Lesbianismo y brujería como soluciones al patriarcado, por Isabelle Marlier


Para un puñado de feministas cada vez más ruidosas, la heterosexualidad es una perversión y el varón, un enemigo de la naturaleza femenina. Esta retórica retoma a la inversa el naturalismo de los homófobos más intolerantes. La ignorancia aliada a las convicciones es, en todos los ámbitos, un veneno. 

No es ningún secreto: las feministas occidentales se la tienen jurada a los hombres heterosexuales. Contra el “sistema patriarcal”, dicen las más moderadas, que atribuyen esta estructura social a los hombres, los cuales serían tanto los fundadores de ella como los beneficiarios exclusivos (a excepción de las mujeres “víctimas de misoginia interiorizada” o que se acuestan con el ocupante por oportunismo). El varón representa el mal para una minoría de ideólogas cada vez más ruidosas y visibles, que consiguen reunir a simpatizantes alrededor de un concepto, el de “sororidad”, muy difícil de encarnar sin la designación, la esencialización y la diabolización de un enemigo común (como en el libro de Christine Delphy, El Enemigo principal). La siguiente pregunta es cuándo se propondrán propuestas de terapias para curarse de la heterosexualidad. 

En los últimos tiempos, en efecto, se han multiplicado los vídeos y artículos de prensa donde los iconos de la causa en Occidente se preguntan sobre la “compatibilidad entre los ideales feministas y la pareja heterosexual” y donde la heterosexualidad se presenta como el producto de un condicionamiento social. En un festival organizado en París en septiembre de 2019 se proponía “salir de la heterosexualidad”, reducida a una ficción política: “Se habla mucho de género, pero menos de la producción de las morfologías, de hormonas o del genoma, que están también condicionados por políticas de restricción de movimientos de las mujeres, que producen con los años una binarización de los cuerpos. Los cuerpos son unos archivos del sexismo y del patriarcado”.

La novelista Virginie Despentes, en un podcast reciente, afirmaba que “todas las mujeres son lesbianas sin la intermediación social de la heterosexualidad”. Odile Fillod, investigadora independiente especializada en la refutación de estudios relativos a las diferencias de origen biológico entre hombres y mujeres, dice que “podemos perfectamente imaginar que si la mayor parte de los hombres se ven atraídos exclusivamente por mujeres y recíprocamente se debe totalmente al efecto de la obligación cultural masiva de identificarse con un género y a la sexualidad heterosexual a la que se ven sometidos los seres humanos desde su nacimiento”.

Es decir, estamos cada vez más llenos de discursos que niegan la naturaleza de la heterosexualidad; algunos no dudan en hacer de ello una patología o una desviación adquiridas, de la que habría que deshacerse imperativamente: de la misma forma que la Iglesia y sus satélites persiguen la homosexualidad en su lucha contra Satanás. La lógica es la misma a pesar de la división política entre religiosos conservadores y dogmáticos progresistas que, de todas formas, no quieren todos más que el triunfo del Bien sobre las fuerzas del Mal. Cuando las feministas en lucha “contra las violencias sobre la mujer” proponen liberar a estas del varón convirtiéndolas en lesbianas, utilizan el mismo argumento que los promotores de las terapias de conversión, que ven en las lesbianas unas víctimas de abusos sexuales. Estas feministas afirman que la heterosexualidad no tiene nada que ver con una orientación natural y que hay que liberarse de ella para conseguir la felicidad. 

Paralelamente a estos ataques contra la heterosexualidad, hasta ahora sobre todo retóricos, asistimos en el seno del movimiento feminista al surgimiento de ideas e iniciativas que coquetean con lo irracional a través de la vuelta de la brujería, donde las mujeres se ven asociadas a la naturaleza como en los escritos de los filósofos falocráticos de antaño. Este resurgir, que da lugar a una multitud de publicaciones y acontecimientos diversos, está ligada en Occidente a la obra de Mona Chollet, cuya tesis teleológica (las cazas de brujas del Renacimiento son unos crímenes de masa misóginos con el objetivo de excluir a las mujeres del trabajo asalariado con vistas a la llegada del capitalismo) se ha visto refutada por los trabajos de los historiadores. ¡No importa! Incluso hay artistas e intelectuales de varios países que firmaron, en noviembre de 2019, un manifiesto titulado “Brujas de todos los países, ¡unámonos!”

Entonces… ¿para cuándo los seminarios de brujería para salir de la heterosexualidad? ¿Para cuándo los seminarios ecofeministas de “reconexión profunda con lo viviente” donde se les dirá a las participantes que “su destino no es hacer su vida con hombres y para los hombres, y que hay márgenes de maniobra que se pueden ganar: convirtiéndose en lesbianas y construyendo una vida común con otras mujeres, pero también criticando colectivamente la heterosexualidad para mostrar que no es algo que deba ser evidente”? ¿Para cuándo, en nombre de la lucha “contra la violencia hacia la mujer”, unas sesiones de exorcismo para expulsar del cuerpo y del alma de las heterosexuales el diablo “patriarcal”? ¿Y al precio de qué sufrimientos para librarlas de todo ello, en vano? Fuente: Causeur.