Las runas del mundo nórdico como patrimonio común europeo, por Jesús Sebastián Lorente


La runología, o ciencia de las runas, no ha sido, hasta la fecha, abordada seriamente salvo por unos pocos especialistas de formación nordicista o germanista, pero sigue siendo una ciencia prácticamente desconocida entre los intelectuales de formación latina o romanista.

La runología, sin embargo, no es una ciencia moderna, puesto que el primer autor que menciona la existencia de las runas es Herodoto, considerado como el primer historiador de los antiguos escitas. Basándose en Herodoto, algunos investigadores afirman que la cuna de las runas se sitúa en la zona del mar Negro, como si los escitas que vivieron siglos antes de nuestra era en el Ponto-Euxino no hubieran podido traer las runas de su patria original, en Europa del Norte, como el resto de pueblos indoeuropeos. Por su parte, Diódoro de Sicilia, contemporáneo del emperador Augusto, nos transmitió que las runas fueron importadas del Norte por el poeta-cantor tracio Lion y su discípulo Orfeo. Por su parte, Tácito pretendía que los antiguos germanos habían toma prestado su alfabeto de los fenicios, sin aportar la menor prueba de ello, creando un precedente para todos aquellos que, desde el Renacimiento, pretendieron hacer proceder toda luz iluminadora de las culturas mediterráneas.

Los recientes logros de la runología nos permiten, por el contrario, hablar más bien de una cierta dependencia de los alfabetos mediterráneos de determinados signos prehistóricos de origen nórdico, igual que otros defienden la tesis de que los alfabetos fenicios, griegos, itálicos y rúnicos tienen una raíz común. Todos procederían de una escritura prehistórica. De hecho, las inscripciones rúnicas más antiguas datan, al menos, de 3000 a.C. Las encontramos desde las paredes rocosas del extremo norte europeo hasta las riberas del Nilo, así como en el área del Sinaí, donde probablemente fueron grabadas por poblaciones procedentes del Norte que migraron, espada en mano, a Egipto y las riberas del mar Rojo.

Posteriormente, habrá que esperar varios siglos antes de encontrar alguna mención a las runas en los textos históricos: no es hasta el siglo VI cuando el obispo Venantius Fortunatus de Poitiers señala la existencia de una escritura propia de los bárbaros germánicos, citándose posteriormente por Saxo Grammaticus, secretario del obispo de Roskilde en el siglo XII. Antes que este último, el célebre arzobispo de Maguncia, Rhabanus Maurus, durante el reino de Carlomagno, hizo mención de un alfabeto, por referencia al futhark rúnico, acompañando el nombre de cada una de las letras o runas que lo acompañaban. En un manuscrito del convento de Saint-Gall, en Suiza, datado de la misma época, encontramos también un futhark rúnico con sus correspondencias. Por otra parte, señalar que el Codex Argenteus, del obispo Wulfila, así como el Codex Runicus, de la Biblioteca de Copenhage, constituyen los documentos más valiosos para el conocimiento de las runas medievales.

A mitad del siglo XVI, el arzobispo Johannes de Upsala señaló la existencia de las runas con motivo de la introducción del alfabeto latino en los países nórdicos. Pero no será, hasta un siglo después, con el archivero sueco Johannes Bure, cuando puede decirse que entramos en la era de la runología moderna. Este archivero publicó una recopilación de inscripciones rúnicas conservadas en los países escandinavos. Su discípulo Olaf Worm publicará, posteriormente, una obra sobre las runas.

Después aparecerán, en sentido estricto, los primeros runólogos, como el sueco Olaf Verelius, el inglés Georg Hicks, que publicará toda una serie de alfabetos rúnicos conservados en las bibliotecas inglesas, así como el sueco Johannes Goransson, que publicará una obra en la que recoge unas 1.130 reproducciones de inscripciones rúnicas, situando el origen de las runas en la prehistoria, mientras la mayoría de estudiosos seguían obstinados en situarlas en los primeros siglos de nuestra era. Ya en el siglo XIX, W.C. Grimm publicará el libro Ueber Deutsche Runen, en el cual se hacía por primera vez la distinción entre los alfabetos nórdicos germanos y anglosajones. Otros seguirán su estela, como Wilser, Neckel, Wirth, Reichardt, Schilling y muchos otros.

Aunque puede afirmarse que los signos rúnicos fueron utilizados, durante los primeros siglos de nuestra era, como los demás alfabetos que conocemos, puede decirse, sin embargo, que, en su origen, fueron simples signos simbólicos estrechamente ligados a las prácticas de culto. Los Eddas muestran, además, que las runas servían como signos adivinatorios y mágicos. En definitiva, el uso de las runas, además de revelar el destino de los hombres, también dispensaban la sabiduría y el poder, el amor y la victoria en la guerra, es decir, todo aquello en torno a lo cual gira la vida y la muerte de los hombres. Otros runólogos hacen remontar el origen de las runas a las primeras aplicaciones de los conocimientos astronómicos (o astrológicos) adquiridos por nuestros ancestros.

Así, el alfabeto rúnico es, ante todo, de carácter sagrado. La práctica de las runas no puede concebirse sin un enfoque religioso o espiritual. Por otra parte, la palabra “runa” deriva, sin duda, de una raíz indoeuropea de la que Georges Dumézil hace proceder Uranos y Varuna: relaciona la palabra “runa” con el antiguo alemán runa o rûnen (cuchichear, hablar con susurros), del antiguo anglosajón reonian (susurrar, murmurar), del antiguo irlandés rûn (misterio), del antiguo inglés runian (hablar bajo), o incluso del plural del antiguo islandés rûnar (secretos). La raíz indoeuropea reu o ru hace también referencia a algo misterioso, secreto, lo que implica una transmisión oral de las enseñanzas secretas. De ahí que algún investigador relacione con si significado con la noción de “aquel que sabe”, es decir, el sabio iniciado. 

La definición técnica de la “escritura rúnica” la presenta como aquella que servía, con anterioridad al alfabeto latino, y después en concurrencia con él, para transcribir las diversas lenguas germánicas. Se trata de una escritura de tipo alfabético, cuya lista de caracteres es denominada futhark (o fuþark), expresión formada a partir de las letras iniciales de los seis primeros signos rúnicos. Existen diversas variantes: el antiguo futhark compuesto de 24 runas y utilizado en la práctica totalidad del mundo germánico en la época de las grandes migraciones de los siglos IV y V de nuestra era; el nuevo futhark (o futhark joven) de 16 runas que apareció en el siglo IX en Escandinavia, en una época en la que, bajo el impulso del imperio carolingio, comenzaba la cristianización forzosa de los nórdicos; y el futhorc anglosajón (y frisón) de 33 runas, que es una adaptación del futhark propia de los pueblos anglosajones instalados en las islas británicas.

En cualquier caso, las runas nunca desaparecieron del mundo nórdico-germánico y, en esa medida, pertenecen, ya sea bajo la forma de signos simbólicos o de signos alfabéticos, ya sea como motivos ornamentales, decorativos y arquitectónicos, o asociadas a otros símbolos de origen ario como la rueda solar o el árbol de la vida, al patrimonio común del mundo nórdico que se extiende por la mayor parte de Europa.