Las nuevas inquisiciones, por Alain de Benoist


En una sociedad transformada en una acumulación de susceptibilidades, prevalece el culto de sí mismo y de las especificidades valorizadas por la ideología dominante. La capa de plomo de lo políticamente correcto nos ahoga, mientras la clase mediática persigue y da caza a los pensamientos diferentes.

Desde que los periodistas policiales tienden a sustituir a los intelectuales comprometidos, la caza al hereje, sobre un fondo de consenso mediático absoluto, ha sustituido al debate crítico y a la argumentación polémica. La difamación suave y diluida, la denuncia virtuosa, la delación biempensante y mimética, proporcionan su estilo a la caza de brujas. El gusto por la denuncia y la delación se propaga en las redacciones de los medios: se redacta una lista de sospechosos, se hace inventario de los “ambiguos” y de los “equívocos”, se vigila a todos los infractores del “correctivismo” ideológico… El cazador de herejes ya no investiga, ya no discute, denuncia, dispara, sitúa fuera de la ley a los que designa como criminales y enemigos, considerados ya como enemigos absolutos.

Pierre-André Taguieff escribió en 1998, en Le Figaro. ¿Han cambiado las cosas desde entonces? En realidad, no tenemos tal impresión a juzgar por las palabras y las expresiones que aparecen sin cesar como estribillos en los medios: policía del pensamiento, cordón sanitario, pensamiento higiénico, demonización, estalinismo intelectual, antifascismo anacrónico, maniqueísmo, delacionismo, caza de brujas, estigmatización histérica, manipulación de la sospecha, dictadura de la biempensancia, ejecución sumaria, marginación, pensamientos peligrosos, amalgamas, reductio ad hitlerum, descontextualización, lectura militante, líneas rojas infranqueables, anatemas, hipermoralismo, purificación ética, fobia léxica, opiniones sin valor de opinión, parias del pensamiento, etc. En los años 1970, se hablaba habitualmente de “terrorismo intelectual”, en los años 1980 de la “policía del pensamiento”, desde los años 2000 de “pensamiento único”. Pero es siempre el mismo fenómeno: la proscripción de las ideas no conformistas, la marginación de aquellos que se sitúan fuera del círculo virtuoso de la doxa dominante.  

Seamos claros: siempre ha habido censura, discursos que se aceptaban más fácilmente que otros, y otros que queríamos ver desaparecer. Ningún sector de opinión, ninguna ideología, ninguna familia de pensamiento ha escapado a este fenómeno en el curso de la historia, y con frecuencia los que más se quejan de la censura solo sueñan con poder instaurar otra a su gusto. Pero las censuras y las inquisiciones han tomado nuevas formas en las últimas décadas.  

Tres factores radicalmente novedosos deben ser considerados.

Orden moral e imperio del Bien

El primero es que los censores quieren hoy tener buena conciencia, lo que no era necesariamente el caso en el pasado. Aquellos que buscan marginar, condenar al ostracismo, reducir al silencio, tienen el sentimiento de situarse del lado del Bien. El nuevo orden moral se confunde hoy con lo que Philippe Muray llamaba “el imperio del Bien”, cuya evolución es indisociable de la aparición de una nueva forma de moral que ha terminado por invadirlo todo.

La antigua moral prescribía reglas individuales de comportamiento: la sociedad estaba destinada a portarse mejor si los individuos que la componían actuaban bien. La nueva morar busca moralizar a la propia sociedad, sin imporner reglas a los individuos. La antigua moral decía a la gente lo que debían hacer, la nueva moral describe aquellos en lo que la sociedad debe convertirse. Ya no son los individuos los que deben conducirse correctamente, sin la sociedad la que debe ser “más justa”. Lo que en la antigua moral estaba ordenado al bien, en la nueva está ordenado a lo justo. El bien deriva de la ética de la virtud, lo justo de una concepción de la justicia coloreada con una fuerte impregnación moral. Basada en los derechos subjetivos que los individuos supuestamente tenían en el primitivo estado de naturaleza, la ideología de los derechos humanos, convertida en la religión civil de nuestra época, es, ante todo, una doctrina moral. Las sociedades modernas son, al mismo tiempo, ultrapermisivas e hipermorales.

Conocemos el viejo debate sobre la ley y la moral: ¿es la ley la que hace evolucionar las costumbres o las costumbres las que hacen cambiar las leyes? Para responder a esta cuestión es suficiente constatar la evolución del estatuto atribuido a la homosexualidad en el espacio público. Hace cincuenta años, la “apología de la homosexualidad” era punible bajo el imperio de la ley; hoy es la “homofobia” la que es objeto de sanción penal, hasta tal punto de que, en las escuelas, se organizan campañas dirigidas a “sensibilizar a los niños de la homofobia”. Cualquiera que sea la opinión de uno sobre la homosexualidad, la conexión entre estos dos hechos resulta alucinante. Hace medio siblo, la homosexualidad era ridículamente presentada como “vergonzosa” o “anormal”; hoy se ha convertido en algo tan “admirable” que está prohibido expresarse a los que no han llegado a apreciarla.

La furia del Bien evidentemente no respeta la Historia. Ya se creen o no nuevos delitos penales, ya sean represivas o puramente proclamatorias, las “leyes de la memoria” dan a entender que la ley es apta para decidir la verdad histórica, lo cual es una auténtica aberración. Alimentan los “arrepentimientos” públicos que, incitando a no rememorar el pasado más que como un crimen, funcional como advertencias retroactivas y como mitos incapacitantes. En el “imperio del Bien”, no se busca refutar los pensamientos molestos, sino deslegitimarlos ‒no como falsedades, sino como maldades.

Ideología de los derechos y de la corrección política

Segundo factor clave: el surgimiento de lo “políticamente correcto”. Esta capa de fondo, procedente del otro lado del Atlántico, no tiene nada de anecdótica, más bien al contrario. Bebe indirectamente de la ideología de los derechos, comenzando por el derecho a tener derechos. Inicialmente, son reivindicaciones que se llevan sobre el vocabulario o las formulaciones: aquellos que se consideran ofendidos, humillados o degradados por el uso de ciertas expresiones o términos, habitualmente planteados como estereotipos, se sienten legitimados para exigir su supresión. Los movimientos neofeministas y los partidarios de la “teoría de género” están al frente de esta reivindicación, que podría ser legítima si no la llevaran hasta el absurdo.

La causa profunda de los políticamente correcto reside en el hecho de lo que puede llamarse la metafísica de la subjetividad, que es una de las piedras angulares de la modernidad. Descartes es su gran ancestro: “Pienso, luego existo”. Yo, yo, yo… En términos más actuales: mí, mí mí… La verdad ya no es algo exterior al yo, se confunde con él. La sociedad debe respetar “mi yo”, debe desterrar todo lo que pueda ofenderme, humillarme o escandalizar mi ego. Los otros no deben decidir por mí lo que yo soy o deba ser, pues en caso contrario me convierten en una víctima. Aparentemente, yo soy un hombre blanco con barba rala, pero si yo decido que soy una lesbiana negra en transición, es así como se me debe considerar. Nací hace setenta años, pero si me atribuyo las características de un hombre de cuarenta años, es así como debe registrarse mi estado civil. En el fondo, yo soy el único que tiene derecho a hablar de mí. Así se alimenta el narcisismo del resentimiento.

La censura de nuestros días se justifica así por el “derecho de las minorías a no ser ofendidas”. Estas minorías no son comunidades o cuerpos constituidos en el sentido tradición de la expresión, sino grupos desarticulados de individuos que, en nombre de un supuesto origen o de una orientación sexual de moda, buscar desarmar cualquier crítica sobre la única base de su alergia hacia la “estigmatización”. Su estrategia se resume en tres palabras: desconcertar, culpabilizar e imponer. Y para hacerlo, se postulan como víctimas. En el clima compasional del “imperio del Bien”, todo el mundo quiere ser una víctima: la era de las víctimas ha sustituido a la de los héroes. El estatuto de víctima lo permite todo, siempre que se sepa instrumentalizar lo políticamente correcto y manipular la ideología de los derechos humanos. Racismo estructural, sexismo inconsciente, homofobia, es la fórmula triplemente ganadora. Ya no es la esencia, sino la queja la que precede a la existencia. El muro de las lamentaciones se extiende a toda la sociedad en nombre del derecho a hacer desaparecer las “discriminaciones”.

También podemos detenernos en el término “discriminación”, debido al giro semántico del que es objeto constantemente. En su origen, en efecto, la palabra no tenía ningún carácter peyorativo: solamente designaba el hecho de distinguir o discernir. En el lenguaje actual, ha llegado a designar una diferenciación injusta o arbitraria, eventualmente portadora de una “incitación al odio” hasta el punto de que la “lucha contra la discriminación” se ha convertido en una de las prioridades de la acción pública.

El problema es que esta exigencia, extendiéndose de un lugar a otro, termina por conducir a situaciones que, si bien podrían parecer cómicas, son realmente aterradoras. Un instituto americano decide la retirada de un gran fresco mural de 1936 que denunciaba la esclavitud por el doble motivo de que su autor era blanco (un blanco no puede ser antirracista, está en sus genes) y de que su visión era “humillante” para los estudiantes afroamericanos. Será sustituido por un fresco que celebra “el heroísmo de las personas racializadas en América”. En Francia, una representación de los “suplicantes” de Esquilo en la Sorbona causa un escándalo porque algunos autores llevaban máscaras negras, prueba evidente de “racialismo”. En España, un colectivo demanda que se reglamente urgentemente la “cultura de la violación” que reina en los “corrales”: las gallinas son víctimas de la lujuria de los gallos. Otros se indignan por rendir “homenaje” a una mujer famosa (hay que rendirle “femenaje”), o porque un ministro cuestionado por un asunto reciente considere haber sido “blanqueado”, lo que demuestra lo poco que le importan las personas de color. Podríamos citar centenares de ejemplos.

Señalemos, de paso, que la “racialización” de las relaciones sociales, a la que asistimos actualmente, no hace más que agravar las cosas, bajo la influencia de los movimientos “indigenistas” y “postcoloniales”. Lo cual testimonia una cierta ironía: desde que se declaró oficialmente que “las razas no existen” no se ha dejado de hablar de ellas.

La censura es mediática más que estatal

La tercera, que es una novedad, es que la censura ya no procede principalmente de los poderes públicos, sino de los grandes medios. En otra época, las demandas de censura emanaban principalmente del Estado, mientras la prensa se jactaba de desempeñar un rol como contrapoder. Todo ha cambiado. No solo los medios prácticamente han abandonado cualquier veleidad de resistencia frente a la ideología dominante, sino que se han convertido en sus principales vectores.

Periódicos, televisiones, partidos políticos: desde hace treinta años, todos dicen más o menos lo mismo, porque todos razonan en el interior del mismo círculo de pensamiento. El pensamiento único está más omnipresente en los medios puesto que se ejerce en un micromedio donde todo el mundo tiene las mismas referencias (los valores economicistas y los derechos humanos), donde todo el mundo se tutea y se llama por su nombre, donde las mismas relaciones incestuosas unen a periodistas, políticos y los acólitos del show-business. Prueba de ello es que, respecto a un determinado número de problemas claves, el 80% de ellos piensan exactamente lo contrario de lo que piensan el 80% de los franceses. El resultado es que el sistema mediático cada vez está más desacreditado. Y que la mayoría de los debates a los que asistimos no merecen tal nombre. «El campo de lo que no provoca debate no deja de expandirse», decía Philippe Muray. «El problema, confirma Frédéric Taddeï, es que ya no hay un verdadero debate en la televisión y eso no parece molestar a ningún periodista». Al mismo tiempo, según la afortunada fórmula de Jean-Pierre Garnier y Louis Janover, el intelectual comprometido ha dado paso al intelectual contratado: «Las “tres C” que ayer definían su misión ‒criticar, contestar, combatir‒ han sido sustituidas por las “tres A” que hoy resumen su dimisión: aceptar, aprobar, aplaudir». (2)

Estamos en un punto en el que incluso se produce el fenómeno de dar caza a los compañeros. Periodistas que piden que otros periodistas sean silenciados, escritores que piden que se censure a otros escritores. Ya lo vimos en el caso de Richard Millet y, más recientemente, en el de Éric Zemmour. Tal es, explícitamente, el programa de dos pequeños inquisidores, entre otros muchos, Geoffroy de Lagasnerie y Édouard Louis: «Rechazar la condición de ciertos ideólogos como interlocutores, ciertos temas como discutibles, ciertos temas como pertinentes» (sic). (3) Dialogar con el “enemigo” sería, en efecto, como reconocerle un estatuto de existencia. Ello implicaría exponerse a una profanación, a una contaminación. No se dialoga con el Diablo. Hay que demonizarlo. Lo políticamente correcto es directo heredero de la Inquisición, que creía luchar contra la herejía detectando los malos pensamientos. La ideología dominante es también una ortodoxia, que considera como heréticos a todos los pensamientos disidentes. En 1984, de George Orwell, Syme explicaba muy bien que el objetivo de la neolengua es “restringir los límites del pensamiento”: “finalmente, haremos posible el crimen por el pensamiento, porque ya no habrá palabras para expresarlo”. Es la última objeción de las nuevas inquisiciones.  ■ Fuente: Constructif