La uberización: la otra gran sustitución, por Alain de Benoist


¡Precariado para todos! Flexiseguridad, trabajadores pobres, minijobs, temporales, uberización,… ¿Se ha convertido el precariado en el nuevo estatus del trabajador globalizado? Las reformas del Derecho del Trabajo obedecen a esta lógica del trabajo low-cost, nueva condición salarial. Nunca se ha perdido tanta vida en ganarla. 

En la sociedad actual, la centralidad del trabajo es evidente. Aunque sea una relación puramente contractual, que exige unos individuos desligados de toda conexión (en la doctrina liberal, todo debe poder comprarse, venderse o alquilarse), el trabajo es todavía una mediación social, una forma de socialización, un sustituto de las relaciones, al mismo tiempo que confiere un estatus. El desempleo es percibido como una vergüenza porque es una forma de exclusión que hace desaparecer el único medio que tienen las personas para participar en la sociedad. Es por ello que existe una fuerte correlación entre la tasa de desempleo y la importancia que se le da al trabajo. Añadamos que el trabajo, convertido en un fetichismo colectivo, puede ser también una manera de escapar al pánico moral que suscita la vacuidad. 

El espejismo de la flexiseguridad

Frente al aumento del desempleo estructural, la gran tendencia actual es buscar la disminución del desempleo aumentando la precariedad, en paralelo a la sustitución de las actividades productivas por empleos inútiles, que son unos empleos destinados a desactivar las veleidades de revuelta social. Es la aplicación del principio liberal: “Más vale un mal trabajo que ningún trabajo”. De ahí la idea de la flexiseguridad que hay que entender así: la flexibilidad se exige enseguida, en cuanto a la seguridad… ya veremos. El término es, en realidad, un oxímoron, como el de “desarrollo sostenible”. Por lo tanto, se crean a la vez empleos que no sirven para nada y trabajadores sin recursos, es decir, personas con trabajo que  no tienen de qué vivir. El desempleo disminuye, pero la miseria se extiende, mientras que en la azotea de los rascacielos las riquezas surgidas de la creación monetaria, la especulación financiera y la depredación social se acumulan.

Se llama “empleo precario” a un empleo retribuido con bajo salario o con un contrato de trabajo muy corto, que no presenta la garantía de obtener o conservar un nivel de vida aceptable. La precariedad se opone a la duración, la estabilidad, la seguridad. Se manifiesta tanto a nivel de contratos de trabajo como en las condiciones y la duración (tiempo parcial aceptado o asumido). También puede ser el resultado de reestructuraciones debidas a la búsqueda de rebajar el coste del trabajo (despidos, relocalizaciones, reestructuraciones). La precarización del trabajo tiende a hacer desaparecer la protección que las luchas sociales habían permitido obtener en el pasado. El resultado de la priorización absoluta de la rentabilidad, conjugando la inestabilidad del presente y la imprevisibilidad del futuro, es la competencia en todos los sectores y la guerra de todos contra todos.

Multiplicación de los trabajadores pobres

Los temporales, la subcontratación, las prácticas o los contratos por obra o servicio son, por definición, más precarios que los contratos fijos. Por el momento, en Europa, los contratos fijos son muy mayoritarios, pero los contratos temporales no dejan de aumentar, y el trabajo a tiempo completo y fijo no es ya la manera “normal” de trabajar […]

A comienzos de los años 80, la mitad de los asalariados temporales se convertían en fijos al año siguiente. Hoy, a penas más de una quinta parte sigue el mismo camino. Los empleos inestables ya no hacen de trampolín hacia el trabajo fijo. Las principales víctimas de esta precariedad son la juventud y el colectivo con baja cualificación.  Este aumento de la precariedad es lo que ha llevado, en Inglaterra, a la multiplicación de los trabajadores pobres (working poors) y a los contratos “de cero horas”. En Alemania, desde las reformas Herz, se ha llegado a los minijobs (450 € sin cotizaciones ni cobertura social) que, en 2013, afectaban a 7 millones de trabajadores (17% de la población alemana en activo). 

Las consecuencias de la precariedad no son solo económicas y financieras, sino también psicológicas y sociales. Primero, es un factor de pérdida de sociabilidad. A medida que se multiplican las incertidumbres sobre el futuro, los anteriores puntos de referencia se borran. Cuando la competencia aumenta, los demás miembros de la sociedad son percibidos como unos adversarios o meros rivales. También tiene consecuencias para la salud: en situación precaria, ya no se tienen los medios para cuidarse. Pero es sobre todo la pérdida del sentido del trabajo lo que es fuente de miseria. Muchos son los estudios que muestran los sufrimientos morales padecidos por los asalariados cuando su trabajo les parece inútil o absurdo, es decir, “sin calidad”. Dostoievski decía: “Si se quiere reducir a una persona a la nada, bastaría con dar a su trabajo un carácter de completa inutilidad, de absurdidad”. 

El empleo precario: una estrategia económica

Un trabajador precario, sobre todo si tiene deudas, no se arriesgará a lanzarse en una protesta social o una acción de solidaridad. Tendrá menor tendencia a afiliarse a un sindicato, será más vulnerable a las exigencias de productividad, pero también a los chantajes en el empleo (que le obligarán, por ejemplo, a aceptar una bajada de sueldo para evitar la deslocalización de su empresa).

Por estas razones, proponer un empleo precario se ha convertido en una estrategia económica para los empleadores, que piensan así ganar competitividad y poder adaptarse más rápidamente a los cambios de la coyuntura. El estribillo repetido mil veces por las patronales ya es conocido: cuanto más libre sea el despido, menos se dudará en contratar. ¿Cómo se explica entonces que la precariedad en el empleo haya aumentado constantemente a la vez que lo hacía el desempleo?

Bertrand Russell escribía en 1932: “Los métodos de producción modernos han hecho posibles el confort y la seguridad para todos: en su lugar, hemos escogido la sobreocupación para unos y el hambre para los otros”. En efecto, una de las paradojas del trabajo moderno reside en la constatación de que producimos cada vez más bienes y servicios con cada vez menos personal, pero los que quedan tienen que trabajar todavía más. Se suprimen empleos, pero quienes los conservan deben demostrar una productividad cada vez más elevada. No se ha trabajado tanto desde que el trabajo se ha convertido en algo superfluo. […]

David Graeber demuestra que la ideología de la deuda y la ideología del trabajo se apoyan una sobre la otra, ya que la creación monetaria a través de la deuda empuja al aumento del trabajo para reembolsarla, mientras que, por culpa del desempleo, los individuos y las familias están obligados a endeudarse para mantener su forma de vida. Este endeudamiento es la causa de su docilidad, reflejo de su vulnerabilidad (se tiene miedo a perder el empleo, a no poder pagar las deudas). De ahí la ambivalencia de sentimientos: la gente quiere a cualquier precio un trabajo pero, al mismo tiempo, desea ver reducido el sitio que el trabajo tiene en su vida. 

Las promesas del “trabajo independiente” (la uberización de la sociedad) son, por otra parte, engañosas, ya que la precariedad es la norma, todavía más que entre los asalariados. En el mundo post-industrial, que antepone el conocimiento al trabajo manual, cada individuo se ve invitado a “convertirse en su propia empresa” (a ser emprendedor de sí mismo) para valorizar sus “activos incorporales”, aunque tengamos que convertirnos en trabajadores multitarea, corriendo de una actividad a otra, buscando nuevos clientes improvisando ser juristas o contables. La uberización no es más que el nuevo nombre de la división y la atomización del trabajo. La precariedad es la norma ya que los resultados buscados se sitúan en un horizonte de tiempo cada vez más corto. Más que nunca, perdemos nuestra vida intentando ganarla.

La generalización del precariado

Bajo la cobertura de la “flexibilidad”, se busca en realidad individuos moldeables y explotables, que deben adaptarse sin cesar a las exigencias de una economía de la que se estima que deben ser sus servidores o, mejor, sus esclavos. La generalización del precariado es la llegada del individuo sustituible, intercambiable, flexible, móvil, de usar y tirar. Es la entera reducción de la persona a su fuerza de trabajo, es decir, a esa parte de sí mismo que puede ser tratada como una mercancía. Es la sumisión al imperativo del rendimiento, la venta de sí mismo extendida a todos los aspectos de la existencia. “La esclavitud ha encontrado en el salariado una cobertura jurídica que la hace compatible con los derechos humanos”, decía Philippe Simonnot. Será todavía mejor mañana con la robótica: los robots no se ponen nunca enfermos, pueden trabajar sin parar y no están afiliados a ningún sindicato. ¡Un sueño!

Con la excusa de la simplificación de las leyes laborales, en Europa se está abandonando el sistema jurídico propio por el de Estados Unidos, favoreciendo las negociaciones de empresa en detrimento de los convenios colectivos sectoriales. Esto permitirá negociar contratos contrarios a la ley, lo cual agravará la precariedad en el futuro, demostrando que la intención de construir “naciones-startup” (como dijo E. Macron) está en consonancia con una religión económica que exige la absorción de lo político por la gobernanza. Fuente: Éléments pour la civilisation européenne.