La obsolescencia programada del humano: cuando los trabajadores sobran, por Alain de Benoist

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El factor trabajo no ha tenido siempre el mismo valor en todas las épocas. Hubo incluso un tiempo cuando el trabajo no tenía ningún valor. Todo lo contrario del capitalismo: se creó el trabajo asalariado, pero puede que muera mañana por la combinación de la robótica y de la inteligencia artificial. Así se confirmarán una vez más las sombrías advertencias de Marx: el capitalismo “no puede existir sin revolucionar constantemente los medios de producción, lo que quiere decir las relaciones de producción, es decir, el conjunto de las relaciones sociales”. 

El error más grande que se pueda cometer en relación al trabajo es considerarlo como un objeto intemporal que, bajo formas diversas, habría tenido siempre la misma naturaleza, jugado siempre el mismo papel y respondido siempre a las mismas motivaciones. Reducir la diversidad histórico-social a una esencia o a una unidad formal es la mejor manera de no entender nada sobre lo que se quiere analizar. Otro error es dar una definición demasiado extensiva, como si cualquier forma de relación metabólica con la naturaleza o cualquier forma de actividad fuera un “trabajo”. Decir que todo es trabajo es lo mismo que decir que todo es mercancía.

El monasterio, ¿antepasado de la fábrica?

Las grandes religiones ya modularon la manera de ver el trabajo. El judaísmo no lo desvaloriza, el islam lo convierte en sagrado mientras que, en las antiguas sociedades europeas, el trabajo es visto como algo degradante (es una necesidad que representa lo contrario de la libertad). La Iglesia ha oscilado constantemente entre la exaltación de la pobreza y la condena de la “ociosidad”, el anatema contra la usura y la legitimación del valor productivo. En los monasterios es donde el “valor trabajo” fue reconocido por primera vez, como complemento de la oración y la contemplación. El escritor Pierre Musso describe el monasterio como el antepasado de la manufactura, después de la fábrica, observación que tiene todo su fundamento.

Con los primeros economistas liberales, empezando por Adam Smith, es cuando el trabajo empieza a ser considerado como fuente de riqueza, e incluso como la única actividad humana verdadera. Con la Modernidad, el trabajo pasa a ocupar un lugar central en la lógica económica y se convierte en un fin en sí mismo, idea totalmente extraña en las sociedades tradicionales, donde la economía estaba encastrada en la sociedad, y todavía no se había erigido en una función dominadora. En esas sociedades, donde la economía no ocupaba más que una función subordinada, había tres cosas que no podían intercambiarse en el mercado: el trabajo, la tierra y la moneda. Una de las grandes características del capitalismo, al contrario, es ver al trabajo solamente como una mercancía en competencia, que debe comprarse al coste más bajo, con el fin de aumentar la parte de valor añadido que corresponde al empleador (la plusvalía), asegurándose a la vez que la clase trabajadora consumirá bienes con lo que se le ha permitido ganar.

Se nos olvida a menudo: el capitalismo no es solo el capital sino también la clase asalariada. No es solo el sistema de origen burgués que busca a transformar el dinero en cada vez más dinero; no es solo el sistema que se funda sobre la ficción de un mercado autorregulado; no es solo el sistema que busca el beneficio ilimitado haciendo saltar todos los límites que frenan la valorización del capital y pregona la conversión de todas las actividades humanas en mercancía; es también el sistema que descansa sobre la fuerza de trabajo, base de la valorización del capital, y la transformación del trabajo concreto en trabajo abstracto, que hace corresponder la transformación del valor de uso en valor de intercambio. El trabajo, en el sentido moderno, es una categoría capitalista.

La llegada del mercado

El trabajo se ha ido progresivamente confundiendo con la clase asalariada. Ha sido una revolución silenciosa, pero una mutación enorme. Ayer se tenía un oficio, hoy se busca un empleo. El oficio y el empleo no son lo mismo. Con el oficio, se ve lo que se crea y se consume con frecuencia lo que se ha creado. Es una forma de autonomía. Con el empleo se es empleado, es una forma de dependencia, de desposesión y, además, no se consume con facilidad lo que otros han producido. Históricamente hablando, la generalización de la clase asalariada, que empieza al final del siglo XIX con la llegada de la sociedad industrial y de la producción manufacturera, tuvo muchas resistencias en el mundo rural sobre todo (hoy en vías de desaparición), de lo cual se ha perdido hoy el recuerdo.

En las relaciones salariales, el trabajador vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Esta fuerza de trabajo es una mercancía que tiene un valor determinado. Toda mercancía tiene el doble carácter de valor de uso y de valor de intercambio. El valor de uso es concreto y singular; el valor de intercambio es universal y abstracto. Uno y otro son el producto de dos tipos de trabajo diferentes. El trabajo productor del valor de intercambio es el “trabajo abstracto”, es decir, el trabajo convertido en homogéneo por lo que el mercado determine como socialmente necesario para la producción. Consiste en la reducción de los diferentes trabajos a su cantidad medida en tiempo matemático, también abstracto. La autonomía de este trabajo abstracto descansa sobre el dinero, que reduce toda cualidad a una pura cantidad. El dinero mide la plusvalía que el empleador extrae de la explotación de la fuerza de trabajo, lo que le permite producirse a su vez como valor. La transubstanciación del trabajo en dinero, y luego del dinero en capital, produce la autovalorización del valor. Como dice Jean Vioulac, “la característica fundamental de la explotación capitalista es no quitarle al trabajador los bienes sino solamente el valor, es decir, obligar al trabajo humano a producir algo universal y abstracto”.

La génesis de las relaciones salariales ha sido paralela a la desaparición de los modos de socialización anteriores, y a la aparición de individuos en el sentido moderno del término, es decir, de personas desligadas de sus relaciones de pertenencia y de solidaridad tradicionales. La llegada del mercado donde se puede vender y comprar mediando un salario de la fuerza de trabajo implica, a la vez, la destrucción de las antiguas formas sociales y la separación del trabajador de los medios de producción. Marx decía, de hecho, que el contrato de trabajo tiene las mismas características que el contrato social. Al final, toda la diversidad de las actividades humanas se encuentra reducida a una categoría abstracta única, igual que todos los valores son reducidos al único valor de mercado.

La izquierda ha buscado liberar el trabajo, pero más difícilmente a liberarse de él. Ha reducido el capitalismo a un sistema de explotación sin poner en cuestión el principio de la clase asalariada, ni preguntarse sobre el deseo de trabajar. No ha llegado a ver que el trabajo es más alienante todavía que lo que tiene de alienado. Finalmente, ha pedido prestada la idea de que el trabajo es una necesidad, una pesada fatalidad (San Pablo a los Tesalonicenses: “Si alguien no quiere trabajar, que tampoco coma”), contribuyendo así a acelerar la implantación de la sociedad del trabajo.

La transformación radical del trabajo

Hoy ya no se trata de contemplar el “fin del trabajo” anunciado en los años 30 por J.M. Keynes, y más recientemente por J. Rifkin, sino su radical transformación en un contexto de crisis. La contradicción principal con la que se topa hoy el capitalismo está directamente ligada a la evolución de la productividad –que, en origen, se evalúa por la relación entre el número o el volumen de objetos producidos y el trabajo necesario para conseguirlo–. Esta contradicción es la siguiente: Por un lado, el capital busca permanentemente arañar más productividad que le permita hacer frente a la competencia, lo que lleva a supresiones de puestos de trabajo y a una disminución del tiempo de trabajo global. Por otro, considera el tiempo de trabajo como única fuente y única medida del valor. La contradicción está en el hecho de que los aumentos de productividad llevan a suprimir empleos, mientras que es justamente la categoría “empleo” la que ha permitido al trabajo el ser el motor de la expansión del capital.

En el pasado, esta contradicción estaba escondida en el hecho de que el aumento de la producción y la extensión del mercado permitían compensar la disminución del gasto en fuerza de trabajo. La explosión de los intercambios internacionales, el lanzar a los trabajadores a una competencia en el mundo entero y el endeudamiento han contribuido a aumentar la cadencia. Pero hoy, los aumentos de productividad son de tal tamaño que la innovación de procedimientos va más rápido que la innovación en los productos. Con la revolución informática, la producción de riquezas se separa cada vez más de la fuerza de trabajo humano y, por primera vez, se suprime más trabajo que lo que se puede reabsorber con la extensión de los mercados. Es en este momento en el que el capitalismo se topa con un “límite histórico absoluto”.

Como hay un límite interno a la valorización real hemos entrado, desde hace una veintena de años, en una economía de especulación y de burbujas financieras. Pero sería un error creer que el “mal” capitalismo financiero ha matado al “buen” capitalismo industrial: al contrario, debido a que éste último ya no ofrecía suficientes recursos y el capital-dinero no podría ser reinvertido de forma rentable en la economía real ha habido que volverse hacia la especulación en los mercados financieros. La contradicción entre el mercado actual del trabajo y la producción real de sobrevalor hace que el sistema capitalista esté hoy amenazado, no solo por una bajada sostenida de la tasa de beneficio, sino por una desvalorización generalizada del valor.

Concretamente, se producen cada día más mercancías, mientras que la cantidad de trabajo necesario para producirlas disminuye sin freno, lo que lleva al aumento del desempleo, la bajada de sueldos y, por lo tanto, de la demanda. Hay cada vez más objetos producidos y menos consumidores para comprarlos. Consecuencias: unas clases populares que se empobrecen, clases medias en vías de desclasamiento mientras que asistimos a la captación cada vez más fuerte de una renta pública y privada de naturaleza depredadora. “El reemplazo tecnológico está en el corazón de la lucha de clases contemporánea por el hecho de que las élites que disponen de capitales buscan a beneficiarse de los aumentos de productividad para enriquecerse mejor sin compartir nada”, dice Christophe Grand. Una parte cada vez más importante de la población está representada por “personas que sobran” con todas las consecuencias que eso conlleva.

La importancia decisiva de la inteligencia artificial

En los años que se avecinan, ese fenómeno va a acentuarse debido al progreso de la robótica y de la inteligencia artificial. La automatización, hoy en día reemplazada por la robótica, se desarrolla desde hace tiempo, sobre todo para realizar tareas demasiado repetitivas. Este movimiento se acelera, pero mientras lo hace cambia también de naturaleza. La informática ya tenía como objetivo automatizar las operaciones intelectuales. La inteligencia artificial, que va a tener una importancia decisiva, no se refiere solo a los objetos materiales que hemos conocido hasta ahora. Contribuye de manera abstracta a la mercantilización de la existencia y a la trazabilidad de los agentes gracias a la organización algorítmica de un número creciente de sectores. Vamos hacia una expansión generalizada de la robótica, con transporte público sin conductores (ya ha empezado con los taxis); cajas de supermercado sin cajeros; cirujanos; pero también policías y soldados. Por no hablar de la impresión 3D, que imprime ya nuestras casas y permitirá pronto fabricar también órganos humanos.

En 2013, dos investigadores de la Universidad de Oxford, Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne, estimaban ya en 47% la proporción de empleos amenazados con desaparecer en Estados Unidos. En Europa, un tercio de los puestos de trabajo están también llamados a desaparecer en los próximos veinte años por la expansión de la robótica, la informática y la inteligencia artificial. La industrialización de masas provocó la emergencia de la clase obrera y del proletariado; la robotización hará aparecer una población de no-trabajadores.

El argumento liberal clásico consiste en decir que todo eso no tiene nada de nuevo, que el progreso técnico siempre ha destruido empleos, pero que contribuye a crear otros (la “destrucción creadora” de Schumpeter). Se menciona la revuelta de los tejedores de Lyon contra las máquinas de tejer, o la de los luditas ingleses y los tejedores de Silesia en 1844. Se habla también la manera en la que los empleos del sector terciario han sustituido a los del primario y secundario. Pero no conviene olvidar que todos los empleos de hoy no son sustituibles, y que lo son todavía menos si se tiene en cuenta la importancia de los conocimientos y la desigual distribución de las capacidades cognitivas. Si en el pasado un campesino pudo reconvertirse en obrero sin mayor problema, un obrero de la construcción tendrá muchas más dificultades en reconvertirse en informático. Es por ello que la robótica destruye hoy más empleos de los que crea.

Pero no conviene olvidar, sobre todo, que estamos saliendo de la época en la que las máquinas hacían las cosas tan bien como los humanos para entrar en otra donde las máquinas lo hacen mucho mejor. Esto lo cambia todo, puesto que significa que las máquinas pueden ya competir con funciones que no son solo manuales. Esto lleva al problema de la toma de decisiones: la máquina está en mejor disposición para decidir puesto que puede procesar mejor que un humano las informaciones de las que dispone.

Nos tranquilizan diciendo que, de todas formas, habrá siempre sectores donde el humano no podrá ser sustituido por una máquina. Pero la lista de esos sectores donde los algoritmos no orgánicos funcionan peor que los humanos disminuye constantemente. Por el momento, quedan sobre todo los empleos que necesitan una fuerte interacción social, como el sector de los cuidados o la medicina de cabecera. Pero los servicios personalizados (del pobre al rico), hoy en pleno aumento, son débiles productores de valor. ¿Qué pasará cuando las máquinas decidan por ellas mismas y cuando puedan, no solamente reprogramarse y repararse a sí mismas, sino también fabricarse mutuamente, es decir, reproducirse, utilizando un lenguaje que los humanos ya no entenderemos?

¿Perspectiva utópica? Albert Camus decía que “la utopía es una verdad anticipada”. ■ Fuente: Éléments pour la civilisation européenne.