Moscú, capital de la civilización europea, por Alexandre Latsa


El Financial Times del 25 de agosto de 2008 señalaba con amargura que “Washington se limita a mirar cómo otras potencias modifican la realidad”. En una edición del Financial Times de 1991, tal afirmación solo hubiera podido encontrarse en alguna rúbrica del tipo “escenario catastrófico para el futuro” o en la sección de “ciencia ficción”. Es cierto que la prensa americana de 1991 informaba de otros acontecimientos: la URSS acababa de derrumbarse con el Muro de Berlín. En las arenas de Irak, Bush padre prometía a la humanidad un “nuevo orden mundial”, justo, maravilloso y, sobre todo, unilateral bajo la protección de la bandera de estrellas mientras Europa emprendía su proceso de reunificación. Habíamos entrado en la llamada era eterna de la “pax americana” con todos sus corolarios, militares, financieros y económicos.

Algunos incluso predijeron el fin de la historia, pero la historia nos enseñó que estaban equivocados. La “estación unipolar”, por tanto, duró muy poco. Solo hicieron falta diez años para que un improbable atentado a gran escala se produjera en territorio americano. A partir de ahí, el imperio desencadenó dos conflictos militares en Afganistán y en Irak, arrastrando, en nombre de la lucha contra el terrorismo, a la mayoría de las naciones europeas. Europa, por dos veces, en 2004 y en 2005, pagó el pesado precio de su “colaboración” con la OTAN.

Menos de 20 años después del colapso de la URSS, el titular del Financial Times era más actual, pues el país se preparaba para elegir a sus nuevos dirigentes. Una guerra defensiva de cinco días, hábilmente ganada por Rusia en el sur del Cáucaso, fue suficiente para detener el proceso de extensión de la OTAN. Por primera vez, una potencia contraatacaba militarmente a los Estados Unidos de América. El mes de agosto de 2008, los tanques rusos que defendían Tsjinvali cerraban el viejo mundo, unilateral y neoliberal. l.

Contra la OTAN, arma de América contra Europa

Como revelaba la agencia Novopress, es habitual ver a América como invariable aliado de Europa, habiéndola salvado de las garras de los totalitarismos, rojos y pardos. Aunque esto es parcialmente cierto, se olvida permanentemente, sin embargo, que la hegemonía americana se manifestaba poniendo bajo su tutela a Europa. Después de la guerra de 1914, en la que los Estados Unidos tuvieron la ocasión de liquidar los imperios europeos y continentales del “eje” (alemán, austrohúngaro, otomano), de imponer el reino del dólar contra el de la libra esterlina, pero también de confiscar la supremacía en los mares a Inglaterra (control de los océanos). Theodor Roosevelt incluso declaró: “¡No hemos sacado provecho de la guerra!” Su primo Franklin Roosevelt, aprendiendo la lección, monetizará su entrada en la segunda guerra mundial, en la conferencia de Anfa, poniendo sus condiciones a De Gaulle y Giraud, los cuales tuvieron que comprometerse a desmantelar el imperio colonial francés. En 1945, Roosevelt, consciente y cínicamente, entregó la mitad de Europa a Stalin, asegurando así el éxito del comunismo y su expansión durante cincuenta años, manteniendo la división de Europa y, por tanto, acelerando su debilitamiento. Hoy, esta lógica de subdivisión de Europa se mantiene nuevamente por las estrategias americanas desde el conflicto iraquí de 2004 (oposición entre la vieja / nueva Europa), y la política a corto plazo de los nuevos miembros de la Unión europea, como nuevos estados coloniales americanos (ya se trate de Polonia o de los Países Bálticos), política irracional que sigue una lógica postguerra fría, es decir, ante todo, nacionalista y no proeuropea, y sobre todo, antirrusa.  

Este chantaje económico-militar se une hoy en día al chantaje energético, ya que esta subdivisión europea “obligada” justifica la participación de los europeos en acciones brutales y violentas por todo el mundo, en nombre de la democracia, acciones que, en realidad, disimulan los intentos de la toma de control de sectores energéticos que dejan de lado a Rusia. "

Sin embargo, desde la caída de la URSS y el Muro de Berlín, la OTAN ya no tiene razón de ser. Incapaz de vencer a los “terroristas” y al “tráfico de opio afgano”, como recordaba Serguei Lavrov, la OTAN se ha convertido en una organización obsoleta, golpeada por el fracaso continuo y que ya no refleja los “intereses” europeos. En efecto, la “amenaza” soviética y el Pacto de Varsovia han desaparecido y la nueva amenaza terrorista, considerablemente menos elevada, si no fuera por las persistentes acciones de la OTAN a través del mundo.

Los europeos deben hoy darse cuenta de que sus soldados actúan como sustitutos de los del ejército americano, muriendo en guerras que no son las suyas. Pero aún, colaborando con la OTAN, Europa se sitúa en una posición conflictual con actores fundamentales para la estabilidad y la paz, ya sea el mundo musulmán (donde la OTAN se percibe como una “alianza de cruzados modernos”), o ya sea el mundo eurasiático, donde la OTAN es vista como una herramienta americana, factor de problemas para las grandes potencias en ciernes como Rusia, China, India o Irán, todas ligadas en el seno de la Organización Regional de la Cooperación de Shanghái.

Hacia los reagrupamientos continentales y civilizacionales

Este nuevo orden multipolar parece configurarse por la vía de la emergencia de grandes conjuntos civilizacionales e identitarios (Unión europea, Unión eurasiática, subcontinente indio, etc.). Este fenómeno de “reagrupamiento” suprarregional es el opuesto al movimiento de “fragmentación” que América opera sobre Europa, fragmentación destinada a la constitución de pequeños conjuntos fácilmente controlables económicamente y dependientes militarmente. Fragmentaciones también fomentadas por la OTAN y dogmáticamente atribuidas al colapso postsoviético.

Estos nuevo reagrupamientos “autocentrados” no solo tienen lugar en Eurasia, sino en todos los continentes, ya sea en América del Sur (Argentina, Brasil, Venezuela y Bolivia), en África o en el mundo musulmán, árabe o panturco. Estas agrupaciones se operan a través de núcleos históricos, civilizacionales o económicos. Estos corazones imperiales son, de forma general, las grandes capitales etnoculturales de las zonas afectadas, a saber, Pekín para China, Tokio para Japón, Caracas o Río para América del Sur, dudando los musulmanes entre La Meca, Teherán o Estambul, con un aumento en potencia de los musulmanes de Asia. Hay que señalar el lugar absolutamente único de Rusia, en la encrucijada de todos los mundos, islámico por su posición en la OCI, occidental por la vía del COR, europeo esencialmente o incluso asiático por su geografía y por su participación en la OCS.

La alianza continental eurorrusa, fuente de la paz mundial

De estos “conjuntos” que representan potenciales competidores económicos, o incluso militares, América teme a uno mucho más que al resto: la Gran Europa, ese “frente continental”, coloso económico y militar, gigantesco imperio de Reikiavik a Vladivostok, potencial líder económico y militar planetario. La división querida y deseada por los estrategas americanos va en este sentido: debe hacerse todo lo posible para impedir la unidad paneuropea. De John O´Sullivan, que en 1845, en su “destino manifiesto”, escribía: “... con la aniquilación de Europa, América se convertirá en el amo del mundo”, o en 1890, precisando que: “La envejecida Europa ya no tiene los medios para salvaguardar los valores civilizadores de Occidente, retomados por una América dinámica emergente”, concluyendo con la famosa fórmula “Europa debe morir”. A lo largo del siglo XX, América ha tomado el control de los mares (sustituyendo a Inglaterra), y sus estrategas van a teorizar la segunda etapa: la toma de control de la tierra, especialmente del Heartland eurasiático.

América, aislada del mundo entre dos océanos, sabe perfectamente que es en el continente (euroasiático) donde está en juego el futuro del mundo, porque es allí donde se concentran el mayor número de civilizaciones, el mayor número de seres humanos y la gran mayoría de los recursos del planeta. Para que Estados Unidos no “salga” del juego mundial y siga siendo el líder, debe impedir el surgimiento de otro líder (la alianza ruso-alemana) y, sobre todo, preservar una alianza entre los futuros líderes de esta zona (eurorrusa y china).

Por tanto, América se opone cada vez más agresivamente a los acercamientos eurorrusos, ya sean económicos (North Stream), militares (¿hacia Helsinki 2?), o simplemente tratando de acentuar la fractura entre Europa y Rusia (extensión de la OTAN hacia el este, creación de conflictos militares como Georgia y Ucrania…).

Moscú, capital de Europa

Hace 5000 años, la civilización europea se encontraba en manos de los germanos, los eslavos, los griegos y las culturas mediterráneas. Después, Europa cayó bajo el predominio de los romanos. La pax romana durará seis siglos y conducirá a la creación de los dos imperios cristianos, llamados de Oriente y Occidente. En el oeste, tras el pánico de las invasiones germánicas, se construirá un embrión de Europa, mezclando cristianismo, romanidad y germanidad, siendo un bárbaro franco coronado emperador de Occidente.

Después de Atenas, Roma y Aquisgrán, fue Bizancio/Constantinopla, la que permaneció como capital unitaria (de Oriente) de Europa durante otros 8 siglos, basando su unidad en el cristianismo y la lengua griega, “reemplazando” el corazón de Europa al borde del Mediterráneo.

Los próximos cinco siglos verán a Oriente inclinarse bajo la media luna otomana mientras Europa occidental prepara su autogenocidio del siglo XX. Tras la “gran guerra civil” de los treinta años (1914-1945), la división entre el Este y el Oeste se consumó. Peor aún, los “corazones” de las dos eurocivilizaciones que se enfrentaban estaban desterritorializados. Para Europa del Oeste era Washington el que federaba al Occidente libre de los aliados, mientras que en Europa del Este era Moscú el “corazón” de la Europa soviética. Estos dos corazones tenían, cada uno, su proyecto de dominio planetario, pero solo uno pasará el tránsito al siglo XXI.  Después de la caída del Muro de Berlín, por primera vez, el concepto de Europa desaparece, sustituido por el de Occidente.

América se ha convertido en el centro del mundo y Bruselas en una simple filial del Pentágono que reorganiza una Europa fragmentada al ritmo de su integración militar en la OTAN.

Sin embargo, los recientes acontecimientos revelan la urgencia, para Europa, de emanciparse de la tutela americana y de comprender que este proyecto atlantista de América (el eje Washington-Bruselas), edificado bajo las ruinas de la Europa real, no es, en ningún caso, un proyecto aceptable para los pueblos europeos que desean vivir en paz. Los europeos tienen la elección en sus manos: o bien defender las ruinas del viejo mundo occidental bajo la bandera de la OTAN, en una lógica de total confrontación con el resto de la humanidad, con Rusia a la cabeza; o bien optar por la colaboración continental, vía Rusia, superando incluso el proyecto paneuropeo del visionario general De Gaulle (el eje París-Berlín-Moscú).  

Rusia, dormida bajos los últimos dirigentes exsoviéticos, se ha despertado, convirtiéndose hoy en el hipercentro de resistencia a la americanización forzada y a la extensión agresiva y criminal de la OTAN. Rusia nos ha demostrado no solo que está dispueta a defender sus intereses, sino también a colaborar con Europa y a participar activamente en un proyecto de sociedad pacífica, multilateral y fundado en la concertación. Como los rusos de 1999, los europeos del siglo XXI deben salir de su pesadilla y liberarse, en primer lugar de las cadenas de la OTAN, que se extienden hasta las fronteras ucranianas y bielorrusas y tienen el riesgo de conducirles a un conflicto con sus hermanos rusos.

Europa está situada “en” el continente eurasiático, en el que ocupa la fachada atlántica, mientras que Rusia ocupa la mayor parte de la tierra y la fachada pacífica. Europa y Rusia están intrínsecamente ligadas y pertenecen al mismo continente: ¡Eurasia! Eurasia es la casa común de europeos y rusos, de Reikiavik a Vladivostok. Gracias a Rusia, otra Europa, la eurasiática, se construye frente a la “pequeña Europa” atlantista de Bruselas.

Después de Atenas, Roma, Bizancio, Aquisgrán y Constantinopla, Moscú es la nueva capital de Europa. © Fuente: Agoravox.fr