Geopolítica del desorden mundial. Entrevista a Valérie Bugault, por Louis Alexandre


¿Cuál es el origen histórico de ese “desorden mundial” que usted analiza en detalle en su último libro?

La cuestión del desorden mundial debe plantearse, en efecto, en esos términos. La historia nos informa mejor que nadie el origen de los hechos geopolíticos actuales. Habría que remontarse al siglo XVIII y, en concreto, en el movimiento de giro político iniciado por las Revoluciones que calificaríamos hoy en día de “colores”. En Francia, el descontento popular había sido favorecido, en gran medida, por la liberalización de los precios del grano iniciada por los banqueros-comerciantes presentes en el gobierno monárquico. La fabricación voluntaria del empobrecimiento popular añadida a descontentos estructurales y coyunturales inherentes a toda sociedad fue el terreno sobre el que se desarrollaron las protestas que dieron lugar a la Revolución. Esos movimientos de masas fueron manipulados, enmarcados y armados por personas que tenían una hoja de ruta precisa, con el objetivo de derruir el orden político en vigor, basado en la organización de la sociedad en tres órdenes. De esos tres órdenes, todo  el mundo sabe que solo los dos primeros, la nobleza y el clero, ocupaban entonces el poder. Incluso si existía cierta porosidad entre ambos, obedecían a jerarquías diferentes. Los dos funcionaban, en consecuencia, como unos contrapoderes efectivos. Es precisamente debido a ese contrapoder por lo que la burguesía mercantil pudo prosperar hasta adquirir una plaza preeminente en la sociedad (que todavía conserva). 

Sobre esta burguesía negociante se apoyaron los banqueros-comerciantes para iniciar sus grandes maniobras políticas. Hay que recordar que los banqueros-cambistas tenían, desde hacía tiempo, un poder importante en la institución monárquica ya que proporcionaban crédito al rey y a los grandes señores; créditos que eran necesarios para armar y mantener los ejércitos, las obligaciones políticas y sociales del rey y de la nobleza en general. 

Solo el clero escapaba al poder de los banqueros cambistas. La Iglesia, desde la Edad Media, había tenido un rol de moderación sobre el poder de los financieros. Precisamente por eso la casta de los banqueros-comerciantes estimó, desde el siglo XVIII, que el clero era su verdadero enemigo. Desde entonces, los financieros no han parado de desarrollar toda una serie de armas civiles convencionales (financiando el desarrollo de teorías anticlericales en todos los frentes económicos y sociales) y no convencionales (infiltración) para acabar, en el largo plazo, con el clero. La Revolución francesa fue, en el nivel político, el punto de partida de esas maniobras, de tipo militar, con el objetivo de la desaparición del clero en un contexto en el que el poder temporal (rey y nobleza), muy debilitado por sus incesantes necesidades financieras, ya había caído en manos de los banqueros cambistas. 

El orden político del Antiguo Régimen se basaba en un poder temporal (la aristocracia organizada alrededor de un rey considerado como el primero entre iguales) y un poder espiritual (el clero). Estos dos grupos se equilibraban. Jurídicamente, el vínculo entre los dos reposaba en la preeminencia de lo espiritual sobre lo temporal, traducido por la supremacía del orden natural, es decir, el “derecho natural”. 

La cuestión está en que los banqueros-comerciantes querían la desaparición de todo “orden natural”. En su búsqueda de poder, debían eliminar todos los fundamentos en los que se basaba el antiguo poder. Con el tiempo y su impulso, emergió un concepto jurídico nuevo, el del “derecho positivo”, cuya vocación era oponerse al “derecho natural”. Esta noción nueva fue la puerta abierta a la llegada de un orden jurídico nuevo, derogatorio del derecho común que era entonces el derecho civil. Poco a poco, en Europa y en Francia en particular (a partir de 1807, fecha de la llegada, bajo Napoleón, del Código de Comercio), el derecho comercial pasó al estatus de derecho común que tiene en la actualidad. Así, históricamente, el positivismo ha sido el medio, utilizado por los banqueros-comerciantes, para obtener la sustitución del derecho civil por el derecho comercial en su función de derecho común. Recordemos que, quien dice “derecho común”, dice regla de gestión y regulación de la sociedad en su conjunto. 

Estamos hoy en día, en Europa y en el mundo, en el punto culminante de la dominación, artificial y oficiosa, de la casta de banqueros-comerciantes, que son los herederos directos de los orfebres cambistas de la Edad Media. Esta dominación se traduce necesariamente en el advenimiento político de esta casta, que llegará mediante la instauración de un gobierno mundial, de tipo autoritario, al no tener ningún contrapoder político ni social efectivo. La constitución de este gobierno se basa en dos herramientas: una moneda mundial eficiente controlada por los banqueros-comerciantes, y la constitución de puntos de poder locales sobre el modelo de la Unión Europea. El control del comercio marítimo mundial ha sido la puerta de entrada a la supuesta imperiosa necesidad de dotar al mundo de una moneda mundial unificada… y debidamente controlada. 


¿Cómo consiguieron los bancos impulsar el paso de una economía real a un sector financiero totalmente virtual? 

La virtualización de la finanza internacional ha sido el resultado previsible de Bretton Woods. El dólar que se impuso entonces como moneda mundial no podía, tanto como el patrón oro utilizado hasta entonces, no seguir el desarrollo estructural, permanente y de naturaleza exponencial, de los intercambios económicos mundiales pretendidos por la doctrina del librecambio, en vigor desde el siglo XVIII. Recordemos que el librecambio es la versión modernizada de la “libertad de comercio” impuesta, en Occidente, por las Revoluciones de finales del XVIII. Estas fueron iniciadas, encargadas y dirigidas por la casta de banqueros-comerciantes. 

En su búsqueda desesperada por conservar su propia moneda, el dólar US, como moneda mundial, los norteamericanos tuvieron que recurrir a las reservas financieras de sus vasallos occidentales además de otros subterfugios con el fin de crear, artificialmente, unos activos financieros. La imperiosa necesidad de unir la moneda a unas riquezas dio nacimiento a un vasto movimiento de desregulación financiera, nacido en Estados Unidos en los años 1970. Lo que llamamos hoy “financiarización de la economía” es el resultado de la desregulación financiera que ha permitido el nacimiento de activos financieros ficticios, es decir, grosso modo, la transformación –como si fuera alquimia– de activos tóxicos que son, en realidad, deudas, en riquezas. 

Hay que comprender bien los mecanismos intangibles de la moneda: una moneda solo funciona si está unida a una economía. Tratándose de moneda mundial, el asunto se complica, ya que las limitaciones de una moneda local unida a una economía local son incompatibles con las de una moneda mundial a escala global. Una economía local próspera se basa en una balanza comercial excedentaria, es decir, en el hecho de que las exportaciones deben ser superiores a las importaciones. Pero, para ser útil, una moneda mundial debe ser emitida en cantidad suficiente para responder a la totalidad de los intercambios económicos mundiales. Para poder circular en cantidad suficiente para responder a las necesidades mundiales, el dólar US como moneda mundial exigía que las importaciones americanas fueran superiores a las exportaciones, lo que ha producido el efecto de debilitar la economía americana al desequilibrar de forma duradera e irremediable su balanza comercial.

Desde entonces, se inicia un círculo vicioso: una economía débil no puede justificar la emisión importante de moneda sin hacerle perder la confianza de sus usuarios. Hemos visto que la emisión importante de dólares se unió a la creación de activos financieros ficticios que han tenido el efecto de desestabilizar el funcionamiento monetario y financiero a nivel mundial, mediante la circulación de una gran cantidad de activos tóxicos vehiculados por los bancos y todos los organismos financieros; esta circulación de activos tóxicos ha acabado con la confianza de los usuarios del dólar como moneda mundial, haciendo necesario, entonces, su reemplazo. 

Ese es el principio denunciado en la actualidad por el presidente Trump que exige, de manera cada vez más imperiosa, la bajada por parte de la FED de los tipos directores americanos. Esta exigencia está justificada en el hecho de que, con tipos muy elevados, las exportaciones americanas disminuyen de forma automática. Trump defiende, así, la vuelta a una concepción puramente local del dólar americano. Además, este tipo de posición de Donald Trump es no solo compatible sino también perfectamente alineada con los objetivos de la oligarquía mundialista que maniobra para la implantación de los DEG (derechos especiales de giro; una cesta de monedas) como moneda mundial; los DEG son la recuperación actualizada del Bancor defendido por Keynes en 1944. 

Así estaba la situación financiera mundial a mediados de 2019. Este estado de desarrollo monetario será utilizado por los banqueros comerciantes para hacer avanzar su agenda de moneda mundial, ella misma haciendo “indispensable” la llegada del futuro gobierno mundial encargado de regular la economía y las poblaciones. Los problemas financieros mundiales permitirán, mediante la pérdida de credibilidad del dólar, poner en marcha una moneda mundial viable, que toma hoy la forma de los DEG, a la vez que desaparecerá el imperio norteamericano para dejar su sitio a un futuro gobierno mundial. 

En el contexto del nuevo DEG-moneda mundial es como hay que entender la reciente rehabilitación, por el Banco de Pagos Internacionales, del estatus del oro en los balances de los bancos. Desde el 29 de marzo de 2019, el oro ya no está considerado como un “activo de riesgo”; los bancos pueden comprarlo y revenderlo sin ninguna restricción contable. 

A la inversa, en ese mismo contexto de la llegada de una nueva moneda mundial, hay que incluir la reciente suspensión del acuerdo de 1999 para coordinar las ventas de oro realizadas por los bancos centrales de la zona euro. Para estos, ya no es necesario vender el oro que tengan, más vale guardarlo en buen lugar ya que ha vuelto a ser un “activo seguro” que permite una valorización de la moneda unida a él, con el objetivo de determinar el porcentaje de DEG que se tienen en las diferentes monedas. Estas medidas reflejan un plan preestablecido con el objetivo de imponer el DEG como futura verdadera moneda mundial. 

Añadiría que la parte preponderante hoy en día del dólar US en la evaluación de la cesta de monedas del DEG disminuirá de forma importante en los años venideros. Con este criterio es con el que hay que entender los retos de la guerra comercial que enfrenta a EEUU con China actualmente. Fuente: Revue Rébellion