La genialidad del conspiracionismo, por Guillaume de Rouville

 


El conspiracionismo presenta cinco características importantes que resumen su genialidad. Esas cinco particularidades, transformadas en ventajas, hacen comprender, en contraste, los límites epistemológicos del anticonspiracionismo, sus motivaciones profundas y fundamentos ideológicos.  

Como veremos, la conclusión será doble: 

(1) Solo el conspiracionismo permite entender la naturaleza del poder. Su contrario es una emanación del poder cuya vocación es protegerlo y permitirle escapar a la comprensión de aquellos sobre los que el poder se ejerce.

(2) No se dialoga con el poder: o nos sometemos o lo combatimos.  De ello se deduce que los conspiracionistas no necesitan los favores de sus contrarios o de sus dueños, ni excusarse por pensar fuera de lo común o emitir hipótesis de trabajo audaces. Ha llegado la hora de que los conspiracionistas se muestren ofensivos y, frente a la ideología del caos que el poder encarna y proyecta sobre el mundo a través de sus repetidores mediáticos e institucionales, presenten el conspiracionismo como un remedio a las pulsiones mortíferas de la hidra mundialista. El conspiracionismo es un humanismo.

Las cinco ventajas del conspiracionismo son:

1.    Ventaja metodológica

Mientras que el anticonspiracionista se contenta, la mayor parte del tiempo, con enunciar la tesis (oficial, se entiende), su contrario está obligado a trabajar y a profundizar a la vez en la tesis y la antítesis. Así, el conspiracionista tiene un conocimiento agudo de la versión oficial y de los argumentos de la versión opuesta. Esto le obliga a buscar y comprender con más profundidad los hechos, a presentarlos en un orden coherente y a someterlos a un examen crítico intenso.

Ya sea en el caso del 11 de septiembre o el calentamiento climático, solo los conspiracionistas aplican el principio de contradicción, principio fundamental para periodistas, historiadores y jueces, que deberían examinar metódicamente y en profundidad las tesis que tienen delante antes de pronunciarse sobre el fondo del asunto del que se ocupan. El anticonspiracionista no ve lo absurdo de su posición que consiste en pensar que la versión oficial siempre es la buena (como la razón del más fuerte). La consecuencia es la prohibición de cualquier alternativa, contradicción o posibilidad de cuestionar la versión de los hechos una vez que ya ha recibido el sello oficial y ha sido enunciada en las ondas de los medios dominantes. 

El anticonspiracionista encierra así lo real en una forma fijada por los siglos de los siglos. Se comporta como el guardián de una prisión donde los recalcitrantes son vapuleados, lejos de  la mirada de las multitudes, mientras su voluntad de independencia y franqueza se mantenga. Reeduca y tortura a los que no siguen las consignas o su catecismo y no los devuelve al terreno público hasta que han perdido su pretensión de decir su parte de verdad. El conspiracionista libera los hechos encadenados que encuentran todo su sentido escondido y su autonomía; los deja al aire libre donde la verdad y lo real se mueven como quieren. 

Como el conspiracionista no tiene derecho a los argumentos de autoridad (por ejemplo, la invocación de un posible “consenso científico” de los expertos sobre el calentamiento climático) y como está sometido a la crítica permanente, tiene que convertirse en un orfebre en su ámbito para poder contrarrestar a un adversario que se contenta con repetir un mensaje unívoco y barre de un golpe de mano desdeñoso los argumentos que se le ofrecen. 

El conspiracionista busca dar un sentido a aquello que, aparentemente, no siempre lo tiene. No se contenta con dejar lo inexplicable inexplicado. Si tres edificios se derrumban mientras que solo dos han sido impactados por aviones, el conspiracionista intenta comprender este fenómeno raro apelando a causas humanas y físicas que están en el orden natural de las cosas. Ahí donde el anticonspiracionista, sin ideas ni argumentos, terminará por contentarse con alzar los hombros, su contrario buscará las causas humanas (voluntades) si las causas físicas (mecánica de los cuerpos y los fluidos) no son suficientes.

Por su parte, el anticonspiracionista no dudará en reinventar las leyes de la física solo para la ocasión, con el fin de prohibirse pensar más allá de la tesis oficial. Si tuviera que aventurarse en el terreno resbaladizo de una hipótesis alternativa, podría llegar a tener que designar un culpable inesperado, descubrir un acto humano o incluso un acuerdo entre varias personas conscientes de sus actos. Así, para explicar la ausencia de trozos de avión en el Pentágono o en Pensilvania en septiembre de 2001, el anticonspiracionista apelará a la posibilidad de que los aviones se hayan gasificado (tesis defendida por el prestigioso periódico Le Monde), añadiendo, de paso, algunas reglas nuevas a las leyes de la termodinámica. Nunca se le ocurriría que una mentira voluntaria puede estar detrás de lo inexplicable. En el mismo orden de ideas, en las guerras realizadas por las democracias occidentales, pueden darse acontecimientos naturales que no resultan de ningún pensamiento maléfico ni voluntad humana. 

Resumiendo las ventajas metodológicas de este pensamiento, se puede decir que el conspiracionista trabaja más, conoce mejor de qué habla y los argumentos de todas las partes, no se basa en argumentos de autoridad para desarrollar sus ideas y acumula los elementos de prueba para justificar sus razonamientos y dar sentido a los hechos que se desarrollan ante sus ojos. 

Esas son razones que explican que los anticonspiracionistas no responden casi nunca positivamente a las propuestas de diálogo que les hacen sus contrarios: saben, en efecto, que terminarán pulverizados por los argumentos del de enfrente. Para justificar este rechazo, clasifican a sus adversarios bajo la apelación genérica y cómoda del “bando del odio”, poniendo así entre ellos y los conspiracionistas un cordón sanitario emocional que sería difícil y peligroso romper impunemente. Esta técnica de la retórica de la descalificación, a la que suele añadirse amenazas e injurias, es la prueba de que, en el terreno del método, el conspiracionista empuja a su adversario hacia sus últimos escondrijos, cuando este ya está al borde de su propio abismo intelectual. 

2.    Ventaja psicológica

El conspiracionista no tiene prejuicios ni tabúes. Lo impensable es siempre posible. Si el conspiracionista navega así, por método y por prudencia, en la ola de la sospecha y no da su confianza a cualquiera, trata a todo el mundo por igual, a los poderosos igual que a los débiles, les escucha con la misma atención, sin buscar sus susceptibilidades respectivas. Lo que quiere es comprender y no justificar. 

Por su parte, el anticonspiracionista está encerrado en el dogma de la infalibilidad democrática, lo que le prohíbe automáticamente todo un campo de posibilidades. En el plano psicológico, es incapaz de imaginar que nuestros dirigentes democráticos puedan hacer el mal intencionadamente. Este es el prejuicio que, a ojos de los conspiracionistas, vuelve a sus contrarios ciegos para la comprensión de una parte importante de nuestro mundo. Para decirlo con más claridad, los anticonspiracionistas se ven en la incapacidad de entender la naturaleza y el funcionamiento del poder. No ven que el poder, ontológicamente, es una física de la obligación y una metafísica de la dominación. 

El anticonspiracionista está tan centrado en esta opinión que se convierte en una especie de artículo de fe. No podrá nunca imaginar que nuestros dirigentes puedan, por ejemplo, con todo conocimiento de causa: impedir la utilización de un remedio barato y eficaz contra un virus, primo del de la gripe, con el fin de favorecer una solución imaginaria e hipotética (la vacuna) durante una pandemia anunciada. Pandemia que no es tanto el resultado de una incompetencia generalizada de nuestros responsables como de un caos organizado por estos últimos como si fuera un juego de rol mundialista planetario; aliarse con movimientos terroristas islamistas par hacer caer regímenes laicos en Libia y Siria recurriendo a actos de terrorismo a gran escala y organizando la masacre y el gaseo de poblaciones enteras, acusando al campo contrario de tener la responsabilidad. Semejantes conclusiones irían más allá de sus fuerzas psicológicas y le llevarían, sin duda, al borde de la crisis nerviosa y la histeria. 

Así, para el anticonspiracionista, la democracia occidental no puede cometer crímenes puesto que no puede tener malas intenciones: solo mata debido a daños colaterales, nunca voluntariamente. En consecuencia, no se le pueden imputar crímenes en masa, solo errores circunstanciales y contextuales que han generado trágicas consecuencias humanas inesperadas. La culpabilidad de la democracia occidental no va más allá de la de un alumno que podría haberse esforzado más.

Los anticonspiracionistas solo ven y admiten conspiraciones entre los terroristas musulmanes o los rusos, iraníes o chinos, cuando eso les convenga y sostenga sus representación de un mundo binario (ellos contra nosotros). Ahí, en general, no exige ninguna prueba tangible, basta con designar los culpables para conservar la convicción de la multitud conformista de los burgueses ilustrados que solo temen emitir unas hipótesis y, todavía más, ofrecer teorías que saldrían de la vulgata publicada regularmente en los medios oficiales (Le Monde, The Guardian o el New York Times).

3.    Ventaja conceptual

El conspiracionista ofrece herramientas intelectuales para comprender el mundo. Propone unos términos (suyos o no) para designar los hechos, los fenómenos difíciles de entender o concebir: mundialismo, atlantismo, imperio, oposición controlada, estado profundo, satanismo, nuevo orden mundial, dogma de infalibilidad, crímenes mediáticos, retórica de la descalificación, son todos ellos conceptos que permiten salir de la mansedumbre en la cual el complejo mediático-industrial progresista nos mantiene, con el fin de entender mejor el mundo en el que nos movemos. 

El conspiracionista aprecia la claridad de un concepto ahí donde el anticonspiracionista prefiere la confusión, la ausencia de sentido y de significado, o el sentido inverso de lo absurdo: no el misterio que podría abrirnos la puerta de una trascendencia que trajera la esperanza, sino el vacío como explicación universal. El anticonspiracionista no nos deja más que un campo de batalla semántico caótico donde la nada y la ambigüedad son dueñas de lo real y de nuestras neuronas. 

Impedir la comprensión de lo real y la emergencia de conceptos explicativos es, sin duda, uno de los objetivos del poder para seguir siendo “el poder” y perseverar en su ser. Su objetivo es que no se le pille, ser impensable e impensado, para no ser combatido. Un totalitarismo del cual ignoráramos la opresión no suscitaría sin duda otra oposición más que la controlada. Eso es lo genial de la democracia representativa, instrumento privilegiado de la oligarquía occidental, que consigue que no podamos establecer claramente los vínculos de causalidad entre las decisiones humanas de algunos y la larga cadena de infortunios de los pueblos. 

4.    Ventaja moral

El conspiracionista tiene una ventaja moral inmensa en relación a su contrario ya que debe mostrar más valentía y afrontar las difíciles consecuencias sociales de sus reflexiones. Mientras que el anticonspiracionista y buen conformista adorador de la normalidad social no hace más que repetir las palabras del evangelio mediático-político que se le sirve cotidianamente, el conspiracionista sabe que tendrá contra él a los poderosos y la masa de los burgueses ilustrados que pueblan los círculos de los múltiples lugares sociales en los que la vida nos hace participar.

El conspiracionista acepta constantemente riesgos en su vida profesional y privada, simplemente por emitir dudas y proponer explicaciones alternativas: no se cuenta ya la cantidad de conspiracionistas expulsados de sus puestos por haber emitido algunas hipótesis diferentes sobre el 11 de septiembre, la implicación de las democracias occidentales en el terrorismo islámico o la responsabilidad del CO2 en el calentamiento climático. Si la valentía no da la razón, tiene un valor intrínseco que distingue netamente al conspiracionista del burgués ilustrado conformista que tiene como adversario.

El conspiracionista se atreve a denominar el mal, se atreve a designar a los poderosos y las potencias que están detrás de esas manifestaciones humanas: no se contenta, como los profesionales de la revuelta, con atacar a unas abstracciones (por ejemplo, el capitalismo); confronta a poderes concretos (dentro del que la suma de vínculos y las alianzas hace y revela el poder en toda su potencia y perjuicios) y designa a los responsables. Para el 11 de septiembre, designará de buen grado al grupo de neoconservadores como responsables o al menos cómplices de los atentados; hará el retrato detallado desgranando su currículum y las pruebas. Respecto a la histeria sanitaria mundialista desencadenada en la primavera de 2020, no dudará en señalar el rol de Bill Gates y de los dirigentes de la OMS, de algunas compañías farmacéuticas (como Gilead) o de algunos medios en el desencadenamiento de esta experiencia orwelliana a escala mundial. 

El anticonspiracionista, cuando denuncia, más bien lo hace como delación ya que lleva al señalamiento mediático y judicial, a la censura y a la persecución judicial a los lanzadores de alerta que no tienen, en general, más que su lápiz para defenderse. El anticonspiracionismo utiliza de buen grado la amenaza y la intimidación para hacer callar a los que se aventuran fuera del los caminos trillados: la retórica de la descalificación y la histeria emocional son sus herramientas preferidas.

Así, mientras que el conspiracionista denuncia a los poderosos y se pone voluntariamente en su punto de mira, su contrario establece listas de oponentes aislados que hay que ejecutar en la plaza pública sin darles la palabra. Hay algo de Cyrano de Bergerac en el conspiracionista: aunque no tenga siempre razón, por supuesto, avanza envuelto en su independencia y franqueza y reivindica el derecho a equivocarse. 

Los conspiracionistas son, a la vez, una disidencia y una resistencia. Pueden ser incluso los únicos que se oponen a las experiencias orwellianas que las democracias oligárquicas nos imponen de vez en cuando para erosionar su poder: histeria sanitaria, histeria recalentada, histeria anti-Trump (que no es más que el síndrome de una histeria contra los soberanistas y los partidarios de la diversidad de las naciones), etc. En realidad, el anticonspiracionismo es una histeria. 

5.   Ventaja predictiva

Cuando se hace un balance del conspiracionismo de las dos últimas décadas, lo que sorprende es la increíble capacidad de este para tener razón, para predecir lo que va a pasar. Analizando con seriedad y pertinencia el presente y el pasado reciente, el conspiracionismo es capaz de entender mejor las grandes orientaciones que se perfilan ante nosotros, mejor que todos los expertos reunidos en cónclaves oficiales. 

La demostración de la fuera predictiva de este pensamiento ha sido particularmente espectacular durante el episodio de totalitarismo sanitario y de seguridad que hemos vivido todos nosotros en la primavera 2020. A los modelos predictivos delirantes (muchas veces, informáticos) invocados por los comités “científicos” puestos en marcha en todo Occidente durante esta crisis sanitaria que preveía el apocalipsis, los conspiracionistas opusieron el sentido común, el análisis cartesiano, el razonamiento y la sangre fría, y pudieron así identificar soluciones eficaces que eran negadas por todos los medios dominantes, metidos en una histeria destinada a hacer perder el entendimiento colectivo. El conspiracionista consiguió extraerse del ruido y del furor de la actualidad y tuvo razón en todo: del análisis del problema a la propuesta de un remedio. No teniendo prejuicios ante nadie, el conspiracionista escuchó a todas las partes y pudo comprender al vuelo lo real antes de que fuera confiscado y desfigurado por los torturadores de la información que sustituyeron todo por el miedo como único vector de la representación del mundo. Contaremos esto en detalle en un artículo aparte.

Desde el comienzo del conflicto en Siria, solo los conspiracionistas sabían que el Presidente el-Assad estaba apoyado por la gran mayoría de su pueblo y no estaba al borde del precipicio, aunque todos los periódicos occidentales anunciaban en sus columnas el fin inminente del “régimen sanguinario”. En cuanto al Russiagate y la implicación del clan Obama en el espionaje del que fue objeto Trump en 2016 y 2017, solo los conspiracionistas comprendieron que se trataba de un intento de desestabilización de un candidato (después, de un Presidente) que no era lo suficientemente mundialista, por parte del Estado profundo americano y que ningún elemento permitía afirmar que se tratara, de cerca o de lejos, de un agente ruso (todos los documentos desclasificados confirman este análisis). En cuanto al calentamiento climático, las numerosas victorias epistemológicas han ganado contra las predicciones arrogantes y falsas de la “unanimidad” de los científicos del planeta y de una opinión pública mundial recalentada por una amenaza que no existe más que en los modelos informáticos delirantes de los mercaderes del miedo.

El conspiracionismo es la gran aventura humana, intelectual y política de nuestro siglo. Si queremos que el hombre perdure en sus fundamentos humanos, lejos de las promesas del transhumanismo y la técnica que quieren imponernos sin debate, ya es tiempo de afirmar lo que somos: un humanismo. 

“Lo propio del prestigio es impedir ver las cosas tal y como son y paralizar nuestros juicios. Las masas siempre tienen necesidad de opiniones hechas y los individuos también las necesitan con frecuencia. El éxito de estas opiniones es independiente de la parte de verdad o de error que contengan: depende únicamente de su prestigio”. (Psicología de las masas, Gustave Le Bon, 1895). Fuente: L´idiot du village.org