando unos estados multinacionales”. Monnet señalaba también: “La Comunidad europea misma no es más que una etapa hacia las formas de organización del mundo de mañana… El mayor peligro para Europa sería un patriotismo europeo”. 

¿Y si, después de dos sangrientas guerras civiles, ese patriotismo europeo fuera, al contrario, nuestra oportunidad de supervivencia? Fuente: Polémia


Nota.- Michel Geoffroy: La Nouvelle Guerre des mondes, ed. Via Romana 2020. 294 páginas con bibliografía