La agonía de la libertad o la entrada en la era del posthumanismo, por David Engels

 

Cuando escribí, al comienzo de la crisis sanitaria, que el confinamiento y sus consecuencias serían la conmoción más grande en la historia de Europa occidental después de 1945, numerosos lectores y comentaristas me dijeron que estaba siendo demasiado pesimista. Hoy en día, después de un año, la situación no ha mejorado, sino que se ha deteriorado en varios puntos. Nos enfrentamos a los resultados de nuestras malas decisiones y, sobre todo, a una evidencia: no es la pandemia la que destruye la sociedad europea sino la forma en la que los gobiernos e instituciones internacionales la gestionan.

En el fondo, el confinamiento no es el verdadero problema; al contrario, no es más que un catalizador de numerosas evoluciones que ya estaban teniendo lugar antes de la crisis sanitaria. Ahí reside la verdadera tragedia política: incluso los ciudadanos y gobiernos que, hasta ahora, han considerado esas evoluciones con cierto escepticismo parecen ahora impacientes de verlas concretarse solo para poder volver rápidamente a la comodidad de una (supuesta) "normalidad", para el mayor disfrute de todos aquellos que se benefician de esta evolución. Porque esta "nueva normalidad", incluso si debería ser similar a la "antigua", estaría basada en una condicionalidad sin equívocos que le daría una base completamente diferente, y se convertiría rápidamente en la palanca de cambios profundos: la "nueva" libertad de los ciudadanos solo será una concesión provisional y no un derecho inalienable. Incluso si, para un observador superficial, esta "nueva normalidad" se apartará positivamente de las enormes restricciones liberticidas que sufrimos ahora en el meollo de la pandemia, será difícil ignorar, en el largo plazo, el cambio de paradigma fundamental que se impone: una ruptura que nos catapulta hacia el posthumanismo de golpe.

Ya desde hace años, la clase media, verdadero pilar de la democracia burguesa clásica de después de la guerra mundial, ve cómo sus problemas económicos van en aumento. Hoy, debido a un confinamiento desastroso, se encuentra completamente aplastada por dos extremos: por una parte, una pequeña capa de oligarcas increíblemente ricos y que controlan la "big tech" y el "big data" (Estado profundo, política y medios). Por otro lado, una gran masa de individuos atomizados y empobrecidos. Lo que subsistirá todavía de la clase media después de la crisis sanitaria se convertirá en algo totalmente dependiente del Estado por el mecanismo de la sobreimposición y las subvenciones condicionadas.

La situación es similar en el sistema financiero internacional. Ya antes de la pandemia, muchos temían que su implosión fuera una cuestión de tiempo. Ahora, está claro que las inmensas deudas soberanas, que ya eran difíciles de gestionar antes de 2020, están multiplicándose a causa de la crisis y no podrán ser dominadas nunca sin una reorganización fundamental del conjunto del sistema monetario. Podría ser mediante una supresión de la moneda física, los tipos de interés negativos, una economía planificada, anulaciones de deuda, recortes en el presupuesto, "zombificación" del pequeño comercio y devaluaciones escondidas. Desde este punto de vista, la gestión financiera de la crisis sanitaria podría incluso considerarse como una "demolición controlada" de un sistema financiero empujado hacia sus últimos repliegues ya antes de la pandemia, con consecuencias desastrosas para los ciudadanos y los Estados-nación.

De la misma forma, nuestra concepción actual de una vida digna cambiará de forma importante. Antes de la crisis sanitaria, ya podíamos ver en Japón o en Corea del Sur cómo sería una sociedad robotizada, informatizada y deshumanizada con individuos solitarios, que no eran más que unas extensiones orgánicas externas de un ordenador que les servía igual como lugar de trabajo y como instrumento de placer. Hoy, mientras las clases virtuales, el teletrabajo, las conversaciones electrónicas y los sistemas de pedidos on-line se utilizan a gran escala y permiten a millones de ciudadanos europeos quedarse enclaustrados en casa durante semanas o incluso meses, este nuevo modo de vida se ha instalado en toda Europa y puede convertirse en una especie de estado permanente y definitivo. Esto es trágico puesto que el confinamiento tendrá consecuencias imprevisibles para el equilibrio mental de la juventud europea que, desde hace un año, sufre enormemente de este encierro permanente.

El paisaje mediático se está transformando también rápidamente en el marco de la batalla por el monopolio interpretativo de la pandemia. La tendencia de los grandes medios a censurar los contenidos ideológicamente distintos ya era claramente visible antes de 2020. Pero el hundimiento financiero de la prensa escrita clásica, su nacionalización indirecta por el Estado a través de subvenciones, la generalización de la lucha contra las supuestas "fake-news", la persecución de los pensadores "disidentes" a causa de su supuesto "discurso de odio" y la censura públicamente reclamada de la libertad de expresión de los "covidiots" y "conspiracionistas" van a acelerar radicalmente la transformación del mundo de los medios y a rebajarlo al nivel de simples órganos de propaganda gubernamental, con pocas excepciones.

Otro factor es la polarización política de la sociedad que ya se manifestó durante la emergencia del llamado "populismo", pero que se ha incrementado enormemente por el hecho de la pandemia y llevará a la formación de frentes políticos inesperados. En la mayor parte de los países occidentales, la lucha política ya no se produce como un intercambio argumentativo clásico entre posiciones progresistas y conservadoras, sociales y liberales, nacionalistas e internacionalistas. Observamos más bien, por un lado, el aumento de una élite política mayoritariamente liberal-izquierdista e internacionalista, que controla los medios públicos y la enseñanza y va paralela con la nueva oligarquía económica. Por otro lado, un número creciente de personas que desconfían profundamente de ese "sistema" y luchan por un cambio radical. Eso se refleja igualmente en las convergencias políticas sorprendentes entre partidos "antisistema" que habrían sido impensables antes, ya que la voluntad cada vez más evidente de la élite política y mediática de mentir sobre la planificación, puesta en marcha y amplitud del confinamiento, vacunaciones obligatorias, movilidad restringida o de las subvenciones ha hecho perder a muchas personas toda confianza en las instituciones establecidas. Esto es una hipoteca que va a pesar mucho sobre todas las instituciones políticas y será un fondo electoral inagotable para los movimientos carismáticos alternativos del futuro. 

El declive de los valores democráticos está estrechamente ligado a esta situación. Esto ya se venía preparando desde comienzos de siglo por la radicalización ideológica y el refuerzo de los poderes de las instituciones europeas, así como por la politización creciente de la educación y los medios. Pero ahora, la lucha contra la pandemia ha conducido a una aceptación social generalizada de medidas no solo no democráticas sino muchas veces antidemocráticas e impensables hace dos o tres décadas. En nombre del "bien común", sobre la base de una legislación de urgencia y con ayuda de interpretaciones muchas veces aventuradas de las constituciones, los derechos fundamentales se encuentran restringidos, los parlamentos privados de poder, las fuerzas de policía utilizadas contra su propio pueblo, las generaciones futuras privadas de sus derechos, y todo ello con el asentimiento de los medios y, muchas veces, de los ciudadanos mismos. ¿Será posible "reparar", al menos en parte, las instituciones y sistemas de valores que han sido tan zarandeados? La duda está ahí.

Incluso las reivindicaciones políticas más absurdas, que no están ligadas en ningún caso a la crisis sanitaria, van a ser puestas en marcha con la excusa de "lucha contra la pandemia", como lo anuncian tanto gobiernos nacionales como instituciones europeas, que se afanan en instrumentalizar el otorgar o rechazar subvenciones comunitarias con fines puramente ideológicos. De la generalización de la "ideología de género" por la lucha contra la derecha, la "profundización" de la integración europea, el control del "estado de derecho", la protección de las minorías LGBTQ y el supuesto "green deal" de la "dictadura climática" reclamada por algunos políticos de izquierda, hay proyectos políticos concretos que están actualmente sobre la mesa cuyo alcance y radicalismo habrían sido, hace unos años, considerados inaceptables por cualquier persona sensata y rechazados como completamente surrealistas.

Finalmente, no olvidemos una de las peores consecuencias de la situación actual: el golpe a la integridad del cuerpo humano. Inicialmente rechazado por la mayoría de esas mismas instituciones políticas que, ahora, nos obligan cada vez más a vacunarnos con vacunas ARNm, cuyo efecto a largo plazo (por ejemplo, en el campo de las patologías autoinmunes y genéticas) es totalmente desconocido. Esta injerencia ofrece razones a muchos ciudadanos para desconfiar de la clase política, sobre todo cuando vemos que el objetivo, luchar contra una pandemia que no afecta más que a un ínfimo porcentaje de la población (personas mayores afectadas por graves enfermedades previas), parece poco convincente.

Peor todavía: viendo el viraje transhumanista reclamado por numerosos políticos de primera fila como, sobre todo, el presidente Macron, la utilización masiva de vacunas con técnicas genéticas y componentes inciertos y que deberán ser probablemente "refrescadas" o "actualizadas" bajo amenaza de privación de libertades esenciales, aparece como una ruptura deliberada de la última frontera en la vía de la creación de una "nueva" humanidad artificial, enteramente medicalizada.

Hoy en día, quien no se levante para llamar a las cosas por su  nombre, cuando la "nueva realidad" expuesta, ese "gran reseteo" que ya no es una teoría de la conspiración de algunos locos, sino una "utopía" reivindicada públicamente, ante las cámaras, por numerosos decisores políticos y económicos, no tendrá derecho a lamentarse después de "no haberlo visto venir...". Fuente: www.tysol.pl