La victoria de Trump es deseable, a falta de algo mejor. Entrevista a Alain de Benoist, por Nicolas Gauthier

 

La elección presidencial en EEUU llegará pronto. A título personal, ¿desea usted la reelección de Donald Trump? ¿Le alegraría un segundo mandato de este presidente, aunque solo sea para ver la cara de sus oponentes, tanto norteamericanos como europeos?

Me gustaría que fuera reelegido, pero a falta de algo mejor. Como ya se sabe, el personaje no tiene gran cosa para agradarme. No es tanto lo que se le reprocha habitualmente (su estilo, su brutalidad, su vulgaridad) lo que me disgusta, ya que pienso que es, al contrario, lo que un gran número de sus compatriotas aprecia, un asunto que nos empeñamos en no entender a este lado del Atlántico. Se trata más bien de que su proyecto me parece nebuloso; que su política extranjera es, en mi opinión, execrable y que el hombre no es el adecuado para dirigir lo que es (provisionalmente, por lo menos) la primera potencia mundial. 

En el fondo, no hay más que tres verdaderos jefes de Estado en el mundo de hoy en día: Vladimir Putin, heredero del antiguo Imperio ruso; Xi Jinping, heredero del antiguo Imperio chino y Recep Tayyip Erdoğan, que busca reconstituir el antiguo Imperio otomano. Donald Trump tiene cualidades, sin duda, pero no tiene la dimensión de un hombre de Estado. 

¿Por qué apoyarle, entonces? Porque Joe Biden es cien veces peor. No solo por el hecho de su personalidad superficial y cansada, sino por todo lo que representa: el establishment, el Estado profundo, la sumisión a la ideología dominante, el inmigracionismo, el progresismo, el capitalismo sin tierra, lo políticamente correcto, Black Lives Matter, los grandes medios, en resumen, esa abominable Nueva Clase que ya estaba representada por Hillary Clinton hace cuatro años. Para quitar del camino a Joe Biden y a su colega Kamala Harris (que podría sucederle a mitad de mandato), ¡sería capaz de votar a Mickey Mouse!

Pero, ¿tiene Trump todavía posibilidades de ganar estas elecciones?

Así lo creo. He propuesto varias veces el realizar la diferencia entre el personaje de Trump y el fenómeno trumpista que es, ante todo, un reflejo populista de protesta ante todo lo que representa el establishment. Se podría rechazar a Trump, pero el trumpismo es otra cosa. Guardando las proporciones, se podría comparar a lo que llamamos aquí “la Francia periférica”. Los estadounidenses son muy diferentes a los europeos (más de lo que piensan estos últimos) pero el esquema de base es el mismo: las clases populares contra las élites mundializadas; los sedentarios contra los nómadas; el pueblo contra los ciudadanos del mundo; los de abajo contra los de arriba. 

En los Estados Unidos de hoy, esta oposición ha cristalizado para dar origen a dos bloques que ya ni se comunican entre ellos. En un lado y en el otro ya no quieren solo ganar las elecciones, sino aniquilar a los de enfrente. ¿Quiere una cifra reveladora, y sorprendente? El 15% de los republicanos y el 20% de los demócratas estiman que el país iría mucho mejor si sus rivales “se murieran”. Lo nunca visto. 

Esto quiere decir que la política ha cambiado. Los candidatos y candidatas, en Estados Unidos, no se presentan ya a las elecciones vanagloriándose de sus competencias, sino como representantes de las mujeres, los homosexuales, los afroamericanos, los hispanos, etc. La “política identitaria”, alimentada por lo políticamente correcto, lo ha invadido todo. Lo que quiere decir que los retos políticos están ahora subordinados a los retos culturales y antropológicos. 

Es por ello que, al contrario de lo que sucedía antes (cuando los programas de los republicanos y los demócratas parecían más o menos indiferenciables, sobre todo a nuestros ojos), todas las encuestas muestran que esta elección presidencial es juzgada por los ciudadanos como de una importancia excepcional (87% de ellos hablan como un punto de inflexión irreversible) cuando, además, entre ellos hay muy pocos indecisos. 

Esa es la razón por la cual los dos candidatos no buscan tanto conseguir partidarios en el campo contrario sino consolidar sus bandos respectivos. Y es eso también lo que explica que el primer debate Trump-Biden se haya terminado con un intercambio de injurias de una violencia verbal todavía impensable entre nosotros. Ya sea el trumpismo o la Nueva Clase el ganador, son dos concepciones del mundo muy diferentes las que están en juego. 

¿Qué balance se puede hacer de estos cuatro años de trumpismo? ¿Sería su reelección una buena noticia para su país y, más importante, para Europa?

El balance es difícil de evaluar. Sin duda, Trump es mejor de lo que dicen sus adversarios, pero peor de lo que dicen sus partidarios. Como Trump ha pasado un tiempo considerable intentando escapar de las trampas que le ponían, y que no lo ha conseguido más que remando entre “consejeros” de inspiración opuesta, es difícil saber cuáles son las iniciativas que le han correspondido realmente.

En lo que respecta a su política extranjera –la única que debería interesarnos–, el balance es francamente malo. Visiblemente, a Trump no le gusta Europa, aunque en ello solo se distingue de sus predecesores en que no se esconde. Al principio, intentó acercarse a Rusia con la esperanza de hacerla alejarse de la alianza con China, pero como no han parado de acusarle de estar “al servicio de los rusos”, desistió de ello. Pero su enemigo principal es China. 

El eje que fomenta es el representado por Washington-Riyad-Tel Aviv, lo que satisface tanto a los neoconservadores como a los evangélicos, pero que resulta ser totalmente contrario a los intereses europeos. Pero, con Joe Biden, sería todavía peor. 

Recuerde lo que François Mitterrand confiaba a Georges-Marc Benamou: “Son duros, los estadounidenses, son voraces, quieren todo el poder sobre el mundo. Francia no lo sabe, pero estamos en guerra con ellos. Sí, una guerra permanente, una guerra vital, una guerra económica, una guerra sin muertos aparentes y, sin embargo, una guerra a muerte”. Fuente: Boulevard Voltaire