La política ha muerto. ¡Viva la política!, por Alain de Benoist (y IV)

 


El resentimiento del pueblo contra la Nueva Clase

El fenómeno multifacético del “populismo” es la consecuencia directa de esta nueva división. Atrapado por las más diversas ideologías (populismo nacional, populismo liberal, populismo social), el populismo expresa principalmente el malestar y la voluntad de las clases bajas “para protestar contra una clase política que considera irresponsable, distante, ocupada sólo de sí misma y, a menudo, corrupta. Debe interpretarse, no como un fenómeno antipolítico, como a veces se afirma, sino como el resultado de un distanciamiento y un resentimiento contra la Nueva Clase. Cuando se ven atrapados en “la política de partidos”, los movimientos populistas denuncian el monopolio de la política que la Nueva Clase se ha adjudicado de forma arrogante. Ellos no desean suprimir la política, sino darle un nuevo rostro partiendo de la base, de las personas. Es por eso que los ciudadanos se oponen a la clase dirigente, en la cual se concentran los centros del sistema político y de los medios de comunicación. La idea general es que estas élites constituyen una coalición tan homogénea, que la diferencia clásica entre el partido del gobierno y el partido de la oposición, entre la izquierda y la derecha, ha perdido todo significado. Es indicativo que la noción de “clase política” sigue siendo viable y de uso común, mientras que la de “clase social” parece haberse evaporado. Para los populistas, las diferencias entre los “grandes partidos” son solamente cosméticas: lejos de ser incompatibles, lejos de competir por hacer méritos ante los ciudadanos, estos partidos se llevan realmente bien entre sí, constituyendo un “cártel”, frente al cual sólo la fuerza creciente de las aspiraciones populistas puede ser capaz de provocar un “cambio real”.

El populismo no es una ideología, sino un estilo. Por ello, es difícil juzgarlo como si se tratara de un todo global. El populismo tiene múltiples facetas y manifestaciones, y si, con demasiada frecuencia, su retórica se convierte en demagogia, en general presenta una fuerte identidad destinada a superar la crisis de la representación. Esto no es casual: dentro de la comunidad política, cada vez hay más representación y menos identidad.

«¿Cómo conmover a un pueblo tan desencantado y hastiado como el nuestro, sino haciéndolo temblar ante peligros imaginarios?», escribía Tocqueville en El antiguo régimen y la revolución. Los peligros imaginarios, hoy, son los que la clase político-mediática saca de su chistera para desviar la atención de los verdaderos peligros y, subrepticiamente, hacer olvidar sus torpezas. La denuncia del “populismo” –la “amenaza populista”, la “deriva populista”, la “tentación populista”– obviamente forma parte de ese ardid. A inicios de los años ochenta, el término, que antes era poco común, forzadamente ingresó al discurso público. Desde entonces funcionó como una injuria política que de manera contradictoria pretendía alcanzar un estatuto de categoría de análisis.

Es verdad que hoy el populismo es, ante todo, un estilo o una postura y, como tal, se puede combinar con cualquier ideología: nacional-populismo, populismo ultraliberal, populismo de izquierda, populismo obrero, etcétera. El populismo puede ser democrático o reaccionario, solidarista o xenófobo. Es un camaleón, una palabra-elástica que el discurso mediático o seudoletrado puede muy fácilmente diabolizar pues, al carecer de un contenido verdadero, se puede aplicar a cualquier cosa. De allí su “polémica utilización excesiva” (Pierre-André Taguieff) que tiende a desalentar tipologías y definiciones.

En tanto estilo, el populismo es, sobre todo, un rasgo que asumen los partidos “atrápalo-todo”, que sirve para multiplicar las promesas desde una perspectiva esencialmente demagógica. Sus jefes, tribunos de maxilares apretados o sonrisa telegénica, explotan apuros y rencores, capitalizan los miedos, las miserias y las angustias sociales, designando frecuentemente a algunas víctimas propiciatorias –sin cuestionar jamás la lógica del capital. Su postura más común consiste en llamar al pueblo contra el sistema en turno. Este “llamado al pueblo” es, evidentemente, equívoco, y no lo sería si no fuera porque la noción de “pueblo” puede ser comprendida de muchas maneras. El populismo tiene también su parte ingenua cuando se limita a incensar las “virtudes innatas” del pueblo, la seguridad “espontánea” de sus juicios que vuelven inútil cualquier mediación. Se ha podido decir que los populistas no hacen política más que a contrapelo. Corren pues el riesgo de caer, ya sea en una actitud meramente impolítica o bien en un poujadismo ramplón.

Sin embargo, aunque es criticable que sea así, el populismo posee un valor de síntoma. Reacción “de lo bajo” hacia “lo presuntamente alto”, en donde la experiencia del poder se confunde con el usufructo de privilegios, y representa, sobre todo, el rechazo a una democracia representativa que ya no representa nada. Protesta contra el carcomido edificio de instituciones que sobresalen como recortadas del país real, revelador a su vez de lo disfuncional de un sistema político que ya no responde a la espera de los ciudadanos y que se revela incapaz de asegurar la permanencia del lazo social, y da testimonio de un malestar creciente en el seno de la vida pública, de un desprecio de la Nueva Clase que no deja de extenderse. Es sintomático de una crisis de la democracia, recientemente analizada por Gérard Mendel como «una tendencia a la que se suman la desacralización de la autoridad, la pérdida de fe en las ideologías globalistas, la convergencia gestionaria de los grandes partidos, el sentimiento difuso de que las fuerzas económicas son más poderosas». Dicho populismo surge cuando los ciudadanos ven en las urnas sólo un simple motivo del que ya no pueden esperar nada.

Bajo tales condiciones, la denuncia del “populismo” muy a menudo apunta a desarmar la protesta social, tanto en el seno de una derecha preocupada por sus intereses como de una izquierda que se ha vuelto masivamente conservadora y escindida del pueblo. Esto permite que la Nueva Clase se vuelva venal y corrompida, y cuya principal preocupación es la «deslegitimación de todo aquello que para el pueblo es una causa por defender en favor de aquello que para el pueblo es un problema por resolver» (Annie Collovald); de ver al pueblo con desdén. Que «recurrir al pueblo» pueda ser denunciado como una patología política, o sea, como una amenaza para la democracia, es a este respecto muy revelador. Esto es olvidar que en democracia el pueblo es el único depositario de la soberanía; sobre todo cuando es conculcada.

Reducir el populismo a una simple postura se vuelve sinónimo de demagogia, es decir, de mistificación. Pero el populismo también puede existir como forma política casi entera, esto es, como sistema organizado de ideas. Además, tiene sus grandes ancestros: “ludistas” y “cartimagnistas” ingleses, agraristas estadounidenses, populistas rusos (narodnitchestvo), sindicalistas revolucionarios y representantes del socialismo francés de tipo asociativo y mutualista, eso sin olvidar a algunos grandes teóricos, de Henry George a Bakunin, de Nicolás Chernievski a Pierre Leroux, Benoit Malon, Sorel y Proudhon.

Como forma política el populismo se expresa por un compromiso hacia las comunidades locales más que hacia la “gran sociedad”. No se siente solidario ni con el Estado ni con el Mercado, rehúsa tanto el estatismo como el individualismo liberal. Aspira a la libertad y a la igualdad, pero es profundamente anticapitalista pues ve muy bien que el reino de la mercadería liquida todas las formas de vida común a las que está apegado. Al aspirar a una política acorde a los anhelos populares, fundada en una moral popular por la que la Nueva Clase no siente más que desprecio, busca crear nuevos lugares de expresión colectiva sobre la base de una política de proximidad. Postula que la participación de los ciudadanos en la vida pública es más importante que el juego de las instituciones. Y finalmente, concede una importancia central a la noción de subsidiaridad, y es por ello que se opone explícitamente a las elites político-mediáticas, gerenciales y burocráticas.

Antielitista, el verdadero populismo es, pues, incompatible con todos los sistemas autoritarios con los que solemos asimilarlo. Es también incompatible con los pomposos discursos de líderes autoproclamados que pretenden hablar en nombre del pueblo, pero que no se atreven a darle la palabra. Desde el momento en que se desata el impulso desde arriba, y que lo hace un tribuno demagógico para dirigirse al fondo de la protesta social o del descontento popular, sin dejar jamás que el pueblo se exprese por sí mismo, es cuando salimos del populismo propiamente dicho.

Reinstalado en su propia perspectiva, el populismo tiene tanto o más futuro que la política institucional, que decrece cada vez más. En el presente, el populismo es el único que puede sintetizar el eje justicia social/seguridad que tiende a suplantar al eje izquierda-derecha o los conflictos sociales de tipo más clásico. Es en ese punto donde ofrece una alternativa respecto de la hegemonía liberal fundada solamente en la política representativa. Al proponer revigorizar la política local gracias a una concepción responsable de la política participativa, puede desempeñar un papel liberador. Recuperaría así su tarea original: servir a la causa del pueblo.

Cuanta más representación, menos democracia

El carácter decisivo de la oposición entre la identidad y la representación ha sido demostrado por Carl Schmitt cuando decía que las personas tienen menos necesidad de ser representadas que de ser reintroducidas, de estar, ellas mismas, políticamente presentes. Es por ello que Schmitt desafía la idea de Kant, según la cual «toda verdadera república no puede ser otra cosa que un sistema representativo del pueblo».  Rousseau dice, en cambio, que “la democracia directa es una democracia representativa de forma indirecta”, que “el elemento representativo es el elemento fundamentalmente democrático de esa democracia”.  La sociopolítica nos indica que donde hay mayor identidad es en la democracia directa o participativa, mientras que la sociedad política donde hay mayor representación es una monarquía absoluta.

Por supuesto, la mayoría de los regímenes contemporáneos incluyen tanto la identidad como la representación. Schmitt, sin embargo, advierte contra los regímenes excesivamente representativos. En ellos el peligro es convertirse en “un Estado sin pueblo”. Una res populi sin populus.  Por el contrario, la democracia directa permite a las personas ser “una unidad política como poder real en su propia identidad inmediata”. El término “identidad” indica el lado existencial de la unidad política, cualesquiera que sean sus fundamentos. Schmitt concluye que «en la democracia, la participación de todos los ciudadanos en el Estado no tiene el sentido de la representación, sino el de la constitución de la identidad de ese pueblo como unidad política».

Los teóricos comunitaristas como Michel Sandel y Alasdair MacIntyre destacan que los individuos nunca pueden ser planteados como un “yo abstracto”, sino que son inseparables de sus fines y están siempre predeterminados por una idea particular de la “vida buena”, conectada a uno o más factores constitutivos de su identidad. Estos factores (filiaciones) pueden ser heredados o elegidos. Incluso si se heredan, se convierten en activos sólo en la medida en que son aceptados y deseados.

Por lo tanto, la visión puramente individualista de la vida política parece obsoleta. El surgimiento de las comunidades y redes restaura el respeto de un principio de asociación diferente al del contrato. En el pasado, el principio contractual obligaba a los individuos a emanciparse de las comunidades de pertenencia, pero esto entrañaba las mayores dificultades. Como Emile Durkheim, Georges Simmel o Ferdinand Tönnies han demostrado, sin embargo, esto también produjo catástrofes que engendraron nuevos tipos de vínculos.  El contrato es fundamentalmente diferente de la asociación que presupone. El error de los teóricos contractualistas fue creer que las personas podrían contraer o convenir entre ellas sin estar previamente asociadas. Es precisamente lo contrario: no hay contrato social que pueda ser verdaderamente fundacional; en el mejor de los casos, sólo podría sancionar una asociación preexistente. El resurgimiento actual del movimiento asociativo, inspirado en gran medida en Proudhon, merece ser reexaminado cuidadosamente, en particular, en lo que respecta a la conexión que crea entre la autonomía individual y la reconstrucción de los vínculos sociales.

Roger Sue, refiriéndose a los inspiradores o teóricos de los movimientos asociativos, escribe que, para ellos, «el poder debe proceder de un colectivo de asociaciones: su visión de la democracia es, inicialmente, federalista».  Y añade: «La política del asociacionismo tiene que resurgir necesariamente, porque la democracia representativa, tal como fue concebida y practicada durante décadas, ya no es sostenible durante más tiempo». La idea de una multiplicidad de representaciones necesita ser integrada por otra en la que cada ciudadano sea representante y representado al mismo tiempo. «Entonces, retornamos a los principios de la democracia de Aristóteles: todo el mundo es necesario para gobernar y ser gobernado».  El ideal de autonomía conduce a la asociación, no a la secesión. La asociación es uno de los modelos actuales más atractivos para reactivar políticamente la sociedad.

Lo social es un espacio distinto del Estado y del Mercado

Uno de los grandes errores de la era moderna ha sido la de trasladar todas las relaciones sociales al ámbito privado y delegar en el Estado el monopolio público de la política. Siguiendo este esquema, los liberales han optado por hacer hincapié en lo privado (la “sociedad civil”), mientras que sus adversarios defienden los privilegios de la esfera pública controlada por el Estado. Ambos estuvieron de acuerdo en aceptar esta dicotomía, que hoy parece insostenible. Ahora debemos tener en cuenta la autonomía de la sociedad y su necesaria dimensión política, es decir, su capacidad para intervenir en el dominio público. Lo social no es privado, no es una simple adición o agregación de conductas privadas. Tiene tanto una dimensión privada como una dimensión pública. Cada vez que un miembro de la sociedad actúa como ciudadano, participa en esta dimensión pública.

Igualmente, la forma en que la economía y la sociedad se han situado en una relación de proximidad o, incluso, de vecindad (casi en sinonimia), tanto por la derecha como por la izquierda, es asimismo cuestionable. La sociedad es una realidad distinta del Estado y del Mercado, y por lo tanto, puede defender su espacio y sus prerrogativas contra ambos. La intención de mantener la regulación social unida a la esfera mercantil, sólo puede provenir de la liberal “sociedad civil”, que no es más que la agregación de entidades particulares y el lugar donde diversos intereses se enfrentan entre sí. Es inútil oponer el “Estado al mercado” (estatismo) o el “mercado al Estado” (liberalismo). Sería mejor si, a través de la intervención política de la sociedad, aseguramos que la distribución de los bienes sociales no se reduce a los mecanismos estatistas o del mercado.

François Ascher escribe que la democracia representativa «sólo podría funcionar si los ciudadanos compartieran grandes ideologías y/o grandes intereses socioeconómicos, ya que entonces podrían delegar, de manera colectiva, en un representante electo. En una sociedad tan compleja como la nuestra… este sistema de delegación funciona cada vez peor». Por su parte, Myriam Revault D'Allonnes recuerda acertadamente que «la democracia representativa es concebible sólo cuando la cuestión del consentimiento del poder… es mayor que la problemática de la participación efectiva en el poder».  Entonces, no hay que rechazar toda representación, sino reinventar o instituir nuevas formas de democracia directa en todos los niveles –democracia directa que los liberales siempre han rechazado en nombre de las prerrogativas de las élites y por temor a la violencia revolucionaria– y, al mismo tiempo, reducir los niveles y formas de representación. Si la ciudadanía es inmediata y congruentemente correspondida con la sociedad, debe encontrar los medios para expresarse mediante la participación de todos en la vida pública.

El lugar natural de la democracia participativa

El lugar natural para la democracia participativa está en el modelo asociativo y en la acción local. Esta acción local (en el barrio, la ciudad, el distrito, la comunidad o la región) tiene que determinar las condiciones para un nuevo equilibrio entre la deliberación y la decisión, a sabiendas de que el voto es sólo un medio democrático entre muchos otros –“sólo una de las formas de expresión de preferencias y voluntades” (Rosanvallon). En otras palabras, y sobre todo, debe basarse en el principio de subsidiariedad, que consiste en delegar en los niveles superiores sólo aquellas decisiones que no se pueden adoptar y los problemas que no se pueden resolver por las instancias inferiores. La idea de que los ciudadanos deben poder decidir por sí mismos sobre los asuntos que les conciernen es la base fundamental de la autonomía.  En la actualidad, el principio de subsidiariedad es la mejor manera de contrarrestar la tendencia mundial hacia la homogeneización. El sistema federal, que Raymond Aron describió como “la versión civilizada o voluntaria del Imperio”, se está moviendo en esta dirección, ya que se organiza “de abajo hacia arriba”, según el doble principio de autonomía y subsidiariedad. En ciertos sentidos –la soberanía, la pluralidad de lealtades y pertenencias, la reciprocidad del intercambio y el ejercicio compartido del poder–, la posmodernidad restaura ciertos aspectos esenciales de la feudal premodernidad.

No estamos asistiendo al fin de la política, sino de una forma política característica de la modernidad que está a punto de concluir. Es el agotamiento de un modelo de autoridad dominante, donde la toma de decisiones se concentra en manos de un poder superior, situado en lo más alto, del fracaso de las élites autoproclamadas cuya experiencia histórica ha demostrado que no eran más capaces ni más infalibles que las masas a las que pretendían ilustrar. Permitir el retorno de la política significa que ya no hay nada que esperar de la competencia política entre partidos, ni de una democracia representativa del parlamentarismo liberal, que se ha convertido en exclusivamente representativa, pero que ya no representa a nada ni a nadie. En la medida en que la brecha principal se produce entre la élite dirigente y el pueblo, debemos entender que la solución no puede venir de arriba. El debilitamiento de los sentimientos nacionales no puede curarse mediante la reafirmación de las prerrogativas de un Estado-nación en plena desintegración.

Paul Valéry decía que la política era el arte de evitar que las personas participaran en los asuntos que les conciernen. Hacer política hoy consiste en conseguir que los ciudadanos decidan sobre lo que verdaderamente les preocupa, lo más posible y en la mayor brevedad posible. No hay que olvidar que el primer fundamento de la democracia es el pueblo, la soberanía popular. El punto de partida de la política democrática es el poder instituyente del pueblo. La soberanía democrática no es la soberanía nacional, sino la soberanía popular. Ahora, la política reaparece, apela a un renacimiento desde la base, por una recomposición y reconstrucción del vínculo social y la plena reactivación de la dimensión política de la sociedad, en términos de autonomía local, de democracia participativa, asociativa y comunitaria, y según el principio de subsidiariedad. Significa, siguiendo el modelo griego, en lugar del modelo romano: sustituir la imagen de la pirámide por la del laberinto.

La hora de la micropolítica

En la era de la modernidad, la política ha sido pensada de manera esencialmente institucional o contestataria de la institución. El poder central era el objetivo de las prácticas y las luchas políticas. Cuando los descontentos eran demasiado numerosos, asistíamos a movimientos de cólera, e incluso insurrecciones. Hoy se asiste a su implosión. Hoy no nos movilizamos, nos desentendemos. No solamente sucede que los poderes oficiales son cada vez más impotentes, sino que la abstención no deja de progresar. Por muy “cercanos al pueblo” que pretendan estar, los políticos se esfuerzan en vano por asegurar de forma patética su apuesta por la “transparencia”, sus programas ya no interesan a nadie.

Aquellos que no comprenden que el mundo ha cambiado se sienten desolados. Ven desaparecer algo que era considerado ya como familiar a sus vidas y constatan una sensación de ruptura. Confunden el fin de un mundo, el suyo, con el fin del mundo. Olvidan que la historia está abierta, y que aquello que es superado anuncia nuevas recomposiciones. Como la ola, dice Michel Maffesoli, que avanza mientras parece recular.

No hay que confundirse de cara a este movimiento de “reacción”, al interpretarlo como una “deserción” de tipo clásico. Se trata en verdad de una nueva “secesio plebis”. Como a imagen de un individuo, cuando su cuerpo ya no sigue a su voluntad. Pero aquí, hablamos del cuerpo social. Dentro de este movimiento de sedición instintiva, el cuerpo social se desvincula de la consciencia de la institución, del poder estatal. No se reconoce más en lo instituido, en la clase política. No es que se haya vuelto indiferente a todo. Solamente es que ha comprendido que la verdadera vida está fuera de ahí.

Esta dinámica es desconcertante puesto que, contrariamente a lo que estamos acostumbrados a ver, no tiene un fin preestablecido. No está guiado por vastas teorías, no se fija grandes objetivos a conseguir. Las grandes nociones abstractas (patria, clase, progreso, etc.) a la luz de los que habíamos querido cambiar el mundo para hacerlo mejor, tuvo por efecto convertirlo en peor, de forma que hoy se nos aparecen como vacíos de sentido. La Historia (con mayúscula) se ha retirado del escenario en beneficio de las historias particulares, al igual que las grandes epopeyas en beneficio de las narraciones locales. Después de quince siglos de doctrinas que pretendieron decir como el mundo debía de ser, volvemos a la idea de que el mundo debe ser entendido tal y como es. No hay que temer este movimiento, de este funcionamiento a la vez opaco y prometedor.

La mundialización, que constituye actualmente el marco de nuestra historia, no es menos paradójica. Por un lado, es unidimensional, por lo que parece provocar por todos los lados la extinción de la diversidad bajo todas sus formas. Por otro, supone una fragmentación inédita. De esta manera, restituye la posibilidad de un modo de vida “autopolítico”, fundado sobre la autoorganización a todos los niveles, y además la posibilidad de un tipo de práctica democrática que se había vuelto impracticable dentro de los grandes conjuntos nacional-unitarios.

La acción local permite ciertamente vislumbrar un retorno a la democracia directa, de tipo orgánico y comunitario. Una democracia de este tipo, tiene en cuenta tanto el momento de la deliberación como el de la decisión, e implica sobre todo una importante participación. Se basa también en las nociones de subsidiariedad y reciprocidad. Subsidiariedad: que las comunidades puedan en lo posible decidir por sí mismas aquello que les concierne, y que no deleguen a un nivel superior más que la parte de poder que ellas mismas no puedan ejercer. Reciprocidad: que el poder de decidir otorgado a algunos esté acompañado del poder dado a todos de controlar a aquellos que deciden. Esta forma de gestión responde a la definición de poder dado por Hannah Arendt, no como un contrato, sino como un poder de hacer y de actuar juntos. Vuelve a pensar la política a partir de la noción de autosuficiencia, buscando crear las condiciones para esta autosuficiencia a todos los niveles: familias ampliadas o recompuestas, comunidades vecinales, de ciudades y de regiones, comités locales, sistemas intercomunales, ecorregiones y mercados locales.

La Revolución de 1789, al consagrar los derechos del individuo independiente de toda pertenencia comunitaria, ha pretendido poner fin a un sistema de asociacionismo, al que reprochaba hacer de “cortina de humo” entre el individuo y el Estado soberano. Rousseau no era ni mucho menos hostil al régimen asociativo, del que Tocqueville hizo tras él uno de los útiles de la libertad. En el siglo XIX, el modelo de representación no ha dejado competir en lugar del de asociación. «La idea proudhoniana de federalismo, recuerda Joël Roman, fue explícitamente propuesto en oposición a la representación política, y el naciente movimiento obrerista se encontrará ligado en primer término a la noción de asociación». Este modelo ha inspirado más tarde experiencias muy diversas (concejistas, comunitarias y cooperativas). Estamos viendo como renace en nuestros días, con un nuevo rostro.

La noción de comunidad está directamente ligada al de la democracia local. Al mismo tiempo que una realidad humana inmediata, la comunidad es un instrumento de creación del imaginario social. Es a partir de ésta que es posible hoy recrear lo colectivo. La dimensión colectiva asocia a aquellos tienen una causa por alzar en común: pertenecen a mi comunidad aquellos que, en la vida diaria, se enfrenta a los mismos problemas que yo. Poner el acento sobre las comunidades significa rehabilitar las “matrias” carnales, concretas, frente a la patria abstracta, inmensa, anónima y lejana. Este retorno al enraizamiento dinámico, abierto, no significa una regresión, un cerramiento o una sustitución. Privilegia las nociones de reciprocidad, de ayuda mutua, de solidaridad con lo próximo, de intercambios de servicios y de economías paralelas, de valores compartidos. La resistencia a la homogeneización planetaria no podrá operarse más que a nivel local.

Pensar globalmente, actuar localmente: ésta es la clave de la micropolítica. Se trata de terminar con la autoridad y la expertocracia que nos vienen dadas desde arriba, dictando desde lo alto de la pirámide las reglas generales, así como con una sociedad donde la riqueza aumenta al mismo ritmo que se desagrega el vínculo social. Contra la mentalidad de asistencia y el Estado-Providencia, se trata de trabajar por la reconstrucción de los vínculos de reciprocidad, la resocialización del trabajo autónomo, la aparición de nuevos “nichos” sociales y la multiplicación de “nudos” en el seno de las “redes” asociativas. Se trata de hacer reaparecer al “hombre habitante” por oposición al hombre que no es más que productor y consumidor. Se trata de colocar lo local en el centro, y lo global en la periferia. Retorno al lugar, al paisaje, al ecosistema, al equilibrio.