Los motivos del conflicto en el Alto-Karabaj, por Caroline Galactéros

 

De nuevo la guerra; los sufrimientos indecibles; los sentimientos y apegos pulverizados; los muertos; la eliminación de obras pacientemente edificadas por los humanos; la destrucción gratuita de la existencia ordinaria de la población valiente de este estupendo enclave boscoso, desde hace tanto tiempo encerrado entre dos aguas que había terminado por creer que lo provisional sería permanente. Las pobres gentes inofensivas atrapadas en la trampa de la violencia y la estupidez del mundo, se hacen siempre las mismas preguntas legítimas: ¿Por qué yo? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ahora? Y, sobre todo, ¿por qué a nadie le importa?


Recordar el genocidio armenio, las amistades inquebrantables y las traiciones oportunistas no sirve para nada. La guerra aquí no está hecha por eso. Y si nos concentramos solo en el Alto-Karabaj, punto de imperio en disputa, prisionero de injerencias contradictorias del derecho internacional sobre la autodeterminación de los pueblos y el respeto de la integridad territorial de los Estados, podemos dejar de ver lo que está en juego y la amplitud de la maniobra desarrollada. 

Si intentamos realizar un diagnóstico lúcido, un primer paso consiste en entender que Bakú y Ankara quieren hacer desaparecer esa verruga recalcitrante bajo su bota conquistadora antes de unir sus dos Estados y afirmar su dominio sobre las repúblicas turcófonas de Asia central. Se trata de equilibrar sus relaciones de fuerza con Moscú e, incluso, disponer de una herramienta más para desestabilizar a Europa si esta no respondiera adecuadamente a través del chantaje de la inmigración. 

Pero eso no es más que la punta del iceberg. El juego es mucho más amplio. En realidad, es planetario y se da simultáneamente en todos los continentes. El objetivo táctico de la reapertura del frente en Armenia para empujar a Moscú, e incluso a Teherán, a reaccionar y enzarzarse en la zona parece poco entendible. Moscú no debería caer en la trampa ni implicarse militarmente, a pesar de su acuerdo de defensa con Ereván y de la colocación de sus fuerzas. Rusia conseguirá sin duda apagar durante todavía un tiempo esta muestra, en el sur del Cáucaso, de la ofensiva global contra ella y más allá de ella. Así, puede ser que las conversaciones actuales bajo influencia rusa acabarán en una tregua que será aplaudida pero que firmará, no la paz, sino el comienzo de una onda de choque. Ya que lo que sucede no es más que un ensayo… y un comienzo. El comienzo de una maniobra envolvente infinitamente más amplia, cuyo objetivo es el nuevo “Eje del Mal” de una América desacreditada moral y políticamente, y que no conoce más que una actitud: la huida hacia adelante. 

¿Quiénes son los rebeldes que tienen la osadía de afirmarse en este “eje” maléfico? Moscú, Teherán y, por supuesto, Pekín. Hay que pararles antes de que sea tarde. El desafortunado Alto-Karabaj no es más que un punto de resistencia al orden occidental entre otros, oportunamente reactivado esperando estropear la alianza ruso-turca, como se hace desde hace meses en Siria y en Libia… Turquía, nuevo aliado querido por Washington, puede permitirse hacer de todo en el Mediterráneo oriental, en Irak e incluso en el Cáucaso, donde se le ha encargado que abra un nuevo frente para debilitar a Irán y Rusia y, finalmente, Europa, eterna víctima colateral cuya seguridad está cada día más amenazada por la instalación de núcleos yihadistas en sus márgenes, ahora en Asia central como se hizo hace tiempo en Bosnia-Herzegovina o en Chechenia. 

La reapertura del conflicto en el Karabaj permite así probar “el frente eurasiático” que Moscú consolida para hacer frente al expansionismo de la OTAN (como lo prueban las recientes maniobras Cáucaso-2020) y preparar la desestabilización interna de China e Irán, que son los objetivos estratégicos. Así, contra los desdichados habitantes del Alto-Karabaj, encontramos alrededor de cuatro mil mercenarios apoyados por consejeros americanos e israelíes que están detrás de las fuerzas azeríes. Vienen de Idlib pero también de las diferentes etnias de Asia central, del Cáucaso y de las filas del ISIS. Evidentemente, no se ve a Israel maniobrando detrás de Bakú; solo algunos centenares de combatientes sirios reclutados a precio de oro, aunque sean unos sunitas peleando a favor de azeríes chiitas (la división entre ellos no es pertinente en este caso).

Pero eso no basta. El objetivo debe ser atacado desde todos los puntos. ¿Cómo? Reciclando “creativamente” los restos del ISIS al servicio de una capacidad de proyección de fuerzas yihadistas gracias a la colocación de un mando militar unificado para el entrenamiento en combate, armamento y dispersión de los muyahidines en diferentes escenarios, como se hizo en los Balcanes y en el propio Cáucaso en los años 80. Los subcontratistas locales de este ambicioso proyecto son Turquía y Qatar, pero también Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. 

Por un lado, Ankara establece los campos (sobre todo, dos grandes campos en Libia con alrededor de tres mil combatientes) para los elementos del ISIS que vayan a ser transferidos a África y, sobre todo, a Egipto. Qatar aporta buena parte de la financiación. Por otro lado, los Emiratos y Arabia Saudí financian y administran campos en Yemen (alrededor de cuatro mil elementos) para un despliegue en Asia central y en China occidental. Mil quinientos uigures chinos podrían ser transferidos hacia el Badajshán (zona afgana limítrofe con China) para sembrar la discordia y forzar a Pekín a reaccionar brutalmente. Otros irán hacia el Tayikistán o en la zona de Pamir, cerca de la frontera con China, para crear zonas de protesta y desestabilización étnica. Por otro lado, algunos serán desplegados en Baluchistán con la ayuda de los servicios de información paquistaníes para reforzar a los terroristas presentes en la frontera iranopaquistaní, y luego llevar a cabo operaciones de desestabilización en el mismo Irán. 

Lo que sucede en el Cáucaso está vinculado a lo que pasa en el Medio Oriente, sobre todo con el “proceso de normalización” iniciado por Washington entre Israel y algunos países árabes (más allá de Arabia Saudí, con la cual la luna de miel es más que oficial): los Emiratos Árabes Unidos, Bahrein y, pronto, el Líbano. “El trato del siglo” y “los acuerdos de Abraham” son, en efecto, señales de un cambio drástico. Ahí también, siendo la idea última debilitar a Irán, hay que desacreditar a Hezbollá en el Líbano y, para ello, hacer caer económicamente al frágil país del cedro en manos saudíes, aunque también esté Qatar en liza, como el tío Sam, riquísimo y providencial… El objetivo es poder controlar el puerto de Trípoli como base de salida de yihadistas hacia toda la región y, sobre todo, hacia Homs y la costa siria. 

Se trata pues de tener sujetas a las tres potencias emergentes, en el mar Caspio mediante la activación del peón azerí, desde hace mucho tiempo la base trasera israelí para vigilar a Irán; y al sur, partiendo del Golfo Pérsico para rodear y desvalorizar el estrecho de Ormuz (comodín estrella iraní), y el de Bab-el-Mandeb, uniendo la Península arábiga a los puertos israelíes de Ashdod y Haifa a través el puerto saudí de Yanbu o a través de Jordania (a la que se está forzando también para hacer como que se acude a socorrerles). El puerto de Beirut explotó como advertencia y, si el Líbano no lo entiende, el de Trípoli también volará algún día. 

En este avispero, los europeos no hacen más que obedecer dócilmente las órdenes de Washington. Es una guerra por la primacía económica, política y estratégica pero, también, por el dominio ideológico en el sentido de un sistema-mundo de valores y reglas de equilibrio entre libertades individuales y potencia colectiva.

EEUU ya no es la única estrella en el firmamento. La invulnerabilidad, su búsqueda de siempre, está ya lejos de su alcance. Cada día tiene menos apoyos. Con Trump o sin Trump, el problema es más grave. Se trata de la incapacidad estructural de la primera potencia occidental en tolerar la alteridad, la cooperación, el diálogo y el equilibrio. EEUU no comparte. Ordena, somete, designa, castiga, escoge. No sabe más que levantar y bajar los pulgares. Así, federa y cristaliza la hostilidad y las alianzas contra ella. Ya puede querer todavía retorcer el brazo –y conseguirlo con sus vasallos europeos, tan temerosos como somos– activando su sistema extraterritorial. Pero incluso eso suscita una humillación creciente que un día podrá virar al abandono si existe una alternativa creíble. 

Pero esta alternativa, ese “contramundo”, se estructura, tranquilamente, pero de forma imperturbable. Es el capitalismo de control, el legalismo a la china que permite la fuerza del Estado y del Partido, no contra, sino a favor de la sociedad. El individuo no es el alfa y el omega de toda política. Vive, sobrevive y crece a través lo colectivo, que le da obligaciones, pero que le protege. En este combate de titanes, Europa parece cada vez más desfasada y, sobre todo, deseosa de no mezclarse en el conflicto. Prefiere esta situación y hablar sobre su buena voluntad, de la que ya nadie se preocupa. 

Turquía ha escogido su bando, que no es el de Europa, sino claramente el de una América que necesita a los turcos para llevar a cabo su cruzada antirrusa, antichina y antiiraní y, de paso, debilitar al Viejo Continente. Todo ello frente a Ankara, que nos hace sufrir las mayores afrentas sabiendo que nuestro supuesto protector americano nos ha sacrificado hace mucho tiempo. 

Ya es hora de hacerse respetar y dejar de escuchar dócilmente al secretario general de la OTAN, con la faz preocupada, pero con perfecta indiferencia, preguntando al ministro turco de asuntos exteriores, sin atreverse a mirarlo, que intervenga para que Azerbaiyán pare en sus ataques… Pero, ¿de quién se burlan? Estamos en la hipocresía más grande y mejor asumida. ¡Nunca Azerbaiyán habría intervenido sin Turquía, y nunca Turquía lo habría hecho sin el acuerdo o complacencia americana!

La cobardía y la debilidad insigne de los europeos, que hablan mucho y no hacen nada, son ya insoportables. Hay que decir que, desde este verano, está claro que, en el seno de nuestra bella Alianza Atlántica, como en un gran crucero trasatlántico, están los pasajeros de la cubierta superior que pueden permitírselo todo; los otros son las clases bajas que se callan y toman su bocadillo en el fondo del casco. Todos van de viaje. Pero esto se parece a la trágica travesía del Titanic. Y no habrá botes salvavidas para todos. Fuente: http://galacteros.over-blog.com/