Matrimonio homosexual y deconstrucción del hombre, por Claude Bourrinet


La promoción del “matrimonio gay” responde a tres objetivos: un objetivo mediático, para satisfacer a los activistas de una minoría bastante influyente; un objetivo político, para mantener la división izquierda/derecha sobre el terreno de la moral y mejor camuflar la entente fáctica entre liberales y socialdemócratas sobre el librecambismo económico y la apertura de fronteras; y un objetivo antropológico, para destruir una institución tradicional, la familia, cuestionando incluso el vínculo más natural que existe, el de la concepción.

Como los homosexuales son, aparentemente, los últimos de los modernos en defender el matrimonio y la familia, esta sorprendente paradoja no deja de suscitar la mayor perplejidad. ¿Imaginamos que alguien exija la canonización, en vida, del icono de Mayo del 68, Cohn-Bendit? Esta combinación poco atractiva de venerable arcaísmo y venerado posmodernismo, se presenta como un de esos agradables platos kitsch que sólo la publicidad y el arte contemporáneo nos ofrecen habitualmente como si fuera una broma pesada. Pero sabemos que detrás de la risa, hoy se esconden otras empresas mucho más furtivas y mortíferas.  

Este proyecto legislativo se nos vende como símbolo de una sociedad que, a imagen del modelo californiano, quiere ser "cool", relajada, desacomplejada y tolerante. En otras palabras, se trata de nuestra felicidad. ¿Por qué hacer la guerra a estos pobres homosexuales? ¡Son libres de amarse los unos a los otros! ¿Y qué cambiaría eso? Vemos que una decisión, que deriva de la organización política, administrativa, patrimonial, social, histórica, e incluso religiosa, en cualquier caso civilizacional de una nación, es reducida a una dimensión emocional, sentimental, y que se presta a deseos más que cuestionables. ¿Detestáis a los homosexuales por casualidad? Así es como a la crítica de la inmigración se le imputa la sospecha de racismo, a la del sionismo un evidente antisemitismo, a las reservas sobre el anticolonialismo virulento un hedor neocolonialista, al malestar frente al fundamentalismo islámico el odio a los musulmanes, y al rechazo del librecambismo mercantil la acusación de un nacionalismo fascistizante. Así es como se desarrolla este debate. 

No hace falta decir que atacar a los homosexuales como tales es tan estúpido como hacer apología de los mismos alabándolos como emblemas de la libertad. Ambas posiciones, sin duda, además de que ocultan el auténtico problema, que sobrepasa la simple cuestión de la elección sexual, tienen el error, consciente o no, de desplazar el epicentro del malestar contemporáneo sobre la cuestión social y económica, incluso identitaria, en sentido amplio, hacia la de la moral y la de la identidad, en sentido restringido. Mientras nos destripamos unos a otros en los debates sobre el sexo del matrimonio, no nos ocupamos de la defensa de las víctimas del sistema. A decir verdad, estas disputas no interesan más que a las clases superiores y nada a las clases medias y populares, que tienen otras cosas de qué preocuparse, y a quienes les importa un bledo el matrimonio gay.

Indiferencia en la que se equivocan, porque este conflicto afecta muy de cerca a lo esencial del proyecto de transmutación de la especie humana, que representa la finalidad última de la utopía mundialista en sus objetivos más ambiciosos.

La oligarquía transnacional, en el fondo, a pesar de su vulgar cinismo y materialismo, no carece de grandeza. Es necesario esclavizar al mundo entero, construir una dictadura global, perseguir la fantasía de la eterna juventud. Uno de los mitos fáusticos que la animan, y no el menos importante, es el de la omnipotencia absoluta sobre la materia humana.

Desde esta perspectiva, en relación con el matrimonio heterosexual, el matrimonio homosexual es un progreso, porque evacua la impronta natural de la unión, que no existe más que entre personas. La normal procreación es, también, descartada como factor de legitimidad del “contrato” para ser sustituida por la hipótesis, en cualquier caso convencional porque no pertenece más que a la ley política, de la adopción. Finalmente, un bebé nacido naturalmente no será más que un potencial niño adoptado.

Esto demuestra que el vínculo más natural, el de la concepción, se vacía de su sustancia. El matrimonio homosexual es un rincón hundido y alejado dentro del edificio multimilenario que los hombres aceptaron como protección de sus deberes naturales. Era una domesticación de la eventual violencia del hombre sobre la mujer, de la transformación de la ley del macho en cultura, en control de sí mismo, y en transfiguración del vínculo carnal en apego espiritual. Por eso el cristianismo, retomando una idea romana, lo convirtió en una de las cumbres y símbolos de la civilización y de la humanidad.

Nada de esto encontramos en el matrimonio gay, que es, de hecho, sólo un contrato, un pedazo de papel laico, como el que une a un deudor con su acreedor. Pero está claro que el objetivo es sustituir la noción de lo absoluto por la de relatividad. Y no es casualidad que la principal víctima, la fatal olvidada, en esta operación de la pareja homosexual, sea en masculino o en femenino, es la figura de la madre.

¿Qué peligro representa la “madre” para el sistema utópico contemporáneo? Señalaremos que se habla de “lengua materna” y que la educación desde la primera infancia, la transmisión de los valores, de los comportamientos, de la herencia familiar, de la memoria más estrecha o más amplia, pasan frecuentemente por ella.

Y puede percibirse claramente cuál es el último objetivo: es el arrasamiento de todas las raíces, en esta imprevisibilidad absoluta que es la familia biológica, en beneficio de un conjunto puramente cultural, plástico, flexible, condicional, que es el “nuevo hombre”. De ahí la teoría de género, que postura que el ser es un producto, una construcción.

Daremos un ejemplo significativo. Se trataría de luchar contra los “estereotipos”. Vemos incluso cómo los hombres y las mujeres serían “tópicos”. Quizás incluso “sofismos”. Durante años, se ha forzado a las mujeres a comprometerse políticamente, a culpabilizar a los hombres que limpian el culo de los niños, se les dijo que no orinasen sentadas, que empujaran a las niñas hacia oficios masculinos y a los niños hacia oficios femeninos, y todo en vano, como deploran los medios que, de momento, proyectan masivamente los gastados estereotipos vehiculados por la biempensancia moderna.

Pasaremos por alto las grotescas tonterías como dar martillos a las niñas y cacerolas a los niños, invitando a estos últimos a llorar y negando a las primeras poder llevar hermosos vestidos, etc. ¿Qué beneficios se derivan de esta “hipersensibilización” que se presenta llena de condicionamientos? ¿Por qué no descargas eléctricas, como en la obra maestra de Aldous Huxley? Y querer “hacer evolucionar la formación de todos los profesionales de la primera infancia para sensibilizarles con esta cuestión… Pero la peor parte de esta pesadilla totalitaria reside en la "limpieza" efectuada en la biblioteca. Se sienten las horas más oscuras de nuestra historia. Se han suprimido algunas obras de mala fama y escandalosamente machistas.

Ciertamente no es por azar, por tanto, si en algunos establecimientos escolares suecos, siempre a la vanguardia en la instauración de los totalitarismos utópicos, lleguen incluso a emplear pronombres neutros en lugar de “él” y “ella” y se eliminen los juegos con roles sexuales tradicionales.

El objetivo es arrancar al ser de su propio ser para evitar que sea diferente. Un ser arraigado en un ethos ancestral, natural y cultural al mismo tiempo, que lo arma con representaciones experimentadas y probadas históricamente, mucho menos maleable y más resistente a la servidumbre. Así que entendemos muy bien que para Vincent Peillon, la “moral laica” consista en “arrancar del alumno todos los determinismos, familiares, étnicos, sociales, intelectuales, para después hacer una elección”. No: nosotros somos herederos. Y si bien podemos elegir lo hacemos siempre a partir de esa herencia. ◼ Fuente: Polémia