La hidroxicloroquina: Las instituciones científicas están lejos de ser infalibles. Entrevista a Philippe Lemoine, por Etienne Campion


Un culebrón. Pensábamos que los debates sobre la hidroxicloroquina se habían terminado con la publicación de un estudio en The Lancet, la prestigiosa revista médica. Mediante el empleo de un método llamado “retrospectivo” sobre 96.000 pacientes, daba la impresión de no ofrecer ninguna duda sobre el resultado. El ministro de Salud francés firmó incluso un decreto para prohibir la prescripción del medicamento. Sin embargo, varios científicos de renombre han cuestionado el método utilizado. Además, la revista ha publicado también una retractación. Estudiamos este asunto con Philippe Lemoine, especialista en Filosofía de las Ciencias y la Lógica y autor en el blog Nec Pluribus Impar. Cuestiona la credibilidad otorgada a este estudio por parte de las autoridades sanitarias y el problema del seguimiento de los temas científicos en la prensa.

Un estudio de The Lancet del 22 de mayo ha llevado al ministro de Sanidad a solicitar un informe del Alto Comité de Salud Pública sobre la utilización de hidroxicloroquina en el marco del Covid-19. Sin embargo, dicho estudio está siendo muy criticado por su metodología. ¿Cuál es su opinión?

En el plano metodológico, este estudio no es satisfactorio y no debería haberse publicado nunca en el estado en el que estaba. Sin entrar en detalles, el mayor problema es que existen muchas razones para pensar que los ajustes estadísticos realizados por los autores para comparar el grupo testigo con el grupo experimental no eran suficientes. En otros términos, hay muchas posibilidades de que, si el estudio ha concluido que los pacientes que han recibido un tratamiento con hidroxicloroquina tenían más posibilidad de fallecer que los que no lo habían recibido, era en parte porque se trataba de pacientes con más riesgos, más susceptibles de morir por Covid-19. Los autores han realizado ajustes estadísticos para evitar un sesgo en la comparación, pero no lo han hecho correctamente y, sobre todo, no tanto como habrían podido. 

Por ejemplo, su estudio se basa en una muestra de más de 96.000 pacientes en 671 hospitales repartidos en varios países de todos los continentes, pero no han tenido en cuenta esta heterogeneidad. Se sabe que la tasa de mortalidad de base puede variar en gran medida de un país a otro, e incluso entre las regiones en el seno de un mismo país. Así, es posible que los hospitales que utilizaban más a menudo la hidroxicloroquina estuvieran también situados en lugares donde la tasa de mortalidad de base era más elevada, en cuyo caso el análisis de los autores habría concluido que el tratamiento aumentaba el riesgo de mortalidad incluso aunque este no tuviera efecto sobre ella e incluso la redujera. Existen técnicas estadísticas muy conocidas para protegerse contra este tipo de posibilidad, pero los autores no las han utilizado.

Pero ¿por qué se comportaron así? No hay ninguna excusa y los correctores del artículo tendrían que haber exigido que lo hicieran antes de recomendar su publicación. Puede ser que lo hicieran y fuera el editor de The Lancet quien les ignorara; nunca lo sabremos. Añado que no soy el único que critica la metodología del artículo: 180 profesionales de la estadística y la epidemiología han firmado una carta abierta a los autores del estudio y al editor de The Lancet.

Precisamente, los firmantes de esa carta subrayan también cierto número de dudas sobre los datos utilizados, que habrían sido facilitados por una empresa llamada Surgisphere. ¿Qué piensa de esta polémica?

Hay cierto número de cuestiones raras en los datos del estudio y, lo poco que se sabe de la empresa Surgisphere, no inspira confianza, pero esto no quiere decir que se hayan inventado los datos. La revista publicó, en un primer momento, una corrección que respondía a algunas de las dudas pero esta deja en el aire el grueso de las críticas. De hecho, ante la amplitud del caso, la revista publicó una retractación por el cuestionamiento de los datos. Surgisphere ha anunciado una auditoría independiente para tranquilizar a la comunidad científica pero, mientras no se conozcan las conclusiones, no se podrán disipar las dudas. Ya no es ni siquiera seguro que ese estudio apague el incendio que se ha originado: el análisis estadístico no era el adecuado. 

Se puede estar en desacuerdo sobre si hacía falta autorizar la utilización de hidroxicloroquina pero, sea cual sea la postura de cada uno, no veo cómo un estudio semejante, de cuyos resultados no nos podemos fiar, podría justificar semejante cambio en la actitud oficial hacia la prohibición.

Los medios también han hablado del estudio. Después del “Lancet Gate”, ¿Qué se podría decir de la cobertura de los temas científicos en la prensa?

Rara vez los periodistas son competentes para leer de manera crítica un artículo científico. No es una sorpresa que no hayan visto que este estudio presentaba limitaciones importantes que llevaban a conclusiones dudosas. Antes de hablar de un estudio científico, deberían preguntar a varios expertos para obtener sus opiniones, pero esto lleva un tiempo y se corre el riesgo de perder una portada que un competidor seguro que publicará en su lugar.

Es un problema típico de acción colectiva: todos los medios saben que, colectivamente, sería preferible esperar e invertir tiempo en ver surgir las reacciones de la comunidad científica, pero ninguno quiere esperar para ver la información publicada. En un entorno tan competitivo como el de la prensa, semejante solución es improbable.

En el momento de la publicación de este estudio y, a pesar de los problemas metodológicos, una parte de los periodistas aprovechó para enterrar la pista de la hidroxicloroquina. ¿Por qué?

Así es, estoy sorprendido por la manera en la que esta cuestión, que es muy técnica y poco susceptible de interesar a las masas, se ha convertido en un reto ideológico y político. Creo que esto dice mucho sobre la intensidad de la polarización ideológica y política en el mundo occidental. Por un lado, los partidarios del Dr. Raoult le tratan como si fuera un oráculo y atacan a cualquiera que diga la menor crítica, acusándolos de estar a sueldo de la industria farmacéutica. Por otro, los contrarios al infectólogo marsellés están convencidos de defender a la ciencia contra los oscurantistas que no entienden nada, mientras el episodio de The Lancet muestra que eran igual de incapaces de leer un análisis de forma crítica que las gentes a las que acusan de incultura científica.

Lo que consideran como cultura científica no es más que una deferencia hacia las instituciones tradicionales como las revistas científicas prestigiosas. Pero no creo que esta se base en una verdadera comprensión de fondo. El problema es que, como hemos visto, las instituciones científicas tradicionales están lejos de ser infalibles y que, en muchos casos, son francamente mediocres. Al contrario de la visión ingenua que tienen muchas personas, las autoridades científicas, igual que los editores, son seres humanos que cometen errores, pueden ser incompetentes y no se mueven solo por la búsqueda de la verdad. La mayor parte de los contrarios al Dr. Raoult tiene una creencia ingenua en las virtudes del examen por los colegas o “peer review” en inglés, al menos en el caso de revistas como The Lancet. 

Sin embargo, no solo ese procedimiento está lejos de ser una garantía de calidad sino que los lectores de textos científicos saben muy bien que se publican regularmente artículos de calidad muy dudosa e incluso nula. A los editores les mueve el deseo de ver su publicación en la portada de los periódicos, así como también consideraciones políticas e ideológicas que no tienen nada que ver con la calidad de lo publicado [...] 

La investigación médica y la ciencia, ¿corren el riesgo de verse desacreditadas?

Como lo ha explicado el economista Alexandre Delaigue, con la pandemia de Covid-19 estamos asistiendo al probable hundimiento del mito de la ciencia según el cual, aparte de algunos casos raros de invención de datos y otros tipos de estafa científica, las revistas con comité de lectura prestigiosas publican la verdad científica. Creo que el hundimiento de este mito es algo bueno, pero es raro que un mito se derrumbe sin dolor. En este caso me temo que, en un primer momento, se producirá una desconfianza generalizada e injustificada frente a las autoridades científicas. Creo que la solución consistiría en abolir el examen por los colegas antes de la publicación de un artículo. Las revistas científicas podrían ser sustituidas por los archivos de artículos científicos en internet y un examen transparente realizado por los congéneres después de la publicación. Pero es una solución controvertida y no espero que se llegue a ello antes de varias décadas. De todas formas, los científicos van a tener que aprender a vivir con el fin de ese mito que protegía su autoridad. Una vez rotos, los mitos no resucitan nunca. © Traducción: Esther Herrera Alzu. Fuente: Marianne.