Identidad de grupo en los Identitarios: estetizar a los nuestros, distinguirse de los otros, por Emmanuel Casajus


Introducción

Muy activos en las redes sociales, los Identitarios han tomado los “medias”. De estas frecuentes interacciones destacan tres puntos: su hostilidad al islam, su facilidad sobre internet y sus sesiones de boxeo semanales. Los periodistas buscan discursos memorables e imágenes impactantes, que los Identitarios les proporcionan. Desde la década de los 80, los grupos que se reivindican como radicales han constatado el impacto en términos de reclutamiento y del eco que pueden tener esos reportajes a la vez glamurosos y propagandísticos. 

Un inciso. Si los Identitarios focalizan sus esfuerzos especialmente sobre el islam es, sobre todo, por razones estratégicas; y los miembros que yo he conocido no tienen al respecto un miedo de orden neurótico. Es por ello que el término “islamofobia” tan de moda en la prensa sería impropio en lo que a ellos concierne. Es, ante todo, el origen “extraeuropeo” de una parte de la población lo que les molesta. Invocar al islam presenta la ventaja de evitarles ser estigmatizados como racistas. Este tema es bastante propagandístico: resulta más fácil combatir el supuesto oscurantismo de una religión que defender a la “raza blanca”. Intentan deslizar el debate a otro nivel, el de la civilización (comprendida como una entidad cultural), a fin de avanzar hacia su solución: un renacimiento cultural europeo.

Los Identitarios ponen en escena su combate. En internet multiplican los visuales; en sus manifestaciones blanden una parafernalia de humo, banderas y escudos de armas. Algunos asumen librar un combate derivado de lo que Walter Benjamin habría llamado una “política estética”. Inscribiendo el combate identitario en una epopeya, ellos intentan resucitar a una Francia y una Europa, cuya imagen ha sido forjada por algunos intelectuales (Jean Mabire, Dominique Venner), según criterios que buscarían más lo bello que lo ético. La formación de los cuadros jóvenes está especialmente asegurada en la actualidad por el Institut Iliade –fundado en homenaje a Dominique Venner–, que desde febrero de 2015 está dedicado a formar dos promociones anuales de veinticinco miembros, elegidos por currículum o, para la primera convocatoria, por su reputación. El 26 de mayo de 2015, el coloquio del Institut Iliade se titulaba “El universo estético de los europeos”. Esta iniciativa se inscribe en un ambiente más general, las “Manif pour Tous”, que habían hecho emerger, o más visible, un campo tradicionalista dinámico y dispar en el que el Institut Iliade –con sus temáticas europeístas y paganas– no es más que una faceta. Pero los Identitarios no tuvieron que esperar al Institut Iliade para bañarse en el universo grecopagano de la Nouvelle Droite: sus campos de verano de 2002 y 2004 se titulaban, respectivamente, “Tras las huellas de Ulises” y “Digamos que en Esparta”.

Se trata de comprender cuál es la función de este uso de la estética y hasta qué punto define a este grupo político. Tras presentar breve y sociológicamente la sección parisina de Génération Identitaire (GI), abordaremos la cuestión sobre el terreno y presentaremos su cuerpo teórico. En fin, intentaremos, con la inclusión de algunas partes de ciertas entrevistas, analizar las diferentes relaciones con la estética presentes en los Identitarios.

GI-París: organización y composición del grupo

Génération Identitaire es el movimiento de juventud de los Identitarios, grupo político fundado en 2002. Los Identitarios dicen tener hoy más de 2.500 miembros, además de sus asociaciones satélites (a fin de minimizar las disoluciones o prohibiciones, los Identitarios han desarrollado un cierto número de asociaciones encargadas de actividades paralelas. Así, una parte de las manifestaciones culturales identitarias se organizan en París por el círculo Sainte-Geneviève). Están activos en Niza y en París, en Alsacia, así como en Lyon y Toulouse. En el momento de su formación en 2002, el movimiento identitario controlaba el Bloc Identitaire (BI) y las Jeunesses Identitaires (JI). Este segundo grupo desapareció en 2006, bajo la acusación de reconstitución de una liga disuelta. En efecto, había sido fundado por antiguos miembros de Unité Radicale, movimiento disuelto en 2002 después de que uno de sus partidarios, Maxime Brunerie, intentara asesinar a Jacques Chirac durante el desfile del 14 de julio. Las JI cedieron su lugar a las secciones regionales, coordinadas en la red informal Une Autre Jeunesse (1AJ). Cada sección poseía su sitio web en internet y su propia denominación: Rebeyne à Lyon, Projet Apache en París, etc. En 2012, la 1AJ es reemplazada por GI, organización más centralizada, en el seno de la cual las secciones locales pierden sus denominaciones particulares (se habla simplemente de GI-París, etc.).

GI-París agrupa a los militantes francilianos (que viven en Isla de Francia) de menos de treinta años, mientras los militantes de más edad son invitados a integrar los cuadros del BI. De hecho, los dos movimientos parecen bastante autónomos y distintos; pero, algunos miembros de GI-París se habían reunido en el BI en el pasado, por lo que sus vínculos, al menos en París, se habían reforzado. Con sede en un local situado en el distrito 17, GI-París cuenta con unos sesenta militantes implicados y unos trescientos simpatizantes habituales. Su marcha anual Sainte-Geneviève reúne entre cuatrocientos y setecientos participantes de un año a otro.

De los sesenta miembros activos, los responsables de GI-París estiman que alrededor de un tercio son chicas jóvenes. Si bien este porcentaje parece elevado –las fotografías de sus eventos muestran un público netamente masculino–, parece claro que los Identitarios buscan atraer a un público femenino. La web Belle et Rebelle trabaja especialmente para proponer una versión femenina del “no-conformismo” de los Identitarios. Parece que los militantes identitarios están bastante involucrados en esta presencia femenina, puesto que, en el Comité ejecutivo de ocho miembros, dos de ellos son miembros femeninos. Samuel Bouron señala que el activismo puramente militante (distribuir folletos, organizar acciones, etc.) es visto como “algo sucio que funciona”, y por tanto llevado a cabo por los militantes masculinos. Para las militantes femeninas, por otra parte, es como un refugio, un medio de “existencia a distancia de la socialidad machista”. Las militantes prefieren las actividades más metapolíticas: cursos de boxeo, fiestas en las “maisons” de identidad, etc.

La sección parisina de GI está compuesta de jóvenes trabajadores bastante cualificados y de estudiantes. Si Sylvain Crépon señala la dificultad para abordar la cuestión del origen social en sus entrevistas con jóvenes militantes frontistas, los militantes identitarios, por el contrario, encuentran interesante hablar de ello. Algunos de los que yo he entrevistado pertenecen a familias campesinas que habían conocido una ascensión social tres generaciones atrás. Si son, con frecuencia, procedentes de familias de derecha, que ocasionalmente votan por el Front National, ellos son, generalmente, los primeros en militar (siendo el militantismo identitario su primera experiencia política), lo que puede ser, en ocasiones, un motivo de incomprensión familiar. Una gran parte de ellos son originarios de provincias y coinciden en París con ocasión de sus estudios. Precisemos que muchos de ellos son, o han sido, aficionados (supporters, seguidores y aficionados de un equipo de fútbol) presentes en los estadios deportivos. Según la tipología de Nicolas Hourcade se trataría, en bastantes casos, de “ultras” (seguidores fanáticos de un equipo de fútbol).

Si las campañas se deciden a nivel nacional, no hay ninguna consigna por parte del canal nacional de GI sobre la forma en que las secciones deben organizarse. GI-París ha desarrollado un sistema bastante formal e institucionalizado, mientras que las secciones más pequeñas se conforman con tener un líder, apoyándose eventualmente en sus adjuntos. En GI-París las decisiones son tomadas por el comité director, seleccionado por cooptación. Por lo que respecta a los criterios de admisión, Pierre Larti evoca “una especie de jerarquía natural” y, “más sociológicamente”, “la edad y la experiencia”, “el grado de activismo”. Si esta jerarquía militante está justificada por un discurso híbrido de ideas elitistas y meritocráticas, sus resortes sociológicos siguen sin estar claros. Este comité se establece para “evitar las discusiones interminables”. Sin embargo, los militantes señalan el aspecto autogestionario de GI-París, donde cada militante es invitado a proponer y a llevar a cabo sus propios proyectos, siempre que sean validados por el comité.

Investigación sobre el terreno

Bastante abiertos a los periodistas, los Identitarios son más desconfiados respecto a los investigadores. La razón es, supongo, que los periodistas son mejor satisfechos por las imágenes telegénicas que les proporcionan los Identitarios. La de aquellas que las presentan como un grupo radical y moderno, asediado por el islam. Esta imagen les reconforta: que se hable bien o mal de ellos, esto ya depende de su lista de “contactos”. Y que lo que el telespectador puede ver como racismo, el aficionado de las plataformas de la derecha radical pueda llamar “realismo” o “lenguaje sin palabrería” (La disolución de las JI en 2006 fue percibida por algunos como un compromiso de radicalidad. Así, los Identitarios, si creemos en ciertos comentarios de Facebook, se ven como los “verdaderos resistentes”. El éxito de este tipo de tácticas ha sido desvelado por páginas como “Stop avec le Radicalisme en France, en Europe et dans le Monde” o “L’œil de la Honte”, usando una retórica de “decir en alto lo que todo el mundo piensa por lo bajo”). Si el discurso simple de los Identitarios puede pasar por fanatismo es, sin embargo, elaborado siguiendo una lógica pragmática. Así, cuando se le pregunta a Pierre Larti sobre las diatribas contra el islam delante de las cámaras de la BBC, él responde que “nuestro mensaje no va por mal camino, sólo es cada vez más amplio, enfatiza nuestros golpes, nuestras voces; ha ganado en politiquería, perdiendo al parecer en sutileza. Pero no la ha perdido del todo, simplemente se transmite en un segundo plano”.

El sociólogo, en revancha, es bastante menos rentable que el periodista, porque quizás sea más apto para rendir cuenta de la puesta en escena identitaria, y frecuentemente más sospechoso de izquierdismo (Crépon, 2006). Pero si es sospechoso, él goza también de un aura de profesionalidad y de objetividad que no tiene el periodista. Conscientes los sociólogos de que juegan en “terreno difícil” (Boumaza, 2007), deben saber adaptar sus prácticas al juego de las “batas blancas”. Por mi parte, como sociólogo, yo me esfuerzo en ser transparente, dando cuenta a los responsables identitarios de mis trabajos. Se trata de mostrarles que ellos son los principales beneficiarios de mi trabajo, exponiéndoles el interés que un estudio cuantitativo tiene para su movimiento, y dándoles pruebas de mi buena fe. Por su parte, a los responsables les gusta decir que no tienen nada que ocultar y, en las diferentes entrevistas, los militantes, conscientes de ser portadores de un estigma, tienden a presentarse como individuos “normales”. Aquí hay un juego de construcción en el que se trata, a la vez, de recusar lo que ante ellos son las normas de una sociedad a combatir, al tiempo que deben mostrarse como los representantes legítimos de su generación.

La misma ambigüedad se encuentra en la forma en que los responsables identitarios colaboran conmigo: ellos me facilitan el acceso a los militantes (“no tenemos nada que ocultar”), pero haciendo de pantalla entre ellos y yo, presumiblemente por temor a que esta imagen de normalidad sea distorsionada por un elemento incontrolado.

Entré en contacto con los identitarios parisinos por primera vez en 2012 en el marco de una memoria de Master 1. Ante su rechazo de verme hacer una encuesta, tuve que desplazarme hacia el estudio de su propaganda en internet, inspirada en la esfera antifascista contracultural de Ménilmontant. Visto como más legítimo después de la publicación de las investigaciones que yo había conducido sobre su blogoesfera, pude reunirme con los responsables de GI-París. Es por su mediación que yo pude hacer pasar las entrevistas a sus militantes. Había un sesgo evidente: los responsables seleccionan los perfiles que luego me envían, presentados como “más representativos”. Algunos militantes, dicen ellos, repugnan hablar de sus ideas cara a cara, otros viven lejos. Por regla general, “no es fácil encontrar una persona dispuesta a la colaboración con un investigador y dispuesta también a entrar en su propia vida como tema de investigación o de discusión”. Esta introspección es frecuentemente percibida como una pérdida de tiempo, revelación desagradable e indiscreta, vano esfuerzo de explicación” (Peneff, 1990). En este caso, no creo que las entrevistas acordadas fueran consideradas como vanas, sino como un “trabajo facultativo”, netamente menos estimulante. Los militantes que he conocido siempre tenía una visión general de la sociología, no porque hayan visto algún documental al respecto, sino porque eran los militantes más instruidos, y probablemente también los más fácilmente movilizables para estas tareas.

La familia política de los Identitarios, que podríamos calificar de “etnodiferencialista”, se encuentra en una especie de paradoja: algunos de sus miembros se quejan de estar condenados al ostracismo, otros permanecen encerrados en sí mismos por el temor a ser juzgados (Venner, 2006). Se puede añadir también la presión a la que está sometida la derecha radical: sus militantes pueden perder sus trabajos, sus grupos pueden ser disueltos, sus gestas sospechosas son inmediatamente retransmitidas. Esta vigilancia está garantizada, además de por los servicios de inteligencia territoriales, por los blogs que se presentan como antifascistas o antirracistas. Esta vigilancia “especial”, por otra parte, no solamente alcanza a la derecha radical, sino también a los militantes de izquierda sospechosos de “confusionismo”. Este es el clima que explica las suspicacias a las que se enfrentaba mi investigación. 

Una relación con la estética a la vez ideológica y social

La relación con la estética, en los Identitarios y en los intelectuales etnodiferencialistas, se hace en varios niveles. Los intelectuales, que han dado un paso atrás en su activismo de juventud, teorizan y racionalizan la estética militante, mientras que los militantes la viven o intentan recrearla. Los militantes identitarios conocen a esos intelectuales, por su formación militante, o al menos por las citas que vehiculan sus sitios de internet.  Por lo tanto, la fórmula de Dominique Venner, “la naturaleza como fundamento, la excelencia como meta, la belleza como horizonte” que, en su libro testamento, Un Samurái de Occidente, resume la visión del mundo europeo, se ha convertido en un eslogan reproducido en sus folletos, carteles e imágenes disponibles en internet.

Bajo la pluma de los intelectuales, la estética aparece como una visión del mundo a la que el individuo opta por adherirse. Así, en los Pensées corsaires (pensamientos corsarios), abecedario que ha conocido un cierto éxito en los círculos identitarios, el militante y el ideólogo de la derecha radical italiana Gabriele Adinolfi opone, bajo la rúbrica Weltanschauung, la Romanitas a la Ahnenerbe. Se trata de dos edades de oro, una valorizada por los fascistas, otra por los nacionalsocialistas. Estando determinado por “todo aquello que se refiere a las imágenes, los mitos y las experiencias del pasado está generalmente en atracción por criterios estéticos, sentimentales, irracionales” (Adinolfi, 2008), el lector es invitado a elegir, según su propia sensibilidad, la edad de oro que le conviene. Del mismo modo, Dominique Venner insistía sobre la capacidad del hombre para elegir un estilo, adherirse a las normas estéticas y, también, a darse una forma determinada. Siendo especialmente esencial, para él, proponer modelos (figuras tales como Lyautey, Jünger o von Salomon) a las jóvenes generaciones. Coeur rebelle, en el cual Venner narra sus experiencias como combatiente en Argelia y como activista de la OAS, ha sido leído por numerosos jóvenes militantes y podría servir como “profesión de fe” (uno de los fundadores del blog Zentropa) a un bloguero como Pierre Chatov, que se dedica a forjar modelos de identidad social y servir de puente, vía internet, entre intelectuales y militantes.

La estética es una cuestión de interioridad, pero también de comunidad: en los escritos de estos intelectuales, los europeos poseerían su “universo mental” propio, un conjunto de normas morales y estéticas que darían sentido a sus vidas. Este universo mental habría desaparecido y sólo en la comunidad etnodiferencialista puede resucitar. Al final de Un Somouraï d´Occidente, Venner libra esta directiva: “Es una antigüedad vivida que nosotros tenemos la tarea de reinventar. Así que nosotros tenemos la empresa de recomponer nuestra tradición para hacerla un mito creador”. En esta perspectiva, la Historia es una práctica artística dirigida a hacer nacer un “sueño-deseo”, por retomar el término de Ernst Bloch.

Esta tarea de edificación, Venner la confió, antes de darse muerte en la catedral de Notre-Dame, a Bernard Lugan, Philipe Conrad y Jean-Yves Le Gallou (los tres procedentes de la Nouvelle Droite). A aquellos que fundaron precisamente el Institut Iliade, con el programa: la herencia griega o medieval, y la historia de las ideas. Este instituto asegura especialmente la promoción de jóvenes artistas politizados y organiza un concurso sobre el tema de la “estética europea”.

En los jóvenes militantes, la relación con la estética se manifiesta en diversos niveles. En una relación con universos imaginados, ciertamente, pero en primer lugar a nivel social. Si está claro que las normas “inscientes” (Bourdieu (2002) retoma la palabra de Flaubert, para designar el conjunto de principios estéticos incorporados en el cuerpo del poeta, que le permiten instintivamente distinguir lo feo de lo bello), algunas ciertamente estéticas, estructuran sus hábitos y sus opciones militantes, las consideraciones estéticas no son el resultado de una introspección, sino que aparecen cuando el grupo es considerado frente a otros grupos. En la reconstrucción del mundo social de los jóvenes militantes, el Otro (Venner, 2006) que, por razones de estilo y de estrategia, trata de distinguirse por su buen gusto, no es un enemigo político, sino un referente cercano.

«Considero que para que un mensaje vaya bien, hace falta que sea agradable a la vista, porque incluso si una persona no está de acuerdo con su mensaje, ella pensará “qué hermoso lo han hecho” y quizás después reflexione sobre su mensaje. Se habla mucho mejor de un evento cuando se ve a cientos de jóvenes portando el escudo de París, pancartas y banderas muy vistosas, acompañados de pirotecnia, fuegos artificiales al final, gente disfrutando como en un juego, todo lo cual puede acabar rindiendo al observador, como en un truco de magia… Verdaderamente, sí, estamos ante un auténtico estado de espíritu estético”.

Todo debe suceder como si la política debiera hacerse en un marco estético, no porque sea nefasta debe ser horrible, se trata especialmente de hacerla más bella para que sirva de referente, porque esta inversión estética sobre el campo político atrae a muchos militantes que no se reconocen en los grupúsculos que exteriorizan un estilo horrible, como los repugnantes skins, que poseen una estética a la vez vulgar e ineficaz, típico estereotipo de la extrema derecha.

Los Identitarios prestan mucha atención a la “estética de grupo”, a la vez modo de reconocimiento estratégico (un conjunto de códigos complejos, “jerarquizados y jerarquizantes”, que permiten distinguir amigos y enemigos) y cierran la identidad grupal. Encontré este “look” en la AntiFasciste Action (AFA), ya que mi investigación sobre los Identitarios también me llevó al estudio de otros movimientos que se presentan como opuestos. Un campo se define por el capital que moviliza, la estética de grupo, recurso y clave, toma sentido frente a la estética de otros grupos.

Resulta aquí instructivo confrontar el testimonio de un militante antifascista con la opinión de Philippe Vardon: vemos cómo se entremezclan aquí dos temas, la importancia de la estética individual y colectiva, y la necesidad de matizar esta estética para adaptarla a las normas sociales vigentes y al sistema de seguimiento y localización policial. En el libro Militants de Philippe Vardon-Raybaud, encontramos esta misma tensión:

«Militantes, porque ésta es la palabra exacta, eso es lo que realmente debe parecer el pequeño grupo. Sin caer en el uniforme, se puede manifestar una cierta armonía vestimentaria, e incluso una cierta estética general, bastante evidente para que ella no sea mínimamente pensada (…) Sin confundirse total o parcialmente con el “look” de otros jóvenes de su edad, ni de destacar sobre ellos, al menos debe dejar claro el sentimiento de que estos tipos no son de los que se dejan pisar fácilmente. Este es el objetivo. “Político pero viril”» (Vardon-Raybaud, 2014).

Aquí encontramos una serie de consideraciones relevantes de la estrategia social: se trata de poder reconocerse y, al mismo tiempo, de evitar “destacar” o “resaltar”, de mostrar un estigma, de parecer asocial o agresivo. Siempre se presta atención a los detalles interiores y exteriores. Hay que ser diferente al resto de la sociedad, sin que esta diferencia sea tan evidente que venga a estigmatizar a los que la cultivan. Posición que se desvía, sin medias tintas, de los skins, los punkies, los “cabezas rapadas”, pero también de los “gauchos” (rojos).

El estilo “casual”, evocado por algunos militantes entrevistados, designa una forma de vestir nacida en los estadios deportivos británicos, en torno a marcas como Stone Island. Considerado con más “clase” y más discreto que la panoplia skin head, por ejemplo, esta moda comenzó a florecer tanto entre los militantes parisinos “antifas” como entre los activistas jóvenes de extrema derecha a partir del año 2000.

Ya frecuenten o no los estadios deportivos, los Identitarios se reconocen en esa estética y establecen paralelismos entre los dos mundos. Las manifestaciones identitarias se inspiran en las demostraciones de los supporters (seguidores de un equipo de fútbol), porque los militantes procedentes de la parafernalia de los estadios importan normas estéticas y un savoir-faire:

«Es por algo que nuestras operaciones de agit prop (propaganda de agitación) funcionan bien, porque tenemos una cierta cultura de la banderola estética, que no es simplemente un viejo graffiti enguarrado sobre un pedazo de tela, como podemos ver en otros movimientos. Una cierta cultura de pirotecnia, también, cuando hacemos manifestaciones u otros eventos, quiero decir, que tenemos cierta influencia del ámbito de los estadios en nuestro militantismo».

La estética, una vez más, permite distinguirse de la “banderola enguarrada” del grupo rival. De acuerdo con los militantes entrevistados, los supporters son atraídos por los Identitarios, porque ambos ponen por delante las identidades locales. Esto podría ser cierto también para algunos antifascistas. En los identitarios como en los ultras, encontramos, además de métodos compartidos, un gusto por la acción y la puesta en escena. Así lo expresa algún militante identitario, a pesar de no haber visitado nunca un estadio de fútbol:

«Es una cultura que me interesa, es decir, en tanto que contracultura joven. Especialmente su estética vestimentaria…  ropa/colegas/violencia, quiero decir, y un cierto estado de espíritu que me dice algo, me habla de algo… ».

Por “contracultura”, los militantes designan aquí un mundo que no conocen directamente. Es sólo la utilización del término lo que encuentro en mis diferentes entrevistas: para mis interlocutores, con él se designa, ya sea un mundo que ha desaparecido (el de la adolescencia o de la generación precedente), o ya sea un movimiento cultural lejano. Cuando los militantes antifascistas o identitarios evocan su contracultura, ella es siempre algo pasado o algo por venir. Y en el presente no es sino el reflejo imperfecto de un mundo idealizado. Así debe comprenderse, en cierta medida, la producción y el consumo de imágenes, camisetas, tatuajes, folletos, pegatinas, realizadas por los Identitarios. Se trata de fabricar, no sólo una estética y una identidad grupal, sino también, por la vía de los signos, un universo propio.

La estética se ordena por relación a un referente que proporciona sentido a la vida cotidiana. Así, Dominique Venner pensó su vida en función de modelos. El discurso identitario efectúa, por su parte, un paralelismo entre militantismo y la “búsqueda del Grial”, viaje iniciático y místico que cambia la naturaleza de los que lo emprenden y los transporta a otra dimensión de la existencia. Por lo tanto. Vardon-Raybaud otorga el mismo valor a los torneos medievales entre caballeros que a la defensa de un local, un pub o una calle: la sudadera o la chaqueta de cuero del joven identitario equivalen al casco y la armadura del caballero.

Para los identitarios, escribir una gesta implica rechazar la absurdidad del mundo, definiendo, cada uno por sí mismo y en relación con el grupo, el sentido de sus actos. El aspecto estético del combate identitario, expresado por los militantes entrevistados, existe por sí mismo como una “clave del juego”, independientemente de las temáticas más políticas del grupo.

Conclusión

Tratamos de entender la idea que los jóvenes militantes identitarios se hacen de su propio combate, insistiendo sobre la dimensión estética que ellos le confieren, y sobre las implicaciones sociales de su compromiso. Sin embargo, nos ha parecido que la relación que los Identitarios mantienen con su estética no es del todo homogénea. Los militantes más antiguos o procedentes de familias militantes son más sensibles a este enfoque de la política. Los militantes que no se han sumergido en la cultura de la extrema derecha, y que se adjuntan a los Identitarios por el solo rechazo del islam, se sienten, en un primer tiempo, menos afectados por este juego. Esta tensión se refleja a nivel generacional (Boumaza, 2004), oponiendo a los nuevos activistas frente a los detentadores de la tradición. 

Así Chatov explica que “los zids (identitarios) han logrado reunir a gente que no tienen todos las mismas referencias. El problema es que esa gente, según dicen ellos mismos, si no fuera por la inmigración estarán políticamente ubicados en el centrismo. No son de extrema derecha por buenas razones”.

Algún militante reconoce que estos temas (el islam, la inmigración) son muy “propagandísticos” e “impactantes” para los jóvenes militantes en general, pero hay además temas más importantes… Hoy en día, en Europa, hay un vacío que llenar… la modernidad, la secularización, la laicidad, la moral antitradicional, el maquinismo, todos juntos, han creado un vacío.

El vacío del que habla, esa sensación de pérdida del sentido asociada al declive de la autoridad religiosa y la ausencia de fe en los grandes relatos políticos (Schilling, 2003), se intenta llenar por los Identitarios mediante el “arraigo” y el retorno a la tradición pagana. Como escribe Jagger (2000), “nosotros estamos obligados a dar un sentido a nuestras vidas mediante la selección de un estilo personal distinto al que nos ofrecen las películas y las telenovelas”. De este modo se explica la estética en la vida militante identitaria: se inscribe en una estrategia identitaria que permite distinguirse, definirse y dar un sentido a su vida, mediante la convocatoria de mundos ausentes y valores trascendentes. Los cuerpos, por la vía del tatuaje, el estilo de la ropa o la práctica deportiva, se convierten en los depositarios de ese trabajo sobre sí mismo.

Así, surgen dos enfoques, y dos razones de ser del militantismo identitario, que se oponen y se complementan a la vez: un temor a la relegación social ante una alteridad percibida como invasiva, y una voluntad de dar sentido y grandeza a su vida. Reflejo de la angustia de los hijos de la clase media en una Francia en crisis en la que se sienten abandonados. © Revista ¿Interrogations?