La Nueva Derecha, vista desde la izquierda: crítica de una etnomitología, por Frédéric Lowenfeld

 

La publicación del libro Mémoire vive, un libro de conversaciones con Alain de Benoist, realizadas por François Bousquet, resuena como el testamento del teórico de la Nueva Derecha (ND). Esta empresa de normalización de un movimiento cuya influencia es muy importante más allá de la derecha radical, es la ocasión para hacer un balance crítico del movimiento que cumple ahora cincuenta años de historia y que influye en la escena política desde los años setenta del pasado siglo. Es la ocasión para llevar a cabo un combate cultural y responder sobre el fondo a esta ND cuyas posiciones golpean con fuerza a una izquierda que debe repensar su lógica para hacerle frente. 

Alain de Benoist es, ciertamente, el pensador más influyente en la evolución de las derechas en Francia desde los años sesenta. Hay que reconocerle un indudable talento como creador y animador de revistas, logrando hacer coexistir, sobre varios planos, diversos títulos cuya calidad intelectual es reconocida. Revistas como Éléments, Nouvelle École y Krisis, mezclan de forma bastante extraña la reflexión política y filosófica y desarrollan un enfoque que Benoist ha calificado de metapolítico. Son, por otra parte, muy leídas y no necesariamente alineadas con la derecha radical.  

Este enfoque, que algunos han calificado de “gramscismo de derecha”, causa grandes perjuicios en la izquierda de aquellos que sueñan con una corriente intelectual refundada en torno a sus conceptos para reconquistar la hegemonía cultural perdida. Benoist es, ciertamente, el gran artesano de esta renovada capacidad de la derecha para articular pensamiento y político, conceptos y proposiciones, mientras que la izquierda persiste en privarse de tales enfoques avalando la sustitución de la reflexión política pura por una búsqueda de soluciones técnicas.

Ciertamente, la lectura de Heidegger no es extraña al arraigo de este concepto de metapolítica que emana de la atracción por una reflexión sobre los fundamentos de la política, previa a cualquier crítica de la política. El Grund heideggeriano funciona como una arkhê del pensamiento político, un substrato de resonancia metafísica y ontológica. Es, ciertamente, la captación de esta ontología política la que le proporciona su capacidad para articular un pensamiento con una realidad política.

Si, visto desde la izquierda, debemos meditar algo sobre el camino de Benoist, sería la manera de realizar una metapolítica de izquierda y de reconciliar ontología política y democracia, con o sin la historia, para hacer frente a un poderoso pensamiento que se articula sobre un vínculo entre ontología política, historia y naturaleza. 

Dicho esto, el pensamiento de Benoist, por muy sutil que sea, habla de un lugar que no se puede eludir, incluso si sentimos que su sitio se ha vuelto, en algunos momentos, incómodo con el paso de los años: continúa siendo parte integrante de la derecha radical. La fuerza y la debilidad de su obra es, al mismo tiempo, la de exponer claramente y mostrar que ese posicionamiento nunca ha sido completamente aceptado por el propio Benoist, cuando en el umbral de su carrera intelectual, él percibe que las fuerzas políticas sobre las que se apoyaba, no ha atraído a los mejores “elementos”, aquellos que serían capaces de ocupar su lugar. 

Benoist continúa siendo, en ocasiones forzado, a veces resignado, como lo demuestra su excelente crítica de los defectos de la derecha y de la izquierda, un compañero de viaje de este movimiento, incluso, y sobre todo, cuando se reclama “ni de derecha ni de izquierda” o, para el caso, “de derecha y de izquierda”. Representa una radicalidad del pensamiento que ha creado su propia tradición, apoyándose, en particular, sobre las raíces de la revolución conservadora alemana, los comunitaristas americanos y la mitología indoeuropea. 

Su gran debilidad, además de una cierta indiferencia ética a las consecuencias de los pensamientos de los que se reclama, es la de apoyarse en un material ideológico sobre el que tiene más fascinación que convicción. A menudo da la impresión de que sus impulsos dictan su itinerario y que es dirigido más por sus apetencias que por sus elecciones racionales. Benoist se proporciona la imagen de un esteta para hacer olvidar que es un ideólogo.

El interés del libro Mémoire vive, por lo tanto, no es el de consta-tar la evolución o la normalización del autor, y sería ridículo pretender tal perspectiva. Pero a través de sus proposiciones es posible realizar un diagnóstico de la evolución de una gran corriente de la gran familia tumultuosa de las derechas radicales ideológica-mente rebeldes que, a través de su pensamiento, ha logrado imponer en la escena política algunas de sus temáticas.  

Una visión etnodiferencialista del mundo

Un momento de confusa sinceridad se produce cuando Benoist regresa a su compromiso de juventud con la Federación de Estudiantes Nacionalistas (FEN). La mirada que lleva sobre este período es bastante lúcida y autocrítica, y asume, con valentía, una responsabilidad en la maduración de los temas racialistas y una complacencia hacia el grosero racismo de su entorno en aquella época. Recuerda, además, anécdotas terribles sobre, por ejemplo, las reflexiones respecto a los africanos, que le sumieron en la vergüenza durante cenas y entrevistas privadas. Se percibe que a Benoist no le agrada demasiado aquel pequeño y estrecho mundo del postpetainismo. 

“La verdad sobre Sudáfrica” es un panfleto de 1964 en el que Alain de Benoist, alias Fabrice Laroche, defendía el régimen del apartheid en términos bastante crudos. La ausencia de cualquier referencia a este panfleto en su bibliografía indica, ciertamente, que Benoist ya no se reconoce en las ideas de juventud, pero ello no debería hacernos creer que las mismas fueron accidentales. 

La confesión de Benoist, por tanto, no puede eludir un hecho importante: del apoyo a Sudáfrica en los años 60 a nuestros días, si bien su posición ética e incluso filosófica sobre el racialismo parece haber evolucionado, su concepción de la sociedad continúa siendo profundamente etnodiferencialista.  

El hecho étnico es, para él, objetivo y lo considera como el producto de un medio y de una cultura ligados a un territorio. La cuestión de la relación con los “alógenos” ‒por utilizar el término utilizado en la revista Éléments‒ es así perfectamente indisoluble de este pensamiento, puesto que adopta como fundamento, no el demos de la comunidad política, sino el etnos de la comunidad cultural.  

Poco importa que un amigo de Benoist como Pierre Vial, fundador del inquietante movimiento völkisch “a la francesa” Terre et Peuple, le reproche el abandono de la visión racialista del mundo, ya que él lo ha sustituido, en efecto, un etnodiferencialismo de tipo culturalista que proporciona los mismos resultados sin pasar por el desvío incierto de la ciencia y de las patéticas consideraciones raciales de esta rama de la derecha radical. Vial explica muy bien, en una entrevista en Méridian Zéro, que se trata más de una diferencia científica que de un desacuerdo fundamental sobre las finalidades políticas de una defensa de los pueblos y de las tradiciones europeas. 

Benoist plantea así algunos términos fundamentales que reflejan plenamente la originalidad de su enfoque y explica cómo pudo conquistar a numerosos círculos, desde una base bastante reducida, hasta convertirse en la matriz de todo pensamiento político contemporáneo de derecha que adopte su visión etnodiferencialista de los pueblos, no ya fundado sobre la adhesión a los valores de una comunidad política compartida, sino más bien sobre los usos culturales vinculados, en efecto, a una antropología del mismo, bastante lejos de la apología de lo múltiple realizada en muchas páginas de su obra, una de las profundas contradicciones de esta ND. 

La ND adopta una actitud mixofóbica, el antirracismo y el derecho a la diferencia de los que se reclama sirven para una crítica del republicanismo para preparar el terreno de un auténtico separatismo. Esto explica que la ND haya llevado a una parte de la derecha al cuestionamiento del derecho de suelo en beneficio del derecho de sangre, puesto que se trata no de reflexionar sobre el vínculo entre ciudadanía y nacionalidad, sino de naturalizar, en sentido filosófico, la problemática de la ciudadanía reenviándola a la cuestión de los orígenes. Además, este enfoque ha marcado profundamente los temas de la ecología conservadora con una dimensión identitaria europea, extendiendo la ecología a la cuestión de la identidad. Y afecta ahora a una parte de la izquierda en el terreno de la defensa de los comunitarismos.

Antiuniversalismo y antihumanismo

El enemigo filosófico de Benoist está claramente identificado: es el universalismo. He aquí un adversario típico del pensamiento de la derecha radical o conservadora desde la Revolución francesa. No hay hombre que no sea, en efecto, para esta corriente de pensamiento, el producto de “la raza, del medio y del momento”. De Maistre decía que se había encontrado con rusos, alemanes o ingleses, no con hombres. La abstracción universalista de la que se reclama, por ejemplo, la República francesa, no convence a Benoist en razón de su igualitarismo, que él asimila a una uniformización. El convencionalismo de Renán en torno a la Nación concebida como elección y, por tanto, como una sociedad, es el estricto opuesto de su concepción de la comunidad, que incluso no estaría ligada a un destino, sino a un origen, de ahí su reiterada obsesión por el indoeuropeísmo como búsqueda del hogar primordial.  

El etnodiferencialismo de Benoist se acompaña también de una defensa de las formas de organización social y política radicalmente inversas al modelo surgido de la Revolución francesa. En primer lugar, él defiende, por ejemplo, un compromiso bastante intenso con la “Europa de las cien banderas” ‒una forma de organización política regionalista y federalista donde florecerían las identidades y sobrevivirían los folclores‒ dirigida contra el Estado-nación. A este respecto, y como él dice con razón, no sería correcto calificar a Benoist de nacionalista. Es, por otra parte, lo que siempre le ha marginado en el seno de las familias políticas con las que se ha codeado.  

Su visión federalista se acompaña de una lectura de la distinción clásica de Tönnies entre comunidad y sociedad en favor de la primera, donde los vínculos son considerados como más orgánicos que en la segunda. La noción de sociedad es juzgada como un concepto débil porque se funda sobre la ficción filosófica del convencionalismo y, por tanto, sociológicamente, sobre un individualismo ligado a la tradición política liberal y al ejercicio de la voluntad del individuo para alinearse, mediante un intercambio de obligaciones mutuas tanto verticales como horizontales, con los ciudadanos cocontratantes. 

La conclusión es clara: en el paisaje político, Benoist está del lado del Imperio y contra la República. El Imperio permite pensar, al mismo tiempo, en la diversidad y el poder, y de revertir la jerarquía entre lo Uno y lo Múltiple en beneficio de este último. Benoist ve en la forma estatal-nacional una execración que le conduce a pensar en su superación hacia una nueva forma política.

La sutileza es tomar prestada de la izquierda diferencialista la ecuación según la cual el universalismo es el caballo de Troya del etnocentrismo. Una vez erigido un diferencialismo fundamental, la crítica del Hombre en tanto que esencia genérica común, por ejemplo, en el marxismo y en el cristianismo, puede ya comenzar.  

El pensamiento de Benoist es también un antihumanismo teórico, no en el sentido de Althusser, porque la importancia del pensamiento de Nietzsche en su construcción intelectual no le permite hacer una total abstracción de la cuestión del sujeto, sino en un sentido más literal donde el concepto de Hombre es criticado en nombre del pluralismo integral. En esta deconstrucción, el recurso a los comunitaristas americanos le es muy útil y es una referencia más fácilmente movilizable que las antiguallas de Maistre o de Taine, que dicen cosas menos agradables sobre “la impostura del humanismo”.  

Que los comunitaristas americanos se sitúen a la izquierda dentro de la perspectiva norteamericana de la política, porque ellos afrontan, en efecto, el individualismo metodológico de Rawls en su definición de la justicia, sirve a Benoist en su construcción de un pensamiento que sería, no la superación de la oposición izquierda-derecha, sino en su deconstrucción, para sustituir un eje nacionalista europeo contra el mundialismo. En una estrategia de salida del gueto ideológico, la referencia es igualmente hábil. Permite realizar su proyecto de síntesis de referencias en ocasiones contradictorias para reforzar la influencia de la Nueva Derecha, incluyendo a una determinada izquierda pretendidamente alejada, pero que comulga, pese a ella, con una ideología comunitarista de doble filo.  

Benoist logra, en efecto, efectuar una síntesis de pensadores reaccionarios y pensadores comunitaristas, lo cual, sin duda, será su mayor éxito a largo plazo, facilitado por el carácter anti-Ilustración reivindicado por estos grupos de intelectuales.

La Nueva Derecha, un pensamiento mitológico

En un momento en el que está de moda abstraerse totalmente del trasfondo ético del pensamiento de la ND, permaneciendo en una crítica ocasionalmente estetizante, se percibe en la lectura de la obra de Benoist que, a pesar de su incontestable amplitud intelectual, su pensamiento continúa prisionero de los mitemas de la ultraderecha.  

Sigue siendo más que dudoso, desde un punto de vista intelectual, este brebaje bastante indigesto a base de indoeuropeos rubios (obsesión de Jean Haudry), de griegos apolíneos y dionisíacos, de hiperbóreos eurasiáticos, de neopaganismo, de crítica de la Ilustración y del progreso, de ecología del decrecimiento. Todo esto conduce, finalmente, a una etnoecología dirigida a proteger a la vieja Europa de los “alógenos” y la reduce a una mixofobia derivada de la reinversión lévi-straussiana. Toda esta trastienda neoderechista nos hace pensar en una librería esotérica donde encontramos en sus vitrinas a visionarios, místicos y conspiracionistas. Benoist es un bello producto que llama a adquirir toda una carga de irracionalismo nordicista poco atractivo por su simple envoltura.  

Su pensamiento se articula, en efecto, sobre mitos, pero al contrario que Nietzsche, que los utiliza como tales para metaforizar su pensamiento, la distanciación con el mito no es lo propio de la ND que, por el contrario, sitúa sobre el mismo plano mito y realidad. Así, la distinción entre uso y realidad del mito en la economía general del pensamiento de los partidarios de la ND es una de las debilidades de esta corriente, que, en efecto, adopta, deformándola, la visión teórica de Dumézil y Lévi-Strauss sobre la interacción entre mito y racionalidad. Pero más allá de estos dos grandes buscadores y exploradores de los mecanismos del espíritu humano, en el sentido cognitivo del término, la finalidad puesta en obra por la ND es una traición de estos pensadores con el objetivo de legitimar una confusión de los campos de expresión de la racionalidad y del mito. Dumézil, por ejemplo, siempre eludió la cuestión del origen de los indoeuropeos y se debe a Benveniste haber planteado la problemática particularmente en términos lingüísticos.

Otra clave muy importante de lectura de la obra de Benoist es su crítica de la religión y, en particular, del cristianismo. Se revela como radical y sabemos que se acompaña, a través de la revalorización de las identidades y del folclore, de una nostalgia por el paganismo que, si bien no se expresa a través de los rituales, se contempla como una apología de la moral nietzscheana antiigualitarista. Esta nostalgia del paganismo se acompaña por una reevaluación del mito como viaje iniciático. 

Benoist expresa su pensamiento como una crítica de lo Uno, crítica que debe a Nietzsche y que se articula en el vitalismo de este último, puesto en oposición al ascetismo del sacerdote cristinado denunciado en la Genealogía de la moral. La moral de los maestros está llamada a reemplazar la debilidad judeocristiana. Si bien Benoist no utiliza la idea del origen extranjero y semítico del cristianismo, él espera una forma de espiritualidad europea. Esta crítica religiosa logra desplazar la cuestión religiosa de la Historia hacia la Naturaleza y es uno de los puntos culminantes de su pensamiento, para despojar a este último de todo substrato continuista y progresista que pudiera conducir a la escatología judeocristiana. El paganismo induce una concepción cíclica del tiempo en una temporalidad derivada de la naturaleza. 

La ND se resiste a pensar la Historia más allá de las referencias a Spengler y a una perspectiva decadentista que le conduce a rechazar con vehemencia la religión del progreso. No la piensa ni como proceso que conduce a un fin, como escatología, ni como una complejidad que las ciencias sociales deben secuenciar para facilitar su comprensión. La obsesión etnodiferencialista debería llevar a Gobineau, pero el pesimismo raciológico de este último parece contrario al voluntarismo culturalista de Benoist.

Por lo tanto, Benoist utiliza la concepción trifuncionalista de Dumézil. Aunque todo esto sea inteligentemente dicho y escrito, no puede escapar, por ejemplo, a las inevitables consideraciones sobre los indoeuropeos vistos a través del prisma del gran pensador. Benoist no hace, esto es cierto, de los indoeuropeos el uso racialista y la búsqueda frenética del origen que realizan muchos de los militantes de la ultraderecha. Él prefiere insistir sobre el trifuncionalismo como modelo de explicación de la evolución de las sociedades europeas, habiendo privilegiado la sociedad actual la función mercantil sobre la función guerrera en otro momento dominante. Sin embargo, constata que, al lado de las grandes concepciones teóricas de la historia ‒Marx, Weber, Toynbee, Spengler, Simmel, Rickert, Löwith, por citar sólo a unos pocos‒ la opción por la jerarquía trifuncional es de escasa complejidad y profundidad.  

Porque, de hecho, la ND no puede pensar la historia más que en discontinuidad y es por ello que los préstamos estructuralistas le son tan útiles, incluso para volver sobre la cuestión biológica y naturalista contra todo convencionalismo, fruto de una visión de la historia y del orden político, y contra todo economicismo, al que se reduce, por ejemplo, el marxismo. Benoist busca, en última instancia, replegar la Historia sobre la Naturaleza. 

La obsesión naturalista se muestra muy interesante porque ella se combina con una concepción geopolítica del mundo, típica de la dialéctica amigo-enemigo heredada de Carl Schmitt. Benoist, por ejemplo, adopta recursos de su amigo ruso Alexander Duguin (sus indoeuropeos son hiperbóreos preeslavos). Cita al mentor de este último, Lev Goumilev y su teoría del lugar-desarrollo que tiene como consecuencia la creación de una relación de necesidad entre el lugar y las especies y poblaciones que en él se desarrollan, interesante síntesis del pensamiento völkisch, de tolstoísmo y de romanticismo schellingiano rusificado. No completamente sanado de la obsesión biologista, Benoist añade una referencia a Von Uexküll y su famosa teoría de la Umwelt animal.

Benoist exacerba, por el contrario, la identidad entre el sujeto y su entorno medioambiental, lo que no es la única interpretación posible, ni la finalidad de Von Uexküll, que puede ser leído tanto como la constatación de la diversidad de “mundos posibles” en el seno de una misma Umwelt, como una reflexión sobre la adaptación de la especie a su entorno. Pero esta lectura, totalmente forzada, posee su utilidad política y apunta, como de costumbre, a otra finalidad.  

Cuando se mezclan estas reflexiones con una visión geopolítica eurasiática o con la influencia de la dialéctica tierra-mar prestada de Schmitt, según las cuales los pueblos de la tierra se oponen fundamentalmente a los pueblos del mar, como los guerreros indoeuropeos a los nómadas comerciantes, comprobamos que Benoist no deja de anclar su visión del mundo en la naturaleza y de constituir su propia ontología política que deviene en una suerte de búnker inatacable, puesto que la historia es, fundamentalmente, un hecho de la naturaleza que reposa sobre la biología.

Cualquiera que sea la consideración intelectual de Alain de Benoist, existe un abismo ideológico que lo aleja de cualquier republicanismo de izquierda, aunque este desacuerdo debe expresarse sin recurrir a la típica retórica antifascista. Hay en Benoist un complejo de fascinación por la violencia y la extravagancia política que le han llevado, más por temperamento que por convicción, a elegir su propio campo. Continúa, por otra parte, con las obsesiones y creencias más sorprendentes que revelan, sin duda, su gusto por el estetismo. 

¿Qué quedará de su obra, sobrevivirá a su tiempo? Alain de Benoist será considerado como el Maurras de la segunda mitad del siglo XX, es decir, un doctrinario y un organizador de movimientos y de publicaciones, cualquiera que sea el peso, no despreciable y frecuentemente subterráneo, de su influencia sobre la vida intelectual de Francia y Europa occidental. En consecuencia, su pensamiento, como el de Maurras, prisionero de la hipótesis “royalista”, se funda sobre una visión del mundo que no reposa tanto sobre el empirismo de los hechos como sobre el romanticismo del mito, no sobre la evaluación real de las relaciones de fuerza históricas, sino sobre apetencias individuales de culto nietzscheano. Su obsesión sobre el origen le vuelve impotente para pensar verdaderamente el futuro, su voluntad de situarse a contracorriente de la corriente principal la lleva a negar las evidencias y a rehusar combatir frontalmente el pensamiento que él estima dominante. El enorme problema que ello plantea. y que hace que Alain de Benoist aparezca, finalmente, más como un Oscar Wilde del nacionalismo europeo que cualquier otra cosa, es su rechazo (o su imposibilidad) para pensar las ideas como producciones históricas y considerar su valor sobre criterios éticos y pragmáticos.  

Al final, ¿cómo no ver las consecuencias y los itinerarios de las ideas defendidas por la Nueva Derecha? ¿Cómo no ver el recorrido del pensamiento völkisch para constatar los efectos prácticos de estas ideas? El aparente desapego o indiferencia de la Nueva Derecha no debe engañarnos. Aunque rechacemos hacer procesos de intención, parece evidente que los sucesores de Benoist tendrán que aclarar, al menos, su discurso y responder a esta descontextualización de las ideas que lastran con su pesado pasado histórico. Retengamos de la Nueva Derecha la necesidad de liderar el combate cultural.