La evolución ideológica de la Nueva Derecha, por José Javier Esparza


La Nueva Derecha (ND) siempre ha sido objeto de polémica. El hecho es, sin embargo, que esta corriente intelectual divulgó las aportaciones de la ciencia genética antes de que se convirtieran en noticia cotidiana en los medios de comunicación; que rescató la obra de autores como Mishima, Jünger o Carl Schmitt antes de que fueran unánimemente reconocidos como cumbres de la literatura y del pensamiento de este siglo; que puso de moda los estudios indoeuropeos cuando sobre ellos aún pesaba una fuerte presión ideológica, casi policial; que predijo la caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana diez años antes de que tuvieran lugar; que planteó las nuevas convergencias ideológicas entre derecha e izquierda cuando a nadie le parecían posibles. ¿Qué es la ND? ¿Cuáles son sus ideas? ¿Cuál ha sido su evolución, esa trayectoria que ha permitido calificarla hoy como un grupo “de izquierda” para la derecha y “de derecha” para la izquierda? Aquí aportamos las respuestas.

Hay pocas corrientes intelectuales que hayan despertado tanta polémica como la que siempre ha rodeado a la denominada ND francesa. Tal polémica no se debe tanto a sus ideas ‒en realidad, lo único que debería importar en una corriente intelectual‒ como al hecho de que sus principales teóricos hayan militado, en su juventud, en organizaciones de derecha radical. Objetivamente, es abusivo que una corriente intelectual con cincuenta años de reflexión a sus espaldas sea juzgada por las ideas que profesaban sus principales teóricos antes de comenzar esa reflexión. Aquí convergen la fuerza del tópico, que empuja a adherir etiquetas frecuentemente apresuradas a los actores de la vida pública, y la conveniencia de quienes disfrutan de posiciones de poder en la vida intelectual, especialmente desde la izquierda, que a través del sambenito "extrema derecha" encuentran un fácil expediente para no verse en la obligación de implicarse en un debate en profundidad con un competidor recién llegado. Y, sin embargo, la aportación de la ND ha sido exclusivamente intelectual. De modo que exclusivamente intelectual será la perspectiva aquí utilizada: huyendo del tópico, vamos a tratar de explicar la génesis de la ND, sus puntos de partida, las etapas de su evolución y el estado actual de su reflexión.

Qué es la Nueva Derecha

La expresión “Nueva Derecha” ha sido empleada para denominar a muy distintas corrientes intelectuales, pero también políticas, en latitudes tan dispares como Francia, Rusia y los Estados Unidos. En general, bajo la etiqueta ND se engloba a aquellas corrientes que desde presupuestos filosófico-políticos de "derecha", y en el contexto de las transformaciones sociales y culturales de la segunda mitad de este siglo, se lanzan a una reelaboración intelectual de sus fundamentos doctrinales, ya sea mediante el recurso a las aportaciones de las ciencias positivas (así, la ND francesa inicial), ya a través de la revitalización de un discurso político-religioso (como un grueso sector de la ND norteamericana) o ya, en fin, por la vía de una redefinición de la identidad histórica nacional (la ND rusa actual). Tanto la ND rusa como la norteamericana se han limitado a un revival de sus viejos principios: el paneslavismo en el primer caso, el puritanismo en el segundo. La única corriente que verdaderamente merece el calificativo de "nueva", tanto por su método como por sus conclusiones, es la ND francesa, con importantes prolongaciones teóricas en países como Italia.

La ND francesa ‒así bautizada por la prensa del país vecino en 1978‒ nace en 1968 en torno a la asociación denominada GRECE (Grupo de investigaciones y estudios por la civilización europea). Sus principales protagonistas son jóvenes que provienen de la Federación de Estudiantes Nacionalistas y que tratan de buscar nuevos caminos tras los fracasos políticos consecutivos de la derecha radical francesa. Uno de esos caminos es precisamente el replanteamiento teórico del nacionalismo, rompiendo con el clásico nacionalismo francés de Maurras o Barrès. Otro ‒no contradictorio‒ es la sustitución del terreno político por el cultural, mediante una interpretación del gramscismo (el corpus teórico del comunista italiano Antonio Gramsci) como teoría del poder cultural; estamos ‒recuérdese‒ en 1968, y el poder del marxismo en la escena intelectual europea es incontestable. En ese contexto de respuesta nace la revista Nouvelle École, dirigida por Alain de Benoist (que tiene entonces 24 años), siempre caracterizada por un alto nivel científico y académico. A Nouvelle École le seguirá, a partir de 1973, la revista Éléments, enfocada hacia un público más amplio, aunque sin salir del terreno estrictamente cultural.

A partir de esos planteamientos iniciales, la ND va a cubrir diversas etapas que pueden describirse como un continuo alejamiento de la derecha convencional y una tendencia creciente a converger con otras corrientes intelectuales críticas que fueron surgiendo en el curso del último tercio del siglo XX, desde el antiutilitarismo del MAUSS hasta el ecologismo. Este recorrido, que no ha dejado de producir crisis y escisiones en el propio campo de la ND, es incomprensible si no se tiene en cuenta que la ND no es una escuela de pensamiento monolítica, centrada en torno al pensamiento de un autor o de una veta doctrinal determinada, sino que ha de concebirse más bien como un laboratorio de ideas: elegida una pista de reflexión, se trata de profundizar en ella, pero sin saber de antemano hacia dónde conducirá el camino escogido.

Las etapas de la Nueva Derecha

Pierre-André Taguieff, que es sin duda el autor que más intensamente ha estudiado el recorrido vital e intelectual de la ND, señala cuatro etapas fundamentales en su trayectoria hasta 1987:

• La “formación del corpus doctrinal”, entre 1968 y 1972. Son los pasos iniciales de la revista Nouvelle École, muy dependientes del “realismo biológico”. Se pone el acento en la desigualdad (interindividual e interétnica) y en el determinismo genético a través de las aportaciones de la antropología física y la psicología heredita-ria (Jensen y Eysenck, etc.) El enemigo principal es el marxismo-leninismo y el movimiento comunista.

• La segunda fase es la de la primera “estabilización doctrinal”, entre 1972 y 1978. Se subraya la idea de élite, se presta atención a la diversidad de los tipos mentales y se critica el efecto del “judeocristianismo” en la historia de Europa. Hace aquí su aparición una doctrina específica centrada sobre el antiigualitarismo y sobre el paganismo europeo. Un neoaristocratismo inspirado en Nietzsche va a articularse ya con el antirracismo diferencialista y con una doctrina científica de la identidad cultural de Europa a través de la integración de la obra de Dumézil. Taguieff señala que es en este momento cuandonace propiamente un “culturalismo de derecha”, la personalidad ya definida de la ND, cuyo enemigo principal ya no es el marxismo, sino el igualitarismo de origen monoteísta.

• La tercera etapa es la de la “readaptación doctrinal”, entre 1979 y 1984. Pasa a primer plano la defensa de las diferencias e identidades culturales, en el contexto de un etnopluralismo y de un relativismo cultural radical ‒en parte tomados de la intelligentsia de izquierda‒ frente al etnocida universalismo occidental. Aquí empiezan a manifestarse los elementos de lo que Taguieff llama una “desderechización ideológica”: rechazo del economicismo y contestación virulenta del capitalismo liberal, denuncia del “reduccionismo” (incluido el implícito en el determinismo genético de la sociobiología), antitotalitarismo y desarrollo de la temática diferencialista. Frente a las abstracciones de la ideología de los derechos humanos (a la que la ND, añadimos nosotros, aplica una crítica inspirada en la formulada por Marx) se opone la “causa de los pueblos” y el “derecho de los pueblos”. Ahora el enemigo principal cambia de rostro y asume la fisonomía de los Estados Unidos: occidentalismo, americanismo, atlantismo, universalismo, liberalis-mo cosmopolita, ideología mercantil…

• Por último, la “segunda focalización doctrinal” (1984-87): asunción del tercermundismo diferencialista, de un posmodernismo "de derecha" y del redescubrimiento de "lo sagrado" como fundamento de la identidad europea "profunda". Frente a la multiplicación de las tendencias dentro de la propia ND, con riesgo del consenso en el núcleo dirigente y en la órbita "neoderecha", se impone una orientación dominante: la defensa de las identidades y del arraigo, el respeto absoluto de las diferencias contra el condominio americano-soviético. La ND ‒señala Taguieff‒ se presenta como el "partido de la diversidad y la tolerancia" frente al "partido de la uniformidad imperialista y de la aculturación de los pueblos". El objetivo metapolítico es "mantener vivas todas las culturas e intentar salvar la diversidad del mundo". La propuesta de una alianza entre una Europa liberada y un Tercer Mundo emancipado, tercera vía frente a los bloques americano y soviético, tenía la ventaja de poder seducir a mentes de todas las procedencias ideológicas, pero también presentaba, a juicio de Taguieff, el inconveniente de provocar la autodisolución de la ND por la desaparición de toda especificidad doctrinal, en beneficio de las convergencias entre facciones diversas de la derecha y la izquierda intelectuales.

Taguieff señala que la estrategia de aproximación entre ND y Nueva Izquierda, sostenida desde 1977, corría el riesgo de terminar diluyendo, por su propio éxito, la personalidad de la ND. La marginación político-ideológica de la ND durante el periodo subsiguiente a la campaña de prensa de 1979 podría acelerar el proceso de descomposición. Y es verdad que, a partir de finales de los años ochenta, la ND entra en una fase de replanteamiento general. A este respecto sería interesante subrayar el progresivo distanciamiento entre las diferentes familias que componían la ND hasta esa fecha. Según la clasificación que propone Taguieff, esas familias eran las siguientes:

• El polo tradicionalista antimoderno, inspirado en Evola y Guénon. Este tradicionalismo empezó a ser criticado como "mito incapacitante" por los principales exponentes de la ND desde principios de los ochenta. En su lugar se asume una interpretación científica del mito inspirada en Jung, Eliade y Gilbert Durand.

• El polo comunitarista nostálgico ‒"romántico-reaccionario", lo califica Taguieff‒, inspirado en la corriente volkisch alemana de principios de siglo, con inclinación hacia un cierto nacionalismo. Este "polo" ha empezado a ser periférico en la ND a medida que se asumían los contenidos del multiculturalismo. Algunos de sus exponentes ‒por ejemplo, Pierre Vial‒ rompieron con la ND para acercarse al Frente Nacional.

• El polo cientifista, de carácter positivista, cuya influencia se ha mermado progresivamente a medida que la ND se desprendía de antiguas orientaciones biologizantes y sustituía la antropología física por la antropología filosófica (a mediados de los años setenta). La apertura hacia el campo de las ciencias ‒añadimos nosotros‒ ha hallado una interesante sustitución en ese cierto "neognosticismo" que parece desprenderse de los análisis de la Física más reciente.

• El polo posmoderno, basado en la propuesta de un espacio geopolítico propiamente europeo y en una interpretación "fáustica" y pluralista (diferencialista) dé la tecnociencia corno poder desuniformizador. Era la línea expuesta por Guillaume Faye, que se separó de la ND a finales de los años ochenta.

• El polo neopagano, etnopluralista, europeísta y "tercermundis-ta", que después de haber integrado a Dumezil y a Louis Dumont en sus análisis ha hecho lo propio con Heidegger, especialmente en su crítica de la civilización técnica y de la metafísica de la subjetividad. Desde nuestro punto de vista, podría decirse que esta es la "familia" más específicamente representada por Alain de Benoist.

Todas estas familias se articularon ("dialécticamente", gusta de decir Alain de Benoist) durante casi veinte años. Pero a medida que el discurso de la ND se decantaba, varias de estas orientaciones fueron desapareciendo o transformándose. En eso consistió esencialmente la crisis de la ND a finales de los años ochenta. Crisis que dio paso a un nuevo periodo (una "quinta fase", por seguir utilizando los periodos de Taguieff) que podríamos denominar como la “fase de la convergencia”, marcada por el acercamiento a exponentes de otras familias "heréticas" de la izquierda: ecologistas, antiutilitaristas, comunitaristas, neopopulistas... El mejor exponente de esa crisis es precisamente la revista Krisis, lanzada por Benoist en 1988 y en cuyas páginas han publicado autores mayoritariamente procedentes de la izquierda. Krisis se considera "de derecha y de izquierda". En respuesta a las preguntas planteadas por Alain Caillé para la revista del Movimiento AntiUtilitarista en las Ciencias Sociales (MAUSS), Benoist declara: «En el panorama político actual veo a los viejos demonios de la derecha (moralismo, liberalismo, nacionalismo, racismo) sumarse a los viejos demonios de la izquierda (economicismo, moralismo, mundialismo, gusto por la abstracción). Veo, sobre todo, un poco por todas partes, la misma pobreza teórica, el mismo conformismo respecto a las modas, la misma reverencia hacia el dinero (...) Constato que generalmente se me acusa en la derecha de tener ideas de izquierda, y en la izquierda de tener ideas de derecha. Pero esto, verdaderamente, no me disgusta". Y un poco más adelante, interrogado sobre sus referencias filosóficas y sus preferencias ideológico-políticas, señala: "Mi filiación, si es preciso dibujar una, sería más bien la siguiente: Rousseau, la Comuna, el socialismo francés (sobre todo Sorel y Pierre Leroux), los no-conformistas de los años treinta, la Revolución Conservadora alemana, el sindicalismo revolucionario italiano y el situacionismo. Extraiga usted las conclusiones que crea oportunas».

Taguieff cree adivinar en esta posición una cierta dosis de "esteticismo y provocación calculada". Otros críticos ‒con peor fe‒ han querido descubrir inconfesables mutaciones estratégicas. Sin embargo, es muy significativo subrayar que un proceso semejante se vivió en una de las prolongaciones más interesantes de la ND: la Nuova Destra italiana. En efecto, también aquí, a partir de los últimos años ochenta y primeros noventa, y al hilo de las transformaciones políticas vividas en ese país, la ND comenzó a diversificarse: mientras autores como Gianno Accame y Marcello Veneziani se vinculaban a la operación de transformación de la derecha radical emprendida por la Alianza Nacional de Fini, y mientras otros exponentes de la ND italiana como el politólogo Alessandro Campi se concentraban en la exploración de la ciencia política, el más genuino representante de esta corriente, Marco Tarchi, profundizaba en las estrechas relaciones ya trabadas con los "heréticos" de la izquierda (Cacciari, Marramao) y marcaba un camino específico que ha terminado siendo la aportación más interesante de la ND en Italia. Puede decirse, pues, que la creciente convergencia con la nueva izquierda es una de las constantes de la reflexión teórica de la ND en los últimos años.

Las razones de una evolución

La gran cuestión es saber si esta evolución es una mera actitud táctica, si es consecuencia de un agotamiento del propio paradigma intelectual de la ND o si, por el contrario, se trata de una deriva que ya estaba en germen en los primeros análisis de la corriente encabezada por Alain de Benoist. En una obra de gran interés que pone en perspectiva casi un cuarto de siglo de reflexión crítica, Alain de Benoist señala que el hilo conductor de esa evolución es la crítica en profundidad del liberalismo, que aparece muy temprano en la ND y que empieza a desarrollarse sistemáticamente desde 1974. Esta crítica histórica y conceptual de la ideología liberal, señala Benoist, «permitió identificar como mitemas liberales ‒mitemas fundadores, constitutivos de la modernidad‒ temáticas tan variadas corno la apología de la selección inspirada, a través del darwinismo social, en un modelo competitivo esencialmente económico (la “selección” de los mejores agentes en el mercado); la ideología del trabajo, ineluctablemente unida a la concepción productivista de la vida; la axiomática del interés, por oposición al sistema tradicional de don y despilfarro; la exaltación de la tecnociencia, derivada del culto burgués al “cada vez más”; la obsesión por la performance mensurable; sin olvidar la metafísica de la subjetividad, que, como ha demostrado Heidegger, se vincula originariamente al individualismo cartesiano y no cambia funda-mentalmente de naturaleza cuando el “yo” individual deja paso a un “nosotros' colectivo”».

La consecuencia más importante de este trabajo de crítica de la ideología liberal fue el descubrimiento de que todos esos mitemas liberales estaban presentes también en ideologías que con frecuencia suelen oponerse al liberalismo: el nacionalismo, el racismo, etc. En efecto ‒explica Benoist‒, muchos nacionalismos, sobre la base de la metafísica de la subjetividad y de la axiomática del interés colectivo, reivindican el valor-trabajo y el taylorismo, se inscriben en una ideología panconflictual que hace del "tribunal de la historia" el equivalente de la "mano invisible" de Smith, defienden un normativismo homogeneizante que conduce a la exclusión de los "desvia-dos" y expresan una voluntad de poder irrazonada (aunque no deje de apelar a la razón calculadora) que no es sino una forma suplementaria de la ideología burguesa de la dominación y de la racionalización de un mundo fundamentalmente percibido como objeto y sistema de objetos. Del mismo modo, siempre según la explicación de Benoist, el racismo moderno sería impensable sin la ideología del progreso, que legitima la desvalorización por principio de las sociedades tradicionales del Tercer Mundo so pretexto de que serían menos "eficaces", menos deseosas de "triunfar" materialmente y, por tanto, menos "civilizadas"; el racismo moderno sería incomprensible sin la obsesión por la medición cuantificable, que deja pensar que las diferencias entre los pueblos y las culturas pueden ser medidas "científicamente", y sin la idea darwiniana o hobbesiana de que la vida es competencia y lucha, y no también amor y cooperación, y de que el hombre es un ser fundamentalmente egoísta que no tiene más meta en su vida que el buscar siempre cómo maximizar su mejor interés.

De esta operación, Benoist deduce un cierto número de conclusiones. Así, la técnica pierde sus virtudes "prometeicas" para limitarse a reflejar la presión del maquinismo sobre la vida. La crítica de la ideología economicista, para no resultar contradictoria, ha de extenderse también a la idea del trabajo, cuya apología remitiría de nuevo a la primacía de la producción y el consumo. La crítica de la uniformización ha de incluir también la denuncia de las exclusiones decretadas en nombre de las normas dominantes. El rechazo de un mundo homogéneo debe inducir una reflexión sobre el pluralismo, los límites del Estado-nación, la legitimidad de las comunidades y la necesidad de volver a una democracia de base. La idea de voluntad-de-poder pasa a convertirse en "voluntad de voluntad", es decir, simple deseo de una dominación sin más objetivo que ella misma y que transforma en objeto a todos los seres. Lo "social" no puede ser confundido con lo económico, y menos aún situarlo por debajo de éste, sino que se convierte en sujeto privilegiado de reflexión; reflexión sobre los presupuestos de la socialidad (el lazo social indispensable para el querer-vivir juntos) o sobre la necesidad de recrear espacios públicos de ciudadanía de base. Al término de esta operación, es comprensible que la ND haya ido desprendiéndose progresivamente de sus familias más "derechizantes".

En cierto modo, el trabajo de la ND durante estos últimos treinta años puede describirse como una destilación ideológica, un proceso de decantación filosófica y replanteamiento general de los principios propios y ajenos, cuyo resultado es una serie de afirmaciones que matizan y aquilatan sus presupuestos iniciales. Así, la crítica del igualitarismo es sometida a criba: permanece la apología de la variedad, de la diversidad, y el rechazo de un mundo homogéneo, pero se elimina todo cuanto en ella pudiera haber de legitimación ‒aun indirecta‒ de la injusticia social, de desprecio de los débiles en nombre del fetichismo del éxito material. Del mismo modo, la defensa del derecho a la diferencia se resuelve en una condena expresa de la tentación de convertir tal derecho en un pretexto para rechazar la existencia del otro: el derecho a la diferencia será un modo de afirmación de sí que sólo tiene sentido si se reconoce absolutamente a todos. Lo mismo vale para el "principio de pertenencia" (a una comunidad, a una cultura): «Yo sólo tengo derecho a defender mi pertenencia ‒escribe Benoist‒ si soy capaz de reconocer el valor de las pertenencias de los otros, y también si soy capaz de reconocer que puede haber pertenencias múltiples». La crítica del universalismo también es objeto de decantación: el universalismo queda desenmascarado, ante todo, en la medida en que es un etnocentrismo depredador extendido a escala planetaria, pero puede oponérsele una idea de lo universal respetuosa para con la diversidad, basada en la preeminencia del Ser y en el reconocimiento de la unidad profunda de un mundo donde reinaría la "unión sin confusión".

Un balance

Es importante subrayar que esta evolución no describe el paso de unas ideas de "extrema derecha" a otras de "nueva derecha" o como se las quiera llamar. La denuncia de los tópicos de la extrema derecha es muy temprana en la ND: la xenofobia se denuncia desde 1974; el nacionalismo centralizador jacobino, desde 1975; el racismo, desde 1976. No se trata, pues, de la "normalización" de un grupo de origen radical, tal y como podría deducirse de los análisis de algunos críticos bienintencionados, pero que desenfocan la cuestión. La trayectoria puede más bien describirse de este otro modo: a partir de un examen renovador de los fundamentos filosóficos del pensamiento "de derecha" (examen acometido inicialmente en un tiempo, los años setenta, de bipolaridades políticas, ideológicas y geopolíticas), la ND ha terminado desarrollando una crítica general de las ideas contemporáneas que la ha conducido hoy a posiciones inesperadas, imprevistas, que pueden ser tanto de derecha como de izquierda, y que han de inscribirse en el proceso general de redefinición ideológica de este fin de siglo. Un proceso de redefinición transversal a las viejas ideologías, que ha llevado a cierta derecha y a cierta izquierda a alinearse tras los principios del libre mercado, la civilización técnica y la mundialización, y a otra cierta derecha y a otra cierta izquierda a alinearse bajo la bandera opuesta del principio comunitario, un antiutilitarismo de fuerte componente ecologista y la defensa de las identidades culturales. La ND se sitúa en este segundo campo, y la reflexión que la ha conducido hasta ahí, seguida en detalle a través de sus distintas etapas, constituye uno de los trabajos intelectuales más estimulantes de los últimos cincuenta años.

Esta constatación resuelve también la pregunta de hasta qué punto las ideas de la ND pueden seguir considerándose "de derecha". Si entendemos por "derecha" un magma doctrinal complejo y variopinto, irreductible a la dimensión economicista de la derecha liberal, el confesionalismo social o el autoritarismo, veremos que muchos de los postulados que hoy son materia de convergencia entre la Nueva Derecha y una cierta Nueva Izquierda se hallan ya en autores clásicos que han sido clasificados "a la derecha": la desconfianza hacia el orden economicista burgués y la nostalgia de una cierta armonía social, la crítica de la civilización técnica y el imperativo de un "retorno a la tierra", la oposición al individualismo egoísta y la reivindicación de las solidaridades comunitarias, la resistencia a la homogeneización sociocultural y la reivindicación de las identidades populares y singulares... Todas estas son ideas que encontramos en muy distintas vetas del "pensamiento de derecha", desde el romanticismo alemán hasta la doctrina social católica. Lo característico de la ND ha sido el llegar a estos principios desde presupuestos estrechamente vinculados a la propia deriva de la modernidad y mediante un trabajo de reflexión, relegitimación y justificación completamente singular, aplicando siempre los modelos teóricos a los problemas concretos de nuestro mundo y nuestro tiempo. 

Desde el punto de vista de la Historia de las Ideas, resulta consternante que este trabajo se vea reducido con tanta frecuencia a la mera descalificación por motivos políticos generalmente imaginarios. Las campañas de prensa desatadas contra la ND en 1979, 1993 y 1997 dan buen testimonio de ello. En 1979 se llegó a acusar a la ND de ser "una secta cátara"'. En 1993, la prensa parisina levantó el irrisorio fantasma de un supuesto contubernio nacional-bolchevique. En 1997, la aparición en la revista Krisis de un "dossier" sobre el arte moderno, donde relevantes artistas franceses opinaban contra las formas contemporáneas de ese arte, desató una nueva tempestad; no tardó en averiguarse que quienes levantaron el escándalo fueron ciertos galeristas, marchantes y críticos de arte que creyeron ver amenazados sus florecientes negocios. Es verdad que todas estas campañas son inseparables del muy deteriorado clima de la vida cultural francesa, pero igualmente cierto ‒y preocupante‒ es que esos mismos métodos han sido importados de forma acrítica e inmeditada por la prensa española. 

Frente a esta verdadera tempestad de estupidez, convendrá recordar la actitud de franco y abierto debate adoptada por personalidades tan distintas como Raymond Aron (el gran maestro liberal), Jean-François Kahn (crítico liberal de izquierda), Jean-Marie Domenach (personalista cristiano), Edgar Morin (el sociólogo del método y debelador de la barbarie). Todos ellos consideraron a la ND como lo que es: una corriente intelectual que no sólo merece, sino que necesita ser sometida a crítica teórica y confrontación sobre ideas y conceptos, sin demonizaciones sumarias ni procesos de intención. La ND, en fin, ha abierto muchas vías de reflexión, algunas contradictorias, y ha suscitado muchas preguntas originales, algunas sin respuesta. La actitud natural frente a este paisaje es explorar las vías de reflexión abiertas y examinar las preguntas planteadas. Eso es lo que exige la inteligencia.