La Nueva Derecha: balance provisional de una escuela de pensamiento, por Jean-Yves Camus


Ni partido político, ni cenáculo literario; ni sociedad secreta, ni enésimo avatar de una “internacional fascista”, la Nueva Derecha (ND) cumple cincuenta años, porque su fundación, en Francia, data del debut del año 1968. Es entonces posible, a la vista de su abundante producción escrita y de la evolución y recomposición de las derechas franceses desde entonces, intentar esbozar un balance, forzosamente provisional, de su acción. Objeto más de polémicas que de estudios, la ND y su organización, el GRECE, deben ser, ante todo, definidos precisamente en el espacio intelectual y político. Para, a continuación, si es posible, aislar sus líneas de fuerza en el pensamiento que elabora, para después trazar sus éxitos y sus fracasos, que en la mente de sus fundadores han sido, nada más y nada menos, que una revolución de los espíritus en el campo político, en función de una visión lineal de sus posicionamientos ideológicos, al menos en los círculos de “la derecha”. Pero hay que aclarar que esta ND no tiene nada que ver con la surgida en el ámbito angloamericano (o sea, la liberal-conservadora, conocida como “new right”), error bastante frecuente que debe ser totalmente descartado, por ser ambas totalmente opuestas ideológicamente.

Una nebulosa internacional explosiva y plural

Otra falsa concepción consiste en reducir la ND a un fenómeno intelectual francés, Ciertamente, la ND tiene su origen en Francia y lleva consigo la marca incontestable de su teórico más conocido, Alain de Benoist. La ND fue objeto de las polémicas más vivas, en los años 1978-80 y en 1993, desde la publicación en el diario Le Monde de la “llamada a la vigilancia” signada por cuarenta intelectuales. Sin embargo, sólo el habitual provincialismo de las controversias hexagonales impide ver que la ND es, al menos, una escuela de pensamiento a escala europea, y que, además, en Alemania y en Italia particularmente, tiene una influencia comparable a la que posee en Francia. Escuela de pensamiento, pues, que posee un tronco común y una red de intercambio y difusión de ideas. Pero la ND no es ‒ni lo ha sido nunca‒ una escuela dogmática, centralizada, homogénea, pues presenta tantas facetas como declinaciones en los diferentes países, y que ha mutado con el curso del tiempo tanto por evoluciones como por rupturas. La ND tiene, como escribía Eugen Weber respecto de la Action Française, “amigos extranjeros”.

Actualmente, podemos distinguir diversas ramas o facciones dentro de la familia neoderechista. La primera está constituida por el GRECE y las publicaciones que se le vinculan (Éléments, Nouvelle École y, en menor medida, Krisis, que es, ante todo, una empresa intelectual personal de Alain de Benoist), así como por el grupo de publicaciones extranjeras que se le emparentan. En su número de febrero de 1999, titulado “La Nueva Derecha del año 2000”, la revista Éléments nos proporcionaba una lista: la revista belga neerlandófona Tekos, dirigida por Luc Pauwels; las italianas Trasgressioni y Diorama letterario, dirigidas por Marco Tarchi; el semanario berlinés Junge Freiheit; el semanario vienés Zur Zeit, dirigida por Andreas Mölzer; la revista argentina Disenso, dirigida por el “peronista de izquierda” Alberto Buela; la revista rumana Maiastra, publicada por Bogdan Radulescu; la revista portuguesa Futuro-Presente, animada por Jaime Nogueira Pinto; y la revista española Hespérides, dirigida por José Javier Esparza en el momento de su desaparición. No es difícil comprender que esta lista es un patchwork de posicionamientos ideológicos divergentes. 

La segunda rama de la familia neoderechista estuvo constituida por la red Synergias Européennes, con base en Bruselas y dirigida por Robert Steuckers. Se trata, en cualquier caso, de una escisión de la precedente, provocada en 1992, en principio, por una cuestión de incompatibilidad personal entre Steuckers y Benoist, pero que reposa igualmente sobre concepciones tácticas y opciones intelectuales divergentes. Resumidos rápidamente, los reproches formulados por Steuckers al GRECE son el estéril repliegue sobre la metapolítica y la elaboración de un pensamiento desencarnado por relación a lo real; el censurable desdén por la geopolítica y las ciencias jurídicas, indispensables para proponer una organización política concreta en el espacio cultural europeo. En fin, la aceptación por Benoist de la permanente presencia de las comunidades inmigrantes sobre suelo europeo, posición firmemente combatida por Steuckers que no ve en las mismas más que “etnias de paso, no asimiladas porque son demasiado numerosas y porque desarrollan economías paralelas que desembocan, frecuentemente, en redes mafiosas”. Menos expuesto mediáticamente que el GRECE, el movimiento de Synergias Européennes causó gran ruido en el asunto concerniente a la implantación duradera de un núcleo de profesores neoderechistas en la universidad de Lyon-III, que dio lugar a la creación de una comisión de investigación. Además, las publicaciones dirigidas por Steuckers tienen gran interés: esta figura neoderechista tiene una sólida cultura filosófica y política. Posee, por otra parte, una innegable ventaja sobre la mayoría de sus antiguos camaradas (convertidos en rivales) al ser simultáneamente francófono y germanófono, posición bilingüe ‒y multiidentitaria europea‒ desde la que reprocha al GRECE su ausencia de referencias alemanas, de ignorar la lengua practicada al otro lado del Rin, así como la cultura de la Mitteleuropa. 

Por último, una tercera rama, más informal, es la que se agrupa en torno a Guillaume Faye. Después de haber sido una de las esperanzas intelectuales del GRECE, se alejó del grupo en 1986, intentando participar en la escena política y retornar al mundo de las ideas con la publicación, entre 1998-2000, de varios libros en los que recobra su antiguo gusto por el futurismo, la técnica y la moda, si bien demasiado centrados sobre las cuestiones raciales. La idea obsesiva de Faye en la del ineluctable enfrentamiento físico, sobre suelo europeo, entre las etnias “de origen” y las “alógenas”, musulmanas y otras de color. La violencia de su discurso, que le valió una condena de los tribunales tras la publicación del libro “La colonización de Europa”, le ha permitido encontrar una fiel audiencia en los cenáculos de la extrema-derecha, especialmente en el seno del movimiento völkisch, es decir, Terre et Peuple de Pierre Vial y Synergies Européennes de Robert Steuckers, mientras que Alain de Benoist y Charles Champetier tomaban distancias.

Después del 11 de septiembre de 2001, la fobia antimusulmana se ha convertido en el centro teórico de un cierto pensamiento de derecha (que no debe confundirse con la crítica política y religiosa del islamismo radical) y ha hecho aceptables las teorías de Faye. Pero esta situación ha colocado a la subfamilia neoderechista en un impasse político: por una parte, el segmento de la xenofobia antimusulmana fue ocupado, en la derecha radical, por el Front National y, en menor grado, por el MNR; por otro, la relativa benevolencia de esta corriente hacia Israel, en tanto que Estado en confrontación directa con los países musulmanes y el islamismo, no sentó bien en las filas de un movimiento donde el antisemitismo siempre ha estado latente. 

Para completar este cuadro, también mencionaremos, si bien en los márgenes de las corrientes precedentes, la existencia de la revista bruselense Antaios, animada por el filósofo Christopher Gérard. Nos parece sumamente remarcable en cuanto este grupo se reclama de un paganismo no solamente estético, o de pura reacción al judeocristianismo, como es habitual en el seno de la ND benoistiana, sino operativo, dicho de otra forma, de una religión pagana.

La ND es, por tanto, “abundante”. Algunos observadores, en razón del tradicional “efecto lupa” que puede extraviar el punto de vista del investigador, han interpretado esta multiplicidad de órganos de expresión, a los que habría que añadir los innumerables coloquios y conferencias, como prueba de la potencia innata de la ND. Pero nada más lejos de ello. Se trata, simplemente, de algo que está en la naturaleza misma de un proyecto cultural, metapolítico: multiplicar las intervenciones en los campos más diversos, implicar a militantes y compañeros de ruta en un máximo de iniciativas, ya sean políticamente transversales o vayan globalmente en el sentido del proyecto neoderechista. Vemos así cómo los cuadros de la ND lanzan en marzo de 1999 un llamamiento contra la actuación de la OTAN contra Serbia; interesarse por la ecología en la versión propuesta por Edouard Goldsmith y Laurent Ozon; firmar una petición de apoyo a Edgar Morin después de su condena en 2005 por difamación racial, etc. De hecho, esta impresión de una presencia por todas partes es la máscara que oculta un aislamiento cada vez más amplio dentro de la esfera intelectual y mediática francesa. ¿Cómo ha podido producirse esta marginalización?

La Nueva Derecha francesa: una vocación abortada de think-tank político

El primer factor es el rechazo de la derecha gubernamental, neogaullista y giscardiana, en adoptar la lógica ideológica de la ND e integrar sus propuestas. Aunque se quería “metapolítica”, la ND nunca excluyó influir en un eventual rearme intelectual de la derecha con vistas a la reconquista de las posiciones que había perdido en beneficio de una izquierda entonces hegemónica en el campo cultural. El instrumento de esta influencia era, entonces, el Club de l´Horloge, especie de think-tank que agrupaba a periodistas, ensayistas y altos funcionarios. Fundado en 1974 por Yvan Blot, Jean-Yves Le Gallou y Henry de Lesquen (su actual presidente), y durante un tiempo con la protección de Michel Paniatowski, el club produciría varias obras muy comentadas entre la derecha (por ejemplo, “Las raíces del futuro”) y que estaban inspiradas por lo que podría calificarse de elitismo, incluso de social-darwinismo, que devendría, progresivamente, en un nacional-liberalismo en materia económica. Las controversias en torno al GRECE, en 1979, obligó a los “horlogers” a alejarse del núcleo de la ND, tomando sus distancias, mientras que la derecha gubernamental también tomaba sus distancias con el Club de l´Horloge a partir de la adhesión de un cierto número de sus dirigentes al Front National, en 1985, en lo que se consideraba una simple pasarela entre la nueva derecha y la derecha clásica. El segundo factor de marginalización de la ND es su evicción, en 1981-82, de la gran prensa nacional en el seno de la cual había adquirido una posición de influencia, cuando en 1977 Robert Hersan había tomado el control de Le Figaro y de Figaro-Magazine, cuya redacción estaba en manos de Louis Pauwels, Patrice de Plunkett y Jean-Claude Valla, siendo Alain de Benoist uno de los cronistas regulares, igual que en el seno del grupo Valmonde, dirigido por Raymond Bourgine.

En fin, la ND fue víctima de la posición hegemónica que el Front National adquirió en la derecha radical en las décadas de los años 80 y 90, así como de sus éxitos electorales y de su impacto mediático. El antifascismo militante, que se focalizaba sobre el FN, permitió a la ND evolucionar sin adversario, sumida en la más completa indiferencia. La omnipresencia mediática de Le Pen, que desarrollaba una retórica simplificadora, binaria y antiintelectual, redujo los espacios de expresión que podían haber estado reservados a Benoist y el GRECE, portadores del evidente hándicap de un pensamiento complejo. En fin, el reiterado rechazo de la izquierda, y de la inmensa mayoría de los intelectuales de izquierda, para negarse a un diálogo con la ND (mientras que sí se produjo en Italia y en Alemania), la ha llevado a encerrarse sobre sí misma, situándola en una posición propiamente insostenible: la que consiste en dirigirse a un público que se reconoce en la derecha radical, mientras que ella se aleja de la misma por su discurso y su pensamiento. Es este impasse el que explica certeramente la actitud de Alain de Benoist frente a las publicaciones del Front National, partido sobre el que Benoist expresa, desde mediados de los años 80, una franca hostilidad, pero al que las otras facciones de la ND continúan dirigiéndose, como hacen las revistas nacional-revolucionarias Jeune Résistance, Terre et Peuple y Résistance, así como las publicaciones maurrasianas como L´Action Française, Bulletin Charles Maurras, y algunas católicas integristas como Certitudes pour una catholicité baroque.

La Nueva Derecha ¿es nueva?

Se podrá objetar que la ND no lo es por los indicios de que se trata de una empresa dirigida a la reactualización, por eufemización, de los temas clásicos de la derecha radical. Desde que el GRECE fue conocido más allá de los círculos frecuentados por sus fundadores, la ND fue objeto de virulentas críticas, desde los medios maurrasianos y católicos, y despúes desde la izquierda, que veía en ella, con alguna razón, un neofascismo que resurgía en la extrema-derecha de siempre buscando salir del gueto político, no por una renovación de su pensamiento, sino por una estrategia de travestismo de sus ideas, de disimulación y doble discurso. Esta acusación ha constituido el principal argumento de las controversias en torno a la ND desde hace varias décadas. Pero me parece que ello no está realmente justificado. Es posible reprochar a la ND la valorización, en sus revistas, de los autores que indican claramente los vínculos (pasados o presentes) con ciertas corrientes próximas a los movimientos de la extrema-derecha; de incluir en el comité de patronazgo de su revista teórica, Nouvelle École, a personajes de la misma procedencia ideológica; de evitar citar, en apoyo de tal o cual nota de lectura publicada en Éléments, la actividad política de algún autor de la misma extracción ideológica. Todas estas críticas ya fueron expresadas por Pierre-André Taguieff quien, ya en 1981, aludía sin ambages a “la herencia nazi de la Nueva Derecha”. Se puede constatar, por ejemplo, que la revista Éléments cita la obra de Christian Bouchet sobre el neopaganismo, pero olvidando mencionar que éste es dirigente de la Réseau radical, grupo nacional-revolucionario defensor del más absoluto antisionismo. Pero este argumento se invierte cuando, en el mismo número, también se cita el interesante “Atlas de las minorías de Europa”, dirigido por Yves Plasseraud, el cual efectúa, en las columnas de la revista antifascista Article 31, una severa crítica de las teorías neoderechistas. Se debe decir también que Alain de Benoist asume con naturalidad la totalidad de sus publicaciones desde 1965: en la lista de las obras insertada al final de su libro Critiques-Théoriques, publicado en 2002, figuran, entre otras, El valor es mi patria y Los indoeuropeos, que llevan incontestablemente la marca del universo mental de la extrema-derecha. 

La realidad es compleja: la ND tiene raíces en la derecha radical; en los nacionalistas revolucionarios en el sentido dado por Sternhell; en los no-conformistas de los años 30 y en la Revolución conservadora alemana. Muchos de sus animadores, pasados o actuales, han militado en lo que se conoce como la extrema-derecha europea de los años 60-70. Pero la ND no es ni su clon ni su directa heredera, por tanto, es irreductible a la misma. Aquellos de sus cuadros que han querido inscribir su reflexión en el marco de la política partidaria se separaron, bien por oscuras carreras como tecnócratas al servicio de la derecha gubernamental, bien por aventuras frontistas en las que veían condensadas sus aspiraciones más radicales. En el fondo, verdaderamente, ¿no constituye la ND una forma de derecha inasible, inclasificable? ¿Cómo delimitarla? En principio, hay un extraordinario ensayo de clasificación de las derechas en el número de febrero de 1999 de la revista Éléments, en el cual son censadas, al menos, 36 familias de la derecha, definidas según un patrón: el adversario principal, los autores de referencia, una época emblemática, los personajes admirados y las películas predilectas. Puede parecer excesiva la clasificación, pero no por ello es menos pertinente, porque caracteriza a cada derecha por su estilo, y la derecha es, ante todo, en Francia, asunto de actitud y de estilo. Pero, ¿a qué familia entroncar la ND? En nuestra opinión, un poco a la “derecha personalista y comunitarista”; un poco a los “nacionalistas revolucionarios” y a los “federalistas europeos”; un poco a la derecha “bioeugenista”, a los “regionalistas” y a los “folkistas”. Para tener una idea más precisa del paisaje neoderechista, hay que tomar las valiosas indicaciones proporcionadas por la monumental “Bibliografía general de las derechas francesas”, elaborada por Alain de Benoist.

En efecto, en una entrevista con Michel Marmin, en Éléments, el autor afirma que no se reconoce “en ninguna familia de la derecha francesa”. Mientras que en la Bibliografía citada aborda a diversos autores fetiche de la extrema-derecha, como Saint-Loup y Brasillach, Drumont y Rebatet, Alain de Benoist indica que los autores con los que siente bastante proximidad son Charles Péguy, Ernst Renan, Alexis de Tocqueville y Georges Sorel, así como Georges Valois, no en tanto que autor fascista sino como “teórico de la República sindical que defendía el distributismo justo hasta su muerte”, y también Montherlant, Bernanos y Drieu La Rochelle. Alain de Benoist posee igualmente un buen conocimiento de autores de izquierda, que no duda en movilizar para incorporar sus aportaciones. En el estado actual de su itinerario intelectual, nunca acabado, nunca fijado, se constatan perfectamente los aportes de las derechas revolucionarias, lo cual no impide su apertura al universo intelectual extraño a la derecha radical. Pero hay que subrayar que, en cualquier caso, se trata de referencias personales de Alain de Benoist y que muchos otros animadores de la ND, especialmente la generación de pioneros y cuadros de los años 70-80, estuvieron incontestablemente vinculados al marco conceptual de las extremas-derechas tradicionales.

Conclusión

La izquierda tiene la enojosa actitud de no considerar a la derecha radical más que en términos de “peligro”. Desde este punto de vista, podemos estar tranquilos: la ND no es una amenaza para la “democracia”. La ND es un contrapeso al inmenso poder cultural que tiene la izquierda, la cual, por otra parte, está seriamente quebrada por al amplio consenso que ha establecido en torno a las ideas de la derecha neoliberal.

Digámoslo claramente: el combate intelectual que continúan dirigiendo los pensadores de la ND es mucho más estimulante para la evolución de nuestras sociedades que el dudoso debate con los lacayos de la omnipotencia del mercado. La ND, ¿ha influido en el éxito del Front National? Nada es menos seguro, pues las ideas de este partido sobre la desigualdad de las razas o las innatas diferencias de aptitudes entre los individuos, tienen mucho más de poujadismo que de neoderechismo, a pesar de las teorías de la ND sobre las ciencias de la vida expuestas en Figaro-Magazine. ¿Qué queda, por tanto, después de cincuenta años? Simplemente, y hay es nada, la irrupción, en el debate intelectual, de muchas ideas que la ND ha contribuido a popularizar: un antimonoteísmo que podemos reencontrar en Houellebecq y en Onfray; la aceptabilidad de la discusión en torno a los respectivos campos de lo inntato y lo adquirido en las aptitudes individuales; la rehabilitación, frente al modelo republicano jacobino, de las comunidades, sean éstas religiosas, étnicas, o en el sentido de las subculturas y redes que estudia Maffesoli; la introducción de los comunitaristas norteamericanos y los trabajos de Carl Schmitt y Ernst Jünger. Los compañeros de ruta de la ND han adquirido estatuto de notoriedad en sus respectivos campos de especialidad: Julien Freund en la ciencia política; Pierre Gripari y Gabril Matzneff en las letras; Louis Rougier, todavía desconocido, en la filosofía, y la lista podría continuar… Toda esta empresa ha reposado sobre un equipo bastante reducido (varias decenas de figuras), de hombres y mujeres (mayoritariamente hombres), llegados de diversos horizontes militantes (los pioneros, no obstante, de los círculos de la derecha radical), que han seguido trayectorias profesionales y políticas bien contrastadas, en el que hay un “núcleo duro” activo hasta hoy, a la vez por convicción, por amistad personal y, quizás y sobre todo, por fidelidad.

De hecho, cuando hoy se deplora la total ausencia de proyecto cultural en la derecha es debido, en buena parte, al hecho de no haber integrado las aportaciones de la ND, optando, por el contrario, por una especie de mala imitación populista y reaccionaria que en nada cambia la naturaleza profundamente orleanista de la derecha gubernamental, la cual, como escribía ya Bernanos a Coston, confunde “el orden con el guardia de la villa”, porque está convencida de que lo esencial para la felicidad del país es, sobre todo, la buena marcha de los negocios. Y al tener como adversario a una derecha tan invertebrada, la izquierda, del mismo golpe, no es más que un consenso perezoso, olvidando la urgencia y la exigencia de una auténtica transformación social… La ND ha pagado con un alto precio de aislamiento el hecho de mantener posiciones paradójicas. Pero, al menos, se ha inscrito en su tiempo y continuará, sin duda, en la historia de las ideas políticas, como la única empresa de elaboración de una visión del mundo nacida a partir de los escombros de la derecha radical de los años 60 del siglo pasado.