Identitarios y yihadistas: La falsa equivalencia, por Mathieu Bock-Côté

 

Una extraña sensación de urgencia empuja al ministro del Interior francés a disolver el grupo Génération Identitaire, ese movimiento especializado en las llamadas de atención mediáticas, como en tiempos recientes, cuando han intentado bloquear simbólicamente la frontera del Pirineo a la inmigración ilegal, para revelar a la opinión pública que es un colador.

Podemos lamentarnos de su visión de la identidad francesa y europea, y criticarla. También podemos criticar el tipo de activismo que defienden. Sin embargo, la Justicia no ha encontrado nada que reprochar a los activistas. Y no vemos mediante qué contorsión mental se puede hacer de ellos un movimiento faccioso, salvo que se les considere culpables de desacato ideológico, lo cual no sería más que una forma nueva de blasfemia. En una democracia, no se pide arbitrariamente la eliminación de un movimiento simplemente porque sus ideas no nos gustan. La radicalidad, aunque sea desagradable, está tolerada en un Estado de derecho mientras no sea violenta. 

Génération Identitaire se ha convertido en un tema obsesivo, puesto que la llamada a su disolución no se puede separar de un temor nuevo, el de la ultraderecha, que estaría amenazando a Francia con gestos sediciosos y violentos. Puede que existan grupúsculos de ultraderecha que es natural que el Ministerio del Interior vigile, pero hay que ser razonables. En un mundo en el que el fascismo fue derrotado, el antifascismo, convertido en parodia, tiene necesidad de generar artificialmente sus enemigos para justificarse como postura retórica. 

La americanización de las mentes empuja a algunos a ver surgir la amenaza de un supremacismo blanco imaginario en sus fronteras. El régimen de la diversidad revela, así, la neurosis que crea a gran escala: en realidad, es el islamismo el que amenaza a Francia pero solo se puede criticar este hecho haciendo como si fuera un elemento, entre otros, de la "intolerancia", que no estaría ligado a una cultura o una religión particular. Dicho de otra forma, para tener derecho a combatir el islamismo, se cree obligado a transformar Génération Identitaire en enemigo público y exagerar su importancia. La maniobra tiene la sutilidad de un elefante en una cacharrería.

Una teoría extraña defiende que Francia estaría siendo atacada en dos frentes: por los islamistas y los identitarios. Pero esta se basa en una ilusión: todos los identitarismos no son equivalentes y, se piense lo que se piense de Génération Identitaire, constatamos que sus activistas rechazan recurrir a la violencia, al contrario que los yihadistas. Esta teoría tiene también como defecto el definir demasiado estrechamente la identidad de Francia, considerando escandalosa la referencia a sus raíces cristianas y a su sustrato histórico y cultural. La izquierda republicana ve, demasiado a menudo, una forma de identitarismo tóxico en el simple recordatorio de que la identidad de Francia no se reduce solo a la mitología republicana. 

Esta obsesión de las autoridades con Génération Identitaire es también perturbadora cuando se sabe que existe una tolerancia, cuando no indulgencia, con el movimiento llamado "antifa", el cual no duda en practicar las violencias más exageradas en sus manifestaciones. Además, incluso después de la disolución de la organización islamista Barakacity, los poderes públicos se muestran mucho más indiferentes ante la actividad de asociaciones islamistas, indigenistas y racialistas, infinitamente más agresivas, y que hablan abiertamente el lenguaje de la guerra racial. Siempre estamos con la lógica de las dos varas de medir. 

Sabemos que el sentir minoritario es hoy en día considerado como un vector de progreso y se ve favorecido por la técnica de gestión progresista. En algunos lugares se quiere crear un índice de la diversidad en las empresas, que vendría a ser lo mismo que fichar a los trabajadores por su color de piel según un criterio étnico, sin correr el riesgo del descrédito político. Sin embargo, dicha posibilidad nos debería preocupar tanto como un grupo de jóvenes bulliciosos que no dejan de ser algo marginal. 

El asunto alrededor de Génération Identitaire demuestra la huida de la realidad del debate público, que se agarra a un peligro fantasma para desviar la atención sobre los peligros reales. Podemos y debemos debatir sobre los procedimientos de Génération Identitaire pero no ganamos nada haciendo creer que sus activistas representan un tumor que anuncia para mañana algo así como un cáncer fascista generalizado. Por querer hacer la guerra imaginaria contra un movimiento especializado en las llamadas de atención mediáticas discutibles, el poder demuestra finalmente que solo sabe enseñar sus músculos ante un globo hinchable. Fuente: Le Figaro