Hipocresías y contradicciones en la sociedad francesa, por Georges Feltin-Tracol

El odioso asesinato sucedido el viernes 16 de octubre pasado hunde a la sociedad francesa en la estupefacción y el aturdimiento. El pavor lleva también a una nueva experiencia de ingeniería sociomediática. Más de cinco años después de "Yo soy Charlie", varias manifestaciones tienen lugar en todo el país para reclamar libertad de expresión.

Con ocasión de una clase de instrucción cívica a escolares de 14 años, el profesor de Historia presenta a los alumnos unas caricaturas obscenas del profeta Mahoma. El profesor Paty suscita el descontento de un progenitor musulmán que expone su ira en las redes sociales. Creyéndose todavía en la tierra de sus ancestros, un joven refugiado checheno se presenta ante la escuela, espera al profesor y, mejor integrado de lo que se dice puesto que sigue el ejemplo de los "ilustres y grandes antepasados revolucionarios republicanos de 1793", le corta la cabeza. 

En respuesta a esta tragedia, los presidentes de trece consejerías regionales han decidido distribuir a los alumnos, a partir del 2 de noviembre, una recopilación de caricaturas políticas y religiosas. ¿Con una representación de todos los medios de izquierda y de derecha ? Por supuesto que no. 

Horrorizados por la atroz muerte del profesor, muchos manifestantes que defienden "los valores de la República" y "la libertad de expresión" no reaccionan ante las repetidas condenas a intelectuales, las prohibiciones de obras de teatro o las persecuciones judiciales por expresar las propias ideas. Afirman, con la mano sobre el corazón, que esos ejemplos no sirven, ya que su libertad de expresión no funciona en el sentido correcto: el de la subversión arcoíris instalada y subvencionada. Así, unas activistas disexuales escriben libros abiertamente discriminatorios, incitando al odio y al homicidio contra todos los hombres sin que la fiscalía francesa, tan rápida en el lanzamiento de investigaciones sobre "intenciones" de malos pensamientos, haga nada. ¿Para qué está la Justicia ?

Hubo un tiempo lejano en el que la enseñanza superior era un oasis de libertades intelectuales. El monopolio marxista ha empobrecido las universidades. Hoy en día, las facultades reciben con fuerza una pandemia mental llegada del mundo anglosajón cuyos síntomas más visibles se llaman "lenguaje inclusivo" e "ideología de género". Ser sensible y sentirse impresionado por ejemplos ofrecidos en clases magistrales o en trabajos prácticos son casi ventajas para conseguir un título que, de todas formas, no vale nada.

En el momento en que unas multitudes horrorizadas, exentas de todo peligro covidiano, denuncian un brumoso “oscurantismo” y no el “islamismo”, resulta grotesco que el gobierno esté pensando en reforzar la vigilancia de las redes sociales acusadas de propagar esa palabra de neolengua: el odio. Medios dominantes de ocupación mental, clase política incompetente y gobierno incapaz reactivan el proyecto de la ley liberticida contra el discurso de odio en internet (Ley Avia), que ya  había sido corregido por el Consejo constitucional. En nombre de la libertad de expresión, se busca así reducir la difusión de opiniones en internet de una manera tan vaga que todo lo que se diga contra lo políticamente correcto estará bajo el castigo de una enésima ley injusta. 

En efecto, numerosas son las contradicciones del Régimen. Es evidente que si el profesor Paty hubiera presentado unos dibujos de la prensa de derecha radical, su jerarquía le habría sancionado. La “Educación nacional” no invita a la libertad de expresión: impone a los alumnos un pensamiento ya preparado laico, obligatorio y cosmopolita.  

En 2011, bajo el mandato de Sarkozy, un profesor de instituto llamado Philippe Isnard fue expulsado de su puesto de trabajo. ¿Vendía droga en los recreos? ¿Se acostaba con los alumnos? ¿Pegaba a sus colegas? Mucho más grave. En una clase de educación cívica, jurídica y social, donde deben darse debates argumentados, mostró una película contra el aborto, con el fin de discutir después conociendo las posturas de las dos partes. Se atrevió incluso a distribuir unas octavillas provida, siempre en el marco de un debate sobre este tema de sociedad tan delicado. La gente se indigna con el crimen del profesor pero, ¿saben que se acaba de votar la autorización legal del aborto hasta catorce semanas y la supresión de la cláusula de objeción de conciencia a la que tenían derecho médicos y matronas? Los políticos que han votado esta sórdida propuesta, ¿no están ampliando mutatis mutandis por otras vías el terrorismo? Es extraño que los mismos que promueven la extensión de los derechos de sociedad a la decadencia anulen un derecho ya existente. 

La libertad de expresión en Francia es asimétrica. Asistimos en la actualidad a la difamación orquestada de todos los relatos fundadores de la civilización europea. Unas minorías ruidosas, movidas y violentas prohíben obras del teatro clásico griego; exigen el arrepentimiento y sumisión del hombre blanco heterosexual; organizan seminarios “racializados”, “de género” y no mixtos; amenazan a profesores sospechosos de anticonformismo y sentido común; cambian los títulos de los libros (“Los diez negritos” transformado en “Eran diez”) y censuran películas como “Lo que el viento se llevó” o “Los aristogatos” (vectores conocidos de racismo, misoginia y neonazismo). 

Adeptos a una religiosidad secular, moralizadora y totalitaria, los defensores patentados y oficiales de la libertad de expresión se basan en la declaración del revolucionario Saint-Just en la Convención: “¡Ninguna libertad para los enemigos de la libertad!” Los responsables de las concentraciones y “marchas blancas” de los días 17 y 18 de octubre que han denunciado con frecuencia a Jean-Marie Le Pen ante la Justicia siguen siendo incapaces de cuestionarse sus certezas multiculturalistas, sus mantras antidiscriminación y su empecinamiento en defender los hechos del Gran Otro. Cuarenta y cinco años de laxismo migratorio descontrolado han dado lugar al atentado contra el profesor Paty. La islamización resulta de la inmigración alógena. Es la razón por la cual los enemigos de nuestros enemigos son también nuestros enemigos. 

En cuanto a la libertad de expresión, continúa siendo una noción ambigua y relativa. Ya no es el momento de la metapolítica ni del combate cultural, sino de una potente naumaquia entre las diferentes fuerzas antagonistas de la Modernidad y el conjunto de las resistencias al Viejo Desorden mundial en todos los continentes. Finalmente, hubo un periodista legitimista ultramontano francés, Louis Veuillot (1813-1883) que lo vio claro cuando dijo: “Cuando yo soy débil, le pido la libertad, porque ese es su principio; pero cuando yo soy el más fuerte, se la quito, porque ese es el mío”. Fuente: Europemaxima