La Nueva Derecha italiana, por Marco Tarchi


En torno a 1978 nace la Nuova Destra, bajo la influencia de su homónima francesa, con la publicación de la revista Elementi, en la que participan diversos intelectuales: Giuseppe Del Ninno, Gennaro Malgieri, Enrico Nistri, Marco Tarchi, Carlo Terracciano, Piero Visani. Caporedattore, Maurizio Cabona, Carlo Fabrizio Carli, Claudio Finzi, Giorgio Locchi, Franco Cardini, Sigfrido Bartolini, Enzo Erra, Gianfranco De Turris. En 1979 se funda la revista Diorama letterario, bajo la dirección del politólogo Marco Tarchi, y posteriormente, la revista Trasgressioni. Entre las obras del profesor Tarchi destacamos las siguientes: Destra e sinistra: due essenze introvabili (1994), Estrema destra e neopopulismo in Europa, (1998), Il fascismo. Teorie, interpretazioni, modelli (2003), Contro l'americanismo (2004), La rivoluzione impossibile. Dai Campi Hobbit alla Nuova Destra (2010), Italia populista (2014).

En 1982 surge una nueva generación de esta corriente con Raffaello Belcaro, Monica Centanni, Umberto Croppi, Peppe Nanni, Cristiana Paternò, Nicolò Zanon. A partir de los últimos años ochenta y primeros noventa, y al hilo de las transformaciones políticas vividas en Italia, la Nuova Destra comenzó a diversificarse: mientras autores como Gianno Accame y Marcello Veneziani se vinculaban a la operación de transformación de la derecha radical emprendida por la Alianza Nacional de Fini, y mientras otros exponentes de la ND italiana como el politólogo Alessandro Campi se concentraban en la exploración de la ciencia política, el más genuino representante de esta corriente, Marco Tarchi, profundizaba en las estrechas relaciones ya trabadas con los "heréticos" de la izquierda (Cacciari, Marramao) y marcaba un camino específico que ha terminado siendo la aportación más interesante de la ND en Italia. Puede decirse, pues, que la creciente convergencia con la Nueva Izquierda es una de las constantes de la reflexión teórica de la ND en los últimos diez años.

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La ND italiana ha escogido un camino singular: constatada la inutilidad de los viejos conceptos de derecha e izquierda, se trata de abrir nuevos caminos teóricos que permitan aprehender la realidad de unas sociedades hipertecnológicas y multiétnicas, tal y como las estamos viendo surgir hoy en Europa. Con ese objetivo, la ND italiana, y especialmente su representante más conspicuo, Marco Tarchi, ha emprendido desde hace quince años un largo diálogo con diferentes intelectuales "heréticos" de la izquierda. Este proceso de convergencia parte de un ando común: reintroducir en la vida social una escala de valores que vaya más allá del criterio mercantil y tecnológico de la eficiencia.

¿Qué es la Nueva Derecha?

Me parece oportuno disipar los numerosos errores que se han acumulado en torno a esta denominación. En Italia esta etiqueta ha sido adoptada por el conjunto de la prensa para definir a una corriente de pensamiento que había hecho correr mucha tinta al otro lado de los Alpes, a finales de los años setenta. Nacida en el seno del "radicalismo de derecha", esta corriente cultural se había separado progresivamente de él, e incluso lo había hecho con acentos muy críticos sistematizados por Alain de Benoist, su principal teórico. Entre 1974 y 1975, las reflexiones de Alain de Benoist estimularon la curiosidad intelectual de una considerable franja de la juventud del Movimiento Social Italiano, que de hecho se encontraba en ruptura con su propio medio. Así nació la "nueva derecha" en Italia, denominada como tal porque provenía de la "derecha" y porque, al mismo tiempo, daba testimonio de nuevas aspiraciones.

Fue una empresa metapolítica (y no política), proyectada en el terreno del debate cultural, de lo imaginario social, de la mentalidad colectiva, y no en la competición partitocrática, las instituciones o el mercado electoral. La ND ha proseguido en este camino y ha ido alejándose progresivamente de su origen; de tal suerte que hoy me parece ya inapropiado referirse a esta antigua denominación. Tanto más desde el momento en que los medios de comunicación la utilizan hoy como valor englobante donde lo mezclan todo, desde los skinheads hasta Forza Italia, pasando por Il Giornale de Vittorio Feltri, la Allianza Nazionale, Sgarbi, Veneziani o Gustalvo Selva. En fin, una acumulación de personas y de partidos a los que este movimiento es completamente ajeno.

Derecha e izquierda

Yo no me sitúo en ninguna de las perspectivas abiertas por Norberto Bobbio. Al contrario, estoy completamente de acuerdo con Massimo Cacciari cuando dice que la concepción lineal-axial de la política, basada en el trinomio izquierda-centro-derecha, está hoy agotada, y también cuando afirma la necesidad de escapar de los viejos cuarteles ideológicos para favorecer una reflexión transdisciplinar. Bobbio comete un grave error. Quiere encontrar un criterio único de diferenciación y pretende aplicarlo a todos los programas y comportamientos políticos; cada una de las unidades que toma en consideración podría después colocarse en una sola casilla. Ahora bien, los elementos de distinción derecha/izquierda que encontramos en su sistema son puramente indicativos y convencionales, provisionales y reversibles. Bobbio echa mano de esencias inmutables, de tipos ideales abstractos que no se ajustan a la diversidad de las experiencias reales. Su ensayo está demasiado repleto de juicios de valor para considerarlo aceptable desde el punto de vista científico. Y esto es tan cierto que todos los que han practicado la transdisciplinariedad, y que de este modo han redibujado el panorama político europeo tras la época de la bipolaridad, quedan fuera de su tipología. Hoy, el verdadero problema es discernir y explorar, con los mejores instrumentos de anticipación, las dimensiones complementarias del espacio político que escapan a la dicotomía derecha-izquierda.

En consecuencia, el concepto de igualdad que Bobbio sitúa como una línea divisoria infranqueable que distingue y opone a la izquierda y a la derecha, no tiene en cuenta a todos los movimientos y doctrinas que reconocen como fecundas las numerosas diferencias naturales entre los hombres y los pueblos, pero que al mismo tiempo luchan contra las desigualdades relativas al origen social de los individuos (y particularmente contra aquellas desigualdades que se derivan de un desequilibrio excesivo de las condiciones económicas y culturales de base). Si se excluye a estas corrientes de ideas, que se han manifestado en las latitudes ideológicas más dispares, no se puede comprender la dinámica intelectual de la primera mitad del siglo XIX ni de una buena parte del XX. Por otro lado, ¿qué pensar de una editorial como Bollati Boringheri, que publica tanto libros de los animadores franceses del MAUSS (Movimiento antiutilitarista en las Ciencias sociales) como de los teóricos de la ND, a pesar de que sus orígenes ideológicos son contradictorios? Como se ve, la lógica de las fronteras infranqueables hace agua por todas partes.

Pero ojo, yo no defiendo en modo alguno que no existan criterios generales de referencia para comprender los comportamientos políticos. Derecha e izquierda conservan un valor cierto si se los considera como polaridades relativas, variables y circunstanciales. Cualquier persona puede ‒e incluso a veces debe‒ situarse en la izquierda respecto a unas cuestiones y en la derecha respecto a otras, y ello sin necesidad de pasar por el centro. En esta convicción se basa el diálogo público que desde hace quince años mantengo con intelectuales de muy diversas procedencias. Así con Massimo Cacciari ‒en 1982 organizamos una mesa redonda sobre el tema "Izquierda y Nueva Derecha" que en su día se consideró escandaloso, pero que dio nacimiento a un recorrido convergente que todavía hoy resulta prometedor‒, y también con Giacomo Marramao, Alexander Langer, Sabino Acquaviva, Giovani Tassani, Dina Cofrancesco, etc. Sin embargo, la persistencia obsesiva de falsos problemas como el origen de la ND impide a muchas inteligencias "heréticas" manifestar sus convergencias, unas convergencias que permitirían fundar ese laboratorio permanente de reflexiones políticas del que tanta necesidad tenemos. No debemos simplificar, sino, al contrario, interpretar y dominar la complejidad de las sociedades postindustriales, especialmente yuxtaponiendo a la esfera del interés la esfera de los valores -unos valores indispensables para integrar a los ciudadanos en la vida pública. Elaborar modelos de coexistencia para la sociedad multiétnica e hipertecnológica que estamos viendo nacer es algo que supera ampliamente el rol de la derecha o el de la izquierda; tal objetivo requiere esfuerzos de síntesis y, por tanto, una transgresión de identidades ya obsoletas.

Más allá del liberalismo: participación ciudadana

Considero la democracia liberal de manera crítica, aunque innovadora, sin atrincherarme tras el sentimiento de resignación ‒Nihil novi sub sale‒ de un Bobbio. Lejos de pensar que todo ha sido dicho ya en materia de sistemas políticos, yo estimo indispensable la búsqueda de nuevos horizontes. Y me reconozco plenamente en el pensamiento democrático, incluso si para ello tengo que transgredir mis orígenes de "derecha". En este caso, la objeción que esta familia ideológica dirige al principio democrático ‒objeción según la cual la calidad de los gobernantes está subordinada a la calidad de la forma en que han sido designados‒ me parece insostenible: la calidad de una élite no puede ser apreciada cuando se renuncia a fundar el sistema político sobre el consenso popular y sobre el control de los actos de gobierno. Por tanto, estoy a favor de una democracia que ofrezca garantías precisas, una democracia participativa y orgánicamente articulada. Pero me parece que la mayor parte de los regímenes democráticos occidentales se sitúan muy lejos de este modelo y prefieren someterse a las nefastas sugestiones de la escolástica liberal. Yo me sitúo frente a este liberalismo, cuya antropología desesperadamente individualista conduce al egoísmo social y a la apatía consumista de la sociedad opulenta, erosiona el derecho (y el deber) de participar en la vida pública, expropia la noción de bien común y debilita el corazón mismo de la democracia. Mi concepción democrática de la colectividad privilegia la especificidad de cada uno de sus componentes y se opone a toda pretensión monocultural ‒empezando por el "occidentalismo". Reconocidas sus diferencias, las comunidades deben emplearse a promover la solidaridad, basada en la convicción de que el "todo social" excede la suma de las aspiraciones utilitarias de sus partes. Esta exigencia supone un intenso trabajo de promoción del sentido cívico, tanto en la base de la sociedad como en su cúspide: hay que reencontrar los beneficios de una libre cooperación entre los miembros de una misma Polis sin recurrir a las utopías del Estado-enfermera o de la "mano invisible" de un mercado egoísta. Lo que nos falta es el sentido de lo político como arte de gestionar la Polis y como capacidad de asociación no coercitiva a la vida pública.

Estoy de acuerdo con Pietro Barcellona en la necesidad de reencontrar el sentido del lazo social a través del reconocimiento de nuevas formas de comunidad, ya no cerradas y exclusivas, sino abiertas a la adhesión voluntaria. Para avanzar en esta vía es precisó prever el contraefecto de las prédicas actuales, basadas en las "virtudes" del individualismo, que se hacen particularmente insistentes en los circuitos de la educación y de la información. Numerosos investigadores en ciencias sociales han expresado su convicción de que ninguna colectividad puede asegurarse un desarrollo equilibrado si no se reapropia el sentido de bien social. Pero esto requiere, de entrada, construir una identidad colectiva no cerrada sobre sí misma, y promover una vocación de "servicio" hacia la comunidad.

Reconstruir la identidad

La historia de la civilización está hecha de modificaciones antropológicas, lentas y graduales, que frecuentemente pasan desapercibidas. Los individuos y las comunidades reaccionan cotidianamente a los estímulos que provienen de los diversos entornas en que viven. La descomposición de los vínculos comunitarios, que ha ido de la mano con la construcción progresiva de la intersubjetividad moderna, no se ha obtenido espontáneamente: es el efecto de una manipulación de los flujos informativos y de los mecanismos de "socialización", empezando por la educación. Para progresar en una dirección distinta -una dirección que yo calificaría como posmoderna, pese al uso abusivo que se hace de este término-, es necesario estimular el desarrollo de otros tipos de relaciones, restituyendo a lo político su capacidad para producir valores, símbolos, ideas-fuerza. Para decirlo en los términos de un notable sociólogo, Alessandra Pizzoeno, se trata de devolver a lo político una dimensión de identificación, dimensión que las corrientes culturales hegemónicas de las sociedades occidentales han sacrificado en aras de la eficiencia. Esto supone dar prioridad a las temáticas relacionadas con la calidad de vida, que en los años setenta ya habían sacudido con vigor todo el espectro de las fuerzas políticas: nuevos movimientos sociales, iniciativas cívicas, campañas de movilización "posmaterialista", etc. Hoy estamos pagando la inversión de esta tendencia en los años ochenta, cuando la izquierda se dejó infiltrar por los valores del filisteísmo burgués. La generación posterior al 68 cristalizó en torno a una sensibilidad transversal: situacionismo, derecho a la autodeterminación de los pueblos, recalificación ética de la vida pública, etc. Pero esto ha sido sustituido por una contaminación inspirada en el modelo inverso: hedonismo, ley de la jungla, etc. Hoy hemos llegado a las nuevas rupturas de las sociedades "desarrolladas", y esos puntos de fractura determinan los antagonismos y las alianzas futuras, abandonando las viejas posiciones izquierda-centro-derecha.

Hace ya varios años, las dos revistas que dirijo ‒Diorama, mensual de actualidades culturales, y Trasgressioni, que se consagra a la ciencia política‒ organizaron un encuentro sobre el tema "Grandeza y miseria del nacionalismo". Hay que leer las actas de ese coloquio para ver claramente cómo emerge el rechazo de la psicología conflictualista que estructura ese "revival" chauvinista que hoy vivimos en tantos países del planeta. Reapropiarse una identidad colectiva significa redescubrir una pertenencia 'que no niega los otros derechos específicos, sino que coexiste con ellos. Hoy, una visión ingenua del cosmopolitismo, basada en un deseo de homologación universal y de indiferenciación, provoca como efecto de retorno el renacimiento de los tribalismos y de los egoísmos étnicos o nacionales. Vivir con otros y tomar conciencia de ello implica tener la certidumbre de quién es uno, de su propia identidad, y no la negación agresiva del vecino.

Pero, en absoluto mi punto de vista se aproxima a la idea de "patriotismo constitucional" sostenida por Gian Enrico Rusconi. Por "patriotismo constitucional", Rusconi ‒y Habermas antes que él‒ entiende una relación contractual suscrita entre los individuos y un grupo exterior (el Estado nacional), esencialmente percibida como garantía de ciertos derechos y de ciertos deberes. Me parece una visión abstracta y frágil, donde la delegación formal suplanta el lugar de un sentimiento sustancial de pertenencia a una realidad colectiva, apoyada en un sólido arraigo cultural. Por este camino del contractualismo político lo único que conseguimos es meternos en la lógica de un mecanismo de pactos y renuncias que hoy está completamente desgastado. Al contrario, de lo que se trata es de preservar una articulación de la identidad colectiva, y ello en diversos niveles mutuamente compatibles. La identidad nacional puede entonces encontrar un sentido preciso: no el de un lazo de carácter imperativo (la ley de "la sangre y el suelo"), sino el reconocimiento unificador de una pluralidad de grupos que, en un nivel más inmediato (subnacional), expresan su exigencia de autonomía. En un plano superior, los Estados nacionales deben coordinar sus esfuerzos de integración en la perspectiva de los grandes espacios, según la dinámica multipolar que ha emergido tras la muerte del sistema de Yalta. A cada nivel de integración le corresponde un criterio adecuado: autonomía cultural y administra-tiva en los planos municipal y regional, autoridad nacional, concertación progresiva e integración europea.

Un proyecto geopolítico para el futuro de Europa

Sería banal decir que deseo un orden federal para Europa, en la medida en que tal expresión parece haber quedado reducida a una palabra-baúl sin contenido. De hecho, el actual proyecto de unificación continental me parece ambiguo, exangüe, petrificado en puntos de vista meramente mercantiles. Europa debe apuntar rápidamente hacia una unidad política y hacia el redescubrimiento de sus raíces culturales comunes. Igualmente, la macrorregionalización de las naciones europeas debe favorecer los intercambios comerciales y la comunicación, en lugar de bloquearlos al fijarlos en antagonismos de rentabilidad y de productividad. No estoy de acuerdo con los defensores de un federalismo de base económica ni con los promotores de una "fuerza europea" únicamente abierta al partnership privilegiado con la "americanosfera" occidental. Si el término no tuviera una connotación irremediablemente historicista, cuando no obsoleta, yo diría que el futuro orden federal del Viejo Continente debe aprender la lección de las aspiraciones positivas de la idea de Imperio, en cuyo seno pueden coexistir sin riesgo de desequilibrio las lógicas de interdependencia económica y los principios de identidad en lo étnico, lo religioso, lo nacional y lo lingüístico.

En una Europa así, de la que por el momento sólo podemos esbozar un perfil teórico, el órgano de decisión sólo podría ser colegiado. Evidentemente, en la fase de lanzamiento de una construcción tan ardua, algunos serán llamados a desempeñar mayores cargas y mayores honores. Pero cuidado con insistir en el camino de un continente "a dos velocidades": Europa debe empeñar sus propias fuerzas en reducir las desigualdades entre su parte occidental y su parte oriental. El proyecto de una Europa unida e independiente nunca será creíble si algunos de sus actores naturales quedan excluidos del proceso de identificación. Si no se les integra, la lógica egoísta de los Estados nacionales continuará prevaleciendo y causando estragos.