Las Humanidades no son un complemento del alma: ¡ayudan a actuar! Entrevista a Stéphane Ratti, por Paul Sugy



Las Humanidades estuvieron de celebración durante cuatro días del mes de marzo en los Encuentros de la Antigüedad de Lyon. Para Stéphane Ratti, su enseñanza es más que nunca necesaria: el historiador de la Antigüedad se lamenta de la poca cantidad de candidatos que hay cada año para enseñar esas materias.

En Lyon se organizan los “Encuentros de la Antigüedad”, calcados sobre el modelo de los Encuentros de Blois para historiadores. ¿El latín y el griego no son entonces unas lenguas muertas todavía?

No entiendo bien por qué los defensores del latín y del griego, entre los cuales me encuentro desde siempre, por profesión pero sobre todo por idealismo, se empeñan en querer hablar de lenguas “antiguas”. El latín y el griego son lenguas “muertas”, desde luego, pero esto no significa naturalmente que el interés por leerlas sea nulo. Al contrario, es por el hecho de que están muertas y de que nadie las habla por lo que ellas nos hablan. Todos los latinistas desde el Renacimiento leen los mismos textos (si excluimos los descubrimientos de manuscritos de obras desconocidas) y los mismos autores. Más que de una cultura común, de lo que hay que hablar es de patrimonio y de legado patrimonial intransferible e inalienable. Pero intransferible no quiere decir que no pueda ser transmitido. Al contrario, la finitud del corpus lingüístico y su carácter fijado en el tiempo son la condición misma de su transmisión y de la especificidad de esta transmisión: estando en un cuerpo inmutable, contiene sin embargo en su interior toda la riqueza y la complejidad de las lecturas, que serán diferentes, variables, contradictorias, según los tiempos y los lectores. Ésta es la razón más importante que hace de la literatura griega y latina un continente a parte: un corpus cerrado pero no inerte, abierto en realidad a todas las interpretaciones, y que no encuentra vida más que a través de la enseñanza y de la lectura.

No creo de ninguna manera, por mi parte, en las tentativas de devolver a la vida lo que está muerto y los filólogos no son unos taumaturgos que serían capaces de resucitar a Héctor o a Eneas, que no son más que unas criaturas de papel. Se pide mucho a los profesores de Letras. Exigirles que sean capaces de insuflar la vida sería ponerles absurdamente al mismo nivel que algunos charlatanes. Los festivales, puestas en escena, en imagen, en ondas o en colores no son más que males menores, sin duda agradables e incluso útiles, pero que no van de ninguna forma al fondo de las cosas, las cuales se disimulan en los textos originales.

El contexto es difícil: cada vez menos alumnos escogen aprender latín y griego y cada vez menos estudiantes escogen enseñarlo. ¿Es esta tendencia inevitable?

El problema es que el número de candidatos no deja de bajar desde hace varios años. El periodo del presidente Hollande y la política de su ministro de Educación de la época fueron una catástrofe. La reforma que se llamó entonces la “Masterización” y que dio la posibilidad a ciertas organizaciones de preparar másteres profesionales contribuyó a debilitar los másteres de investigación preparados en la Universidad. Nada en esta cuestión es inevitable. Pero habría que decidirse por restablecer una forma de autoridad del saber y de primacía de la investigación sobre la pedagogía y la profesionalización. El lugar ocupado por las pruebas profesionales (todas por esencia artificiales puesto que se desarrollan sin alumnos) ha contribuido a debilitar su prestigio y el del alumnado que los obtiene.

¿Por qué es tan importante mantener la enseñanza de las Humanidades en la educación secundaria?

La supresión de las Letras, la Historia, la Filosofía, las Lenguas, muertas o vivas, en la educación secundaria no es una fantasía alimentada por unos profesores ansiosos y obsesionados por sus disciplinas. Es un vasto y antiguo proyecto, de naturaleza totalitaria, sobre el que Julio Verne ya había descrito todos los peligros en su novela póstuma pero premonitoria, París en el siglo XX. Desde Platón y Cicerón sabemos, al contrario, que la Filosofía, la Historia e incluso la Literatura no tienen otra utilidad que la de ayudar al individuo a adaptar sus actos a su juicio (hemos visto de qué era capaz un presidente que no leía nada…). Los griegos tenían una expresión para eso, es decir, “lo que conviene hacer”. Las Humanidades no ayudan a vivir, no son un complemento del alma, un lujo reservado solo a algunos. Ayudan a actuar. Creer que recibir una tradición es una servidumbre y que defenderla es ser un tradicionalista refleja un discurso estereotipado que ignora que, para innovar, primero hay que fecundar, que para crear, primero hace falta recibir: “Pues todo cuanto está escrito para nuestra enseñanza fue escrito”, decía San Pablo en su Carta a los Romanos (15, 4).

¿Qué pierde una sociedad que ya no conoce el latín?

Corre el riesgo de caer en todas las trampas, como la que ha tendido recientemente ese universitario americano que nos quiso hacer creer que el Imperio Romano cayó muerto de frío después de una catástrofe climática. He escrito hace poco que esta tesis que se acercaba a la estafa se basaba en lecturas furtivas de fuentes latinas… Más todavía, a nivel de la investigación universitaria, debemos insistir en el hecho de que no se podría estudiar la Historia de la Antigüedad y de la Edad Media sin tener acceso directo a las fuentes latinas. Perdónenme la evidencia pero muchas obras se publican actualmente, sobre todo (pero no solo) en Estados Unidos, que pretenden renovar nuestra visión del pasado mientras que su autor lo ignora todo del latín o del griego, y no se basa más que en traducciones que son, por definición (cuando existen) imperfectas. Incluso Michel Foucault, en su tiempo, había propuesto una lectura sesgada de los Padres de la Iglesia y de la historia de la sexualidad porque no leyó las obras de Tertuliano o de San Agustín en su lengua original. Para la formación de los espíritus jóvenes el latín es el primer y único medio de comprender su propia lengua. La pobreza de la lengua condena a una forma de ceguera sobre el mundo y también al nihilismo. Abandonar la enseñanza de su maestría y el rechazo de las herramientas para conseguirlo, en primer lugar del latín, refleja una forma de derrotismo. Dejar errar en el mundo de las sombras y las aproximaciones a un alumno que no conoce su lengua es criminal. El latín es el único remedio posible. Y si además se pone al servicio del aprendizaje del francés, aporta una luz única.

De todas maneras, ¿no es un poco elitista el aprendizaje del latín y del griego? ¿Hace falta a cualquier precio democratizar el conocimiento de estas lenguas, mientras que nuestros alumnos tienen ya suficientes dificultades en asignaturas fundamentales?

El elitismo consistiría en reservar lo que es importante solo para algunos. Hay que romper con la idea de que el acceso a la educación no sería más que el patrimonio de una franja reducida de la población, la de más medios. La cultura, se pensaba antes, era necesariamente burguesa y, en imaginarios mundos pasados, las élites no surgían más que por reproducción. En realidad, dar a la mayoría el acceso a lo que constituye un tesoro común es lo contrario al elitismo. “La tradición no es otra cosa que la democracia extendida en el tiempo” escribía G.K. Chesterton. La llegada de la Filosofía a las clases de los institutos, desde comienzos del curso de 2019, en la especialidad “Humanidades, Literatura y Filosofía” va en este sentido. Las Humanidades no son nunca un objetivo en sí mismas; son a la vez una herramienta, una propedéutica y una metodología. El placer de su descubrimiento viene “por añadidura” decía Stendhal a propósito de los templos antiguos. El resto de asignaturas resultarán beneficiadas.

En una entrevista reciente en la revista Le Point, el ministro Jean-Michel Blanquer defendía sus logros. ¿Ha permitido su acción que un número mayor de alumnos se anime a descubrir estas lenguas? ¿Es un resultado adecuado en su opinión?

La acción del ministro Blanquer acaba singularmente y felizmente con la de su predecesora, Vallaud-Belkacem. Todas las partes que intervienen en la Educación son conscientes. Somos sensibles al discurso y al hecho de que las lenguas antiguas son las únicas opciones que dan puntos añadidos en la nueva selectividad. Todavía está en vigor la reforma del Bachillerato que dio una gran autonomía a los directores de instituto, que no suelen ser tan abiertos y “humanistas” como el ministro. Les corresponde a los profesores acogerse a esta oportunidad. Además, por coherencia, habría que restablecer el latín también en la Enseñanza Secundaria, en la posición que ocupaba antes de la funesta reforma de 2015. Hay que entender que los profesores de Letras Clásicas vivieron dicha reforma como un drama patético y perturbador. Patético, primero, porque los profesores, mal remunerados, son en realidad, los que poseen un diploma selectivo y son, en el fondo, unos enamorados de su disciplina, que enseñan con esa afección exclusiva que traen desde sus años de facultad. Están preparados para toda la generosidad posible con tal de compartir su pasión. Perturbador, luego, puesto que ya han demostrado su espíritu de innovación pedagógica sin haber sido nunca recompensados por la institución educativa. ■ Fuente: FigaroVox