Las trampas de la sociedad digital, por Renaud Vignes

 

En el plazo de veinte años, lo digital ha invadido nuestras vidas hasta tal punto que no podemos estar sin nuestro teléfono móvil o nuestra tableta, aunque solo sea para leer en línea las revistas que nos gustan. Esta nueva sociedad tecnológica está regida por algoritmos que anticipan nuestros comportamientos y los influencian. Sin darnos cuenta, nos convertimos en la presa de una máquina que pisotea nuestro libre arbitrio. Renaud Vignes nos presenta los métodos adoptados por los gigantes de internet para favorecer nuestras pulsiones de compra. 

Esa generación a la que llamamos los “nativos digitales” o la “generación electrónica”, a la que Michel Serres denomina “Pulgarcito” porque sus pulgares se agitan a todas horas en sus móviles, nació con el teléfono o la tableta en la mano y las pantallas delante de los ojos. Es una especie en vía de mutación; una mutación dirigida por una selección artificial: aquella en la que tecnologías digitales y humanos han entrado en simbiosis. 

La indiferencia hacia los demás

El nuevo ser humano se diluye en los flujos de la realidad virtual. Es indiferente a los demás, lo que explica su desinterés por la cosa pública. Vive en el instante y se contenta con satisfacciones ecológicas, compromisos fragmentados, por la ideología de género o los animales. En resumen, se trata de una atomización del sentido cívico. Esa dictadura de lo vacío se contenta con una oferta continua de productos no indispensables. El símbolo de estos tiempos narcisistas es el selfie. Como el legendario Narciso, el humano digital está fascinado por su imagen e informa en tiempo real al mundo entero de lo que hace. A partir de ahora, la vida social sucede en su teléfono móvil. 

Unos signos (un pulgar aprobador, un corazón) permiten establecer una tipología de sus nuevas relaciones sociales. Es el barómetro de la popularidad, de la integración. Desde que se levanta, toda su atención está concentrada en el desarrollo de esa popularidad. Los comportamentalistas han teorizado, ya desde hace tiempo, cómo condicionar a los seres humanos apoyándose en diferentes métodos de estimulación. Apoyándose en la fuerte necesidad de pertenencia del ser humano, esas aplicaciones tocan todas las teclas para captar la atención. Igual que se ayuda a un niño a leer, escribir o ser educado, el desarrollo de una nueva ciencia va a ayudarle a concentrarse sobre lo que es interesante para él. 

La “captología”

Eso se llama “captología” y se ha convertido en disciplina científica. En el cruce de numerosas disciplinas, este nuevo campo de investigación está tomando forma alrededor de la noción de economía de la atención. En el seno del Laboratorio Persuasive Tech se desarrollan las investigaciones más avanzadas en este campo. Es decir, el estudio de las tecnologías digitales como herramienta de influencia en nuestros comportamientos. Este ámbito de investigación explora los vínculos entre las técnicas de persuasión en general y las tecnologías digitales. Esto se ha convertido en una ciencia, que se basa en los trabajos de los comportamentalistas. Nuestro cerebro cambia cada día, dada su plasticidad. Cuanto más lo utilizamos, más información, interacción y estímulos necesita. Algo así como el estómago, que se agranda cuando comemos mucho y que pide todavía más comida para satisfacerse. 

Todo ello incluye la concepción, búsqueda y análisis funcional de herramientas digitales creadas con el objetivo de cambiar las actitudes y los comportamientos de los individuos. El término de “captología” fue inventado en 1996 por el Dr. Fogg en dicho laboratorio. Publicó en 2003 un libro en el cual subrayaba que la tecnología no era solamente una herramienta, sino también un medio de información y un agente social. 

La captología tiene también la ambición de ayudar al ser humano a vivir mejor. Esto puede parecer sorprendente: sin embargo se estima que, en la Unión europea, el 30% de las parejas se conocieron a través de internet (el 70% en el caso de parejas homosexuales). Verdaderas herramientas de gestión de la vida familiar están hoy en día disponibles. Hay aplicaciones móviles que proponen, por ejemplo, ayudar a desarrollar la “inteligencia emocional” en el seno de una pareja. 

La detección anticipada de los deseos

El potencial del humano digital es la clave del sistema tecnocapitalista. Lo que le interesa a este es detectar automáticamente las potencialidades, gustos y deseos mejor que nosotros mismos o nuestros allegados. Las técnicas de segmentación nos dicen lo que tenemos que hacer. En el ámbito militar o de seguridad, consiste en la ejecución a través de drones armados o arrestos preventivos de potenciales combatientes o terroristas. En el ámbito comercial, no se trata ya de satisfacer la demanda sino de anticiparla. Hoy en día, cada vez es más raro estar expuesto a ideas que no han sido previstas para nosotros. 

Los ciudadanos no son identificados ya en función de categorías socialmente gastadas en las que podían reconocerse, a través de las que podían hacer valer unos intereses colectivos; ahora lo son según unos perfiles de consumo. Interesamos a las plataformas GAFAM como emisores de señales utilizables. Estas no tienen sentido individualmente, sino que se parecen más bien a las huellas que dejan los animales. Después, alimentan unos algoritmos que detectan, en el seno de masas gigantescas de datos, unas correlaciones estadísticas significativas, que sirven para producir modelos de comportamientos. 

Ya no nos queda nada por decir puesto que siempre está todo predicho. Los datos hablan por sí solos. Lo que interesa a las plataformas de comercio electrónico, por ejemplo, es frenar los procesos a través de los que construimos y revisamos nuestras elecciones de consumo, para conectarse directamente a nuestras pulsiones venideras, y producir así el paso al acto de compra, si es posible minimizando nuestro libre arbitrio.

El abandono de las categorías generales en beneficio de la segmentación individual conduce a la hiperindividualización, a una desaparición del sujeto, en la medida en la que, sean las que sean nuestras capacidades de entendimiento o voluntad, estas ya no son necesarias. La automatización hace pasar directamente de las pulsiones del individuo a la acción; sus deseos le preceden. Fuente: L´Inactuelle