George Orwell, un autor para nuestros tiempos, por Mathieu Bock-Côté


El 8 de junio de 1949 aparecía 1984, de George Orwell, una auténtica obra maestra de la literatura política. Encontramos en ella la descripción más fina del funcionamiento del totalitarismo y de sus efectos sobre la conciencia humana. Orwell miraba a la Unión soviética. Pero la relectura de su obra maestra, setenta años más tarde, todavía asombra: aunque el comunismo se haya derrumbado, la tentación totalitaria, consustancial a la modernidad, se recompone hoy a través de la ideología “diversitaria” y de lo políticamente correcto, incluso si la democracia liberal todavía logra contenerla y conservar algunas libertades públicas. 1984 proyecta una luz fundamental sobre 2020.  

En el corazón del totalitarismo, dice Orwell, hay una mentira institucionalizada. Hay que aprender a decir que 2 + 2 = 5 y no resistirse apelando a lo real, que no es más que un residuo prerrevolucionario condenado por el sentido de la historia. Hay que operar en un mundo donde solo cuentan la ideología y sus prescripciones. Cuando esto se logra, el hombre, entonces, está íntegramente reacondicionado y acepta someterse a las evoluciones de la ideología, cualesquiera que sean estas. En el mundo actual, se acepta, por ejemplo, que el hombre y la mujer no son más que construcciones sociales artificiales que atentan contra la fluidez de la identidad sexual, exasperándose ante los reaccionarios que se limitan a seguir creyendo que el hombre y la mujer no son seres intercambiables.

Orwell lo había visto claramente: el totalitarismo instituye un mundo paralelo invertido y obliga a los que lo sufren a prestar juramento de fidelidad. Orwell había imaginado, en 1984, los “dos minutos del odio”, donde todos son invitados a expresar su odio al enemigo público del momento. Todos debían participar vigorosamente y de forma ostentatoria. Podemos transponer fácilmente esta escena al mundo contemporáneo, cuando nos llaman a la guerra contra la “intolerancia” o contra un escándalo que exige la indignación total. Cuando la máquina mediática se embala, mejor no llevarle la contraria. Mejor callar. El silencio oculta las ideas inconfesables. Porque este régimen de vigilancia generalizada, acosa no solo a los pensamientos culpables, sino también a los pensamientos ocultos, incluso cuando estos no son siquiera formulados. Cada cual debe ser su propio policía en nombre de una virtuosa vigilancia.

Conocemos los eslóganes orwellianos: “La guerra es la paz; la libertad es la esclavitud; la ignorancia es la fuerza”. Sin demasiado esfuerzo, podemos pensar en el mundo actual que nos obliga a ver cómo se expande un modelo de convivencia en sociedades cada vez más fragmentadas y atravesadas por las tensiones identitarias. Y más todavía en la sorprendente capacidad del pedagogismo oficial en presentar el colapso de la cultura general como una democratización del saber y del conocimiento. Así, cuando más se adapte el islam al mundo occidental, más se celebrará su luminosa contribución a nuestra civilización. Lo esencial se encuentra en la obligación de cada cual de ver el mundo, no con sus propios ojos, sino con las lentes ideológicas proporcionadas por el régimen. A fuerza de hacerlos semejantes, algunos llegan a serlo.

Orwell marcó las conciencias por su crítica implacable de la neolengua. Esta tiene como función no reflejar lo real, sino lo oscurecido, para encerrar la realidad en los parámetros exclusivos de la ideología. El totalitarismo quiere apoderarse de la lengua y hacerla absolutamente transparente, liberada de cualquier forma de ambigüedad. Quien controle perfectamente el sentido de las palabras y logre proscribir los términos que considere peligrosos, controlará entonces el pensamiento colectivo. Como dice un personaje encargado de perfeccionar la neolengua, “el verdadero objetivo de la neolengua es restringir los límites del pensamiento”. Hay que destruir las condiciones mentales de una posible disidencia, lo que implica, por otra parte, un control del pasado para evitar que se convierta en un recurso simbólico contra el régimen.  

Se podría sostener, incluso sin ninguna exageración, que la separación, cada vez más pronunciada, entre el lenguaje mediático y el lenguaje popular testimonia una ruptura de las condiciones elementales de la experiencia democrática. Orwell, en 1984, insistía en que la única esperanza de revuelta se encontraba en los proletarios. Sin hacer de él un profeta del populismo, se constata que veía en las clases populares la última fuerza de resistencia posible contra la desmesura de la modernidad.  

La tentación totalitaria que se despliega hoy nos arranca de la vieja civilización occidental y nos convierte, a la fuerza, a la utopía “diversitaria”, que verá la creación de un “nuevo hombre nuevo”, sin raíces ni sexo, sin naturaleza ni cultura, sin padres ni hijos, perfectamente maleable según los métodos de la ingeniería identitaria. Debemos releer a George Orwell, no solo para comprender el mundo de ayer, sino el que hoy se está construyendo. © Le Figaro